20 propiedades del limón (10 de 20) – Canon

Un colega curraba en una central nuclear. Estaría fuera un par de semanas, le pagaban las dietas, y la empresa le alquilaba un piso en la costa. El mar estaba a tiro de piedra. Un fin de semana fuimos varios, nos invitó, nos aprovechamos de las circunstancias.
El sábado por la noche había un concierto improvisado junto a un chiringuito en la playa. Íbamos cinco tíos, eran nuestros veintitantos. Viendo el concierto (percusión hippie para borrachos) mientras tomábamos algo, les caímos en gracia a un grupo de chicas. Más tarde fuimos todos a bañarnos. Era como seguir un guión sobre la juventud escrito en diez minutos. Todas nos parecían guapas y simpáticas, inteligentes y graciosas.
Eran chicas y nos hacían caso.
Se nos hicieron las tantas. El amanecer comenzó a asomar, eléctrico y poco amable.
En algún momento me vi paseando a solas con una de las muchachas. La orilla, la excitación, el cansancio. Pisar algo puntiagudo zapatillas en mano. Fingir para no entorpecer el momento.
Ella era lo que se entiende por una belleza canónica. Delgada, de rasgos simétricos, voz aguda, pelo largo, ademanes de cervatillo. Lo que se ha acordado como ideal de chica joven. Tenía veintitrés años. Hablaba pero yo no conseguía retener la información. Había estudiado algo, vivía en algún sitio, quería dedicarse a no sé qué. Yo era una mezcla de agotamiento y perspectivas guarras. Ella se iba por la tarde, yo también. Yo solo decía chorradas, mi vida me parecía demasiado aburrida para intentar justificarla. A ella no parecía importarle.
Pensé que era la primera vez que me enfrentaba al canon. Había conocido a chicas que me atraían más, pero nunca eran una portada de revista andante. Sólo de caminar con ella, sentí cierto estúpido orgullo.
Pensé en contárselo de alguna forma, pero luego decidí que era un rollo demasiado rebuscado. Nos dirigíamos hacia unas rocas.
Vaya, un lugar apartado, las últimas líneas del guión escritas de forma atropellada. Uno de mis colegas siempre dice que en realidad nadie ha follado nunca en la playa, sólo en las películas. Pero a la gente le gusta contarlo, le gusta más contar que folla que el acto en sí. Te hablan de cómo la arena se les metía por el culo y el cielo era una cúpula estrellada y todo era la hostia de lírico y porno.
Nos sentamos en la arena, y entonces a ella algo le llamó la atención. Se levantó.
–Eh… –dije.
Si yo me levantaba ella vería mi tienda de campaña. Al fin y al cabo, ¿adónde iba? Teníamos el deber de ser la primera pareja que se lo monta en una playa. Como en las películas. Juro por mi tracto intestinal que estábamos a punto de besarnos.
Esperé un momento a que la erección no fuera tan obvia. Había sido por el olor, por tenerla tan cerca. Y por el miedo, claro.
Ella dijo:
–Ven… Mira. ¿Qué es esto?
Había una especie de gruta entre las rocas. No me hacía la más mínima gracia. Cabíamos, así que, como éramos jóvenes y parece ser que esa inercia no se puede combatir, entramos a investigar.
Si eres joven la respuesta tiene que ser que sí, es la forma de hacer amigos, meterse en líos y tener experiencias que luego poder exagerar en futuras cenas treintañeras.
Pero a ver cómo cuento esto. Aquello no parecía normal, incluso para alguien que lo más parecido a una cueva que ha visto es una vagina. Esta vagina de piedra se ampliaba a medida que avanzábamos, hasta que llegamos a un cúmulo de rocas. Para ser preciso, había una roca enorme parcialmente enterrada en otras no tan grandes. No había manera de moverlas, parecían soldadas.
Las observamos. Y sucedió lo que no puedes contar. La roca más grande comenzó a brillar. Lo hacía con una luz azul, algo que parecía proceder de su interior.
Yo di varios pasos atrás, dije algo como:
–Eh, ehh, uh, eh…
Pero ella abrió los ojos como platos, tocó parte de la superficie brillante. Y yo dije:
–Mejor que nos… eh… perdona…
Pero ella no oía nada. Dijo:
–¿No quieres tocarla?
Yo pensaba en mi colega, en su central nuclear, a él le pagaban. No pensaba arriesgarme.
Ella se pasó un buen rato palpando aquella superficie rugosa. Parecía latir. Yo fui alejándome poco a poco. Salí de la gruta. La esperé como diez minutos fuera. Para cuando salió, el momento había pasado. Aún no follaría nadie en una playa. Mi amigo asintió con vehemencia cuando le conté esa parte.

Ahora, a veces, cuando pongo la tele y veo según qué noticias, me pregunto si debería haber tocado aquella roca. Una vez volví a verla, ya no brillaba, era una roca. Supongo que se atrevían los que estaban predestinados, quizá aquel peñasco les detectaba y se ponía cachondo. Y vaya, todos estaban buenísimos, al menos oficialmente, todos eran canon. A todos les queda fenomenal ir embutidos en esos trajes. No creo que yo pudiera manejar esa responsabilidad, ni aunque estuviera así de cañón. Cuando le cuento a la gente que conozco a una de ellos, jamás me creen. Cuando les digo que estuvimos a punto de follar una vez, cambian de tema. Y cuando aseguro que hace dos años salvó a mi abuelo de un incendio imposible para los bomberos, saben que ella podría hacer eso, pero siguen pensando que yo miento más que hablo.

cara-canonica-adriana1

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