Animales

Los animales me son indiferentes. Con esto no quiero decir que me parezca bien que los maltraten, o que me gusten las corridas de toros. Quiero decir que me son indiferentes; como la moda, el curling o la cocina moderna. Como la vida sexual de los demás o si el tío del telediario lleva peluquín o no. A priori, los animales me importan un carajo.
De crío incluso me daban un miedo atroz, sobre todo los perros. Ahora no es así, aunque cuando me cruzo con alguien que pasea al suyo, no es difícil que dé un rodeo o me cambie de acera. A menudo me imagino una mordedura grave e inesperada, y a su dueño disculpándose y diciendo que su querida mascota jamás ha hecho algo así. Sí, pero ahora yo tengo que ir a urgencias.
Los animales me son indiferentes, y no quiero que se confunda esta insistencia con una contradicción. ¿Si te son indiferentes por qué piensas tanto en ellos? Puedo estar horas pensando en cosas que me son indiferentes, tengo ese músculo más que desarrollado. He madrugado durante AÑOS para ir a sitios a pensar en cosas que me eran extremadamente indiferentes. He ido al colegio como todo el mundo, he tenido trabajos grises hasta la extenuación. Puedo hablar un rato de lo indiferentes que me son los animales sin que se me caigan los anillos. Puedo hacer esto y luego pasar a otra cosa sin problema.
Tu gato me es especialmente indiferente. Tus peces me parecen cuadros horteras a los que hay que dar de comer. Y no hablemos de los animales exóticos, los que tienen los que dicen amar tan especialmente a los animales. Los que no pueden amarlos sin hablar o enseñar cuánto los aman. Parece un amor sospechoso, interesado, o producto de vete a saber qué disfuncionalidad emocional.
No tiene por qué ser así, claro, seguramente la mayoría de veces esa expresión es totalmente inocente o producto del aburrimiento. Pero eso no hace que todos esos bichos me importen más.

No compréis perros. Id a una perrera y adoptad al chucho más viejo y feo.

Los animales me son indiferentes. Hay tantas cosas que me son indiferentes. Millones. En muchas incluso coincido con las que les son indiferentes a los amantes teóricos de los animales. Incluso los que no dejan de sacar pecho animalista y decir que los animales son mucho mejores que las personas. Es verdad, las personas tienen la manía de no a ir por el palito y traértelo moviendo la colita. Y que lo del armario, Ricky Martin y la nocilla sea mentira, no quiere decir que siempre lo sea. Los animales son mejores que las personas, sobre todo los gatos, que ni hay que sacarlos a pasear, con su indiferencia hacia las personas a menudo tan intensa como la mía hacia ellos.

Mi indiferencia es mi acto de amor hacia los animales. El mejor del que soy capaz.
Lo cual no quiere decir que nunca me haya encariñado con un animal, o que mi indiferencia sea lo único que me define. Ha habido perros y gatos (ajenos) hacia los que he sentido cariño. Y bebés. Y plantas. Y un pisapapeles que anda cerca de mí desde que tengo uso de razón, o lo que sea que tengo yo. La verdad es que soy un sentimental, aunque sea desde la indiferencia, me doblego fácilmente, pero nunca me verás salir a las cinco de la mañana de casa con un chandal gris a pasear a ningún perro con nombre de personaje de dibujos animados.
Conozco mis limitaciones. Los animales me son indiferentes que te cagas, pero sé de la responsabilidad que conlleva vivir con uno.

De tan indiferentes como me son los animales, casi se me pone la piel de gallina. ¿Será una tara? Pero luego pienso en la gente que los abandona en verano, y me como un yogur. La indiferencia no es ni de lejos la peor forma de hacer las cosas. Ni siquiera el inmovilismo. Sin hacer nada, ya me he portado mucho mejor con los animales que millones de personas que han convivido toda su vida con ellos. Que los han convertido en armas, que los han utilizado, que los han maltratado para acostumbrarles a hacer un truco de mierda en el circo o para youtube. Podría seguir así durante páginas, hasta que una foto mía en la playa sin ningún perro peludo otoñal te pareciera más atractiva que la del guapo random sonriente con su perro de raza tan guapo como él, ambos corriendo descalzos por la orilla, pensando en vete a saber qué chica despistada que pretenden atraer por la vía del romanticismo animalista.
Es sólo una opinión personal, pero cuanto más gordo sea el jersey del guaperas, cuanto más cuidadamente descuidada lleve la barba, y cuanto más bonito y juguetón sea su perro, menos deberíais fiaros.
Lo bueno de ser tan indiferente, es que sabes diferenciar muy rápidamente la vida de un anuncio de colonia. Aunque folles mucho menos que el idiota del perro. Y no intento insultar al perro, que conste que el perro me da igual, incluso aunque también folle más que yo.

Era una tarde de verano, de las que no entiendes cómo demonios a nadie le puede gustar el verano. Aunque a decir verdad, tengo una relación de amor/odio con el calor. Hay un componente masoquista que me atrae en lo de salir a las cuatro de la tarde a pasear. Puede que sea la carencia de gente por la calle, nadie te incordia, todo el mundo tiene demasiado calor para entrometerse. Si tienes que llevar algo muy importante de A a B y tienes que hacerlo andando, ve a la hora de la siesta.
Eso hacía yo. Pero no llevaba nada, sólo paseaba sin rumbo, perdido a varios niveles. Llevaba una gorra beis en la que acabaría dejando un cerco de sudor en la parte frontal. La empapaba en las fuentes y seguía mi camino. Sudaba a chorros, la camiseta comenzaba a tener lamparones húmedos, incluso los tejanos cortos se me humedecían en la zona de la entrepierna. El hombre del siglo XXI, soltero bien pasados los treinta, indiferente y vagamente masoca, sólo accidentalmente amoroso. Metiendo barriga si me cruzaba con alguien, levantando la barbilla. Yo esto lo hago todos los días. El sudor traspasando mis cejas y haciendo que me escocieran los ojos. Me quitaba las gafas y las limpiaba con la camiseta. No acaba de llegar la tercera guerra mundial. El hombre sin propósito, demasiado bien alimentado, demasiado relajado, buscando quizá una insolación. La gorra pidiendo auxilio, la cara de pan, la necesidad de un afeitado, las piernas no poco musculadas debido a mi odio al coche. La depravación mental. Un lunar en la mano izquierda y una polla de dieciocho centímetros infrautilizada.
¿Y no era la vida maravillosa?
Seguía mi camino, ninguno en concreto, pero más o menos siempre el mismo. Comencé a bordear la vía, en las afueras, cerca de una zona residencial. Me gustaba ver pasar el tren, ser ese tío que ve la gente que va a algún sitio de verdad. No les saludaba con la mano, a veces les hacía una foto con el móvil. ¡Fijaos, soy mortal como vosotros!
Estaba como siempre en ese momento, algo aturdido, pero satisfecho, no sé si feliz. Quizá era el colocón de sol, un exceso de vitamina D, el proceso del moreno accidental, brazos rojos y hombros blancos como la leche.
Miraba hacia a un lado y hacia otro, y vi a un perro vagabundo. Caminaba por en medio de la vía. Estaba visiblemente desmejorado, más bien como si hubiese sobrevivido a un atropello. Cojeaba y parecía húmedo o con el pelo demasiado pegado (¿los perros sudan?). Y no se salía de la vía. Pisoteé fuerte el suelo para asustarlo, los trenes pasan algo así como cada diez minutos. Pero no advertía mi presencia. Parecía de vuelta. Había tomado la vía por su camino de baldosas amarillas. Si hay algo que me irrite, es que me saquen de mi letargo personal, que me empujen momentáneamente fuera de mi zona de confort basada en la indiferencia. Me cabrea, porque me veo obligado a hacer algo al respecto.
Caminé hacia el chucho mientras comencé a oír la vibración del tren a los lejos. No podía verlo por el ángulo y la curva, por los cerros y el terreno accidentado, pero sabía que venía, como siempre. Aun así, tenía visibilidad como para no encontrarme el morro mecánico de golpe, así que fui hacia el animal, lo cogí (no sin cierto reparo), y lo aparté de allí. El tren pasó con normalidad y el chucho y yo seguimos con nuestra vida, al parecer bastante parecida.

Aquel día volví a casa sintiéndome orgulloso. Tenía una buena anécdota para contar, aunque pensé que contarla me haría quedar como un capullo. La gente que cuenta sus batallitas heroicas, aunque sean minúsculas, raramente lo hace porque sí. Quieren que sepas sobre su humanidad y bondad, sobre todo lo que ellos hacen por los demás, a veces incluso sin dinero de por medio. Esos santos modernos, coronados en Twitter y brillando en Instagram. No quería parecerme a ellos. Decidí que no hablaría sobre el tema, a no ser que el hecho de hacerlo encajara en la conversación como una maquinaria perfectamente calibrada.

Esa misma noche tenía una cena. Un amigo y dos amigas. Una especie de salida de parejas no reconocida. No es el tema. Las dos chicas eran conocidas recientes, y el chico era amigo mío de hacía muchos años. Quedamos en la entrada de un restaurante vegetariano. La clase de ideas que yo no tengo.
Cuando ya estábamos todos, entramos, y me dio las sensación de que aquel sitio olía a pedo. Una dieta basada en lechuga y la flatulencia posterior. Supongo que se estaba cociendo algún tipo de legumbre.
Una de las chicas era vegetariana o vegana (no me quedó claro con sus explicaciones), y le encantaba el sitio. Como omnívoro de manual, para mí aquello era el reino de las limitaciones, el paraíso de las líneas rojas. Entendía el conflicto, sabía que había imbéciles en ambos bandos: veganos que respiraban superioridad moral, y también omnívoros que eran incapaces de respetar la elección alimentaria de los demás.
A mí, obviamente, lo que come o deja de comer la gente, me importa tres huevos y la gallina.
Lo que más me importaba aquella noche no era la cena, eran las perspectivas. Me daba igual quién fuera vegano u omnívoro o quién le hubiese cogido el gusto a follar con cadáveres. Todo eso no era asunto mío.
Excepto que cometí el error más básico, hice el pardillo, perdí otra oportunidad de oro para callarme. Y no sólo eso, encima me sinceré.
Lo hice porque una de las dos chicas me gustaba (la omnívara, en concreto). Olvidé que la sinceridad no suele funcionar en grupos; si lo hace funciona como mucho entre dos personas, y no siempre.
Hablé de mi indiferencia respecto a los animales. No me supe explicar, o quizá me expliqué demasiado bien, no lo sé, pero mi Verdad cayó como una bomba, y la conversación se comenzó a ramificar hacia temas de increíble complejidad, con los que la chica no omnívora siempre tenía una teoría cerrada, una respuesta que hablaba indirectamente maravillas de ella y decía cosas horribles de todos los demás. Su único punto de autocrítica tenía que ver con su pasado, con lo tonta que decía haber sido en el pasado, por habernos hecho caso a todos. Y no sólo con el tema alimenticio. Desarrolló su propia teoría feminista, arrasó con todos los omnívoros, con todos los hombres y después con todas las mujeres que no pensaban igual que ella. La mayor parte del tiempo me miraba a mí cuando hablaba.
El rescatador de perros. Debería haber sacado el tema de un modo u otro, es la forma de tratar con ciertas personas. Pero ya era tarde. Me encorajiné e intenté dar otro punto de vista. Dije muchas cosas y muy atropelladas, y también que somos una mota en el orden de las cosas, somos animales, nos equivocamos, y probablemente nuestra naturaleza nos condiciona, incluso aunque trabajemos el músculo de la conciencia.
Según la no omnívora, lo mío eran todo excusas.
Hizo un silencio, y después se levantó y se fue. Su amiga dudó unos instantes, y se fue tras ella. Mi colega dijo:
–Gracias, de verdad.
–De nada.
–No lo decía en serio, joder.
–…
–…
–Esta tarde he rescatado a un perro.

perro-playa

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3 comentarios en “Animales

  1. Tú indiferencia es mucho mejor, más válida y muchísimo más acertada que todos esos que tienen perro por “algo”, pq está de moda, pq el niño quiere…total, luego lo abandonan en el patio o el balcón. Luego están todos esos animalistas de internet, que insultan a Dios y a su madre, pero nadie hace nada. A todo el mundo le gustan los animales y los niños y hacerse fotos con ellos…¿Y?
    Pero como dices y lo has explicado tan bien, que me quedo con tu manera de hacerlo. He intentado miles de veces transmitir esa indiferencia, la responsable, pero no lo he logrado. Yo tengo perros, de la calle, el que sacaste de las vías, fijo me lo llevaba a casa. Colaboré con protectoras y sí tengo un blog y muchas veces he escrito sobre ello, para intentar concienciar a la gente sobre los abandonos…No salgo en las fotos, ni me peleo por lo que comes. Yo voy a mí rollo, si me preguntan o me piden opinión la doy sino me callo.
    Puede ser que no te entiendan cuando hablas de indiferencia. Yo lo entiendo perfectamente. A mí me son indiferentes muchas cosas en esta vida, hasta las más importantes. El problema está en la cerradez, en el ego, en “mira lo bueno que soy”. En no escuchar al que habla. Y en no entender.
    El problema hoy en día es la falta de comprensión y sobre todo en que la realidad de cada uno es distinta. Lo mires por donde lo mires. Y no sé si me expliqué.
    Pero vaya, un diez por tu escrito.
    Te mando un beso

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