20 propiedades del limón (15 de 20) – Sin pena ni gloria

El chaval me dijo que yo podía hacer de cámara, que eso podía hacerlo cualquiera (dejando claro que lo suyo no). Yo estaba poco predispuesto a tomar decisiones, lidiando con un bajón que no sé hasta qué punto se podía distinguir de la depresión. Él era uno de esos chavales que mueren jóvenes. Y no me refiero a estrellas del rock o figuras con algo llamado: legado. Me refiero a idiotas a secas, a tontos del culo, capullos que no valoran la vida a ningún nivel, o que son tan rematadamente imbéciles que creen que a los veinte años no se muere, que las balas te rebotan o el suelo se vuelve mullido en el momento adecuado.
Le dije que sí, cedí casi por no comparecencia.
Se iba a colgar a pulso desde una estructura metálica de la azotea de un rascacielos de Periferia.
Pasé de hacerle las preguntas que él quería que le hiciera, sobre lo peligroso que era y demás discursos maternales. No quería engordar más su ego.
También hay gente que hace salto base; si no quieren que nadie se compadezca de ellos por morir jóvenes, es esencialmente su problema, ¿no? No mueres tan fácilmente reventado contra la falda de una colina. Tienes que encadenar decenas de decisiones de auténtico flipado. Eres un tío “echao palante”, puede que te hincharas a follar en el erasmus, pero no vas a llegar a los treinta. Enhorabuena, otros soportaremos esa crisis.
Qué se le va a hacer, no todos podemos ser un anuncio de Nike.

Me dio algunas indicaciones, me dijo cómo se colaba uno en un edificio lleno de empresas aunque con escasa seguridad. Era sábado por la tarde, se convirtió en una pequeña aventura. Había conocido al chaval un par de meses antes. Yo no tenía muy claro por qué le caía bien. Creo que no era exactamente eso, supongo que debía intuir parte de mi opinión. Le debí dar pie. Ahora creo que me quería demostrar algo. Él decía que yo No Lo Entendía, y que cuando lo viera, todo tendría sentido.
Ya estando arriba, me sorprendió su calma, pero sobre todo la mía. Yo no suelo hacer estas cosas. Y con estas cosas no me refiero a bailar en las cornisas, me refiero a tener amistad con la gente que hace estas cosas. Puedes acabar muy mal junto a alguien que siempre ve el vaso medio lleno. Son los cantos de sirena más peligrosos. Esta gente te puede acabar cayendo bien, y acabas cayendo con un arnés desde vete a saber dónde. Tu vida pendiendo de una visita a Decathlon.
Y eso en el mejor de los casos.
Está bien, pensé, lo voy a decir.
–¿No tendría más sentido hacer lo mismo pero con un sistema de seguridad?
Me dijo lo de siempre, que lo que pasaba es que yo aún no lo entendía.
Comenzó a hacer el gilipollas desde el principio, se acercaba a las zonas más peligrosas y comenzaba juguetear en el borde. Yo lo grababa todo. Él miraba a cámara como el experto en encajar en un anuncio-juvenil-que-siempre-incluye-pelo-afro que era.
Un surfero de asfalto. De vez en cuando, sólo de la alegría de ser él mismo, gritaba algo como:
¡¡Yuhuuuuu!!
Yo fingía intentar fingir profesionalidad con la cámara. Que él se regalara, yo sólo era el ojo habitual, esperando el momento, rodando para Coca-Cola: esto también es el entusiasmo, podría ser un nuevo spot. He aquí a un soplapollas, ellos también tienen sed y andan sueltos por ahí en verano. Fijaos en su pelo rubio, su mechones ondulados. Hace que te den ganas de comer melón en la playa.
No me tensaba el que nos pudieran pillar, no tenía ánimo para preocuparme. No me era emocionante o extraordinario. Me sentía como dentro de un video de youtube. Adelante con ello, dale al play. La ociosidad se regodea.
El tipo comenzó a caminar por esa estructura metálica, una suerte de grúa de tamaño mediano. Ninguno de los dos conocía su utilidad, y uno de los dos sólo usaba las cosas para una cosa.
Primero se comenzó a colgar con los dos brazos. Me gritaba que no dejase de grabar. Me acerqué todo lo que pude, tirando de zoom y procurando no decepcionar al Diablo. Comenzó a hacer flexiones de brazos con el vacío debajo. Después se sujetó sólo con una mano.
Y finalmente con ninguna.
Me miró un instante cuando ya era consciente de que iba a caer. El terror, la revelación. Descubrir algo vital cuando ya es tarde. Su mano debió patinar debido a alguna irregularidad del metal. Apenas reaccioné, casi como si ya lo esperara, como si mi presencia hubiera sido clave en la desgracia. Procuré que se viera todo, tuve la suficiente sangre fría, enfoqué en dirección a la calle. El surfero cada vez más pequeño, y luego un punto rojo, setenta pisos más abajo.
Podría haber quien dijera que me regodeé, pero lo tenía todo, no podían acusarme de haber empujado a nadie en ningún sentido.
Me quedé un rato más allí arriba. No subía nadie. Luego oí sirenas, supongo que la ambulancia, la policía.
Y es que a veces la gente no aprende. Y me refiero a mí. Una vez más, me quedé sin entender eso que no entendía.

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