20 propiedades del limón (14 de 20) – Aliado

Yo conocí a un ejemplar de lo que ahora llaman: aliado. Era un buen chaval, algo atolondrado, algo esnob. Eso me pareció al principio. La clase de persona cuyo gigantismo de conciencia por las injusticias contrasta con la placidez general de su vida. No dejaba de hablar de sus «privilegios de tío blanco hetero». Estaba especialmente obsesionado con lo que él llamaba «deconstruirse». Parecía incomodarle de verdad la posibilidad de tener una buena vida. Jamás contemplaba que esa posición también era un buen lugar desde el que mejorar, sin la obligación de intentar depreciarse constantemente. Debía medir algo menos de metro setenta, tenía una barba pelirroja siempre perfectamente recortada. Trabajaba haciendo algo dentro de un edificio de cristal.

Una noche el aliado y yo volvíamos caminando a casa. Era sábado, habíamos estado con unas veinte personas en un bar. Puede que fuésemos algo borrachos. Yo tenía un dolor de cabeza atroz, estaba deseando empastillarme.
Me preguntó si yo no me sentía culpable. Me dijo que nosotros éramos dos tíos adultos que podían volver de noche a casa sin miedo de que les intentasen violar. Yo asentía. Me dijo que era importante que revisáramos nuestros privilegios, que los rechazáramos hasta equilibrar la situación. Había puesto el piloto automático argumental. Yo le había conocido hacía más o menos un año. Le consideraba una especie de compañero de bares, de terrazas. Creo que nunca le oí decir algo de cosecha propia, ni tan siquiera construía el discurso a su manera, nunca matizaba, nunca relativizaba, pretendía que hablaba solo con verdades.
Yo asentía.
Y también me preguntaba cómo podíamos revisar el privilegio de volver tranquilos a casa. Quizá debíamos dar un rodeo, buscar las calles chungas. Puede que no nos violaran, pero quizá sí nos limpiaran la cartera. Con un poco de suerte nos darían un navajazo.
No dije nada de todo esto en voz alta.
Este aliado en concreto miraba fijamente a la nada mientras se ponía muy rojo cuando alguien ironizaba.
Está claro que yo no era muy gracioso, y él básicamente consideraba la comedia un peligro.
Mi dolor de cabeza aumentaba mientras él revisaba en voz alta todo su pasado en busca de micromachismos. Dudaba al describirme situaciones en las que le había abierto la puerta a alguien o asumido su género.
Le dije que no se preocupara, que yo dudaba que ese tipo de cosas fuesen el fondo del iceberg de las violaciones. Obviamente no debí decir nada. Con lo bien que se me daba asentir.
Levantó la voz y volcó sobre mí otra vez todo su argumentario, ese que no era suyo. Yo asentí y asentí, pero no puedes volver a meter la pasta de dientes en el tubo.
En las conversaciones en grupo, la discrepancia o duda ajena siempre le resultaba ofensiva. Calculaba el grado de feminismo o moral de los demás a peso, según qué ensayos hubiesen leído o qué expresiones usaran. No contemplaba la bondad o las buenas intenciones como elementos potenciales inherentes al ser humano. Lo más lógico si no alcanzabas cierto grado de erudición teórica, era que acabaras, como mínimo, dándole un cachete a alguien.

Me gustaría hacer una descripción detallada, pero no sé qué demonios pasó. Para cuando era consciente de que la noche se había torcido, ya estaba revolcándome en el suelo con un desconocido. Lo achaco a mi estado de ebriedad, porque creo que de otra forma me hubiera largado a paso ligero.
Yo iba asintiendo y mirando al suelo, haciendo un esfuerzo consciente por no comenzar a sangrar por los oídos. Sí que había visto una pareja en la otra acera, pero nada en ellos me llamó la atención. Cuando me quise dar cuenta, el aliado ya estaba allí, gritando en la cara del tipo, alguien que pesaba y medía el doble que él.
Después de los gritos, comenzó a darle empujones. De tanto en tanto, la miraba a ella y decía:
–Tranquila.
A lo que ella hacía comentarios como:
–¿Tú quién eres?
Crucé la calle al primer puñetazo que encajó el aliado. Él respondió con un puño flácido que impactó como una pelusa en el pecho del tío. El segundo puñetazo derribó al aliado, y no fue el último. El problema era que aunque no sabía pelear, seguía sin callarse. Ahora sé cómo suenan los puñetazos en la vida real, secos y húmedos a un tiempo, un pop apagado que te pone los pelos de punta. La chica se apartó y comenzó a blandir su móvil, decía:
–¡Como no paréis voy a llamar a la policía!
Aferré al tipo desde atrás y le grité al aliado que se «callara la puta boca». El tipo se revolvió contra mí, pero por suerte no se decidió a atizarme, vio la bandera blanca en mis manos extendidas. Me separé de él. Le pregunté por impulso a la chica si le habían hecho algo. A lo que contestó algo como:
–Que os den. Yo me largo.
Tenía la sensación de haber participado en una performance masculina con otros dos tíos más. Desubicados, desorientados, tíos igual de tontos que sus padres y abuelos, a los que el posmodernismo se les estaba haciendo demasiado largo.
Sin añadir nada más, le tapé la boca al aliado y me lo llevé de allí. Era como un pelele. Tenía media cara hinchada, un ojo inyectado en sangre. Fuimos a urgencias y lo despacharon con preguntas incómodas y calmantes. Le acompañé a su casa.

Ya en mi cama, me puse a trastear en el móvil. Vi el nuevo tuit del aliado. Venía acompañado se su foto hecho mierda. Un borracho pretencioso hecho mierda. El texto decía:

Esto va para esos tíos que aún creen que las mujeres exageran cuando dicen que de noche tienen miedo por la calle. Este fue el resultado de pararle los pies a un ACOSADOR, ayer por la noche en Periferia.

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