20 propiedades del limón (8 de 20) – Filtro

Me armo de valor. Entro y me llego hasta el mostrador. Una mujer de unos cuarenta años. Parece que logre verme en detalle sin mirarme; hace lo justo para percatarse de que tiene una persona delante. Con gestos de una eficacia que ya quisieran los robots, me pasa un formulario. Tres folios.
–Puede sentarse ahí y rellenarlo.
Me da un bolígrafo. Me acerco hasta una zona con una mesa baja de cristal y varios butacones. La disposición del mobiliario no parece pensada para rellenar nada. Quizá esa es la idea, que no te acomodes demasiado, promover la realidad que la gente entiende por real. Funcionarial, seca, espartana en un sentido estrictamente administrativo.
Intento vomitar todos mis datos personales, no se me da especialmente bien, tiro de esa parte de mi cerebro encargada de la memoria automática, la que pierde tus datos si piensas demasiado. Aquí pensar, en general, no es una buena idea. Adaptarse es la única premisa. Entra más gente, miradas de martes por la mañana. Casi agradecerías un buen atraco. Podrías hacer amistad con el resto de rehenes, llegar al final del día y sentir que has vuelto a nacer.
Sentirse vivo no se parece en casi nada a estarlo.
Me encorvo y practico mi mejor caligrafía. Abandoné muy pronto el estilo colegial de letras redondas de cuaderno de primaria. No se me daba bien, empataba en desastre estético con una niña llamada Noelia. Recuerdo que no se duchaba. Yo me frotaba fuerte en la bañera, me obsesioné durante un tiempo con eso.
Un tipo le pregunta a la mujer si no puede hacer todo esto por Internet. Ella le mira como te mira una llama. Ambos sabéis que no hay química. Ella no va a escupir, pero apenas tiene que respirar para hacerse entender. Hay que reconocer que sabe de qué va esto, la gente y vivir, firmar y tragar. Lo que llaman colaborar. Se hace una interpretación muy amplia del significado de colaboración; es más bien jerarquía disfrazada, todo depende del contexto.
El formulario se vuelve denso como un relato de David Foster Wallace, pero sin Kafka, sin aridez existencial, sin maximalismo, sin diversión. Por momentos me cuesta recordar a qué he venido. Quizá eso también tenga sentido para ellos.
Hay que hacer un esfuerzo consciente imposible para recordar que ellos son como tú. De hecho, ninguno de los presentes acordó esto. Como suele suceder, viene de lejos. Lo que hacemos es encajar en la burocracia que otros idearon.
Todos estos procesos parten de la misma idea esencial. Renovar tu condición de persona productiva, fiable, cabal según el criterio general establecido. No siempre te dan el visto bueno, a veces te consideran erróneo o no apto. Estoy aquí como podría estar en cualquier otro interior oficial dedicado a tareas similares. No importa tanto la gestión como el denominador común que la establece. Estoy en 2018 como podría estar veinte años antes o veinte años después. Soy yo como podría ser cualquier otro. Esa es la idea, la esencia. El sol entra por las ventanas, ajeno a todos los niveles, aquí no hay mamíferos como tales, el proceso no es natural, es la pantomima de poner orden en el caos.
Al final tengo que firmar los tres papeles. Ahora la mujer del mostrador mastica chicle. Quizá ya lo hacía antes. Es imposible imaginarla en la playa, comiéndose una hamburguesa o follando. En su mirada puedes distinguir su asombrosa habilidad para abstraerse de su entorno laboral. Intuyes que el reloj no es su único amigo, pero sí el más importante.
Coge mis papeles con vaga desconfianza. Trata con gente todos los días, con desconocidos que no saben muy qué hacen aquí. Ella tampoco lo sabe, pero conoce las operaciones, los pasos. Sabe qué error hace que los documentos viajen y luego vuelvan otra vez con la falla marcada. Ella tiene que filtrar.
No se precipita, pero tampoco se demora. No puedo imaginar hacer su labor con resaca o sueño. Seguramente ella sí. Llega al último folio y luego vuelve al segundo. Parece no estar segura de algo. Un sudor frío me baja por la espalda. Me pasa con las citas oficiales, también con las románticas.
Miro hacia un lado, hacia el otro, hacia el techo. Meto las manos en los bolsillos. Hago lo que se hace, interpretar al hombre tranquilo. Estamos en el primer mundo, aquí sabemos cómo hacer las cosas, somos civilizados, sobre el papel no hemos conocido otro mundo.
La mujer me dice que falta algo, algo está mal, y luego me hace una pregunta que no entiendo. Balbuceo intentando encontrar el tono de la conversación. La mujer levanta un dedo: “espere”; y luego levanta el teléfono. ¿Llama por mí, o el teléfono ha sonado y no me he percatado? Mira mis papeles, parece consultar algo. Llama por mí. Apoyo una mano en el mostrador, mostrando interés. Cuelga el teléfono, presto atención por si me dice algo, vuelve a levantar el teléfono. Habla con monosílabos. No pasa nada, me digo, esto es solo uno de esos minutos largos, cuando el tiempo es más relativo, cuando esperas y quieres irte. Solo es burocracia, nada que no se pueda arreglar. No tengo antecendentes, nada que ocultar. A esta mujer no le importa cuánto tiempo hace que no llamo a mi madre. No quiere saber nada de mis pecados, sólo le intereso como profesional, como contribuyente.
Respiro hondo. Entonces ella se levanta y vuelvo a prestar atención. Aprieto los labios y la miro: “¿y bien?”. Entonces ella sonríe abiertamente. Se vuelve de lado, corre con todas sus fuerzas y choca violentamente contra la pared más cercana.
Todos nos alteramos (incluso se oye un grito) menos los empleados. La mujer se ha abierto la cabeza y ha quedado inconsciente. Dos tíos de seguridad la levantan y se la llevan fuera de nuestra vista. Hay un rastro de sangre en el suelo. Cuando me quiero dar cuenta, tengo a otra mujer delante en el mostrador, aunque mucho más joven. Me mira con prestancia y dice:
–¿Estos son su papeles?
Les echa un vistazo, apenas unos segundos. Me sonríe y me dice que todo está en orden. Me llevo los documentos que me pertocan. Salgo de allí con brío. Fuera la cola se extiende con espíritu de día laboral. Nunca me ha parecido buena idea contar esto.

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