20 propiedades del limón (19 de 20) – Muérete

La gente se preguntaba quién había sido. Habían empujado a un buen chaval de sexto curso. Bajó aparatosamente un largo tramo de escaleras en el colegio, incluso se dejó dos dientes. Estaba en el hospital, tenía algunas lesiones graves.
En realidad no era un buen chaval, pero no soy quién para tener una opinión objetiva. O quizá sí. En cualquier caso, lo que importa es que en general la gente creía que era un buen chaval, carismático, gracioso para las chicas, convincente para el profesorado. Un chaval con visibilidad. Más o menos lo contrario a mí, a casi todos.
Este muchacho brillante y seductor, le daba a todos los palos. Y también se acabó juntando con el grupito que hacía bullying aquí y allá. Un bullying, por así decirlo, controlado. Nada de lo que preocuparse en los años noventa. Los niños no solo encierran a otros niños en lavabos o les roban la ropa en el vestuario, no juegan siempre a extremos, como darte de hostias o escupirte en la boca mientras otros te sujetan.
También trabajan la humillación verbal. Con “sutilezas”, sin necesidad de gritos, ni siquiera amenazas. Es un desgaste gradual, día a día (y pasas MUCHOS días en el puñetero colegio), te inyectan un veneno en dosis minúsculas, pero tremendamente efectivas.
No había respuesta posible ante eso. O sí, pero si intentabas vacilarles o rebotarte, te parecías ridículo a ti mismo. Te callabas, eras un niño.
No sólo era muy difícil responder a esa dinámica, además, concluí (cosa que sigo pensando) que es imposible eliminarla. Solo se puede controlar hasta cierto punto, y a veces ni eso. Comprendí ya de crío que las relaciones humanas son como son, y que eso no se ha arreglado jamás, ni se va a arreglar. Sólo te queda rezar para que tu hijo (o hija), influido por su entorno ajeno a ti, no se convierta en acosador ni en acosado, y se mantenga en una posición neutra de espectador, que parece ser el máximo realista al que se puede aspirar en términos de no violencia. Puedes intervenir puntualmente, pero nunca solucionarás el problema global, esencial.
Luego siempre habrá gente que protestará, con más o menos torpeza. Benditos sean, pero al final las cosas son como son. Contexto, conciencia, animales. Incluso un activista es un mamífero, y quizá la mayor dignidad sea no pecar de una fanfarronería que no te puedes permitir.
No podía articular todo esto entonces, pero lo sentía, sabía que los años de colegio serían siempre así. En la vida adulta las cosas no cambiarían, pero sí el contexto; amistades más elegidas, contacto humano más filtrado. Pero a poco que salgas de casa, tarde o temprano tendrás que soportar a un gilipollas, puede que alguna vez a un gilipollas violento. El viento sopla, los árboles florecen, los gilipollas respiran. Todo forma parte del mismo principio, incluso con la conciencia de por medio.
Puedes comer todo el tofu que quieras, pero tu verdadero yo sale a relucir cuando matas mentalmente a alguien que te ha hecho la pirula en la carretera, aunque fueras camino de una perrera para adoptar al chucho más viejo y feo.
Aunque sepas que tú controlas perfectamente tus impulsos violentos, pretender que eso un día será así en TODAS las personas, es creer que el pollo es dieta vegetariana.

El buen chaval se juntaba con un tarado y dos niñas que se dedicaban a sacarles motes a todos, y eso si tenías suerte. El mote era lo mínimo. Sabía de muchas de sus marranadas, un día vi cómo arrinconaban a un niño en el gimnasio, y le decían:
–¿Te sientes humillado? ¿Eh? ¿Te sientes humillado?
Vocalizaban como si hubieran escuchado la frase en una película. Continuaron así hasta que el crío comenzó a lloriquear, y entonces le dejaron salir corriendo.
Casi nunca intervenía nadie. Los únicos que lo hacían eran los profesores, porque podían, eran la imagen (y el físico) de la autoridad. Casi con toda seguridad no intervendrían en una pelea de bar para separar a nadie. En el colegio actuaba la jerarquía, quizá su única vertiente auténticamente útil: parar puntualmente a los abusones.
Lo que yo veía es que maltratar les hacía sentir bien, superiores. El buen chaval quería sentir eso también. No quería conformarse con la parte aceptable del pastel.
El abusón principal se dedicaba sólo a eso, cada día buscaba una víctima distinta. Las niñas comenzaron a ir con él en cuarto curso. Iban siempre juntas, eran endiabladamente guapas, y parecía natural que acabaran por unirse al gilipollas oficial. Les gustaba sentirse duras por contraste con el resto de crías, que tendían más a la timidez o una feminidad que ellas despreciaban.

Yo nunca había tenido ningún roce grave con ellos. Hasta que una tarde me quedé veinte minutos más en clase. Era una especie de castigo, tenía que terminar deberes que no había hecho para ese día.
Nadie se quedó conmigo, tampoco el profesor. Solo de vez en cuando alguien correteaba por el pasillo. Los portones del colegio no se cerraban hasta las siete. Había críos haciendo predeporte, entrenando, armando ruido en los patios.
Vi con no poca inquietud que de pronto entraban ellos en clase. El buen chaval, el chaval tarado y las guapas “convertidas” a la estupidez. Realmente se sentían más poderosas; hacía apenas un año te miraban como corderos degollados para pedirte prestado un lápiz, ahora no sonreían en clase a menos que alguien lo pasara mal. Tenían una idea sobre lo mucho que habían madurado, creo que lo interpretaban así.
Me comenzaron a hablar entre todos. Sobre mis notas, sobre mis padres (sobre lo «viejos» que eran), sobre qué pasó tal día o tal otro. Todo con la única intención de hacerme sentir lo peor posible.
Y lo lograron, por supuesto. No hacía falta que tuvieran razón. No es que estuvieran trabajando la verdad, no tenían intención alguna de “ponerme en mi sitio”· Simplemente estaba solo, y eso les dejaba vía libre. Podría haber sido cualquier otro alumno. Yo no les contestaba, sólo esperaba a que se largasen.
Pasaron al menos media hora allí, por momentos ni me hacían caso, pero sabían que me aterraba su sola presencia. Antes de irse, me tiraron al suelo todo lo que tenía en el pupitre. Lo pisaron y se fueron sin prisa. No paraban de decir:
–¡Está a punto de llorar!
Fue un mal rato, me sentía furioso. Pero a los pocos segundos me sentí relativamente seguro.
No sabía por qué, pero el que peor me caía era el “buena chaval”. Porque él sí era respetado. Él podía hacer lo que quisiera. El tarado ya tenía fama de tarado, y esas niñas en el fondo habían sido así desde que aún se meaban en la cama. Todo el mundo sabía eso. Y sin embargo todo el mundo creía que el buen chaval era de verdad un buen chaval. Buen estudiante, deportista, incluso altruista. Y joder, ahora también hacía bullying. Hasta las profesoras humedecían las docentes bragas.
Cuando por fin terminé los deberes, lo metí todo en la mochila y me dispuse a salir. Vi que alguien gritaba en busca de alguien por los pasillos.
Era él, estaba solo, quieto ante las escaleras.

A veces me gusta pensar que todo el mundo lo supo, pero que creyeron más correcto decir que no. Yo no había solucionado nada, pero me gusta pensar que lo que pasó se instrumentalizó a modo de advertencia.
Un procedimiento relativamente elegante de silencios.
La gente conocía los tránsitos y sabían que yo me había quedado esa tarde castigado. No era difícil culparme, interrogarme, pero no lo hicieron.
No puedo negar que fue un auténtico placer. Lo cierto es que no me pudo ver. Le empujé tan fuerte (dije: “muérete”) por la espalda, que voló sobre algunos peldaños. Oí cómo crujían los huesos que se le rompieron al caer, cómo su cabeza rebotaba, los clac de su cráneo. En ese momento no era yo mismo; o bien lo era más que nunca, como ser humano.
Quedó inconsciente, pasé por su lado, me sentía muy bien, y luego entumecido, pero ya no asustado.
El bullying no se erradicó en el colegio, pero sí ese año en esa clase. Nadie volvió a acorralar y humillar a nadie. Era como si ahora pensasen que había un auténtico loco suelto, y que estaba atento a los matones. Estaban equivocados, pero todo fue cierto.

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