Un nuevo yo

Me despierto de golpe, miro el reloj a oscuras, me duele el cuello. Dicen que las tres de la madrugada es el momento ideal para comunicarse con los espíritus. Es la hora de ver fantasmas, cuando la mano gélida de tu abuela muerta se posa sobre tu hombro mientras sacas ropa del armario. A las tres de la mañana es cuando el Otro Mundo visita el nuestro; al menos sobre el papel. Aunque no sea así, es una historia, y siempre he confiado más en las historias que en las noticias. El mayor “fantasma” es la información objetiva. Ven y haz pequeño mi mundo, cuéntame los únicos tres problemas y qué tres soluciones tienen. Señálame al culpable.
Las personas que no creen en las historias llevan a cabo el mayor acto de cinismo posible, y su doble moral es casi tocable cuando tienen miedo a la oscuridad. Dirán que temen a un ladrón, lo que encima les convertirá en unos mentirosos.
Necesito ir al baño. Odio ir al baño de madrugada, es como tener que abrir el envoltorio del condón y ponérselo. Me corta el sueño, me desvela, probablemente me jode el día. ¿Cuántas horas he dormido? Tres, con suerte. Camino sin encender luces. Lo bueno de que tu piso sea minúsculo, es que no hace falta aprendérselo de memoria. Tocas aquí y allá, y llegas a donde quieras.
Sí enciendo la luz del lavabo. Ya estoy con los ojos como platos, por supuesto; no lúcido, pero en absoluto apto para la cama. Conozco este camino, es largo y uso el café como medio de transporte.
Faltan siglos apara que se haga de día. Después de mear, el paso lógico es la cocina. Ni siquiera tengo un perro al que sacar de paseo. Tampoco hago nada parecido a salir a correr o montar clubs de lucha. Ni siquiera desdoblo la personalidad; soy todo el tiempo el mismo patán.
Preparo café. Procuro que cada gesto sea algún nuevo tipo de religión asiática, lento y tranquilo, el nuevo hombre tranquilo, el budismo es una rave. Decido comer algo. Tengo un cajón lleno de bollos y todo tipo de guarradas, es lo que hago en lugar de hacer deporte. Mi cocina me define mejor que mi ropa o mi peinado, y no por los azulejos o la distribución de los elementos.
Llevo el café y un par de bollos al salón; no tengo una de esas cocinas con una mesa central en la que hay una jarra de zumo de naranja en medio y niños gritando alrededor. Aunque tengo la edad.
Merodeo un momento, abro la persiana y todo sigue igual, ni un rayo de luz. Miro hacia la calle, y ahí están todos, durmiendo en su cama. Hace muchos años que no me relaciono con la noche igual que la mayoría. A veces la he usado para trabajar, pero me gusta sobre todo para desperdiciarla. Ser insomne no está tan mal si no se recrudece. Dormir dos o tres horas al día no es que sea sano, pero es como ir borracho sin castigar el hígado. Puede que no al principio, pero sí a medida que pasan las horas. En mi trabajo no tengo que usar la cabeza, sólo la paciencia. Entro a las ocho. Lo más jodido es aprender a no mirar el reloj.

Aquí estoy, aún no son ni las tres y diez. Nadie se preocupa y sale de su habitación a echar un vistazo. Sobre todo porque vivo solo, pero tampoco es algo extraordinario. Igualmente luego tendré que dar los buenos días a un montón de gente, y me los devolverán. En la empresa hay una chica de seguridad que me gusta, pero más o menos en todos lados hay una chica que me gusta. No es bonito, es algo que padezco. Parece algún efecto secundario de la heterosexualidad. Antes sólo se criticaba a los homófobos, pero ahora el problema es la heterosexualidad en general, quizá el enamoramiento indiscriminado sea una de sus taras, aparte de lo de sojuzgar a la sociedad bajo el yugo de nuestros gustos y genitales. Parece ser que es algo que planeamos ya cuando elegimos una posición ventajosa antes de nacer. La verdad es que nunca me ha importado con quién folla nadie, de hecho normalmente me aburre soberanamente la gente que lo cuenta. Quizá no sea un buen hetero.
Tampoco es exactamente enamoramiento. Podría ser simplemente necesidad. Andar necesitado. Podría.
Me bebo el café y muerdo los bollos. No son ni las tres y cuarto.
Como el error físico e ideológico que soy, cuando acabo de desayunar llevo los cacharros a la pila. Me pongo a fregar como si hubiera algo más que un vaso sucio. Hasta me pongo el delantal; es uno de esos con el David de Miguel Ángel. Si no fuera por la panza, parecería que voy desnudo.

Entonces oigo algo. Un siseo en el suelo. Miro a un lado y a otro, pero no siento nada. Hace no mucho estuve un par de meses con vértigos. Era incómodo, y sobre todo se hizo largo. Me quedo pensando en eso, y se me olvida por qué estoy moviendo el cuello.
Luego lo veo.
Una cucaracha gorda y asquerosa, del tamaño de un ratón, como cuando una rata parece un gato. Como cuando yo no meto barriga ante el espejo. Es asqueroso.
Me llego hasta el papel del cocina. Lo que hago cuando veo un bicho, es recogerlo con las manos protegidas y tirarlo al váter. Pero esta vez me parece demasiado grande. No puedo arriesgarme a que esa cosa me roce un dedo. Esa cosa tiene que morir. Lenta o rápidamente, tengo que asesinarla. Es ella o yo.
Está en el suelo y va de un lado a otro. Cierro la puerta de la cocina, tengo que tenerla localizada. Juraría que en algún sitio había un producto para asesinar cucarachas. Para acabar con ellas y poder dormir tranquilo, la gente que duerme. Doy portazos por toda la cocina, hasta que por fin doy con el veneno adecuado. Todo el tiempo susurro cosas como “vas a morir, zorra”, “estás muerta, hija de puta”. Hablo entre dientes, me siento mejor, tengo una misión. Puede que sean las tres y media de la mañana. No tengo prisa, más bien tengo todo lo contrario. Puedo recrearme. Que no usen toros, que usen cucarachas. ¿Alguien siente otra cosa que no sea asco por las cucarachas? Los insectos siempre me han parecido la grieta argumental de los veganos. Los insectos y todos sus parientes tienen que morir, sobre todo los grandes. ¿Alguien se va a dormir tranquilamente si ve una araña en su puta casa? No. Lo que haces es armarte y matar a esa cabrona, asegurarte de que no te va a picar en un ojo mientras roncas. Luego puedes seguir siendo vegano en Twitter.
La cucaracha, viva y repugnante, me hace un quiebro tras otro, no puedo dejar que vuelva a su ranura, no sé por dónde ha venido. Espero a tenerla más o menos acorralada. Apunto con el espray, y disparo.
Se forma una capa blanca en su caparazón, pero se niega a morir.
Luego algo me inquieta.
¿Ha gritado?
Es como si hubiese emitido algún tipo de silbido agudo, una señal de sufrimiento. Casi imperceptible.
Ahora corre más que nunca, no parece que la haya conseguido debilitar. Me da asco tocarla con las zapatillas, pero tengo que cortarle el paso, evitar que se cuele por algún resquicio. No vas a volver a ver a tus amigas, tu casa ya no existe. Puta.
Vuelvo a atacar, disparo sobre ella, pero la cabrona se mueve y me dificulta la ejecución. Se oye un siseo asqueroso de las patas, y nuevamente (creo) una especie de grito. La palabra «grito» me vuelve a la mente. Un alarido increíblemente agudo, tremendamente apagado, pero punzante, asqueroso, una vida a destruir. Suena como:
Iiiiiiiiiiihhhhhhiiiiiiiiiihhhhhhhhh…
Cada vez corre más rápido. Es evidente que el espray no puede sentarme de maravilla, no puedo estar respirándolo como si fuese colonia. Eso me irrita aún más. Cada vez tengo más ganas de matar. El bicho corre desorientado, no parece que tenga salida. No podría pisarlo, sería repugnante manchar así la zapatilla y el suelo. Quiero que se muera y se convierta en algo que poder barrer.
No eres un espíritu, no eres las manos de mi abuelo, ni un recuerdo o una señal. No significas nada, no tienes cara, no eres mona, ni siquiera simpática, nadie te quiere, eres un ser vivo de libro de texto, contenido de un examen de primaria. Quizá se te coman en alguna cultura, pero morir sigue siendo tu sentido. Das sentido a la muerte. La gente se alegra cuando mueres, incluso la más positiva, animalista e hipócrita.
Murmuro, intento no oír su grito, su voz.
Iiiiiiiiiiihhhhhhiiiiiiiiiihhhhhhhhh…
Comienzo a disparar a destajo, la maldita corre que se las pela, busca un escondrijo. No lo encuentra.
¿De dónde has venido? Si aún no se ha escapado dentro de la cocina, es que ha entrado a ella desde otro lugar. Comienzo a toser por el puñetero mata-cucarachas, hay una nube química conmigo. Pero no puedo abrir la puerta, el bicho se saldría y tendría más rincones a los que huir. Disparo a discreción, hasta grito como si estuviera en la selva, como si fuera de una generación anterior, aguerrido, un hombre de guerra, futuro abuelo sentado en el salón, llamándote maricón, hablando de los putos negros, de los amarillos, de los moros, de lo guarras que son todas las tías.

Me despierto de golpe, me duele el cuello, la nuca, me he caído, es lo primero que pienso. Mareado. Estoy de espaldas contra el suelo. He perdido el conocimiento. Entonces noto algo en el labio, ¿una llaga? La cucaracha se impulsa y entra en mi boca. Noto el sabor amargo a espray en su lomo, sus patas contra mi lengua. Intento escupirla, pero forcejea. La bilis sube por mi traquea. Reflujo, se llena mi boca. Un espasmo muscular, algo instintivo. Me doy cuenta de que no puedo escupir, así que trago…
Noto cómo baja hasta mi estómago, y luego se aposenta en él. Parte de mí.

Me paso media hora vomitando de todo en el lavabo. Pero no lo que intento vomitar. Sí que he notado el sabor a espray, es mejor que nada. Nunca me ha sido tan fácil vomitar.
Es al cabo de un buen rato cuando comienzo a sentirme bien. Bien de verdad. Pongo música y, cuando me doy cuenta, se está haciendo de día. Me lavo los dientes y me ducho. Me visto y me dispongo a salir. Antes de eso, entro un momento en la cocina. O bien ya no huele a espray o bien lo tengo demasiado interiorizado.
Al llegar al trabajo, entro por la puerta de personal. Las dos chicas de seguridad, ante sus pantallas, me saludan tras el mostrador. La que me gusta dice no sé qué, yo digo no sé cuántos. Mucho más que Buenos días. Digo No sabes qué noche he tenido. Ella sonríe y algo se revuelve en mi estómago, como si yo ahora fuese la nave que ella pilota.

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10 comentarios en “Un nuevo yo

  1. Perdón. ..en la cocina… he vuelto a releer tranquilamente, así que me llamó atención el texto. ¡Por Amor de Dios!!… es lo mejor que leí últimamente…jajaja..buenisimo. Todo…hasta la cucaracha…reconocible y como si fuera yo. (Bueno, sin tragarla) Me intrigaste mucho, voy a hurgar más..me gustó la palabra.Un abrazo de admiración.

  2. Un relato estupendo, creo que esta noche, cuando no pueda dormir, voy a dedicarme a buscar la cucaracha, solo para entretener el tiempo, eso sí, me pondré una mascarilla porque no quiero que se apodere de mi yo interior…

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