Jóvenes profesionales

Sabía que la familia de al lado se había mudado. Creo que había muerto alguien, o alguien se había quedado sin trabajo. Había pasado algo que no se podía barrer bajo la alfombra comprando cosas, y decidieron cambiar de aires. Eso obviamente tampoco solucionaría necesariamente el problema, pero supongo que la decisión es comprensible. La racionalidad no es más que otro ingrediente del que calcular la dosis.
Esto no quiere decir que yo estuviera muy informado de los avatares del vecindario. Más bien entraba y salía del barrio lo más rápido posible. El barrio sólo era el lugar en el que tenía el piso. Allí no tenía amigos o familiares, y tampoco ganas de intimar.
Pronto un nuevo inquilino ocupó el lugar de la familia. Vivía solo, tenía entre treinta y cuarenta años. Estábamos pared con pared. Jóvenes profesionales. Creo que tenía un trabajo similar al mío, algo que soportábamos de lunes a sábado en el turno de noche. En realidad acabé sabiendo que nos rotaban el turno a ambos, lo que hace que acabes por no recordar muy bien lo que es estar descansado. Sus ojos rojos eran los míos, su edad también, su situación profesional, su soltería, su aparente carencia de objetivos. Su pereza, una clase de pereza que hace que la idea de conocer a alguien y formar una familia te suene a enfermedad terminal.
Eran casi todo suposiciones, pero bastante acertadas.
El resto de vecinos del edifico dormía de noche y vivía de día. Nosotros éramos los únicos que o bien estábamos en el curro o bien intentando dormir; un jet lag constante sin necesidad de movernos del sitio.
Tenía la misma relación con él que con el resto de vecinos. Parca, cordial de un modo seco y funcional.
Eramos funcionarios de lo funcional. Él tampoco debía tener mucha vida social, o debía estar constreñida. Lo que tiene el turno de noche seis días a la semana, es que sales del curro el sábado por la mañana, y vuelves a entrar el domingo por la noche. Tu fin de semana se reduce al sábado por la tarde. Una tarde libre real en toda la semana. No importa si técnicamente no es así, porque así es como lo percibes. No puedes disfrutar del domingo haciéndote la víctima irónica cuando sabes que tu turno empieza a las diez de la noche.
Yo era lo más cerca de un niño moreno cosiendo balones que había en mi grupo de amigos. El resto habían sido más o menos aplicados. Ellos al menos tenían tiempo para quejarse.

Por si fuera poco, me estaba haciendo viejo. Tanteando los cuarenta. Como se suele decir: no tenía nada. Nada propio, se entiende. Sí que tenía padres y algunos amigos, pero no había construido nada. Ni siquiera me había dejado llevar por la inercia vital predominante, para poder pensar después: menos mal. Podría haber estado cambiando pañales, en el fondo igual de jodido o más, pero al menos sintiéndome más civilizado, menos individualista, más amoroso. Al menos tendría algo que enseñar, de lo que hablar, podría abusar de los diminutivos y hacer chistes sobre el insomnio de los padres, la lactancia o los períodos de excedencia laboral. Estoy bastante seguro de que no me sentiría mejor, pero sí tendría más herramientas para fingirlo.
Lo cierto es que pensaba en todo eso, pero no lo echaba de menos. No me sentía fuera de lugar. Claro que fantaseaba con algún tipo de ideal de mujer, o que encontraría otro curro, algo a poder ser menos esclavo, o, ya puestos a pedir, más creativo. Menos de ser un tornillo y más de ser un lápiz, por así decirlo. Era poco realista darle vueltas a eso.
Siempre me he considerado un romántico.

Si tenía suerte, el horario del curro no cambiaba en varias semanas seguidas. Pero tarde o temprano comenzaba a dar bandazos. De la noche a la tarde, de la tarde a la mañana, y vuelta a la noche.
Para decir la verdad, la noche era mi hábitat. Eran mis horas predilectas para leer o escribir o ponerme una peli; para estar solo, en definitiva, lo que era mi fiesta favorita. Pero currar no es desde luego la mejor tarea para hacer de noche, no en algo completamente opuesto a lo que eres y sientes. La noche es el mejor momento para hacer tus cosas, y el peor para hacer las de los demás.
Un día llegué tarde a casa, después de haber tenido el turno de tarde y haber tropezado con un colega. Nos habíamos puestos tibios de café. Se suponía que yo ahora tenía que dormir. Reconozco que no soy el mejor planificando. Me senté en el sillón, con los ojos abiertos como platos. Me puse la mano en la panza, ya no era tanto una barriga como una panza. Me plantee seriamente comenzar a comer menos. Durante una época lo probé y bajé diez kilos. Me sentí como un héroe del esfuerzo y el sacrificio. Luego, ante ni pasmo, dejé de adelgazar, de golpe. La gente me decía que era normal, que lo que había perdido era sobre todo líquido, que era relativamente fácil perder diez kilos. Más o menos siempre ha funcionado así: cuando creo que he logrado algo, viene alguien y me aterriza. Nunca es para tanto. Nunca gano del todo.
Oí un ruido que venía del piso del vecino. Mi reflejo. Un golpe seco, una puerta. El café me levantó del sillón, algo sobresaltado. Me fui a espiar por la mirilla. Eran casi las dos de la mañana.
El tío arrastraba una suerte de fardo, negro, aparatoso, muy pesado. Hacía auténticos esfuerzos por trasladarlo, resoplaba y se le marcaban las venas en la sien. Tenía que bajar dos pisos. El colocón de café estuvo a punto de hacerme abrir la puerta y ofrecerme a echar una mano. Pero algo además del café me había puesto alerta. Si lo que arrastraba no era un cuerpo, ¿qué era? ¿Algún tipo de muñeca hinchable? ¿Las hay que pesen noventa kilos? ¿Hay muñecas hinchables como yo?
Al final logró levantar aquello y acomodárselo para poder bajarlo. En el edificio (tres pisos en total) no había ascensor.
Apagué la luz y me puse a espiar por la ventana. Salió con el fardo y se llegó hasta su coche, a unos veinte metros en la otra acera. Dejó caer el fardo en el suelo, abrió la puerta de atrás y lo metió como pudo. No se planteó usar el maletero. Arrancó el coche y se fue.
Me quedé paralizado, pensando en la logística. No me entró miedo, sólo me pregunté por qué no había usado el maletero. Luego supuse que debía llevarlo ocupado, puede que un pico, una pala, cuerda… a saber. Por algún motivo, eso me tranquilizó un momento.
Esperé a que el coche volviera. Ni me planteé ir a dormir. Seguía con las luces apagadas. En teoría tenía que levantarme a las seis para ir al curro. De repente tenía el turno de mañana. Eran más de las dos. Aunque me fuese a dormir en ese justo instante, sabía que apenas dormiría un par de horas. Tenía clarísimo que el día siguiente sólo sería un día más: abotargado, falto de sueño, un muñeco de trapo manejando maquinaria pesada. Riesgos laborales en marcha.
Estaba acostumbrándome a nos sentir nada. O a sentir sólo cansancio. La resignación era mi máximo. Si estaba resignado era un buen día. Si un día dormía seis horas era una utopía. Yo no disfrutaba de los detalles pequeños, los detalles pequeños eran mi mayor meta. Si lograba ver cómo el tío volvía en su coche y luego me dormía hora y media, habría sido un día medianamente aceptable.
Lo que pasaría, sin embargo, es que el tipo volvería una hora después con el coche vacío y la ropa sucia, subiría a su piso, cerraría la puerta, y yo me revolcaría en la cama hasta que sonase el despertador de mi móvil sin haber dormido una gota.

El insomnio se da por hecho. Era la clase de cosas que inconscientemente creía merecer por no tener otra clase de vida, una vida más desprendida, más adulta.
Cuando al día siguiente salí del trabajo, la siesta que me eché por la tarde volvió a ponerlo todo en su sitio. Fuera de lugar. Eran esos días de turno caótico.
Ni siquiera era un completo drogadicto. Solo fumaba y bebía café. Ni siquiera le daba al alcohol. No se me daba muy bien ser un desperdicio; digamos que dejaba las cosas a medias incluso para autodestruirme. No la cagaba del todo, no ganaba del todo, no me mantenía apenas. Apenas me mantenía en pie, pero con aplomo. Me hubiera lamentado mucho si hubiese tenido el tiempo y la energía para ello. Hubiera pensado mucho en ello si hubiese dormido al menos cinco horas diarias.
Quién las pillara.
En el fondo poco importaba que no tuviese un bebé nuclear; me despertaba con la misma frecuencia que si lo tuviese. Pero no podía decir: el bebé no me ha dejado dormir. A veces hubiese podido decir: la siesta no me ha dejado dormir. Los momentos en que menos recomendable era perder la consciencia sobre la almohada, ahí estaba yo, frito como el lactante de algún colega.
Casi todos tenían ya uno o dos críos; alguna niña que ya caminaba sola y algún otro monstruito uterino. Yo preferí compartir escalera con un psicópata. Una pesadilla por otra. Lo debí achacar también al karma. Era como si la vida me estuviese dando pistas. Esta es tu gente, este es tu rollo; hay gente que hace cosas y hay gente que hace daño: creo que sabes dónde encajas tú.

Al paso de los días, comprobé que el tipo sacaba al menos un par de fardos a la semana. Su horario era incluso más caótico que el mío. Iba por ahí con un mono azul, no sé en qué curraba. Alguna vez incluso vi cómo llegaba a casa con otro tío, más alimento para el fardo. De entrada pensé que tenía que llamar a la poli, pero claramente subestimé mi atroz pereza, mi absoluta irresponsabilidad cívica. Creo que lo que hacía era follárselos y matarlos, puede que no en ese orden. Por lo que vi, siempre eran tíos y siempre era el mismo plan. Ellos creían que iban a mojar, mi vecino aumentaba la estadística. Llegué a intentar comprender su ánimo, su estado mental, su crueldad, el por qué, por más arbitrario o terrible que fuera. No podía dejar de mirar, hasta pegaba la oreja en la pared. Es fácil empatizar con las víctimas, hoy en día incluso resulta demagógico, a juzgar por la redes sociales. Yo me justifiqué pensando que estaría más cerca de comprender el mundo entendiendo a mi vecino. Él era representativo. Seguro que los de su especie son menos, pero es evidente que son los que toman las decisiones. Son los que comenzaron siendo buenos o del montón, y luego acabaron teniendo poder. A veces ni les hacía falta el poder. Mi vecino era como yo pero con ciertas habilidades morales. Yo no era mucho mejor teniendo en cuenta mi política de no intervención, pero ¿no es así como funcionan las cosas?

Una noche fue aún peor. Decidí que esperaría a que cayera por su propio peso. Tenía el turno de mañana, intenté ir a dormir a las once. Pensé que aunque yo no fuera a la poli, el tío acabaría pringando. No puedes llevar ese ritmo homicida sin que te pillen. O eso es al menos lo que se suele decir. Si eres lo suficientemente malo, pagas tarde o temprano. El tío pagaría, yo me haría el dormido, yo alegaría turno de noche, sorpresa, incredulidad, horror ante el descubrimiento de la auténtica naturaleza de mi vecino.
Si es que me preguntaban.
Balbucearía como el pringado que soy. Asentiría. Eso se me da bien. Me sale natural.
Claro que no iba a dormirme a las once. Mi biorritmo estaba desquiciado, la psicosis me rodeaba. Di vueltas en la cama casi hasta la una de la mañana. Oí ruido en la escalera. Me alegré, era una excusa para levantarme a mirar. Sólo un poquito, me dije. El vecino llegaba con uno de sus ligues. Siempre parecían drogados, con la mirada perdida, sonreían ensimismados. Era muy probable que les echara algo en la bebida. Parecían a poco de caer químicamente rendidos.
Apenas pasaron cinco minutos y ya escuché el trajín propio de trasladar el cadáver. No debía ser fácil meterlo en esa especie de bolsa gigante de viaje. Tenía que acomodar el cuerpo y cerrar una larga cremallera.
Esta vez el muerto lo era a todos los niveles, debía de pesar bastante más de cien kilos. Ya estando en la escalera, estudiaba cómo demonios trasladarlo sin tener que arrastrarlo y golpear su cabeza contra cada escalón. No se podía permitir hacer más ruido de la cuenta. Si se le resbalaba bajando por los peldaños, podía golpear la puerta de algún vecino. Estaban todos durmiendo, si había alguien con el sueño ligero se levantaría a ver qué leches había sido ese ruido.
Por un momento parecía que volvería a empujar el cadáver dentro del piso. Pero se detuvo a pensar; y entonces miró hacia mi puerta. El corazón me comenzó a latir como desde Cristina la de primaria. Los pequeños detalles eran mi meta, esto era lo más parecido al amor romántico ahora en mi vida. ¿Me elegirá el psicópata?
Se acercó hasta mi puerta. Por un momento pensé que me veía, me eché hacia atrás. ¿Qué pretendía hacer?
Llamó al timbre. Un toque rápido. Los ojos desorbitados, sudaba, nunca le había visto desde tan cerca. No podía abrir enseguida, pero seguro que sabía de mi vida disoluta, ni bien ni jodido del todo, follado por los horarios, frito por el café, envejeciendo a pasos agigantados, acumulando pajas con porno cada vez más sutil y sofisticado. Sin interés por el futuro e inmovilizado bajo su peso. Este tiene que estar despierto, pensó. Este no hará preguntas. Ni de broma.
Di una vuelta por el piso y me dirigí hacia la puerta intentando que se notaran mis pasos descuidados. Sólo un vecino más. Ni tan solo me planteé hacer silencio y esconderme.
Abrí sin poner cara de sueño.
–Perdona que te moleste a estas horas.
Vocalizaba bien y miraba como quien no ha roto nunca un plato contra la cabeza de un niño.
–…
Yo le miré fijamente, sin atender al fardo en el suelo.
–Tengo que bajar esto y no sé…
–Ah…
Me comenzó a contar un rollo sobre la fábrica textil de su padre, algo para sacar a colación maniquíes y asuntos familiares, se montó una película que me recordó a esos hilos de Twitter donde personas humildes y desinteresadas hablan de cómo han mediado en una pelea, han ayudado a una vieja a cruzar la calle o han defendido a alguien en apuros de madrugada. Los nuevos superhéroes sin capa: cuántas veces tengo que decirte que soy una persona íntegra y humilde, cuántas viejas voy a tener que decirte que he paseado por los pasos de cebra. Esas buenas personas sobre el papel. El tío se montó un rollo que se podía desmontar con un par de preguntas, que yo desde luego no hice. Quizá algo sobre los maniquíes con obesidad mórbida y desde cuándo los fabricaban. Podríamos hablar sobre inclusividad, otro terreno para nuevos adalides de la moral. Las buenas personas desafiantes, humildemente henchidas de ego.
Este ni siquiera podía engañarme, él sabía que no podía. Estábamos llegando a un acuerdo silencioso: yo no diría nada y él no haría nada al respecto. Cogí al gordo por los pies y él lo aferró por los hombros. No sudaba tanto desde Cristina la de primaria.
Pensé: este es el fin. Justo hoy alguien husmeará, nos verán acarreando un cadáver, y no será alguien con Twitter, será alguien que actuará, que llamará a la poli. Comencé a pensar en mi celda, en cómo sería. Cabrones, pensé, no me pillaréis, no he hecho nada. Estoy ayudando a un vecino a bajar el maniquí gordo que su padre le ha hecho guardar. No había espacio en el pequeño y humilde almacén para maniquíes inclusivos. Y eso no quiere decir que haya que tirarlos o quemarlos. Si ves a la vieja, cruzas con ella, le hablas del tiempo, le sonríes, le das los buenos días. No juzgas a esa pobre mujer.
De vez en cuando dejábamos al muerto en el suelo y respirábamos hondo. Se estaba convirtiendo en una labor más. Sacar la basura. Una mudanza. Al día siguiente siempre podía pensar que lo había soñado. No recordaría bien la rigidez del cuerpo, que comenzaba a oler, que no era una broma.
Justo ese día había aparcado más lejos. Comenzamos a hablar de aparcar y del tráfico horrible de la ciudad. El cuerpo cada vez se nos resbalaba con más frecuencia. Era muy difícil de aferrar envuelto en aquella tela.
Cuando llegamos al coche, metí mi morcilla:
–¿En el maletero?
Estábamos junto a un descampado, estética de la crisis, edificios proyectados sólo a medias.
–No –dijo.
Sacó un paquete de tabaco y me ofreció un cigarrillo. El fardo seguía en el suelo junto al coche. Acepté. Le pregunté si tenía ocupado el maletero. Me dijo que era pequeño. Antes follábamos en los asientos de atrás, ahora son prácticos.
Era un Marlboro, suave, apropiado.
El tío me miraba de reojo, me estudiaba. Parecía pensar: ¿así es una persona normal? Ahora sé que no le gusté. No entendía mi actitud, ni de lejos. No encajaba. Él sabía que la había cagado, que había apelado de una forma absurda a mi ingenuidad. Yo me podía mostrar todo lo ingenuo que quisiera, pero no era tan tonto. Era evidente que había tomado malas decisiones, decisiones mediocres, que me había dejado llevar cuando tocaba decidir, que había tomado decisiones cuando tocaba dejarse llevar. Había que saber decir no, pero también había que saber elegir el momento. Había un momento para pasar página y otro para insistir; eso también lo hacía mal. Ese caos personal, demasiado perceptible y colorido, eso que me ayudó a tener amigos o gustar a algunas chicas, a otras personas les inquietaba profundamente. Dadas las circunstancias, esta vez esa actitud pareció afectar especialmente al tarado que tenía al lado. Ahora sabía que incluso matar no era garantía de nada. Porque no percibía el rechazo en mí. No sabía que apenas había espacio en mí para eso. Se cubrió la cara con las manos. Comenzó a sollozar.
Yo no dije nada.
Le animé sotto voce y le ayudé a meter el cuerpo en el vehículo. El tipo no parecía exactamente arrepentido, estaba profundamente confundido. Su cabeza debía haber entrado en ebullición. Yo no le eché una mano con eso, no podía hacerlo, no podía intentar explicarlo. Lo que pasaba era sobre todo asunto suyo, su pecado. Yo sólo me había dejado llevar. Levanta esto, desplaza aquello, mueve esto otro, aparta de ahí, apunta al centro, ponte el condón, cierra aquello, baja aquí, espera allí. No se me daban mal las tareas sencillas. Eso podía hacerlo. Pero me costaba mucho adquirir otro tipo de responsabilidades. Era alguien definido sólo sobre el papel.
No condujo a ningún sitio. Caminamos de vuelta hasta nuestro edificio. El tío ya no lloraba, pero creo que algo se rompió o recompuso dentro de él. Al día siguiente dejó el piso, y ya no le volví a ver.

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