20 propiedades del limón (12 de 20) – Pelea con un gitano

Una vez me peleé. Más de una vez, para ser sincero, pero sólo una vez potencialmente grave. Siempre eran peleas infantiles, pero cuando te dan una patada en los huevos o un puñetazo en la sien, duele incluso cuando tienes once años. Los niños, en contra de lo que dice la teoría popular, no son de goma. Son de carne y hueso. Y aunque a veces sepan muy bien lo que hacen, en otras ocasiones no tienen ni idea. Eso, obviamente, no nos pasa a los adultos, ¿verdad? Si quieres entender (o recordar) cómo es un niño, es mejor no escuchar a radicales, nada de ideólogos tribales de izquierdas o derechas, conservadores o buenistas. Para recordar cómo son los niños, lo mejor es hacerles puto caso. Escucharles, tomarles en serio aunque sólo sea cinco minutos. El principal problema de los niños, son los adultos. Los adultos son su red salvavidas y a la vez los tiburones que hay debajo.
Yo crecí en los 90, aunque en el año noventa ya tenía ocho años. Pero lo importante es que eso da igual. Cada puñetera generación construye un discurso sobre por qué ellos son especiales. Los niños también son ajenos a eso. La idea es que un niño no siente que tenga ciertas obligaciones. Y no me refiero al sonsonete adulto sobre pagar un piso y el mérito de ser un grano de arena más. Lo que digo es que el niño no necesita parecer nada o pertenecer a ningún plot sociológico, simplemente es, y tiene la esperanza de que sepamos cómo dejarle en paz.

En el barrio había una conocida familia gitana. Eran conocidos simplemente por ser gitanos. La diferencia marca, luego se etiqueta (esto lo hacen tanto “buenos” como “malos”), y los padres niegan la mayor. Si eres diferente no es que seas peor, es que eres peligroso. Un montón de adultos “de bien” pensaban así aquel día a aquella hora. Aquella familia tenía dos hijos. Los recuerdos de hace tantos años son más bien una interpretación, casi una reformulación. El montaje del director. Intentas conectar una suerte de faros antiniebla de la memoria.
Me tiraron una piedra en la cabeza. La sangre me comenzó a bajar por el cuello. Me acojoné como solo un niño sabe hacerlo. Era una mezcla de miedo atroz y rabia lloriqueante. No sabía quién me había tirado la piedra. Los dos gitanos, los críos, estaban por allí. Los demás niños, y también los adultos, les comenzaron a señalar. Yo no tenía relación con los gitanos por el mismo motivo por el que hice cosas como la comunión. Era lo que la gente hacía. Estaba más o menos en los raíles marcados. Reconozco que de crío me enrabietaba con cierta facilidad. Era como si los demás siempre tuvieran una información vital que yo no tenía, como si les pareciera divertido que eso fuera así.
Muy pocas personas hacen un esfuerzo real por entender la reacción de los demás en base a cómo y dónde crecen. El exponente máximo de ello es el terrorismo religioso. Hay gente que parece que de verdad crea que de haber nacido en Palestina, ellos se mantendrían al margen aunque se vieran en medio de un conflicto; seguirían siendo las personas educadas y abiertas con Vestuta Morla en los auriculares que son. Y ni siquiera son exactamente así con el viento a favor. La empatía es la lección más dura, porque conlleva toneladas de orgullo que tragar, e ignorancia que reconocer.
Las mentalidades más políticas parecen ser las peores, las más sectarias, las más cerradas, incluso cuando basan sus principios en la tolerancia y el respeto a toda costa. Son los más necesitados de enemigos.
La política es a veces la religión de Occidente. Cada vez parece más así. Todos esos movimientos supuestamente justos o libertarios; de un lado o de otro o del supuesto centro… Siempre las banderas, omnipresentes, ya sean de un país, un partido político o una idea. Por más lógica que parezca la idea de turno, el grupo que se adhiere a ella siempre encontrará un modo de emponzoñarla. La sobrecargarán de teoría, le inyectarán Verdad Indiscutible y lemas cerrados hasta que enferme y la mayoría de gente no se quiera acercar a ella, o más bien a los que presumen de ella.
Nadie quiere parecer imbécil por asociación.
Sólo hay una forma para sentirse aún más pequeño que un ser humano en el Universo; y es siendo un ser humano que cree que el símbolo ideológico de su pandilla encierra toda la verdad necesaria para entender las cosas.
Seguramente por eso los que hacen eso suelen ser tan intransigentes, en el fondo saben de la risible debilidad de ese discurso; no del suyo, sino de ese discurso.
La necesidad, por otro lado lógica, de simplificar las cosas, acostumbra a ser nuestra celda abstracta más querida.
Piensa en ese niño. Que no pensaba en nada de todo esto. En esos niños. Los gitanos estaban condicionados, yo también lo estaba, e igual con cada capullo que me rodeaba. ¿Qué había pasado? Yo me fui corriendo a por el gitano al que más señalaban. Nos enzarzamos. Pero él tenía más fuerza que yo, o al menos más habilidad. En anteriores peleas la cosa no había sido igual, todo era mucho menos violento. Por comparación, yo era un pijo, nunca me había peleado de verdad. Acabé de espaldas al suelo. Me dio al menos cuatro puñetazos en la cara, me clavaba a conciencia los huesos de la mano. Me soltó un diente y la boca se me llenó de sangre.
Cuando alguien lo separó de mí (creo que su padre), yo estaba casi inconsciente. Estaba aturdido. Mi padre se llegó hasta donde estaba; se limitó a cogerme por un brazo y empujarme hasta casa. Mi madre estaba asomada por la ventana, mirándome, negando con la cabeza.
Recuerdo haber pensado en aquellos gitanos muchas veces antes de la pelea. Básicamente se les marginaba, era una especie de efecto dominó racista. Era un No te metas con ellos y no se meterán contigo. Se daba por hecha la rivalidad. Ese fenómeno no es exclusivo del ambiente de barrio, ni de una postura ideológica concreta. Sentí que estaba preso de aquella dinámica, aunque no lo supiese articular. Mis amigos hicieron piña a mi alrededor, decían: «putos gitanos». Jamás, después, les volví a oír decir algo así. Los que he visto crecer no muestran una sola traza de xenofobia o racismo. Hay una idea muy impopular sobre el aprendizaje, defenestrada por los que pretenden hacernos creer que nacieron aprendidos, o en cuyo defecto que ellos están aprendiendo mejor.
Tenía la cara hecha un cristo. No recuerdo que luego me volviera a pelear. Creo que aquello me dio cierta fama en el barrio. Tenía casi más valor haber encajado la paliza que si hubiera sido yo el que la diera. Había algo peligroso en ello, como si hubiese ido al infierno y a la vuelta aún pudiese contarlo.

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