Archivos Mensuales: junio 2018

Paquete de viaje

Vimos el camión de Matutano, amarillo, viejo y chillón, un armatoste, parecía ladeado, los neumáticos a punto de ceder. Parecía fuera de su horario. Estaba aparcado y nutría una tienda, un tío iba y venía con cajas. Nos miró, esperó, obstruíamos la acera. Yo era ese tío la mayor parte del tiempo, conocía esa mirada resignada, esforzada. Siempre se habla de hacer un ejercicio de empatía, pero a menudo la empatía surge sin más, como una maldición. Yo curraba en menesteres similares, aunque no fuese con un camión de Matutano.
Esta vez, sin embargo, era de los que estorbaba, íbamos camino de una fiesta. Era el cumpleaños de alguien. Nunca recuerdo la clase de fechas señaladas que te convierten en el detallista medio. Recuerdo la Navidad, por los mensajes subliminales. Esta vez compramos un regalo entre varios. Un colega dijo que no había que comprar algo que la cumpleañera necesitara, sino algo que quisiera. Creo que fusiló un diálogo de Love Actually. Este tío llevaba algo así como toda su vida detrás de ella, y parecía intentar quedar bien con ella incluso cuando ella no estaba presente. Como si los demás tuviéramos que tomar nota. La chica había cortado con su pareja, con la que llevaba nueve años. Hace nada vi al ex en Instagram, con el traje de Salto Base; creo que mueren más o menos la mitad de los que lo practican. Lucía una gran sonrisa de Hombre Libre. Estoy bastante seguro de que tus pretensiones de Libertad tienden a ser inversamente proporcionales a tu esperanza de vida.
Eran casi las nueve de la noche y era sábado, y aún era de día, recordaba esas noches de Halloween que aquí no se daban, recorríamos una zona residencial, pero no había niños con caretas y sacos de caramelos. Mucha gente envidia las tradiciones de otros países; el nacionalismo suele ser orgullo a la desesperada. La bandera americana al menos me hacía gracia.
Llegamos a lo que a mí me parecía una gran casa. Era todo lujo y espacio por comparación con mi piso. Había mucho ambiente, hay toda una historia detrás, amigos de amigos, muchos que llevaban un tiempo follando entre sí, hermanos, algún primo, quizá un par de bebés o tres al cuidado de los abuelos. Buena gente. Daños colaterales.
A veces la educación con la que algunas personas te hablan me parece más irritante que muchas formas de sequedad. Cómo parecen seguir un guión, de una forma ya mecánica e interiorizada que intentan hacer pasar por natural. Es la gente con don de gentes. En realidad lo hacen peor de lo que creen, pero tú siempre quedas por debajo.
Estuve dando dos besos por aquí y por allá. Conocía como mucho al cincuenta por ciento. No era un cumpleaños cualquiera.

Qué pasaba. Ella tenía que estar muerta hacía ya un tiempo, pero al parecer se salvó milagrosamente. Vivió un proceso largo y suicida de médicos y salas de espera. Le habían localizado un tumor (creo), e incluso le habían dado fechas límite potenciales. Caducidad programada. Había una operación, pero era extremadamente sensible. Sin embargo se llevó a cabo, y poco tiempo después el mal remitió, dejó de insistir o reproducirse.
Lo que hacía especial este cumpleaños, es que era una auténtica celebración de la vida, a diferencia del cumpleaños habitual, que es más bien una representación de esa idea.
No conocía muy bien a la cumpleañera, pero parece ser que quiso invitar no sólo a sus amigos, sino a casi todas las personas que conformaban los seis grados de separación. De esta forma, yo era algo así como el amigo del primo de alguien que una vez vio de lejos a su ex. Ni siquiera estaba ahí por ella exactamente, sino que durante un tiempo tuve cierto vínculo con el nuevo novio de la muerte. Un par de amigos me insistieron y me hablaron del regalo en grupo, y dada la naturaleza extraordinaria del evento, no me salió decir que no.
El regalo era uno de esos paquetes de viaje, no sé muy bien cómo va, lo compramos en una librería. Era ese rollo de “regalar experiencias”. Creo que fue una idea pésima, nunca me ha parecido de recibo colarse en la agenda de los demás y removerlo todo. Pero no dije nada. Puse mi parte y aproveché para pillar un par de cómics.
Comencé a beber algún tipo de ponche dulzón, de los que te acaban matando como el veneno adecuado disimulado en un pastel. Dos horas después sentía ese ir y venir de la cabeza, como si caminara por la cubierta de un barco que surfeara un tsunami. Intentando ser amable con los demás, procurando no mirar más de la cuenta los escotes y los culos, y también los pies femeninos más visibles. Para mí los pies pueden ser tan atractivos como las piernas o los hombros al aire. Pero no se me da muy bien disimular.
Coincidí en un corrillo con la cumpleañera. Estoy bastante seguro de que se llamaba Clara. Era muy blanca de piel, con pecas y un pelo rojo como la carne cruda. Su nombre podía ser una idea de sus padres cuando vieron el aspecto del bebé. Me parecía guapa y no parecía tener el carácter de quien invita a cien personas a ninguna celebración, incluso con coartada. Sus padres estaban fuera de la ciudad, no sé si sólo esa noche o si sería algún tipo de segunda luna de miel. Creo que oí algo al respecto. Había un par de tíos sobrios dando vueltas, creo que estaban contratados. Parecían más construidos que paridos, uno de los dos tenía rasgos asiáticos, sus manos parecían poder romper cristales sin darse cuenta.
Empezaba a sospechar que la fiesta había sido idea de los padres; buena o mala, parecía evidente que había sido la primera. No sabía de qué hablar con la cumpleañera, dado que encima yo tenía más que ver con su ex que con ella. Fue ella quien decidió intercambiar alguna anécdota. Por lo que intuí, su ex se quitó de en medio para dejar espacio al tumor. No es que le culpe, hay loterías que poca gente sabe cómo cobrar. Creo que ella tampoco estaba amargada a ese respecto, aunque el chaval no había sido invitado, ni directa ni indirectamente. Parecía lo único que había quedado claro, a quiénes no había que invitar.
Los humanos queremos pensar que somos como Armstrong pisando la luna, pero diría que nos parecemos más a Armstrong cambiándose la sangre. Nos nos gusta aceptar nuestra condición fugaz y natural, sobre todo en cuanto a omnívoros y depredadores. Hay demasiadas capas de hipocresía basada en la conciencia como para intentar ser coherente. De modo que interpretamos un personaje. Yo soy sensible; yo soy resignado; yo soy vegano; yo no me arrepiento; yo le he ganado la batalla a la muerte; yo te cuento lo que pasó; yo no quiero líos; yo separo la basura; yo soy relleno; yo soy segurata; yo hago el amor; yo decido… No es una película fácil, y el rodaje dura más de lo que sabemos soportar.

A veces me quedo paralizado ante la fascinación que me produce mi entorno, todo él, la dinámica humana, por así decirlo, lo que es capaz de proyectar y lo que es capaz de destruir, y todo lo que una persona es capaz de dejar exactamente igual de bien o mal que estaba, aun viviendo ochenta o noventa años. Siento esa fascinación por el devenir global, como si lo pudiera ver todo desde fuera, cómo evoluciona, cómo sigue o cómo termina. Y el bajón llega cuando recuerdo que formo parte de ello. Es imposible no quedar salpicado. Puede que tú no cambies nada, pero absolutamente todo te va a cambiar a ti.
Si Dios existe y puede hacer eso, si puede ver este espectáculo desde los márgenes, incluso aunque no pueda intervenir, debe pasárselo literalmente teta. Debe flipar sin parar. Esa siempre ha sido mi idea sobre Dios: el voyeur definitivo, alguien que puede mirar y escuchar, y que no necesita hacer nada más. Alguien que se interesa con el mismo ánimo y regocijo por una gran celebración que por un gran atentado terrorista. Dios, el colega definitivo.

Dios podía fijarse en un montón de cosas en esa fiesta. No sé si le interesan los detalles, no sé si es más un detective o un pervertido, pero cuando hay tanta gente no das abasto. El idiota destaca; en una reunión numerosa, cuanto más superficial seas, mejor. No se valora el ingenio, sino la astracanada. La adolescencia es menos una etapa que una actitud.
Si te callas y te arrinconas, luego sólo podrás hablar sobre lo callado y arrinconado que estás en las fiestas. Yo era así, más o menos. Lo era menos con casi treinta años, pero no me gustaban más las fiestas. Debía hacer años que no iba a una fiesta de verdad. La casa se fue ensuciando y llenando de ruido como a cámara lenta. Pero de forma irremisible.
La pelirroja no estaba muerta.
Comencé a ir de un lado a otro, perdí de vista a mis colegas, compañeros de regalo. Bajé el ritmo en cuanto al bebercio. Ahora manoseaba mi vaso de plástico. Descubrí un jardín y una piscina en la parte de atrás. Puede que esto sea lo que al final respetan los tumores. El césped estaba saturado de grupos, cada vez un poco más descontrolados. Cuando el primer idiota se tiró a la piscina, el resto de su especie no tardaron en imitarle. El idiota que abre la veda es como un Ideólogo, con la diferencia de que como mucho vomitará en tu piscina, en lugar de comerte la cabeza. Algunas veces es mejor seguir al idiota, ser más listo que tu compañía, y rehuir conscientemente a animales ideológicos y activistas. No hay nada más pequeño y ridículo en el Universo, que una persona que se cree en posesión de La Verdad.
Un idiota ni siquiera tiene una opinión, sólo quiere pasarlo bien.
Pero no me apetecía meterme en la piscina. Y además comencé a ver conocidos aquí y allá, esa gente a la que prefieres no saludar por la calle, y mucho menos ponerles al día. Cuando me veo obligado a hacerlo, acabo diciendo cosas como: Aquí estoy aún, sigo vivo…
No siempre se conforman.
Se acumulaban las chicas con las que no quería hablar pero sí follar hasta la muerte. No por una cuestión de cosificación, o sí, pero hubiese pensado igual si fuesen los tíos los que me pusiesen cachondo. De momento pensar es libre, puedes pensar en todo tipo de aberraciones. Incluso esa persona que crees intachable, lo hace, piensa en cosas terribles, abominables. Quizá acaba por no hacer ninguna de esas cosas precisamente porque puede pensar en ellas. Es posible que las mejores personas tengan la mente llena de basura. Lo único que hacen es retener más y mejor que los demás. Esto explicaría también muchas explosiones de violencia. De no existir opciones como el porno, probablemente mucha gente perdería su capacidad de retención, y una fiesta sería muy parecida a algo con lo que Dante haría rimas.

Yo no formaba parte de ese estrato social. En esa fiesta había mucha gente que no sabía cuánto dinero tenía, pero sobre todo no le importaba. Porque sabían que, incluso sin mover un dedo, ese pozo se secaría mucho después de que ellos murieran dentro de sesenta o setenta años. Así de jóvenes eran, y así de ricos eran sus padres. No se me ocurre atajo más efectivo para convertirte en un gilipollas. Y ni siquiera hablo de lo vagos y maleantes que serían por tener la vida solucionada; es algo mucho más profundo que eso, es mucho peor cuando son tan conscientes de sus privilegios que comienzan a intentar compensarlos. Esa gente es insoportable, porque no sólo parecen avergonzarse de ser quienes son (cosa que no se han ganado, pero que tampoco pidieron), sino que además procuran que los demás les acompañemos, les perdonemos.
Personalmente prefiero a los “vagos y maleantes”, los que se bañan con champán de botellas que cuestan como un coche de segunda mano. Ellos al menos saben que nadie les va a perdonar que sean ricos, y se limitan a intentar disfrutar. Puede que sean idiotas, pero no son unos hipócritas, y no te piden clemencia. Se limitan a vivir la vida como la mayoría de gente sueña vivirla, la misma gente que habla sobre la dignidad que hay en los madrugones y la explotación laboral. No es que hagan ningún bien, pero siempre nos darán una lección mucho más interesante que la que nos intentan colar los avergonzados bienhechores.
Los unos sólo son unos pesados (y a menudo unos falsos), pero los otros te hacen pensar. ¿Eso es lo que yo quiero? ¿Qué quiero exactamente? ¿Bañera de champán o comprar ropa carísima de la que no lo parece? ¿Soy tan humilde y ascético como creo que soy?

En algún momento comenzamos a salir en fila india de la casa, y del jardín. Tras la propiedad privada había un bosque. Comenzaron a verse focos de linterna de móvil. Eran ya como las cinco de la mañana. Éramos supervivientes, también en el sentido metafísico. Nadie sabe qué define su propia época, estás demasiado en el ajo. Se sabe cuando han pasado cincuenta años. ¿Como nos recordarán a nosotros? A veces creo que seremos la versión superficial de los hippies. Eso pensaba yo. No acabaremos con la crisis, y la crisis no acabará con nosotros. Sólo nos pasará por encima, nos dejará recogiendo los pedazos, mientras los de siempre se siguen bañando en champán.
Y cómo les vas a culpar.
Con qué argumento blindado. Con qué retórica de izquierdas saturada de ego, paternalismo, pedantería y etiquetas. Con qué idealismo cutre de quinceañero. Ya no eres joven, ahora te dices: soy de izquierdas; y te ves aguantándote la risa cuando el cabrón más cínico de derechas te suena razonable.
Nos adentramos en ese bosque del siglo XXI, ya casi en su tercera década. A la cumpleañera le sonó el teléfono. Me pasé la noche intentando recordar si alguna vez me había masturbado con sus fotos de Facebook.
Estuvo un bueno rato hablando. El resto comenzamos a buscar dónde poner el culo. Varias parejas habían ido a follar tras algún arbusto. Oí cómo alguien vomitaba.
La cumpleañera volvió de su aparte telefónico. ¿Quién hablaba por teléfono ahora? ¿Qué clase de estrés era ese?
Dijo:
–Mi ex ha muerto.

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Jóvenes profesionales

Sabía que la familia de al lado se había mudado. Creo que había muerto alguien, o alguien se había quedado sin trabajo. Había pasado algo que no se podía barrer bajo la alfombra comprando cosas, y decidieron cambiar de aires. Eso obviamente tampoco solucionaría necesariamente el problema, pero supongo que la decisión es comprensible. La racionalidad no es más que otro ingrediente del que calcular la dosis.
Esto no quiere decir que yo estuviera muy informado de los avatares del vecindario. Más bien entraba y salía del barrio lo más rápido posible. El barrio sólo era el lugar en el que tenía el piso. Allí no tenía amigos o familiares, y tampoco ganas de intimar.
Pronto un nuevo inquilino ocupó el lugar de la familia. Vivía solo, tenía entre treinta y cuarenta años. Estábamos pared con pared. Jóvenes profesionales. Creo que tenía un trabajo similar al mío, algo que soportábamos de lunes a sábado en el turno de noche. En realidad acabé sabiendo que nos rotaban el turno a ambos, lo que hace que acabes por no recordar muy bien lo que es estar descansado. Sus ojos rojos eran los míos, su edad también, su situación profesional, su soltería, su aparente carencia de objetivos. Su pereza, una clase de pereza que hace que la idea de conocer a alguien y formar una familia te suene a enfermedad terminal.
Eran casi todo suposiciones, pero bastante acertadas.
El resto de vecinos del edifico dormía de noche y vivía de día. Nosotros éramos los únicos que o bien estábamos en el curro o bien intentando dormir; un jet lag constante sin necesidad de movernos del sitio.
Tenía la misma relación con él que con el resto de vecinos. Parca, cordial de un modo seco y funcional.
Eramos funcionarios de lo funcional. Él tampoco debía tener mucha vida social, o debía estar constreñida. Lo que tiene el turno de noche seis días a la semana, es que sales del curro el sábado por la mañana, y vuelves a entrar el domingo por la noche. Tu fin de semana se reduce al sábado por la tarde. Una tarde libre real en toda la semana. No importa si técnicamente no es así, porque así es como lo percibes. No puedes disfrutar del domingo haciéndote la víctima irónica cuando sabes que tu turno empieza a las diez de la noche.
Yo era lo más cerca de un niño moreno cosiendo balones que había en mi grupo de amigos. El resto habían sido más o menos aplicados. Ellos al menos tenían tiempo para quejarse.

Por si fuera poco, me estaba haciendo viejo. Tanteando los cuarenta. Como se suele decir: no tenía nada. Nada propio, se entiende. Sí que tenía padres y algunos amigos, pero no había construido nada. Ni siquiera me había dejado llevar por la inercia vital predominante, para poder pensar después: menos mal. Podría haber estado cambiando pañales, en el fondo igual de jodido o más, pero al menos sintiéndome más civilizado, menos individualista, más amoroso. Al menos tendría algo que enseñar, de lo que hablar, podría abusar de los diminutivos y hacer chistes sobre el insomnio de los padres, la lactancia o los períodos de excedencia laboral. Estoy bastante seguro de que no me sentiría mejor, pero sí tendría más herramientas para fingirlo.
Lo cierto es que pensaba en todo eso, pero no lo echaba de menos. No me sentía fuera de lugar. Claro que fantaseaba con algún tipo de ideal de mujer, o que encontraría otro curro, algo a poder ser menos esclavo, o, ya puestos a pedir, más creativo. Menos de ser un tornillo y más de ser un lápiz, por así decirlo. Era poco realista darle vueltas a eso.
Siempre me he considerado un romántico.

Si tenía suerte, el horario del curro no cambiaba en varias semanas seguidas. Pero tarde o temprano comenzaba a dar bandazos. De la noche a la tarde, de la tarde a la mañana, y vuelta a la noche.
Para decir la verdad, la noche era mi hábitat. Eran mis horas predilectas para leer o escribir o ponerme una peli; para estar solo, en definitiva, lo que era mi fiesta favorita. Pero currar no es desde luego la mejor tarea para hacer de noche, no en algo completamente opuesto a lo que eres y sientes. La noche es el mejor momento para hacer tus cosas, y el peor para hacer las de los demás.
Un día llegué tarde a casa, después de haber tenido el turno de tarde y haber tropezado con un colega. Nos habíamos puestos tibios de café. Se suponía que yo ahora tenía que dormir. Reconozco que no soy el mejor planificando. Me senté en el sillón, con los ojos abiertos como platos. Me puse la mano en la panza, ya no era tanto una barriga como una panza. Me plantee seriamente comenzar a comer menos. Durante una época lo probé y bajé diez kilos. Me sentí como un héroe del esfuerzo y el sacrificio. Luego, ante ni pasmo, dejé de adelgazar, de golpe. La gente me decía que era normal, que lo que había perdido era sobre todo líquido, que era relativamente fácil perder diez kilos. Más o menos siempre ha funcionado así: cuando creo que he logrado algo, viene alguien y me aterriza. Nunca es para tanto. Nunca gano del todo.
Oí un ruido que venía del piso del vecino. Mi reflejo. Un golpe seco, una puerta. El café me levantó del sillón, algo sobresaltado. Me fui a espiar por la mirilla. Eran casi las dos de la mañana.
El tío arrastraba una suerte de fardo, negro, aparatoso, muy pesado. Hacía auténticos esfuerzos por trasladarlo, resoplaba y se le marcaban las venas en la sien. Tenía que bajar dos pisos. El colocón de café estuvo a punto de hacerme abrir la puerta y ofrecerme a echar una mano. Pero algo además del café me había puesto alerta. Si lo que arrastraba no era un cuerpo, ¿qué era? ¿Algún tipo de muñeca hinchable? ¿Las hay que pesen noventa kilos? ¿Hay muñecas hinchables como yo?
Al final logró levantar aquello y acomodárselo para poder bajarlo. En el edificio (tres pisos en total) no había ascensor.
Apagué la luz y me puse a espiar por la ventana. Salió con el fardo y se llegó hasta su coche, a unos veinte metros en la otra acera. Dejó caer el fardo en el suelo, abrió la puerta de atrás y lo metió como pudo. No se planteó usar el maletero. Arrancó el coche y se fue.
Me quedé paralizado, pensando en la logística. No me entró miedo, sólo me pregunté por qué no había usado el maletero. Luego supuse que debía llevarlo ocupado, puede que un pico, una pala, cuerda… a saber. Por algún motivo, eso me tranquilizó un momento.
Esperé a que el coche volviera. Ni me planteé ir a dormir. Seguía con las luces apagadas. En teoría tenía que levantarme a las seis para ir al curro. De repente tenía el turno de mañana. Eran más de las dos. Aunque me fuese a dormir en ese justo instante, sabía que apenas dormiría un par de horas. Tenía clarísimo que el día siguiente sólo sería un día más: abotargado, falto de sueño, un muñeco de trapo manejando maquinaria pesada. Riesgos laborales en marcha.
Estaba acostumbrándome a nos sentir nada. O a sentir sólo cansancio. La resignación era mi máximo. Si estaba resignado era un buen día. Si un día dormía seis horas era una utopía. Yo no disfrutaba de los detalles pequeños, los detalles pequeños eran mi mayor meta. Si lograba ver cómo el tío volvía en su coche y luego me dormía hora y media, habría sido un día medianamente aceptable.
Lo que pasaría, sin embargo, es que el tipo volvería una hora después con el coche vacío y la ropa sucia, subiría a su piso, cerraría la puerta, y yo me revolcaría en la cama hasta que sonase el despertador de mi móvil sin haber dormido una gota.

El insomnio se da por hecho. Era la clase de cosas que inconscientemente creía merecer por no tener otra clase de vida, una vida más desprendida, más adulta.
Cuando al día siguiente salí del trabajo, la siesta que me eché por la tarde volvió a ponerlo todo en su sitio. Fuera de lugar. Eran esos días de turno caótico.
Ni siquiera era un completo drogadicto. Solo fumaba y bebía café. Ni siquiera le daba al alcohol. No se me daba muy bien ser un desperdicio; digamos que dejaba las cosas a medias incluso para autodestruirme. No la cagaba del todo, no ganaba del todo, no me mantenía apenas. Apenas me mantenía en pie, pero con aplomo. Me hubiera lamentado mucho si hubiese tenido el tiempo y la energía para ello. Hubiera pensado mucho en ello si hubiese dormido al menos cinco horas diarias.
Quién las pillara.
En el fondo poco importaba que no tuviese un bebé nuclear; me despertaba con la misma frecuencia que si lo tuviese. Pero no podía decir: el bebé no me ha dejado dormir. A veces hubiese podido decir: la siesta no me ha dejado dormir. Los momentos en que menos recomendable era perder la consciencia sobre la almohada, ahí estaba yo, frito como el lactante de algún colega.
Casi todos tenían ya uno o dos críos; alguna niña que ya caminaba sola y algún otro monstruito uterino. Yo preferí compartir escalera con un psicópata. Una pesadilla por otra. Lo debí achacar también al karma. Era como si la vida me estuviese dando pistas. Esta es tu gente, este es tu rollo; hay gente que hace cosas y hay gente que hace daño: creo que sabes dónde encajas tú.

Al paso de los días, comprobé que el tipo sacaba al menos un par de fardos a la semana. Su horario era incluso más caótico que el mío. Iba por ahí con un mono azul, no sé en qué curraba. Alguna vez incluso vi cómo llegaba a casa con otro tío, más alimento para el fardo. De entrada pensé que tenía que llamar a la poli, pero claramente subestimé mi atroz pereza, mi absoluta irresponsabilidad cívica. Creo que lo que hacía era follárselos y matarlos, puede que no en ese orden. Por lo que vi, siempre eran tíos y siempre era el mismo plan. Ellos creían que iban a mojar, mi vecino aumentaba la estadística. Llegué a intentar comprender su ánimo, su estado mental, su crueldad, el por qué, por más arbitrario o terrible que fuera. No podía dejar de mirar, hasta pegaba la oreja en la pared. Es fácil empatizar con las víctimas, hoy en día incluso resulta demagógico, a juzgar por la redes sociales. Yo me justifiqué pensando que estaría más cerca de comprender el mundo entendiendo a mi vecino. Él era representativo. Seguro que los de su especie son menos, pero es evidente que son los que toman las decisiones. Son los que comenzaron siendo buenos o del montón, y luego acabaron teniendo poder. A veces ni les hacía falta el poder. Mi vecino era como yo pero con ciertas habilidades morales. Yo no era mucho mejor teniendo en cuenta mi política de no intervención, pero ¿no es así como funcionan las cosas?

Una noche fue aún peor. Decidí que esperaría a que cayera por su propio peso. Tenía el turno de mañana, intenté ir a dormir a las once. Pensé que aunque yo no fuera a la poli, el tío acabaría pringando. No puedes llevar ese ritmo homicida sin que te pillen. O eso es al menos lo que se suele decir. Si eres lo suficientemente malo, pagas tarde o temprano. El tío pagaría, yo me haría el dormido, yo alegaría turno de noche, sorpresa, incredulidad, horror ante el descubrimiento de la auténtica naturaleza de mi vecino.
Si es que me preguntaban.
Balbucearía como el pringado que soy. Asentiría. Eso se me da bien. Me sale natural.
Claro que no iba a dormirme a las once. Mi biorritmo estaba desquiciado, la psicosis me rodeaba. Di vueltas en la cama casi hasta la una de la mañana. Oí ruido en la escalera. Me alegré, era una excusa para levantarme a mirar. Sólo un poquito, me dije. El vecino llegaba con uno de sus ligues. Siempre parecían drogados, con la mirada perdida, sonreían ensimismados. Era muy probable que les echara algo en la bebida. Parecían a poco de caer químicamente rendidos.
Apenas pasaron cinco minutos y ya escuché el trajín propio de trasladar el cadáver. No debía ser fácil meterlo en esa especie de bolsa gigante de viaje. Tenía que acomodar el cuerpo y cerrar una larga cremallera.
Esta vez el muerto lo era a todos los niveles, debía de pesar bastante más de cien kilos. Ya estando en la escalera, estudiaba cómo demonios trasladarlo sin tener que arrastrarlo y golpear su cabeza contra cada escalón. No se podía permitir hacer más ruido de la cuenta. Si se le resbalaba bajando por los peldaños, podía golpear la puerta de algún vecino. Estaban todos durmiendo, si había alguien con el sueño ligero se levantaría a ver qué leches había sido ese ruido.
Por un momento parecía que volvería a empujar el cadáver dentro del piso. Pero se detuvo a pensar; y entonces miró hacia mi puerta. El corazón me comenzó a latir como desde Cristina la de primaria. Los pequeños detalles eran mi meta, esto era lo más parecido al amor romántico ahora en mi vida. ¿Me elegirá el psicópata?
Se acercó hasta mi puerta. Por un momento pensé que me veía, me eché hacia atrás. ¿Qué pretendía hacer?
Llamó al timbre. Un toque rápido. Los ojos desorbitados, sudaba, nunca le había visto desde tan cerca. No podía abrir enseguida, pero seguro que sabía de mi vida disoluta, ni bien ni jodido del todo, follado por los horarios, frito por el café, envejeciendo a pasos agigantados, acumulando pajas con porno cada vez más sutil y sofisticado. Sin interés por el futuro e inmovilizado bajo su peso. Este tiene que estar despierto, pensó. Este no hará preguntas. Ni de broma.
Di una vuelta por el piso y me dirigí hacia la puerta intentando que se notaran mis pasos descuidados. Sólo un vecino más. Ni tan solo me planteé hacer silencio y esconderme.
Abrí sin poner cara de sueño.
–Perdona que te moleste a estas horas.
Vocalizaba bien y miraba como quien no ha roto nunca un plato contra la cabeza de un niño.
–…
Yo le miré fijamente, sin atender al fardo en el suelo.
–Tengo que bajar esto y no sé…
–Ah…
Me comenzó a contar un rollo sobre la fábrica textil de su padre, algo para sacar a colación maniquíes y asuntos familiares, se montó una película que me recordó a esos hilos de Twitter donde personas humildes y desinteresadas hablan de cómo han mediado en una pelea, han ayudado a una vieja a cruzar la calle o han defendido a alguien en apuros de madrugada. Los nuevos superhéroes sin capa: cuántas veces tengo que decirte que soy una persona íntegra y humilde, cuántas viejas voy a tener que decirte que he paseado por los pasos de cebra. Esas buenas personas sobre el papel. El tío se montó un rollo que se podía desmontar con un par de preguntas, que yo desde luego no hice. Quizá algo sobre los maniquíes con obesidad mórbida y desde cuándo los fabricaban. Podríamos hablar sobre inclusividad, otro terreno para nuevos adalides de la moral. Las buenas personas desafiantes, humildemente henchidas de ego.
Este ni siquiera podía engañarme, él sabía que no podía. Estábamos llegando a un acuerdo silencioso: yo no diría nada y él no haría nada al respecto. Cogí al gordo por los pies y él lo aferró por los hombros. No sudaba tanto desde Cristina la de primaria.
Pensé: este es el fin. Justo hoy alguien husmeará, nos verán acarreando un cadáver, y no será alguien con Twitter, será alguien que actuará, que llamará a la poli. Comencé a pensar en mi celda, en cómo sería. Cabrones, pensé, no me pillaréis, no he hecho nada. Estoy ayudando a un vecino a bajar el maniquí gordo que su padre le ha hecho guardar. No había espacio en el pequeño y humilde almacén para maniquíes inclusivos. Y eso no quiere decir que haya que tirarlos o quemarlos. Si ves a la vieja, cruzas con ella, le hablas del tiempo, le sonríes, le das los buenos días. No juzgas a esa pobre mujer.
De vez en cuando dejábamos al muerto en el suelo y respirábamos hondo. Se estaba convirtiendo en una labor más. Sacar la basura. Una mudanza. Al día siguiente siempre podía pensar que lo había soñado. No recordaría bien la rigidez del cuerpo, que comenzaba a oler, que no era una broma.
Justo ese día había aparcado más lejos. Comenzamos a hablar de aparcar y del tráfico horrible de la ciudad. El cuerpo cada vez se nos resbalaba con más frecuencia. Era muy difícil de aferrar envuelto en aquella tela.
Cuando llegamos al coche, metí mi morcilla:
–¿En el maletero?
Estábamos junto a un descampado, estética de la crisis, edificios proyectados sólo a medias.
–No –dijo.
Sacó un paquete de tabaco y me ofreció un cigarrillo. El fardo seguía en el suelo junto al coche. Acepté. Le pregunté si tenía ocupado el maletero. Me dijo que era pequeño. Antes follábamos en los asientos de atrás, ahora son prácticos.
Era un Marlboro, suave, apropiado.
El tío me miraba de reojo, me estudiaba. Parecía pensar: ¿así es una persona normal? Ahora sé que no le gusté. No entendía mi actitud, ni de lejos. No encajaba. Él sabía que la había cagado, que había apelado de una forma absurda a mi ingenuidad. Yo me podía mostrar todo lo ingenuo que quisiera, pero no era tan tonto. Era evidente que había tomado malas decisiones, decisiones mediocres, que me había dejado llevar cuando tocaba decidir, que había tomado decisiones cuando tocaba dejarse llevar. Había que saber decir no, pero también había que saber elegir el momento. Había un momento para pasar página y otro para insistir; eso también lo hacía mal. Ese caos personal, demasiado perceptible y colorido, eso que me ayudó a tener amigos o gustar a algunas chicas, a otras personas les inquietaba profundamente. Dadas las circunstancias, esta vez esa actitud pareció afectar especialmente al tarado que tenía al lado. Ahora sabía que incluso matar no era garantía de nada. Porque no percibía el rechazo en mí. No sabía que apenas había espacio en mí para eso. Se cubrió la cara con las manos. Comenzó a sollozar.
Yo no dije nada.
Le animé sotto voce y le ayudé a meter el cuerpo en el vehículo. El tipo no parecía exactamente arrepentido, estaba profundamente confundido. Su cabeza debía haber entrado en ebullición. Yo no le eché una mano con eso, no podía hacerlo, no podía intentar explicarlo. Lo que pasaba era sobre todo asunto suyo, su pecado. Yo sólo me había dejado llevar. Levanta esto, desplaza aquello, mueve esto otro, aparta de ahí, apunta al centro, ponte el condón, cierra aquello, baja aquí, espera allí. No se me daban mal las tareas sencillas. Eso podía hacerlo. Pero me costaba mucho adquirir otro tipo de responsabilidades. Era alguien definido sólo sobre el papel.
No condujo a ningún sitio. Caminamos de vuelta hasta nuestro edificio. El tío ya no lloraba, pero creo que algo se rompió o recompuso dentro de él. Al día siguiente dejó el piso, y ya no le volví a ver.

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