Archivos Mensuales: julio 2018

Los aquí presentes

Están aquí casi todos, y también sus respectivos secretos a voces. En un recorrido por la sala oscura y ruidosa, tienes decenas de leyendas urbanas potenciales. El porcentaje de lo que no se sabe es tan misterioso como la forma en que cada cual decide hablar o no de sí. Una ensalada mental jodida del todo, bañada en vinagre y malos presagios disfrazados de buenas intenciones. Ejemplares modelos de conducta sobre el papel, lo que ahora llamarían hijos sanos del (palabra grandilocuente a gusto del consumidor aquí). Todos visten su mejor retórica y tienen listos todos los lemas comodín; todos los “porque no” porque sí a cualquier disidencia. Toda esta gente que ves aquí, nunca se equivoca.
Son únicos y resplandecen, pero normalmente acabamos siendo números. La número uno le ha pedido a su novio varias veces que se corra en sus bragas por dentro con ellas puestas antes de salir de casa: un símbolo pegajoso de una relación sentimental (sexual) muy próspera al menos a corto plazo. El número dos, que podría ser el treinta y dos (aquí no hay orden de preferencia), se quitó un día de en medio de la vía cuando el tren estaba a punto de llegar. Ese día no volvió a nacer, pero tenía muy claro que se quería suicidar. El motivo por el que finalmente no lo hizo: el recuerdo de un queso a medio comer que aún tenía en la nevera. La número tres una vez se cagó en un cine y salió corriendo hasta su coche con los tejanos llenándose de mierda líquida. Llenó el coche de mierda y este olió a mierda durante semanas. Si vas de copiloto con ella y te fijas, aún hay manchas recuerdo del suceso. El tío con el que fue al cine desapareció de su vida de tal forma que la foto de una niña en el telediario te parecería el colmo de la presencia. La número cuatro vio un día al fantasma de su abuela y por corte apareció en la consulta del médico y a priori las pruebas no destaparon ningún tumor. No volvió a ver a su abuela, pero otro día se presentó su abuelo aún vivo e intentó violarla. Tras una aparatosa pelea, Cuatro quemó la casa con el violador dentro inconsciente por un golpe de silla lanzada a duras penas. Nadie sabe qué procedimiento policial se llevó a cabo, pero ella ahora parece de lo más simpática y no le cae mal a nadie, ni aunque fuese todo verdad, que lo fue.
El número cinco tiene treinta y dos años y cuando tenía tres mató sin querer (o algo así) a su hermano de dos meses. Aprovechando que sus padres no miraban, quiso comprobar qué pasaría si cogía a su ruidoso e irritante hermanito y lo lanzaba a la piscina. Luego se quedó mirando.
El número seis trabajaba en una tienda de ropa, se masturbaba a menudo en los probadores con prendas que las clientas se habían probado pero no habían comprado. En una ocasión, quizá debido al exceso de energía empleado, comenzó a sangrar por la rajita del pis y manchó la parte superior de un biquini. Al muy idiota ni se le ocurrió esconderlo o tirarlo. Debido a su comportamiento, visiblemente errático, la encargada decidió interrogarle;
–¿Seis, sabes por qué este sujetador está manchado?
–No.
–¿Es sangre?
–No lo sé.
–¿De qué te ríes?
–De nada.
–¿De nada?
–De nada.
–A veces te veo entrar en los probadores y salir al cabo de un rato.
–Ajá.
–¿Se puede saber qué haces?
–Nada.
–¿Nada?
Seis fue despedido al cabo de dos semanas cuando se le olvidó echar el pestillo de un probador, y una niña de quince años le pilló eyaculando sobre la braguita del mismo modelo de biquini.
Siete estuvo a punto de matar por envenenamiento a su madre. Tenía quince años, perdió los adolescentes papeles porque su progenitora no le dejó llegar más tarde de las diez un sábado noche. Al día siguiente se agenció un matarratas y lo espolvoreó a conciencia en el plato de cocido adecuado. Su madre estuvo toda la tarde vomitando y luego toda la noche hospitalizada, tiempo que Siete se pasó llorando, y tras lo cual jamás volvió a ser el mismo. Ahora le puedes ver contando anécdotas de las que se pueden contar, y puedes ver a su novia, que no sabe nada de lo que no debe saber.
Ocho se meó en la cama hasta los veintisiete años. A los veintiocho comenzó a salir con la chica de la que estaba enamorado desde la primaria. Tan enamorado estaba, que decidió contarle su secreto, y dos días después ella le dejó. Ocho se enrabietó y deprimió, y decidió saltar desde un tercer piso, el único modo de llamar la atención o paliar el dolor que se le ocurrió. Ahora todos tenemos que mirar hacia abajo cuando hablamos con él. Es un optimista de manual, y de algún modo parece sagrado respetar eso, al menos en su caso.
El pene de Nueve, dicen, mide treinta y un centímetros, además de ser grueso como el brazo de un bebé. Al parecer la confirmación llegó cuando, durante una borrachera en una fiesta, decidió sacárselo fuera, y aun en reposo no cabía duda de que aquello era un paisaje africano. Nueve no era africano, eran tan blanco y convencional como la leche de vaca. Lo que se cuenta es que, además de tocar el piano o hasta el xilófono con la polla, una vez desgarró el ano de una oveja en la granja de su abuelo. El animal no dejaba de sangrar, y el padre de su padre comenzó a hacer preguntas. Ahora Nueve se bebe un chupito con cinco colegas, ha engordado unos treinta kilos, y la broma recurrente trata sobre el único gordo que puede verse la polla.
Diez te sonríe y cambia de tema cuando no le has hecho la pregunta adecuada. O incluso cuando surge un tema que de forma indirecta podría acabar desembocando en su glorioso pasado. Diez hizo realidad la pesadilla recurrente sobre darte cuenta de que estás desnudo en medio de clase, delante de los abusones, delante de la chica que te gusta, delante del profesor y delante de todas esas bocas con la habilidad de transmitir la palabra. Su anécdota cruzó fronteras, al menos a nivel local (no había internet), quizá por ser lo suficientemente humillante pero no tan grave como para no comentarla incluso en familia. La gente se suele unir en la humillación, suelen acordar cuándo algo no es para tanto. Luz verde para dar detalles y nombres. Diez tenía catorce años y se había quedado en la cama ese día, mocos y fiebre. Su padre estaba en el trabajo y su madre había salido de compras. Diez era el sonámbulo más hábil de la ciudad. Tanto como para abrir y cerrar puertas, y también para caminar tres manzanas desnudo hasta su colegio, hasta llegar a su pupitre, y hacer que no pocos se preguntaran por qué siendo tan habilidoso, no había automatizado aún lo de ponerse al menos los calzoncillos.
Lo que por algún motivo no fue tan comentado a gran escala, es que Diez se coronó pisando el reformatorio. Tras tres meses de bromas y humillaciones, empujó a un chico del barrio en el lugar y momento adecuados. La cabeza del muchacho pareció reventar como una calabaza en la zona de la nuca. Cayó de lleno y con mucha fuerza sobre la esquina de una escalera. Tras una larga y poco provechosa pesadilla médica, quedó ciego y con un estridente defecto en el habla. Encontraron su cuerpo frío e inerte no mucho después (bañera, cuchillas), tras el oportuno silencio de su novia, así como de básicamente toda su vida social.
Once fue miembro activo de una secta. Se unió a ella casi desde el principio. Los preceptos de esa nueva comunidad nunca estaban claros. Sobre todo se dedicaban a hablar mal del resto de las comunidades. Ideología por confrontación. Religión por oposición. Autoconfirmación por la vía del aislamiento. Era, como todas las sectas, un hervidero de filosofía barata, oraciones inconcretas y lemas de batalla o autoayuda. El motor principal era el odio y la frustración, pero se disimulaba con una buena dosis de pseudo budismo. No era de extrañar que ciertas personas entraran a una habitación y, al ver a diez fulanos vestidos igual y en silencio, quedaran totalmente impresionados. Así de fácil puede llegar a ser. “Esto no es como el ruido de ahí afuera”. Y todos comenzaban a decir lo mismo y con el mismo tono. Para el militante, el peligro está en la variedad, a veces de gustos y a veces de opiniones.
Tras dos años en la comunidad (o comuna), Once se vio un día frente a una hoguera con un bebé en brazos. Nadie hacía preguntas. Todo el mundo (más de cien personas) permanecía en silencio, o en su defecto se oían siseos, rezos aparentemente arbitrarios. Se le dijo a Once que no soltara al bebé, pero que necesitaba una de las dos manos para el cuchillo.
Al parecer aquello era una prueba, y él no la superó. Comenzó a hacer preguntas, como: ¿de quién es el bebé? Comenzó a cuestionarse los nuevos métodos y quién los decidía. Luego comenzó a gritar, sobre todo cuando dejó el cuchillo a un lado y al bebé en una mantita en el suelo, y vio que al menos cinco personas se le echaban encima. Salió corriendo de allí, corriendo hasta el borde del infarto. Hacía años que no practicaba ningún tipo de deporte o ejercicio, se sentía gordo y se veía muerto.
A los pocos minutos, llegó a un claro y se dio cuenta de que estaba solo. Y de que tenía el cuchillo clavado en un omóplato.
Un año después vio por televisión cómo se detenía a varios miembros de la secta. Cambió rápido de canal, antes de que voz alguna comenzara a recitar los logros de su ex comunidad.
Doce decidió aprender a fabricar explosivos. Es el que acaba de salir del lavabo con la bragueta abierta. Se llega hasta la zona de las bebidas y comienza a hacer preguntas, comienza a exigir, ahora todo debe saberle a poco. Estuvo en una suerte de grupo “anarquista” que pretendía tender una red de influencia para intentar minar las grandes franquicias. Al principio se manifestaban, pero la gente que quiere cambiar el mundo a corto plazo acaba haciendo prácticas de tiro tarde o temprano. Le puedes preguntar lo que quieras sobre el mercado negro, sobre cualquiera de ellos. Tiene un doble discurso sobre cómo dejó atrás todo eso: primero se avergüenza, luego parece echarlo de menos. Colocaron una bomba en cierta tienda de ropa. Pero no tenía el radio de acción suficiente como para mandar mensaje alguno. Una señora mayor acabó caminando aturdida mientras le pitaban los oídos, se derrumbó al darse cuenta de que había perdido el brazo izquierdo. Doce siempre dice que él estuvo allí. Nadie dice creerle, pero nadie le lleva la contraria. Nadie quiere profundizar.
Después de eso el grupo se disolvió; falta de estómago, alega Doce. La señora sobrevivió gracias a la rapidez de los servicios de emergencia. Los medios cubrieron parcialmente la noticia; perdieron interés cuando comprobaron que no había dioses de por medio: sólo personas.
Trece ha salido libre hace no mucho. Nació y creció en Estados Unidos. En el instituto se hizo amigo de dos chicos callados y convencidos de lo que querían hacer. Trece, a las once de cierta mañana, y tras empaparse de información sobre como atrancar puertas y básicamente blindar un edificio, fue salida por salida haciendo su trabajo. Para cuando llegaron sus colegas, armados hasta los dientes, sólo quedaba fortificar la puerta principal. Llevaba incluso un soldador. Se quedó unos cinco minutos fuera, mientras dentro todo estallaba. Había hecho un buen trabajo; alumnos y profesores comprobaban con horror que no había salida; no a menos que fueran lo suficientemente rápidos a la hora de romper cristales que no eran nada fáciles de romper. Sus amigos, cuando se cansaron o se les acabó la munición, lamieron el frenillo a sus escopetas.
Catorce te mira desde el fondo de la barra libre. No logra seducirnos a todos, pero al menos a la mitad. Luce una barba no poco frondosa, es fibroso y bien plantado. Viste de blanco y dicen que tiene un plan. Se dice que le enjuiciaron y le torturaron, pero aquí nadie sabe bien por qué. Muchos son los que hablan en su nombre. Hay quien asegura que le extirparon los genitales. Otros dicen que es todo lo contrario, que los tiene bien puestos, y que incluso llegó a organizar orgías. Se le ha visto vagar por los pasillos de Ikea con aire melancólico. Se le rumorea un trauma zoofílico relacionado con su madre, pero nadie la ha visto entre el porno más repugnante de internet. El único modo de irritarle es ofrecerle vino. Cuando llueve, sonríe, y la mejor leyenda cuenta que una vez se llevó una pistola a la cabeza, apretó el gatillo, y al día siguiente se le vio comprando un mueble Hemnes con vitrina coloreada.

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Mr. Brainwash
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Avistamientos Lolita

Bienvenidos una vez más a la sección más popular de esta revista. Ya sabéis, esta es la sección en la que podéis desfogaros. Por la que nos reunimos y discutimos para poder contestaros, aplacar vuestros miedos y ofreceros algunas respuestas.
Este mes, como siempre, ha habido muchos avistamientos. Tantos, que ya sabéis que no podemos contestaros a todos. En cualquier caso, esperamos que la selección realizada os pueda servir a la mayoría. Empezamos.

Mequetrefe_82 nos pone en marcha con su correo. Ha descubierto que la hija del dueño de su cafetería habitual parece tontear con él. Le calcula unos dieciséis años (como máximo). Habla de «Insinuaciones claras», «Posturitas mono-direccionales», y hasta «Un guiño mientras mascaba chicle»…
Amigo, estás ante una clásica “rompe-anillos”. No has comentado nada acerca de su físico, lo cual nos ha preocupado aún más; cuando eso pasa es porque la atracción es demasiado obvia para mencionarlo. Dices que tienes tres hijos y que quieres a tu mujer. No te preocupes.
Lo primero que vas a hacer es dejar de frecuentar ese sitio. No siempre se tiene el lujo de poder evitar a la Lolita en cuestión. Pero tú puedes hacerlo. A medida que pasen los días, dejarás de pensar en ella, y los daños colaterales que suelen causar sin querer este tipo de niñas (deserción del matrimonio, visitas a burdeles, divorcios repentinos…) también serán posibilidades cada vez más remotas. Ánimo, tu situación está en una primera fase fácilmente reculable, no es tan grave como crees.

Amigo_de_Satán nos hace llegar un correo extenso y alarmante. Nos describes con pelos y señales a esa hija de tu novia. Dices que llevas cuatro meses masturbándote con los ojos cerrados. Que cuando haces el amor con su madre sufres gatillazos si no consigues convencerla para apagar la luz. Incluso sabes que la muchacha (quince años) hace poco ha comenzado a salir con su primer novio…
Esta es una historia clara de llana obsesión, obcecación pura y dura. Para empezar, debes plantearte si la relación con esa mujer la sostienes por algo más que el hecho de que su hija se haya convertido en tu avistamiento diario. Si crees que ya nada te gusta de ella (de su madre), deberías plantearte el cortar y seguir tu camino. Es aconsejable, en todo caso, que dejes de seguir a la niña con el coche (por muy cauto que seas). Un hombre de cuarenta y cinco años aún tiene mucho recorrido, eso no debería preocuparte. Al paso del tiempo tu libido se buscará la vida, y tú podrás volver a ser el hombre equilibrado y sensato que en tu correo nos dices que siempre has sido antes de esa Lolita. Un abrazo y ánimos.

Profesor_Daño. Tu caso ha provocado acaloradas discusiones en la redacción. A saber. Tu Lolita: catorce años, propensa a seguirte, sin vergüenza para ir a por ti, busca el contacto, se te acerca, te vigila, te espera en el portal cuando llegas del trabajo, un día se pone ante la puerta de tu casa y te dice que no te dejará entrar si no le das un beso con lengua. Etcétera.
Añades además que parece mucho mayor de lo que es, y que aunque al principio no te llamaba la atención, ahora sientes «Algo parecido al enamoramiento».
Bien. No te sientas como un cerdo, no tienes más que hacer caso omiso de sus provocaciones. No sabemos si la chica se cuela en tus fantasías masturbatorias. De ser así, siempre es mejor eso que acabar haciendo caso a la Lolita. Siempre evitando el contacto físico, puede ayudar que te muestres “tosco” con ella, que la rehuyas, que entienda que nunca formará parte de tu vida. Ese sentimiento de protección (romántico) que comienzas a asociar con la muchacha, se irá conforme ella se deje ver menos. Intenta que poco a poco se aleje de ti. No te quedes ambivalente ni le devuelvas los saludos. Evita a toda costa las sonrisas (ver las suyas y mostrar las tuyas), y construye un muro de Edad con el que ella tope hasta aburrirse de la situación. Con todo, no deja de ser una cría. No desfallezcas. Actúa.

Alférez_K. No lo pienses más. Pide asistencia. Busca ayuda profesional presencial.

Faisán_76. Tu caso es particularmente complicado. Nos hablas de esas hijas gemelas de tu jefe. De que se pasean a menudo por el taller en el que trabajas. Dices que empiezas a tener erecciones difícilmente disimulables. Repites una y otra vez que no vas a hacer nada, pero que no te gusta la situación…
Has hecho bien en escribirnos. La clase más peligrosa de avistamiento son las Lolitas Satélite. Esas niñas que pululan en tu entorno diario, que no necesariamente se acercan o te hacen caso, pero que se acaban metiendo en tu mente y tu bragueta de un modo tan gradual como peligroso. Si algún día una de ellas se dirigiera a ti, toparía con alguien que quizá esté ya en su límite, y no se sabe en qué puede acabar el asunto. Es particularmente significativa además (en este caso) la cuestión de la edad. Ellas quince, y tú treinta y dos y recién casado. Una diferencia complicada. (De todos modos, el hecho de que hayas tenido hijas gemelas hace un año no creemos que tenga nada que ver con lo tratado aquí, así que no te preocupes.)
Le hemos dado varias vueltas a tu situación. Suponemos que recurres a la masturbación (aunque alegas cierta obsesión amorosa por ambas). Deberías mantener pues la imagen de esas niñas en tu plano de fantasía onanista, y no dejar que la ficción se apodere de la realidad. A menudo hablas de lo fácil que sería para ti engatusar a una de las dos. Obviamente eso no ayuda, tendrás que negarte esa habilidad para con ellas. Tampoco ayuda el hecho de escribir sin parar esos relatos de “ficción” en los que haces tríos y practicas todo tipo de actividades sexuales con las muchachas; cierto es que eso seguro forma parte de tu fantasía onanista, pero sería mejor que fueras dejando esa faceta de escritor poco a poco.
Por lo demás, sólo te podemos decir que evites hundirte aún más en la nube rosa de las Lolitas Satélite. Prueba cosas nuevas con tu mujer, intenta añadir picante a tu vida sexual. Pon tus erecciones en otra dirección. Y, honestamente, si la cosa no va a mejor, quizá deberías plantearte el dejar ese trabajo. Te deseamos toda clase de suerte.

Ramiro_Oral. Si está embarazada, debería ser ella quien tenga la última palabra.

Amable_69. Tu texto es desconcertante. Te afanas durante líneas y más líneas en describirnos que el tacto de cierta Lolita te ha trastocado; «su piel de melocotón…», «la suavidad de sus delgadas caderas…». Etcétera. Y acabas diciendo que no has tenido relación física alguna con ella. Te contradices cada dos líneas y nos confundes con diatribas sobre «lo frustrantes que son los condones asociados a las menores de edad».
Sencillamente no sabemos qué decirte porque no hemos entendido nada. Pero si es lo que imaginamos, es mejor que no nos vuelvas a escribir…

Osmosis_Pollo. Tu correo es la Historia Complicada por excelencia. La que aúna parentesco, amor, sexo, pederastia potencial, Lolitas Satélite, lagrimas, semen…
Así que, tú veintiséis y ella (tu prima) trece. Y te empeñas en aclarar cada dos por tres que casi catorce, y que su cuerpo es como mínimo el de una de quince. Aseguras que la quieres más que a tus padres o tu hermano. Más que a ti mismo. Y nos escribes esta carta después de que ella se haya dormido sobre ti en el sillón del apartamento en la playa de tus padres. Hablas de su escote, de tetas en general y de un irrefrenable sentimiento; «He sentido que podría parar un tren con mis propias manos…».
Lo cierto es que tu correo nos ha impactado por lo tierno, por lo sincero de cada una de tus líneas.
Hasta que…
… has “insinuado” que «quizá» mientras ella dormía sobre ti, has metido la mano derecha bajo sus bragas: «He pasado un dedo por encima de su rajita y enseguida he sacado la mano».
Tienes que saber que, durante ese instante, has cruzado la línea que hay que evitar cruzar. Todo ese “amor” puede confundirte. Y lo peor, puede ser una autojustificación inconsciente para lograr algo que sabes prohibido.
Hay una serie de cosas que tendrás que evitar hacer (o volver a hacer) si quieres evitar líos que podrías no poder afrontar. Sabes perfectamente cuáles son. (Las cárceles están llenas de “enamorados”.)
Antes de nada, obviamente no puedes volver a tocarla de “esa manera”. La entrepierna de una niña de trece años es veneno para cualquier adulto. Por otro lado, al ser tu prima, eso la convierte en tu Lolita Satélite. Además ella te quiere (o eso cree ahora). Además reconoces que ya te has tocado varias veces pensando en ella. Y además lloras por las noches si ese día no has podido verla o hablar con ella…
(Resoplido y encogimiento de hombros colectivo en toda la redacción.)
Lo cierto es que, pese a todo, para ser un hombre no pareces una mala persona. Pero, por mal que nos sepa, hemos de decirte que estás en medio de un lío de narices. Algo que probablemente sólo se resolvería con la desaparición de la susodicha Lolita. No hemos sabido orquestar un plan de acción que pueda darte esperanza. La verdad es que has nutrido nuestro buzón con una gran historia, y esta va a ser una de esas veces en que bajamos los brazos y nos rendimos a la evidencia (sea cual sea). De momento, lo único que te queda es sufrir. Sufrirás.
Sólo esperamos que puedas controlarte. Que el tiempo pase. Que seas capaz de contenerte.
Muchos ánimos. Lo sentimos. Y estamos contigo.

Surfer_Ro. Eres claramente un cerdo, y en nombre de nuestra becaria de recepción, te agradeceríamos que dejaras de escribir a esta sección insinuándote, y por supuesto que cejaras en tu empeño de enseñar tus partes a cada chica de la empresa que sale del edificio.

Ulises_Paj. Estoy felizmente casada, Ulises, y esta sección está dedicada tan solo a los avistamientos. Me “alegro” de que hayas descubierto que soy yo la que redacta esta sección (aunque sea un trabajo en equipo), pero agradeceríamos que no vuelvas a contactarnos si no es para una consulta seria.

Bola_12. Déjala en paz. No hay ambigüedad en tu caso. Sabes que hace ya mucho tiempo que se comenzó a legislar teniendo en cuenta que muchos hombres sois como niños, y en esta revista hemos intentado ser duros pero justos. O debería decir duras…, teniendo en cuenta que la mayoría en la redacción somos mujeres. Pero nunca creas que eso te da derecho a cruzar la línea. Se puede ser débil y a la vez un delincuente sexual, es perfectamente compatible. Si no frenas, dentro de poco estarás a una sola llamada de tomar café con un abogado de oficio.

Oropel_Pel. Oropel, tu historia con las Lolitas en Sonora nos desconcierta. Teniendo en cuenta el contexto, pasaremos por alto algunos de los comportamientos que has descrito con tanto detalle (y parece que también deleite). En todo caso –y aun a riesgo de que sólo seas un pajero que se excita explicándonos una historia– el lector ha de saber que esta revista ha contactado con la policía por tu caso.

Lapizero_Jack. Lapizero nos hablaba de su hermana menor. Leímos su carta a principios del mes pasado. Ahora Lapizero va a cumplir sentencia (28 años) en la penitenciaría de Periferia. El lector de esta revista, inteligente por definición, podrá llenar los espacios en blanco.

Arrimetalosauriopía_Pomolateraliporetmelioperactomía. Gilipollas.

Tizón_Tato. Algunas hemos llorado con tu carta, pero igualmente vas a ir a la cárcel, Tizón. Bienvenido al ya viejo siglo XXI.

Toni_Palangana. Simplemente no se puede confundir a una niña de doce años con una de dieciocho, Toni.

Pelele_Ñe. Un equipo de decodificación lingüística ha conseguido descifrar tu galimatías. No entendemos por qué has hecho eso, y menos teniendo en cuenta lo aburrida (disculpa) que era tu carta. Si la chica tiene diecinueve años y tú treinta y uno, es bastante probable que ella ya sea más inteligente que tú (disculpa), así que tú mismo…

Ñoco_Dos nos escribe sobre un caso complejo de Lolita Satélite a dos años de la mayoría de edad. Ñoco, dos años pasan más rápido de lo que crees, y aunque dices que tú tienes «sólo veinticinco», aquí nadie se lo ha creído. Ya no estamos a principios de siglo, ya hemos entendido que la naturaleza hace a las mujeres mujeres antes de lo que dictamina la mayoría de edad legal, y que por tanto pueden llegar a ejercer una gran atracción por estar su cuerpo mejor preparado que nunca a los quince, dieciséis o diecisiete años para un embarazo (etcétera), pero ya sabes cómo son las cosas. O más bien cómo siguen siendo. No morimos a los treinta años, Ñoco (y no importa que el hombre en la edad de piedra sólo viviera unos treinta), de hecho ya no es raro superar los cien, y no hay nada malo en marcar ciertos límites. Si es verdad que tienes la edad que dices tener, es mejor que esperes, aunque algunas compañeras aquí no creen que aún no la hayas tocado. De hecho sospechamos que tu carta está muy maquillada, disfrazada de algo mucho más amable de lo que debería ser. Si no es así, disculpa. Si es así, cuidado, Ñoco. Cuidado.

Operantonio_Rastaplov nos dice que es un buen hombre. Que tiene dos hijos pequeños (ocho y tres años) y que está casado desde hace diez con su mujer. Operantonio, no entendemos tu correo, y sólo lo contestamos porque creemos sano contestar todos los que no es posible contestar. Pero no nos describes nada más que fines de semana felices y juegos inocentes con tus críos. Una de nosotras ha dicho que puede ser posible que hayas hecho algo horrible, y que el solo hecho de mandar el correo aquí, aunque sin contar nada relevante, ha podido suponer un pequeño alivio para ti. Si es así, te animamos a que nos vuelvas a escribir y nos hables de tu posible avistamiento. Tenemos curiosidad (y, lo reconozco, un poco de miedo…).

Exetereo_Lumpa es un tío muy de los de antes. Hicimos unas llamadas. Su abogado nos ha contactado para decirnos que –pese a sus esfuerzos por convencer al juez de que coleccionar fotos de menores en la piscina es antropológicamente justificable– Exetereo va a ser otro inquilino para la penitenciaría de Periferia; porque Extereo, además, tenía encerradas a dos niñas en el sótano de su casa desde hacía un mes. Gracias por abrirnos tu corazón, Exetereo… (Que sepas que aquí somos muy fans de tu nombre…).

Umero_Idra, hacía tiempo que no nos llegaba un correo como el tuyo, rico en detalles y a la vez vacío. Tu convencimiento de que somos nada más que una rama de la policía que se dedica a cazar «villanos machistas y pederastas» es enternecedora. Así como también lo es que creas que yo en realidad soy un fornido agente con bigote que se hace pasar por «feminista mediática». Nuestro tono ocasionalmente amable no es una fachada, como tú dices, sólo es la última parada en la línea de la Comprensión de las mujeres respecto a la naturaleza depredadora de los hombres. Alejando cualquier tentación de lo que tú llamas hembrismo, nos estamos esforzando, Umero; a veces contenemos el aire y contamos hasta diez antes de contestar vuestros correos. Y en cuanto a lo de esa chica que mencionas que tiene diecisiete años, nos jugamos la empresa a que es mentira. Suenas demasiado aburrido y siglo XX para que tu naturaleza pueda expresarse libremente, ya sea para bien o para mal.

Carestio_Lestiopartesia. Las Lolitas Satélite, Carestio, no lo son adrede. Tienen la misma culpa de serlo que un árbol de ser árbol. Seguro que el chocolate te gusta mucho, Carestio, pero sabes que si te pasas comiéndolo puedes enfermar. Todo aquello que nos hace sentir bien necesita cierto Control. El exceso, tan malo como la carencia o más, es fácil de detectar. Puede que no de entrada, pero sí cuando goza de cierto recorrido. Las Lolitas Satélite son como mucho un regalo para tus ojos, no para tu entrepierna; eso es lo que algunos no entendéis. Creéis que la gente que no duda en controlarse no fantasea; os equivocáis. Ese ente llamado matrimonio es el mayor carnívoro abstracto de jovencitas; si el matrimonio estuviera exento de fantasías empezaría a cojear hasta derrumbarse. Pero sólo son eso, Carestio, fantasías. Porque en la realidad todo colapsa cuando uno quiere atrapar una. Seguro que has visto a esos tíos con pasta que llegan a los sesenta; seguro que los has visto siempre con una mujer al lado, una que nunca envejece, porque es cambiante y nunca pasa de determinada edad. Esa es la única mujer que os interesa a algunos de vosotros, Carestio, pero eso no es una mujer, sino una idea. Por lo general, una idea con muchas lagunas argumentativas. Si es o no una mala idea, está en tus manos decidirlo. Cuando esa chica de la que nos hablas cumpla dieciocho, quiero que reflexiones en serio, porque no se va a quedar ahí, va a cumplir más años, y en la redacción estamos bastante seguras de que esto no trata tanto de esa chica como de tu mujer cercana a los sesenta. Los tíos que babeáis así, creéis que habláis de la vida, pero en realidad sólo mostráis vuestro terror a la muerte. No sois los más conspicuos amantes, sino los más enrevesados perdedores.

Hasta aquí la sección de diciembre. Esperamos haberos ayudado. Recordad esos mantras que siempre os repetimos. Recordad no confundir las piernas de una mujer con el monumento histórico de una ciudad en la que sois turistas.
Aunque ya casi nos hemos rendido al respecto, os animamos también a las mujeres a escribirnos.
Desde la nube que ha decidido que la lluvia sólo caerá con moderación sobre los justos, os decimos: ¡¡FELIZ NAVIDAD, y prudencia con las Mamá Noel del mundo!!

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Animales

Los animales me son indiferentes. Con esto no quiero decir que me parezca bien que los maltraten, o que me gusten las corridas de toros. Quiero decir que me son indiferentes; como la moda, el curling o la cocina moderna. Como la vida sexual de los demás o si el tío del telediario lleva peluquín o no. A priori, los animales me importan un carajo.
De crío incluso me daban un miedo atroz, sobre todo los perros. Ahora no es así, aunque cuando me cruzo con alguien que pasea al suyo, no es difícil que dé un rodeo o me cambie de acera. A menudo me imagino una mordedura grave e inesperada, y a su dueño disculpándose y diciendo que su querida mascota jamás ha hecho algo así. Sí, pero ahora yo tengo que ir a urgencias.
Los animales me son indiferentes, y no quiero que se confunda esta insistencia con una contradicción. ¿Si te son indiferentes por qué piensas tanto en ellos? Puedo estar horas pensando en cosas que me son indiferentes, tengo ese músculo más que desarrollado. He madrugado durante AÑOS para ir a sitios a pensar en cosas que me eran extremadamente indiferentes. He ido al colegio como todo el mundo, he tenido trabajos grises hasta la extenuación. Puedo hablar un rato de lo indiferentes que me son los animales sin que se me caigan los anillos. Puedo hacer esto y luego pasar a otra cosa sin problema.
Tu gato me es especialmente indiferente. Tus peces me parecen cuadros horteras a los que hay que dar de comer. Y no hablemos de los animales exóticos, los que tienen los que dicen amar tan especialmente a los animales. Los que no pueden amarlos sin hablar o enseñar cuánto los aman. Parece un amor sospechoso, interesado, o producto de vete a saber qué disfuncionalidad emocional.
No tiene por qué ser así, claro, seguramente la mayoría de veces esa expresión es totalmente inocente o producto del aburrimiento. Pero eso no hace que todos esos bichos me importen más.

No compréis perros. Id a una perrera y adoptad al chucho más viejo y feo.

Los animales me son indiferentes. Hay tantas cosas que me son indiferentes. Millones. En muchas incluso coincido con las que les son indiferentes a los amantes teóricos de los animales. Incluso los que no dejan de sacar pecho animalista y decir que los animales son mucho mejores que las personas. Es verdad, las personas tienen la manía de no a ir por el palito y traértelo moviendo la colita. Y que lo del armario, Ricky Martin y la nocilla sea mentira, no quiere decir que siempre lo sea. Los animales son mejores que las personas, sobre todo los gatos, que ni hay que sacarlos a pasear, con su indiferencia hacia las personas a menudo tan intensa como la mía hacia ellos.

Mi indiferencia es mi acto de amor hacia los animales. El mejor del que soy capaz.
Lo cual no quiere decir que nunca me haya encariñado con un animal, o que mi indiferencia sea lo único que me define. Ha habido perros y gatos (ajenos) hacia los que he sentido cariño. Y bebés. Y plantas. Y un pisapapeles que anda cerca de mí desde que tengo uso de razón, o lo que sea que tengo yo. La verdad es que soy un sentimental, aunque sea desde la indiferencia, me doblego fácilmente, pero nunca me verás salir a las cinco de la mañana de casa con un chandal gris a pasear a ningún perro con nombre de personaje de dibujos animados.
Conozco mis limitaciones. Los animales me son indiferentes que te cagas, pero sé de la responsabilidad que conlleva vivir con uno.

De tan indiferentes como me son los animales, casi se me pone la piel de gallina. ¿Será una tara? Pero luego pienso en la gente que los abandona en verano, y me como un yogur. La indiferencia no es ni de lejos la peor forma de hacer las cosas. Ni siquiera el inmovilismo. Sin hacer nada, ya me he portado mucho mejor con los animales que millones de personas que han convivido toda su vida con ellos. Que los han convertido en armas, que los han utilizado, que los han maltratado para acostumbrarles a hacer un truco de mierda en el circo o para youtube. Podría seguir así durante páginas, hasta que una foto mía en la playa sin ningún perro peludo otoñal te pareciera más atractiva que la del guapo random sonriente con su perro de raza tan guapo como él, ambos corriendo descalzos por la orilla, pensando en vete a saber qué chica despistada que pretenden atraer por la vía del romanticismo animalista.
Es sólo una opinión personal, pero cuanto más gordo sea el jersey del guaperas, cuanto más cuidadamente descuidada lleve la barba, y cuanto más bonito y juguetón sea su perro, menos deberíais fiaros.
Lo bueno de ser tan indiferente, es que sabes diferenciar muy rápidamente la vida de un anuncio de colonia. Aunque folles mucho menos que el idiota del perro. Y no intento insultar al perro, que conste que el perro me da igual, incluso aunque también folle más que yo.

Era una tarde de verano, de las que no entiendes cómo demonios a nadie le puede gustar el verano. Aunque a decir verdad, tengo una relación de amor/odio con el calor. Hay un componente masoquista que me atrae en lo de salir a las cuatro de la tarde a pasear. Puede que sea la carencia de gente por la calle, nadie te incordia, todo el mundo tiene demasiado calor para entrometerse. Si tienes que llevar algo muy importante de A a B y tienes que hacerlo andando, ve a la hora de la siesta.
Eso hacía yo. Pero no llevaba nada, sólo paseaba sin rumbo, perdido a varios niveles. Llevaba una gorra beis en la que acabaría dejando un cerco de sudor en la parte frontal. La empapaba en las fuentes y seguía mi camino. Sudaba a chorros, la camiseta comenzaba a tener lamparones húmedos, incluso los tejanos cortos se me humedecían en la zona de la entrepierna. El hombre del siglo XXI, soltero bien pasados los treinta, indiferente y vagamente masoca, sólo accidentalmente amoroso. Metiendo barriga si me cruzaba con alguien, levantando la barbilla. Yo esto lo hago todos los días. El sudor traspasando mis cejas y haciendo que me escocieran los ojos. Me quitaba las gafas y las limpiaba con la camiseta. No acaba de llegar la tercera guerra mundial. El hombre sin propósito, demasiado bien alimentado, demasiado relajado, buscando quizá una insolación. La gorra pidiendo auxilio, la cara de pan, la necesidad de un afeitado, las piernas no poco musculadas debido a mi odio al coche. La depravación mental. Un lunar en la mano izquierda y una polla de dieciocho centímetros infrautilizada.
¿Y no era la vida maravillosa?
Seguía mi camino, ninguno en concreto, pero más o menos siempre el mismo. Comencé a bordear la vía, en las afueras, cerca de una zona residencial. Me gustaba ver pasar el tren, ser ese tío que ve la gente que va a algún sitio de verdad. No les saludaba con la mano, a veces les hacía una foto con el móvil. ¡Fijaos, soy mortal como vosotros!
Estaba como siempre en ese momento, algo aturdido, pero satisfecho, no sé si feliz. Quizá era el colocón de sol, un exceso de vitamina D, el proceso del moreno accidental, brazos rojos y hombros blancos como la leche.
Miraba hacia a un lado y hacia otro, y vi a un perro vagabundo. Caminaba por en medio de la vía. Estaba visiblemente desmejorado, más bien como si hubiese sobrevivido a un atropello. Cojeaba y parecía húmedo o con el pelo demasiado pegado (¿los perros sudan?). Y no se salía de la vía. Pisoteé fuerte el suelo para asustarlo, los trenes pasan algo así como cada diez minutos. Pero no advertía mi presencia. Parecía de vuelta. Había tomado la vía por su camino de baldosas amarillas. Si hay algo que me irrite, es que me saquen de mi letargo personal, que me empujen momentáneamente fuera de mi zona de confort basada en la indiferencia. Me cabrea, porque me veo obligado a hacer algo al respecto.
Caminé hacia el chucho mientras comencé a oír la vibración del tren a los lejos. No podía verlo por el ángulo y la curva, por los cerros y el terreno accidentado, pero sabía que venía, como siempre. Aun así, tenía visibilidad como para no encontrarme el morro mecánico de golpe, así que fui hacia el animal, lo cogí (no sin cierto reparo), y lo aparté de allí. El tren pasó con normalidad y el chucho y yo seguimos con nuestra vida, al parecer bastante parecida.

Aquel día volví a casa sintiéndome orgulloso. Tenía una buena anécdota para contar, aunque pensé que contarla me haría quedar como un capullo. La gente que cuenta sus batallitas heroicas, aunque sean minúsculas, raramente lo hace porque sí. Quieren que sepas sobre su humanidad y bondad, sobre todo lo que ellos hacen por los demás, a veces incluso sin dinero de por medio. Esos santos modernos, coronados en Twitter y brillando en Instagram. No quería parecerme a ellos. Decidí que no hablaría sobre el tema, a no ser que el hecho de hacerlo encajara en la conversación como una maquinaria perfectamente calibrada.

Esa misma noche tenía una cena. Un amigo y dos amigas. Una especie de salida de parejas no reconocida. No es el tema. Las dos chicas eran conocidas recientes, y el chico era amigo mío de hacía muchos años. Quedamos en la entrada de un restaurante vegetariano. La clase de ideas que yo no tengo.
Cuando ya estábamos todos, entramos, y me dio las sensación de que aquel sitio olía a pedo. Una dieta basada en lechuga y la flatulencia posterior. Supongo que se estaba cociendo algún tipo de legumbre.
Una de las chicas era vegetariana o vegana (no me quedó claro con sus explicaciones), y le encantaba el sitio. Como omnívoro de manual, para mí aquello era el reino de las limitaciones, el paraíso de las líneas rojas. Entendía el conflicto, sabía que había imbéciles en ambos bandos: veganos que respiraban superioridad moral, y también omnívoros que eran incapaces de respetar la elección alimentaria de los demás.
A mí, obviamente, lo que come o deja de comer la gente, me importa tres huevos y la gallina.
Lo que más me importaba aquella noche no era la cena, eran las perspectivas. Me daba igual quién fuera vegano u omnívoro o quién le hubiese cogido el gusto a follar con cadáveres. Todo eso no era asunto mío.
Excepto que cometí el error más básico, hice el pardillo, perdí otra oportunidad de oro para callarme. Y no sólo eso, encima me sinceré.
Lo hice porque una de las dos chicas me gustaba (la omnívara, en concreto). Olvidé que la sinceridad no suele funcionar en grupos; si lo hace funciona como mucho entre dos personas, y no siempre.
Hablé de mi indiferencia respecto a los animales. No me supe explicar, o quizá me expliqué demasiado bien, no lo sé, pero mi Verdad cayó como una bomba, y la conversación se comenzó a ramificar hacia temas de increíble complejidad, con los que la chica no omnívora siempre tenía una teoría cerrada, una respuesta que hablaba indirectamente maravillas de ella y decía cosas horribles de todos los demás. Su único punto de autocrítica tenía que ver con su pasado, con lo tonta que decía haber sido en el pasado, por habernos hecho caso a todos. Y no sólo con el tema alimenticio. Desarrolló su propia teoría feminista, arrasó con todos los omnívoros, con todos los hombres y después con todas las mujeres que no pensaban igual que ella. La mayor parte del tiempo me miraba a mí cuando hablaba.
El rescatador de perros. Debería haber sacado el tema de un modo u otro, es la forma de tratar con ciertas personas. Pero ya era tarde. Me encorajiné e intenté dar otro punto de vista. Dije muchas cosas y muy atropelladas, y también que somos una mota en el orden de las cosas, somos animales, nos equivocamos, y probablemente nuestra naturaleza nos condiciona, incluso aunque trabajemos el músculo de la conciencia.
Según la no omnívora, lo mío eran todo excusas.
Hizo un silencio, y después se levantó y se fue. Su amiga dudó unos instantes, y se fue tras ella. Mi colega dijo:
–Gracias, de verdad.
–De nada.
–No lo decía en serio, joder.
–…
–…
–Esta tarde he rescatado a un perro.

perro-playa

Destrucción Mutua Asegurada

1 – Naturaleza
Estaba en los veintitantos, recién instalada en un piso con otras dos chicas. Piso compartido e instalada no solo en ese piso, sino también en la edad que la gente considera ideal. Joven y rubia natural, y con un moreno no de los que empiezan a dar grima, sino que, al contrario, le confería una imagen de salud y belleza, como si el plan de la naturaleza fuese preñarla una y otra vez. Y lo era. Con esa delgadez relativa, donde las curvas también tienen cabida, donde la carne –y no solo los huesos y los tendones–, es lo que ves en mejillas, brazos y piernas, y donde tetas y culo están presentes de forma proporcionada y hasta desquiciante para según quién. Recién licenciada en algo aburrido con salidas sobre el papel, trabajando como florero recibidor en un empleo gris pero aceptable sobre el papel. Su camino profesional era engañoso, ya que en realidad era una persona creativa, ingeniosa, con talento, imprevisible, una persona que llevaba a cabo a su pesar tareas de autómata, como tantas otras, pero que luchaba (cada vez un poco menos, como dicta la norma) por no morir en vida.
Así que: especial por dentro y responsable –del modo que los demás querían– por fuera. Mágica y a la vez con proyectos «maduros» de marchitarse. Aún brillaba, pero la inercia habitual se encargaría de arrancarle el brillo. Casi seguro. No es algo que pasara siempre, pero es algo que pasa.
Alguien dijo: “Es tan guapa que resulta machista”. Pero fue alguien con determinado sentido del humor.
Otro dijo: “Se apaga, se trata de atraparla antes de que decida tener hijos”.
No lo dijeron exactamente así.
Otro dijo, más o menos: “Se está rindiendo; cuando vea venir los treinta querrá pintar alguna habitación con alguien para un bebé”.
Lo cierto es que se estaba convirtiendo en lo que planeaban para ella, y no en lo que ella planeaba para ella. Tenía veinticuatro años. ¿Veintitrés? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que decidiese instalarse con un tío y comenzar a interpretar el papel de adulta? Esto se lo preguntaban muchas personas a su alrededor, algunos hasta notar su olor. Tuvo de vez en cuando algún novio, y hasta una relación de un par de años; nada que fuese a aguantar el envite promiscuo, aún bien visto en ciertas edades. Bien visto con comillas, siendo mujer. Estaba básicamente atrapada, meta-atrapada, en su cuerpo, por sus genitales, en su edad, la ignorancia de todo el mundo, la presión. Ella era fuerte, pero el entorno era injusto, arbitrario y cruel. Ella se estaba dando cuenta de que iba por el mismo camino que todos, y a la vez que no quería, y a la vez que no sabía cómo salirse de esa dinámica. Y a la vez que no se imaginaba –no por inercia, al menos– antes de los treinta con ningún “buen tío” en ningún piso mono, forjando una “relación sólida”, camino de una boda para complacer a padres y abuelos.
Camino del bebé de escaparate y las conversaciones sintéticas.
Tenía miedo, se sentía agotada. Y encima su miedo no era nuevo, su agotamiento no era en absoluto original.
Como suele pasar, era cuestión de tiempo que su espíritu cediera. Cuestión de tiempo que, para no tener que aguantar mierda recurrente del entorno, hiciese con su futuro no solo lo que hace la mayoría, sino cuando lo hace la mayoría y como lo hace la mayoría.
Se llamaba Patricia.

2 – Uno
Mientras los políticos discutían, los poetas cambiaban el mundo. Uno lo pensaba, pero no lo escribía. Uno tenía una trayectoria impecable según los criterios hipotéticos de una caja cuadrada de metal. Uno era perfecto en términos de proyección para una cuenta bancaria. Era ideal igual que es ideal un tornillo para la tuerca universal. Pero Uno, al contrario que Patricia, no sabía verse desde fuera. Había dejado de hacerlo desde muy pequeño, o bien nunca había aprendido a hacerlo. Porque Uno era aplicado. Uno nunca, jamás, ni de coña, hacía lo que llaman “perder el tiempo”. No ibas a encontrar a Uno paseando sin rumbo. No ibas a topar con Uno en ningún lugar en el que no esperaras topar con Uno. Si conocías los tránsitos de Uno, podías fingir un encontronazo con Uno cuando quisieras. Los pasos de Uno, o más bien las ruedas de su coche de segunda mano, nunca iban en una dirección que conllevara la más mínima incógnita. Uno actualizaba a menudo una lista de objetivos; los objetivos que los demás habían dictaminado tenía que tener.
Uno, elegante según la opinión de la moda predominante.
Uno, deprimido tras suspender su examen práctico de conducir.
Uno, enfadado cuando le felicitan por aprobar a la tercera.
Uno yendo a recoger su título universitario.
Uno enmarcando.
Uno masturbándose media hora después (ni un minuto menos) de que sus padres se hayan dormido.
Uno haciendo que se le ponga la piel de gallina a un entrevistador en las oficinas de cierta empresa.
Uno creciendo con Dos.
Uno viendo a Patricia cada día de clase. Cada día, su rectitud menguando momentáneamente, a veces durante minutos, flácida y la vez erecta.
Uno yendo al gimnasio para quitársela de la cabeza.
Corre más rápido, coge más peso, aumenta las repeticiones, más, más, más rápido, más tiempo, más duro, mamón.
Uno insultándose en silencio a sí mismo, algo que empezó a hacer a los once años (le quedaron dos para septiembre). Uno en la ducha, ahuyentando pensamientos, cierta clase de inquietud; cierta sensación, como si hubiera otros caminos y el propósito de esos otros caminos pudiera tener sentido; o incluso ser –horror– mejores que el que él, creía, había escogido.
Uno intentando despejar de su mirada el matiz oscuro.
Uno creyendo sólo en la luz y en la oscuridad, apartando abstracciones, procurando no mezclar. Excepto cuando se cuela algo imprevisto en su rumbo.
Mientras los políticos discutían,
los poetas cambiaban el mundo.

3 – Proceso de humillación
Recurrente en los años de crecimiento, le recorría ese sentimiento. Cuando no hacía algo o lo hacía mal, y caía la bronca de turno. O la amenaza de turno. No vas a ser Nadie. De pequeño sólo era el proyecto de Alguien, y si no hacía caso, si no seguía los pasos marcados, si buscaba algún tipo de camino alternativo… no sería nadie. Nada, o bien: un despojo. El futuro se reducía a ser alguien o a algo terrible, ser Nadie, o bien: un desgraciado. Cada tarea era una prueba más de sus supuestas intenciones, el resultado indicaba si iba a ser Alguien o no iba a ser Nadie. La nota indicaba si iba a ser Alguien o iba a ser un desgraciado. Ver la tele era ser un futuro desgraciado; jugando a la consola no iba a ser nadie; salir a jugar al fútbol o a ver a los amigos, era sin duda la ruta directa a hacia la nada. Hacia ser nada más que un desgraciado, un Don Nadie.
De modo que, agotado por este proceso, tomó una decisión. Seguiría la corriente. De pronto cumplía órdenes como un recluta infantil. De pronto los adultos le daban de vez en cuando una palmadita. No le decían que fuese a ser alguien, pero al menos no gritaban, no le amenazaban «por su bien». Así que hacía los deberes, llegaba a la hora, alcanzaba la nota, memorizaba, corría más rápido, dormía más por la noche, hablaba menos, jugaba mucho menos, madrugaba más, cedía, callaba, se mordía la lengua; ejercía el autoapagado, uno a uno, de todos los interruptores de carácter. Para bien, se decía. Aunque él simplemente se sentía, irónicamente, en zona de nadie.
En zona de nadie con casi todos los demás.
Casi nada le hacía prestar atención realmente, aceptó el aburrimiento como el estado natural, adoptó el tedio (y su doma) como permanente estado mental. Hacía algo supuestamente como tenía que hacerlo, y entonces lo único que obtenía a cambio era una no bronca, un no insulto, silencio vacío en lugar de amenazas; y de vez en cuando, algún comentario condescendiente sobre lo mucho que había cambiado, lo bien que se portaba ya, lo buen alumno que era, lo modosito, lo discreto, lo centrado.
El 1984 que todos llevamos dentro.
Centrado.
Esa era la palabra clave. Se había centrado. Bien centradito. Se había acabado la tontería. Ahora era responsable. Un siete, un ocho, un notable, un buen ejercicio, horas de ingerir datos para luego vomitarlos intactos. Nunca había un proceso de digestión, con nada; nada se quedaba en él. Ni una gota de jugos gástricos propios, sólo la sustancia requerida, tragada, y sonrisa, como una actriz porno profesional. Y en eso se convertía poco a poco, en un profesional. Tenía que ser un profesional, un soldado de asfalto, un soldado raso, en formación, impecable, alineado con los demás. Fingiendo el orgasmo. Qué orgullosos empezaban a estar sus padres; cada día era como una jura de bandera, y cada día se ponía a la cola con los demás reclutas, y la besaba, besaba el trapo, mientras sus progenitores sonreían satisfechos; qué tierno es Dosito, qué ideal, sacrificado, pulido, como debía ser. Ahora sí, ahora todo iba bien.

4 – Dos
Incluso lo que llaman adolescencia, hasta eso iba bien para Dos. Al menos sobre el papel. Literalmente sobre el papel. Con el tiempo, sus notas le darían acceso a la carrera que le apeteciera; excepto que no tenía puta idea de cuál prefería, ¿por qué sería? … Pero Dos sí sabía verse desde fuera. Era muy consciente de lo que había hecho desde muy crío. Básicamente asentir, no rechistar, y en cierta medida, competir, aunque sólo fuese consigo mismo. Jugar a batir su propia marca. La sustancia del camino hacia ese objetivo, quedaba atrás. Lo que él pensaba que sucedía, es que era demasiado responsable como para imaginarse con nada parecido a una vocación. Sabía que lo único a lo que le habían enseñado bien, era a cumplir órdenes. Y no podía fingir de repente que tenía pensamiento crítico, le aterraba la idea de que sus padres o profesores pensaran otra vez que se estaba desmandando. Igual que de crío, igual que antes de los diez años, cuando, en la versión oficial, sólo era un trasto, un niño egoísta e irresponsable, que tenía constantemente preocupados a «los que le querían».
No podía de repente fingir que tenía pensamiento crítico, porque había pasado años fingiendo que no lo tenía. Por dentro seguía el niño de diez años. Lo que proyectaba hacia fuera era todo lo contrario al logo de Batman.
Por fuera era un guión, y la improvisación no estaba bien vista.
Patricia era, también para él, una especie de incordio. Su aspecto, su magnetismo, la forma de moverse, sonreír, ruborizarse, dudar, ajustarse la ropa, acomodarse el pelo… Toda ella era algo demasiado orgánico, demasiado poderoso y a la vez aparentemente vulnerable. Dos pensó que ver a una chica así, para un chico de ciudad, era la única forma de ser consciente del entorno. De que la vida no era exactamente asfalto, habitáculos, carpetas físicas o virtuales, máquinas, o una sola idea sobre el tiempo o la dignidad. Ver a Patricia te desmontaba todos los patrones reduccionistas, dinamitaba esa idea sobre el Control. Lo cual era precioso, pero también aterrador, algo que no podías manejar, que exigía de ti todo eso de lo que intentabas despojarte para gustar a los adultos: reflexión, dudas, ensayo/error, error, error, ensayo, largos periodos absorto, intentando ver dentro de uno mismo.
Era una situación horrible, porque quería algo con ella, pero a la vez, en cierto modo era deprimente imaginarse con ella, adaptándose ambos a ese mundo interesadamente engañoso, sintético, un proceso en que él vería cómo esa porción de naturaleza, muy probablemente, se quemaría. Ella era el bosque y la vida recomendada el incendio de agosto. Pronto sería siempre agosto; o al menos ese era el plan que tenían para ellos. Para el bosque. Es apropiado que agosto se asocie a vacaciones. Se imaginaba como todas las demás parejas a largo plazo, planeando vacaciones, dando por sentado que lo demás no tiene apenas sentido, perdiendo cada uno su individualidad amante, su oportunidad de VIVIR, perdiéndolo todo en la apatía del otro.

5 – Belleza
belleza
nombre femenino
1. 1.
Cualidad de una persona, animal o cosa capaz de provocar en quien los contempla o los escucha un placer sensorial, intelectual o espiritual.

Fue en el instituto (católico), y luego también en la universidad. Y después seguiría.
Uno, Dos y Patricia. Para uno y Dos, tener que presenciar el crecimiento de Patricia en un entorno de lecciones cerradas y exámenes –y con las gilipolleces propias de esa fase vital–, era inquietante, farragoso, era una auténtica jodienda. Era como ver un oasis en el desierto dentro de un sueño de mescalina. Demasiado palpable y a la vez irreal. Una isla verde y magnética, pequeña, con una cascada y gente desnuda fornicando, al estilo más guarro de Biblia de páginas pegadas. Todo en medio del páramo académico.
Todo se mezclaba con Ella en medio. La Santísima Trinidad era un trío, La Última Cena una orgía, un bukake sobre la presente María Magdalena.
Tuvo el típico novio de cada etapa. Primero uno en el instituto, luego otro en la universidad. En el colegio había tenido niños-novio, por supuesto, esos mocosos que llegaron demasiado pronto para poder tener sexo. Uno los llamaba tontos-facebook, tipos que buscaban a su niña-novia de mayores en facebook, que se la machacaban con sus fotos, maldiciendo por haberla conocido con doce años. Con que hubiese sido con quince podría haber bastado. Pajas a escondidas aprovechando quizá que el bebé se ha dormido y mamá no está en casa. Dirán lo que quieran, pero si hay algo que hace que las personas se mojen a veces, es lo que podría haber sido y no fue.
Había muchas clases de masoquismo. El novio del instituto era el meta-cliché habitual; la chica que conoce al chico duro, y se lían; sin que ambos sepan el cromo repetido que resultan desde fuera. Ese capullo cuya única “prueba” de su rebeldía era un tatuaje en el cuello, algo que siempre parecía una mancha si no tenías unos prismáticos a mano. Se la folló; ni seis meses juntos, y luego llegaron el resto de clichés, llorar ella, fingir dureza él, complacerse sonando muy adultos hablando de sus ex, liarse una vez más y cortar antes de la universidad. No siempre era así, pero muchas veces era así.
Uno y Dos tuvieron sus escarcéos, pero nada de follar en el instituto. Querer a Patricia era una rutina más, una dura rutina, aunque paliaba el dolor el hecho de que siempre estuviera ocupada. Estaba monopolizada por el grupito guay de turno. No era como ellos, pero era demasiado espectacular como para que los guays no la quisieran para sí, y ella se sentía demasiado halagada como para preguntarse si no estaba haciendo amistad con los más estúpidos de la zona.
La universidad era otra historia, pero no mejor o más esclarecedora que la anterior. Los tres embarcados en algo que supuestamente era lo mejor para ellos, haciendo muchos esfuerzos por creérselo, perdidos, ahogando de vez en cuando esa perdición en salidas, noches largas, hacer el capullo, perder el control según los criterios de los papás o la policía. No era así; era más bien soñar con perder el Control al que estaban sometidos. No se trataba del autocontrol, sino de que ese autocontrol lo habían diseñado las instituciones. Era esa pieza de fábrica que conseguían instalar en casi todas las personas. La pieza en sí –ese alma sintética que se comía la tuya a bocados– era compleja y tremendamente eficaz, mucho más que los barrotes o los campos de concentración.
Te tenían paseando por la montaña o bañándote en la playa, y aun así pensando en ti mismo como esa persona responsable que tenía que volver a dar el callo en pocos días. Para otros.
Había costado muchas horas introducirte el alma institucional. Años. Pero si logras que todo el mundo se apiñe cada día en los mismos lugares, tenga las mismas preocupaciones y obedezca las mismas órdenes, ya tienes mucho ganado.
Eso y poco más que eso, parece haber sido la Educación hasta ahora.
Así retorcieron el sentido de la Belleza de las personas.

6 – Se acelera
Había otras chicas, sólo imitaciones, y los años pasaban cada vez un poco más rápido. Entrevistas absurdas de trabajo, contratos basura edificantes sobre el papel, reponiéndole a alguien la estantería, cargándole a alguien las cajas, atendiéndole los clientes. Era todo puro aprendizaje para Uno y Dos. No estaba claro qué estaban aprendiendo, pero si le hacías la pregunta a alguien al azar, lo más seguro es que te contestara que eso que hacían era aprender a vivir. La carrera que te prometía acceso a algún curro de alto perfil tedioso del que fardar tenedor en mano, te daba al final la oportunidad de aprender las claves para ser un buen reponedor. No tenía nada de malo ser reponedor, excepto que otra generación había vendido su alma a cambio de no se sabe qué. Peor sería cuando Dos comenzara a currar en ciertas oficinas, cuando echara de menos rápidamente su curro de mozo de almacén.
Uno reponía en una tienda, Dos aprendió a manejar una carretilla. Lo importante si preguntabas más, era que ya estaban cotizando. A veces te lo decían como si todo el sentido de la vida se redujera a la jubilación, o incluso a ir al Cielo. ¿Cuántos años cotizados hacían falta para beberse un chupito con San Pedro? Pero en serio, ¿cuánto había que cotizar a la Seguridad Social para que no te comieran las llamas del Infierno?
¿Con cuántas horas extra se aseguraba uno la Eternidad apoltronado y abanicado mientras le acercaban a la boca racimos de uvas?
Patricia estaba en el mostrador de cierta empresa, recibiendo a quien entrara por las puertas de cristal. Tampoco era un curro a la altura de sus estudios, pero era demasiado guapa para que nadie hiciese volar su imaginación (aunque sólo fuese unos segundos) y la metiese en nómina. Su currículum era importante sólo según quién lo leyera (o fingiera leerlo). De modo que sonreía y aguantaba a todo tipo de babosos, asquerosos que conformaban pequeñas patrullas de negocios camino a alguno de los ascensores del vestíbulo. Paternalismo en caras que reían como dibujos animados, y a veces mera condescendencia con un halo evidente de superioridad. Cada vez que uno de esos tíos entraba, la imagen residual era Patricia sentada en sus rodillas. Era hasta donde llegaba la escena porno en la vida real. Pero su trabajo era justo ése, que la primera cosa que viera la gente al entrar fuese algo agradable que les saludara de forma agradable e informara agradablemente. No era una teoría, se lo habían dicho el primer día, mientras la familiarizaban con su ordenador para consultas.
Un día entró por las puertas de cristal Dos, dispuesto a comenzar a currar para poco después echar de menos el almacén. Era su primer día y tuvo que informar en el mostrador, y tuvo que respirar hondo y fingir una sonrisa cómoda al ver a Patricia allí. Era una situación sin duda desagradable. No había forma de apaciguar la tensión; al menos para él. Se saludaron y se pusieron al día, cosa relativamente fácil dada la naturaleza del encuentro. Patricia hizo una llamada y le dijo a qué piso tenía que ir y por quién tenía que preguntar. A Dos le habían entrevistado en un edificio cercano hacía una semana; le habían llamado hacía dos días y le habían dicho que cuándo quería empezar.
Para Patricia él era poco más que un chico recurrente en su órbita, tímido, discreto, contenido en cierta forma; un chico del instituto, de la universidad, que iba siempre con aquel otro… Uno, pensó que se llamaba. Uno y Dos. Iban siempre juntos, o al menos eso se decidió.
Dos latía con casi todo el cuerpo ya subiendo con el ascensor. No podía digerir aquello fácilmente. No hacía tanto que había perdido el contacto (visual) con Patricia, un par de años o menos. Dos años y una novia fallida después, allí estaba ella. En teoría él estaba en un buen momento, había conseguido un trabajo de los que llaman respetable, tenía salud, mucho tiempo por delante y… Bueno, por lo demás se sentía igual de perdido o estafado por la vida, teniendo en cuenta que la misma le recompensaba su esfuerzo con nada más que dinero. Poco. No había ningún placer ni aprendizaje a un nivel estrictamente personal en su trayectoria; todo había sido una carrera de obstáculos en la que su producción se destinaba –en esencia– a las élites. Una y otra vez. Le daban para vestirse y alimentarse, para un techo, lo justo para que pudiera seguir produciendo.
Estaba fenomenal según los criterios de un niño del cuerno de África. Aunque ese niño no tenía más datos, los pormenores, como si dijéramos, la historia completa que a él le mantenía desnutrido allí… abonando más campo en el que sólo crecerían otros edificios de cristal.

7 – Dos y Patricia
Por más que suene extraño, en ese periodo Patricia no salía con nadie. Sólo compartía piso con otras dos chicas y decía estar centrada en otras cosas. En el curro, en sí misma, en las facturas, en buscar otros curros. Eso decía; de lo que Dos interpretaba que ella se sentía más o menos como él. Un almacén o un edificio de cristal, poco importaba, se trataba de dónde estabas tú, qué había sido de ti, ¿sería factible aún intentar rescatarte?
Rescatarse a uno mismo no suena fácil, suena a comecocos. Pero salir con Patricia no parecía un mal primer paso. Comenzó de forma natural, él se ofrecía a acompañarla aquí o allá, y al paso de los días no estaba fuera de tono tomar algo juntos, hablar más de la cuenta, mirarse por encima de lo normal, y luego tocarse.
Cuando Dos despertó en la habitación de ella la primera vez, primero se sentía perdido, y luego estupefacto. Oía ruidos de las compañeras de piso. Resopló; tendría que hacer el papel de ligue, o quizá presentarse, o puede que esperar a que Patricia le presentara. O puede que, si esperaba el tiempo suficiente, ellas se largarían. Lo cual no tenía por qué pasar, ya que era sábado. Patricia dormía aún. Dos aún tenía el chip de los madrugones, de cuando curraba en el almacén. Sólo llevaba un mes en el edificio de cristal. Ahora se levantaba a las ocho, antes a las cuatro y media. La diferencia sustancial, la única, era que antes pringaba de lunes a sábado, y ahora tenía los fines de semana enteros.
Seguía pensando en la posibilidad de estar matando un mito. El bosque ardiendo (Patricia), con él dentro, sin escapatoria. No quería ponerse a saltar de rama en rama, no quería pasar por divorcios, matrimonios, hijos desperdigados, ese tipo de vida intensa en el que un día no recuerdas el nombre de tus nietos. Lo contrario a la soledad. Prefería mil veces la soledad, aunque sólo fuese relativa; no todo el mundo estaba hecho para una vida social y familiar ruidosa y constante. Sentirse solo, como tanto se dice ya, no tiene que ver con la soledad, ni con tener o no gente al lado; tiene que ver con sentirse como el culo, desubicado, vacío. Dos se sentía solo en las bodas, en las comuniones, en ciertas cenas; los cumpleaños, los cumpleaños eran un pozo sin fondo, oscuridad en caída libre para él, especialmente lo suyos. Dos estaba convencido de que las festividades al uso, las reuniones habituales, raramente daban pie a esa especie de felicidad y comunión grupal de valor incalculable, estabilizador y que había que aprender a valorar sí o sí. En realidad todo eso era casi siempre limosna, alcohol, dosis extenuantes de negación. En ese momento no necesariamente estabas satisfecho, aunque vendieras y te vendieran eso, sino que la vida te ganaba a los puntos. Te quedabas sentado, apaleado, reposando en tu rincón del cuadrilatero. Como mínimo, estabas vivo: la última esperanza, y la de siempre.
Era un miedo clásico a la familia nuclear, a incurrir en sus hipocresías, limitaciones y cerrazones. Ese mundo en el que el sacrifico era la única respuesta y la religión el opio hasta de los ateos. El mundo en el que el placer era sospechoso por defecto. En el que todos se quejaban de lo mismo a lo que estaban agradecidos. Ese masoquismo a escala nacional, internacional. El mundo diurno, en el que levantarse temprano estaba bien visto aunque hubieses dormido once horas, y despertar a mediodía era ser un vago aunque no hubieses dormido más de seis. El mundo de los que “aprovechaban el día”, de los que desconfiaban de cualquier cosa que no fuese distintos grados de puteo y sufrimiento. El mundo que sólo funcionaba con horario de oficina. Ese mundo en el que tenías que dejarte a ti mismo para el tiempo libre.
El mundo que Dos no se veía capaz de sortear con Patricia.
Si se era sincero, no sabía si podría salvarla, rescatarla, o si ella podría salvarle a él, y redimirse juntos.

8 – Calma
Pero al principio el desgaste brilla por su ausencia. Al principio es bueno no cerrarse, no mostrarse distante o altivo. Los amigos de ella, nuevos lugares, nuevas salas de estar, camas con otros olores, otros perfumes, recibidores con el aroma de otras familias.
De repente el cumpleaños de un desconocido. Ella te presenta a su amiga de toda la vida. Espera que os llevéis bien pero no demasiado. El cine con ella, las cenas con ella, esperar a que salga de detrás de su mesa para poder besarla y salir a la calle. Pasear y procurar que todo siga como está. El sexo, el no hablar de determinados temas.
La calma.
Dos se fue a vivir a un piso, solo. Llevaba poco tiempo con Patricia, de modo que hubo un acuerdo silencioso: estaba bien así. Las compañeras de piso de ella eran meras figurantes; cada una tenía su círculo social y ninguna se entrometía en los asuntos de las otras.
El piso de Dos era minúsculo. No le hacía gracia tener que compartir piso con nadie. Prefería tener una habitación y vecinos que una habitación y desconocidos tras la primera puerta.
Y luego en algún momento tendría que presentarle a Uno. O más bien hacer que Uno fuera para ella alguien más que otro compañero de clase del pasado de los que sólo hacían bulto.
Hacer como si Uno no hubiese estado enamorado de ella igual que Dos. Desde siempre.
Y Dos no le había contado a Uno que estaba saliendo con (¡oh, joder!) Patricia. Su Patricia, la de ambos, que ahora sólo era de uno según la poderosas inercias culturales: la monogamia, el compromiso, la fidelidad carnal. Ni Uno ni Dos creían en las relaciones abiertas; ni siquiera pensaban en cosas así. Uno y Dos no habían sido educados sólo para cumplir órdenes, sino también para creer que su cultura era la única lógica, la única con posibilidades de prosperar.
Pero claro, quién podía culparles.
Cualquiera es un prisionero de su época, en mayor o menor grado.
La calma llegaba a su fin.

9 – Deshacerse
Lo que Uno sabía es que Dos había comenzado a salir con alguien, pero no sabía nada más. Uno había cortado una relación horrible con una chica que parecía quererle por el método de odiarle y usarle para cualquier propósito que se le antojase.
Se sentía como si se hubiese librado de una joroba, una hernia, o hasta piedras en el riñón. No es que se sintiera feliz, pero como mínimo se sentía descansado.
Dos le había llamado para quedar con él; para presentarle a su pareja, en realidad. Lo que Dos quería hacer, el efecto que quería provocar, era parecido a cuando quieres depilarte con cera y alguien va a pegar el tirón. Doloroso pero corto. Lo que Dos pensaba, es que si le hubiera dicho ya a su colega que su novia era Patricia, eso sólo hubiese causado un trauma a Uno antes del primer encuentro. Puede que incluso Uno le hubiese evitado, le hubiese puesto excusas para aplazar la fecha. Ya con casi tres meses de relación con ella, y pegando fuerte ese tirón, Dos pensó que Uno no se libraría de sufrir, pero al menos pasaría por un proceso de aceptación menos aparatoso.
El disgusto sobrevenido.
Como cuando estás en un lugar público y te encuentras con alguien a quien no quieres ver, pero al que te ves obligado a saludar. Con el que te ves obligado a mostrarte amable.
En realidad, pensaba Dos, sería la forma ideal de afrontar los baches de la vida. Que alguien te lo dijese el mismo día que tienes que afrontarlo. Que te lo encontraras de sopetón. No hay nada peor que saber con meses de antelación que vas a tener que hacer algo que te resulta desagradable, contra tu voluntad, ya sea o no por tu bien. Es posible que la mayoría de las cosas que te beneficia hacer, sean en esencia un mal trago.
El día en cuestión, Dos y Patricia ya esperaban en cierta cafetería. Habían llegado un poco antes de la hora estipulada. Patricia, obviamente, no era consciente de lo que pasaba; para ella era un encuentro sencillo entre amigos. Con la mayoría de cosas que pueden destrozar el corazón de una persona, alrededor nada se inmuta, todo sigue igual, no se para el tráfico, podría haber alguien sonriendo a dos palmos. Todo sigue su curso; el “que te jodan” habitual.
Cuando Uno llegó, entró y buscó con la mirada a su colega.
Aun sabiendo que ya les había visto, Dos levantó el brazo: justo ahí comenzaba la representación; llevaba por título: No pasa nada.
Es una representación recurrente, la clase de cosas que la gente hace para no discutir, gritar o matar a nadie.
Todo se desarrolló de tal forma que todo pareciera normal (o incluso aburrido) visto desde fuera. Hablaron del instituto y la universidad, de compañeros de aquellos tiempos. Hablaron de cosas que habían pasado hacía apenas un lustro como si fuesen ancianos hablando de una guerra. Verborrea para mitigar, en el caso de Dos, la tensión; y en el caso de Patricia, la leve incomodidad de tratar con alguien nuevo. Y Uno, Uno sonreía mientras el rubor de su cara y el caos de su mirada, sus gestos y sus asentimientos, procuraban interpretar el papel del alguien que no se deshacía.

10 – Proceso de Uno
Uno se deshacía como Amelie en la peli. Todo sonrisas raras y aceptación fingida y piloto automático, mientras se descomponía por dentro. Era como si no viniese a cuento estar tan herido, pero lo estaba. Había pasado bastante tiempo desde que viera de forma regular a Patricia, pero todo había vuelto a él como la bola de Indiana Jones; y corría, tragando telarañas, y la carrera no se acababa. La puta carrera. La vida era una carrera detrás de otra; a cual más inútil o dolorosa; y en todas tenías que fingir que estabas estupendamente. Pues ni de coña pensaba hacer cosas con ellos, se dijo; no iba a ir al cine con ellos, no se iba a sentar con ellos día sí día no en terracitas; no iba a compartir, a mediar, a hacer bromas temáticas, no iba emparejarse con la primera que se dejara para hacer salidas de parejitas. No se iba a ir de vacaciones con ellos, no iba a superarlo sin más, coño, claro que no. No le veía la puñetera madurez a eso: a mentir. Se sentía mal, y pensaba seguir así hasta que el dolor menguara, hasta que menguara de verdad. No se iba a estirar los carrillos para ellos, para sonreír como un payaso; no se iba a hacer pasar por alguien que cree que es sano hacer chistes sutiles sobre la situación. No le iba a dar el gusto a Dos de pensar que todo le parecía bien y nada iba mal y todo era aceptable y estaba en su sitio. NADA estaba en su sitio. ELLA estaba con su colega de toda la vida: TODO estaba mal, TODO. Se había liado con ella a sus espaldas, sin dudar, sin hablarlo, sin comentarle NADA. Simplemente le echó la mierda encima, de forma presencial, para no dejarle reaccionar, para que no pudiera elegir más que la mueca falsa de aceptación y la sumisión de quien está siendo emocionalmente violado. Hijo de puta, pensó Uno de Dos. Hay que ser hijo de puta.
Era la forma que tenía a veces la gente que se creía «adulta» de echarte el muerto. Hacían las cosas de tal forma que la reacción natural ajena pareciera la de un niñato. No podías enfadarte, pensó Uno, o ellos ganaban. No podías dejar que tu enfado fuera evidente. No podías hacer comentarios amargos.
Era fácil llevar ese rollo compasivo que llevaba ahora Dos, era fácil con nuevo curro “guay” y follando con la líder de las animadoras. Para Uno era así; él no tenía nada que hacer. Él sobraba.
De modo que empezó a aceptarlo. Su furia.
A la mierda las “relaciones sanas”. Romper con tu colega por una chica podía ser un cliché, pero además era un motivo de sobras comprensible.
Pensaba en ciertas cosas antes de dormir.
Matarlos a ambos.
Torturarlos a ambos.
Podía conciliar el sueño con una sonrisa auténtica: la felicidad del demiurgo, puede que la más natural.
Puede que torturarla a ella delante de él, y decir mientras tanto: “Esto has conseguido, Dos, esto has conseguido”.
O simplemente joderles los frenos del coche (¿cómo se hacía eso?). Joderles los frenos y esperar a ver qué pasaba.
O podía intentar que ella cambiara de… bando. Quitarle la novia a un colega también era un cliché, pero seguro que Dios lo perdona si la quieres de verdad. Dios se descojona.
Después del día fatídico, no hizo ningún movimiento, no contactó más con Dos, no hubo mensajes ni relación de ningún tipo, ya fuera digital o presencial. Pero cuando se acercaba el nuevo fin de semana, Uno sabía que Dos contactaría; Dos querría ir de amiguito. Dos se pensaba que sus actos no conllevarían consecuencias. Quería pensarlo. Puedo follarme a quien quiera sin que eso afecte a nadie. Puedo ser feliz sin hacer infeliz a nadie. La gente a la que le va bien ve enseguida arco iris por todas partes, enseguida se olvida de la riada. No ven motivos para la preocupación. Uno no iba a intentar imaginar que en realidad Dos y ella no estaban bien, o que eran una pareja de conveniencia como tantas otras; por estatus, por cierta imagen a proyectar, por unir fuerzas, por el dinero, por el pisito, por el futuro, etc. Era verdad que muchas parejas no habían nacido tanto por motivos sentimentales como por miedo a la vida; un miedo individual e irrefrenable a la vida, a quedarse solos, a fracasar solos.
Hasta cierto punto, la mayoría de gente fracasaba, dedicaban la mayor parte de sus vidas a tareas tediosas; por un motivo u otro, y seguramente más forzados que por opción propia, la mayoría de personas perdían casi toda su vida haciendo cosas como acusar a los que no la perdían de perder el tiempo. Ser un fracasado es duro, pero serlo con más gente, serlo con otra persona, en la intimidad, fingir juntos que la vida es así y sólo así y que no puede ser de otra manera, o que al menos intentar que lo sea es irresponsable, en fin, quizá no sea un gran consuelo, pero es el más popular. Y es evidente que funciona.
En este caso Uno no quería verlo de esa manera. No sabía por qué Patricia estaba con Dos, pero sí conocía los motivos de él; sentimentales, carnales, años y años de acumulación, de anhelo y deseo, de salpicaduras incontrolables.
Era absurdo intentar leer falsedad en lo que estaba pasando. Él estaba encantado, y ella le había descubierto a él; y teniendo en cuenta la cantidad de gilipollas con los que se había relacionado, estar con Dos debía ser toda una nueva experiencia.
Maldita sea.

11 – Proceso de Dos
Dos sabía que el encuentro sólo había ido bien sobre el papel, en la versión oficial, la “institucional”, la que casi siempre es falsa o incompleta. Porque los sentimientos no salieron a relucir. Uno fingió, interpretó la escena que Dos esperaba; Uno bailó para Dos, la coreografía de Dos, escupió las líneas que Dos había imaginado o casi escrito. Palabra por palabra. Pero Dos sabía que Uno ahora estaba patas arriba. Daba igual cómo de tranquilo quisiera imaginarle. No le había enviado apenas mensajes, pero, pasadas tres semanas, los pocos enviados habían quedado huérfanos.
Uno había hecho eso –salirse de sí mismo sin saber verse desde fuera– toda su vida; pero Dos temía que estuviese a punto de explotar. Esta vez había un elemento desestabilizador. Natural. Algo que no podía encerrar en resultados académicos, tiempos estipulados, una cronología o una lista de objetivos. Esta vez Uno estaba comiéndose la mierda que nadie le había enseñado a digerir. El poder de negación de Uno –como sabían Dos o Patricia, que habían alimentado el mismo–, no daba para salvar cualquier obstáculo. No daba tampoco, obviamente, para salvar aquellos obstáculos que habían sido creados por instituciones e intereses globales. Al mundo le importaba un carajo lo que sentías; y eso no se relacionaba sólo con tu vocación potencial o crecimiento, sino también con lo irracional. De hecho con lo que más se relacionaba era con eso. Eso sencillamente era una guerra personal, algo que requería algún tipo de negación al cubo. Esto generalmente se lograba ritualizando cada paso. Boda, hijos, nietos… (¿Se buscaría Uno una novia definitiva de emergencia?). Si lo que hacías en términos sentimentales parecía importante, lo era. Simplemente no cabía discusión al respecto. Un bebé no era discutible, una casa aún menos, ese futuro, una hipoteca… Todos esos elementos jugaban eficazmente a favor de esa negación de apuesta doble. La nómina, las facturas, la luz, el agua corriente… Era, como siempre, el muro de dinero y practicidad (sobre todo practicidad) construido al paso de la Sagrada Familia, que lograba que los sentimientos de la persona quedaran al otro lado; primero relegados, y luego, con la edad, prácticamente extintos, un recuerdo, una ilusión, una bobada de juventud.
Parecía la forma más recurrente de salir del paso; aunque el paso fuese Tu Vida.
Para cuando te quisieses dar cuenta, pensaba Dos, tendrías que evitar pensar en qué justo momento, aunque sólo fuese simbólico, se comenzó a joder todo. En qué momento te percataste (en el fondo) de que te querían joder y lo habían logrado. En qué momento no solo lo supiste, sino que además continuaste bailándoles el agua, demasiado aturdido para hacer otra cosa, demasiado Bien Educado para hacer locuras como intentar empezar a vivir una vida propia.
El momento para Uno, esa chispa terrible de autoconciencia, se estaba dando en ese justo instante para él. Esos días. Más pronto de lo habitual. Una persona que no tenía (ni de lejos) las herramientas para lidiar con todo aquello. Dos lo sabía, porque él tampoco las tenía. No se le ocurría peor putada que haber tenido que soportar que Uno tuviera algo con Patricia. Patricia era importante, pero había sido reducida a un juego, una fantasía, algo que Uno y Dos tenían en común; algo que, para que funcionase, jamás ninguno de los dos tendría que haber, digamos, accedido a ello. La gente habla abiertamente, incluso delante de sus parejas, de la belleza de Scarlett Johansson o Tom Hardy; hablan de ello como la clase de cosas a las que no se tiene acceso, por las que no ha lugar que nadie se enfade, tenga celos o se lo tome en serio. Para Uno era como si Dos se estuviera beneficiando a Scarlett. ¿De qué coño iba eso? ¿A qué coño venía? ¡Sólo se trataba de compartir una fantasía! Se trataba de un chiste recurrente, una broma de largo recorrido. Sí, puede que esa broma no estuviese carente de una estima y admiración reales, pero joder, ¿de que qué coño vas, Dos?, se decía Dos a sí mismo, intentando ponerse en la piel de Uno.
No siempre era posible la empatía. Sobre todo cuando eras tú el que estaba follando con Scarlett en su mansión de Los Ángeles. Cuando estabas en el bando adecuado, oye, qué queréis que os diga si sois un poco cortitos; hay muchos peces en el mar. No hay cosa peor que aferrarse.
Cuando no eres tú a quien le tocó ser el número dos llamándote Uno, es fácil ponerse Coelhista y decir memeces paseando por Venice Beach.

12 – Carta de Uno
La mayoría de vosotros y vosotras no os habéis fijado. Y no digo que no sepáis que exista o que no lo hayáis visto. Digo que no os habéis fijado, no os habéis tomado un momento. No os habéis detenido. No os habéis fijado en cómo avanzan vuestros pies, en el sol abrasador del que os quejáis, en su belleza. No os habéis parado a escuchar el zumbido de las torres eléctricas. No habéis respirado (a la vez que conteníais el aliento) el aire que agitaba la hierba alta. No os habéis fijado en lo que se acumula en las copas de los árboles, en los quicios de las ventanas de los bajos, en el olor cambiante que anuncia tormentas. En la mugre y el desgaste del paso del tiempo, en la erosión. No habéis saboreado a un palmo de vuestra nariz el parpadeo de la luz, caminando ante la reja del patio de un almacén a las cinco de la tarde. La mirada perdida, o encontrada por primera vez. Nos os habéis parado a pensar dejando la mente en blanco, no os habéis fijado en los detalles, alguno hasta oficialmente respetado, como el de estar vivo.
No os habéis sentido reales sobre la tierra que pisabais. No habéis vivido en el sol filtrándose entre las ramas y la hojas; no habéis oído la televisión de casas ajenas mientras sentíais que os faltaba el aire en verano en la calle; sabiendo que eras feliz cuando volvías a llenar los pulmones.
No habéis sido Asia o África, hayáis estado o no en esos lugares.
No os habéis tomado un baño de sol en medio de polígonos industriales; observando la quietud del abandono en agosto, los desperdicios rodando, minúsculos, la vía calentándose, la carretera, el espacio abierto, el sonido del avión comercial a lo lejos.
No hablo de nada concreto, no describo la antesala de nada, ni el contexto.
Estoy en el meollo.
No os habéis fijado en el rincón, el pliegue, la esquina, la rama, la piedra abandonada, la pared del montón, y a los lejos, las colinas, las montañas.
No hablo tampoco de religión. Es irrelevante si esto suena a poesía. Son hechos, y son hechos reales.
No os habéis fijado a cuánta distancia se puede llegar a ver la agitación de un árbol en un día ventoso. No os habéis bajado del coche, del burro, no habéis salido de vosotros mismos para descubriros secuestrados por otros, maniatados y en una habitación oscura. Al margen de la existencia, de vuestro potencial. Atados a las excursiones programadas, en las que ves cosas, en las que descubres que existen, pero también cuando aprendes a no fijarte en nada.
No os habéis fijado. Sólo habéis imaginado quién lloraría en vuestro funeral.
No os habéis fijado, porque sé que no sabéis de qué coño hablo.
Yo acabo de darme cuenta. Acabo de fijarme últimamente en todas esas cosas, y en muchas otras. Acabo de intuir la inmensidad, algo que hasta ahora sólo lograba atisbar al ver pasar a determinada persona. Esa persona era lo único en lo que me había fijado hasta ahora en toda mi vida.
Tras el placer del descubrimiento, me he sentido atrapado, aterrorizado ante la maquinaria que tan difícil es de intuir (o más bien, de aceptar). Estoy seguro de que muchas personas no se atreven ni a hablar sobre ello. Ni tan siquiera saben cómo. La propia maquinaria les amordaza.
Si esa maquinaria es autoconsciente o no (de su enfermedad), es también irrelevante, porque, como sea, se retroalimenta sin cesar; no hay visos de cambio profundo.
Ahora soy consciente de que salirse de ese camino (COMO SEA) no solo es lo mejor, sino también lo único. Ya no quiero estar en él, y, a estas alturas, no conozco más que una salida.
Por lo menos, ahora sé de la belleza en todo su potencial. Por desgracia, también veo muy bien los engranajes que me la niegan. Y que la mayoría de vosotros y vosotras, malditos seáis, creéis ciegamente en ellos.

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