Los aquí presentes

Están aquí casi todos, y también sus respectivos secretos a voces. En un recorrido por la sala oscura y ruidosa, tienes decenas de leyendas urbanas potenciales. El porcentaje de lo que no se sabe es tan misterioso como la forma en que cada cual decide hablar o no de sí. Una ensalada mental jodida del todo, bañada en vinagre y malos presagios disfrazados de buenas intenciones. Ejemplares modelos de conducta sobre el papel, lo que ahora llamarían hijos sanos del (palabra grandilocuente a gusto del consumidor aquí). Todos visten su mejor retórica y tienen listos todos los lemas comodín; todos los “porque no” porque sí a cualquier disidencia. Toda esta gente que ves aquí, nunca se equivoca.
Son únicos y resplandecen, pero normalmente acabamos siendo números. La número uno le ha pedido a su novio varias veces que se corra en sus bragas por dentro con ellas puestas antes de salir de casa: un símbolo pegajoso de una relación sentimental (sexual) muy próspera al menos a corto plazo. El número dos, que podría ser el treinta y dos (aquí no hay orden de preferencia), se quitó un día de en medio de la vía cuando el tren estaba a punto de llegar. Ese día no volvió a nacer, pero tenía muy claro que se quería suicidar. El motivo por el que finalmente no lo hizo: el recuerdo de un queso a medio comer que aún tenía en la nevera. La número tres una vez se cagó en un cine y salió corriendo hasta su coche con los tejanos llenándose de mierda líquida. Llenó el coche de mierda y este olió a mierda durante semanas. Si vas de copiloto con ella y te fijas, aún hay manchas recuerdo del suceso. El tío con el que fue al cine desapareció de su vida de tal forma que la foto de una niña en el telediario te parecería el colmo de la presencia. La número cuatro vio un día al fantasma de su abuela y por corte apareció en la consulta del médico y a priori las pruebas no destaparon ningún tumor. No volvió a ver a su abuela, pero otro día se presentó su abuelo aún vivo e intentó violarla. Tras una aparatosa pelea, Cuatro quemó la casa con el violador dentro inconsciente por un golpe de silla lanzada a duras penas. Nadie sabe qué procedimiento policial se llevó a cabo, pero ella ahora parece de lo más simpática y no le cae mal a nadie, ni aunque fuese todo verdad, que lo fue.
El número cinco tiene treinta y dos años y cuando tenía tres mató sin querer (o algo así) a su hermano de dos meses. Aprovechando que sus padres no miraban, quiso comprobar qué pasaría si cogía a su ruidoso e irritante hermanito y lo lanzaba a la piscina. Luego se quedó mirando.
El número seis trabajaba en una tienda de ropa, se masturbaba a menudo en los probadores con prendas que las clientas se habían probado pero no habían comprado. En una ocasión, quizá debido al exceso de energía empleado, comenzó a sangrar por la rajita del pis y manchó la parte superior de un biquini. Al muy idiota ni se le ocurrió esconderlo o tirarlo. Debido a su comportamiento, visiblemente errático, la encargada decidió interrogarle;
–¿Seis, sabes por qué este sujetador está manchado?
–No.
–¿Es sangre?
–No lo sé.
–¿De qué te ríes?
–De nada.
–¿De nada?
–De nada.
–A veces te veo entrar en los probadores y salir al cabo de un rato.
–Ajá.
–¿Se puede saber qué haces?
–Nada.
–¿Nada?
Seis fue despedido al cabo de dos semanas cuando se le olvidó echar el pestillo de un probador, y una niña de quince años le pilló eyaculando sobre la braguita del mismo modelo de biquini.
Siete estuvo a punto de matar por envenenamiento a su madre. Tenía quince años, perdió los adolescentes papeles porque su progenitora no le dejó llegar más tarde de las diez un sábado noche. Al día siguiente se agenció un matarratas y lo espolvoreó a conciencia en el plato de cocido adecuado. Su madre estuvo toda la tarde vomitando y luego toda la noche hospitalizada, tiempo que Siete se pasó llorando, y tras lo cual jamás volvió a ser el mismo. Ahora le puedes ver contando anécdotas de las que se pueden contar, y puedes ver a su novia, que no sabe nada de lo que no debe saber.
Ocho se meó en la cama hasta los veintisiete años. A los veintiocho comenzó a salir con la chica de la que estaba enamorado desde la primaria. Tan enamorado estaba, que decidió contarle su secreto, y dos días después ella le dejó. Ocho se enrabietó y deprimió, y decidió saltar desde un tercer piso, el único modo de llamar la atención o paliar el dolor que se le ocurrió. Ahora todos tenemos que mirar hacia abajo cuando hablamos con él. Es un optimista de manual, y de algún modo parece sagrado respetar eso, al menos en su caso.
El pene de Nueve, dicen, mide treinta y un centímetros, además de ser grueso como el brazo de un bebé. Al parecer la confirmación llegó cuando, durante una borrachera en una fiesta, decidió sacárselo fuera, y aun en reposo no cabía duda de que aquello era un paisaje africano. Nueve no era africano, eran tan blanco y convencional como la leche de vaca. Lo que se cuenta es que, además de tocar el piano o hasta el xilófono con la polla, una vez desgarró el ano de una oveja en la granja de su abuelo. El animal no dejaba de sangrar, y el padre de su padre comenzó a hacer preguntas. Ahora Nueve se bebe un chupito con cinco colegas, ha engordado unos treinta kilos, y la broma recurrente trata sobre el único gordo que puede verse la polla.
Diez te sonríe y cambia de tema cuando no le has hecho la pregunta adecuada. O incluso cuando surge un tema que de forma indirecta podría acabar desembocando en su glorioso pasado. Diez hizo realidad la pesadilla recurrente sobre darte cuenta de que estás desnudo en medio de clase, delante de los abusones, delante de la chica que te gusta, delante del profesor y delante de todas esas bocas con la habilidad de transmitir la palabra. Su anécdota cruzó fronteras, al menos a nivel local (no había internet), quizá por ser lo suficientemente humillante pero no tan grave como para no comentarla incluso en familia. La gente se suele unir en la humillación, suelen acordar cuándo algo no es para tanto. Luz verde para dar detalles y nombres. Diez tenía catorce años y se había quedado en la cama ese día, mocos y fiebre. Su padre estaba en el trabajo y su madre había salido de compras. Diez era el sonámbulo más hábil de la ciudad. Tanto como para abrir y cerrar puertas, y también para caminar tres manzanas desnudo hasta su colegio, hasta llegar a su pupitre, y hacer que no pocos se preguntaran por qué siendo tan habilidoso, no había automatizado aún lo de ponerse al menos los calzoncillos.
Lo que por algún motivo no fue tan comentado a gran escala, es que Diez se coronó pisando el reformatorio. Tras tres meses de bromas y humillaciones, empujó a un chico del barrio en el lugar y momento adecuados. La cabeza del muchacho pareció reventar como una calabaza en la zona de la nuca. Cayó de lleno y con mucha fuerza sobre la esquina de una escalera. Tras una larga y poco provechosa pesadilla médica, quedó ciego y con un estridente defecto en el habla. Encontraron su cuerpo frío e inerte no mucho después (bañera, cuchillas), tras el oportuno silencio de su novia, así como de básicamente toda su vida social.
Once fue miembro activo de una secta. Se unió a ella casi desde el principio. Los preceptos de esa nueva comunidad nunca estaban claros. Sobre todo se dedicaban a hablar mal del resto de las comunidades. Ideología por confrontación. Religión por oposición. Autoconfirmación por la vía del aislamiento. Era, como todas las sectas, un hervidero de filosofía barata, oraciones inconcretas y lemas de batalla o autoayuda. El motor principal era el odio y la frustración, pero se disimulaba con una buena dosis de pseudo budismo. No era de extrañar que ciertas personas entraran a una habitación y, al ver a diez fulanos vestidos igual y en silencio, quedaran totalmente impresionados. Así de fácil puede llegar a ser. “Esto no es como el ruido de ahí afuera”. Y todos comenzaban a decir lo mismo y con el mismo tono. Para el militante, el peligro está en la variedad, a veces de gustos y a veces de opiniones.
Tras dos años en la comunidad (o comuna), Once se vio un día frente a una hoguera con un bebé en brazos. Nadie hacía preguntas. Todo el mundo (más de cien personas) permanecía en silencio, o en su defecto se oían siseos, rezos aparentemente arbitrarios. Se le dijo a Once que no soltara al bebé, pero que necesitaba una de las dos manos para el cuchillo.
Al parecer aquello era una prueba, y él no la superó. Comenzó a hacer preguntas, como: ¿de quién es el bebé? Comenzó a cuestionarse los nuevos métodos y quién los decidía. Luego comenzó a gritar, sobre todo cuando dejó el cuchillo a un lado y al bebé en una mantita en el suelo, y vio que al menos cinco personas se le echaban encima. Salió corriendo de allí, corriendo hasta el borde del infarto. Hacía años que no practicaba ningún tipo de deporte o ejercicio, se sentía gordo y se veía muerto.
A los pocos minutos, llegó a un claro y se dio cuenta de que estaba solo. Y de que tenía el cuchillo clavado en un omóplato.
Un año después vio por televisión cómo se detenía a varios miembros de la secta. Cambió rápido de canal, antes de que voz alguna comenzara a recitar los logros de su ex comunidad.
Doce decidió aprender a fabricar explosivos. Es el que acaba de salir del lavabo con la bragueta abierta. Se llega hasta la zona de las bebidas y comienza a hacer preguntas, comienza a exigir, ahora todo debe saberle a poco. Estuvo en una suerte de grupo “anarquista” que pretendía tender una red de influencia para intentar minar las grandes franquicias. Al principio se manifestaban, pero la gente que quiere cambiar el mundo a corto plazo acaba haciendo prácticas de tiro tarde o temprano. Le puedes preguntar lo que quieras sobre el mercado negro, sobre cualquiera de ellos. Tiene un doble discurso sobre cómo dejó atrás todo eso: primero se avergüenza, luego parece echarlo de menos. Colocaron una bomba en cierta tienda de ropa. Pero no tenía el radio de acción suficiente como para mandar mensaje alguno. Una señora mayor acabó caminando aturdida mientras le pitaban los oídos, se derrumbó al darse cuenta de que había perdido el brazo izquierdo. Doce siempre dice que él estuvo allí. Nadie dice creerle, pero nadie le lleva la contraria. Nadie quiere profundizar.
Después de eso el grupo se disolvió; falta de estómago, alega Doce. La señora sobrevivió gracias a la rapidez de los servicios de emergencia. Los medios cubrieron parcialmente la noticia; perdieron interés cuando comprobaron que no había dioses de por medio: sólo personas.
Trece ha salido libre hace no mucho. Nació y creció en Estados Unidos. En el instituto se hizo amigo de dos chicos callados y convencidos de lo que querían hacer. Trece, a las once de cierta mañana, y tras empaparse de información sobre como atrancar puertas y básicamente blindar un edificio, fue salida por salida haciendo su trabajo. Para cuando llegaron sus colegas, armados hasta los dientes, sólo quedaba fortificar la puerta principal. Llevaba incluso un soldador. Se quedó unos cinco minutos fuera, mientras dentro todo estallaba. Había hecho un buen trabajo; alumnos y profesores comprobaban con horror que no había salida; no a menos que fueran lo suficientemente rápidos a la hora de romper cristales que no eran nada fáciles de romper. Sus amigos, cuando se cansaron o se les acabó la munición, lamieron el frenillo a sus escopetas.
Catorce te mira desde el fondo de la barra libre. No logra seducirnos a todos, pero al menos a la mitad. Luce una barba no poco frondosa, es fibroso y bien plantado. Viste de blanco y dicen que tiene un plan. Se dice que le enjuiciaron y le torturaron, pero aquí nadie sabe bien por qué. Muchos son los que hablan en su nombre. Hay quien asegura que le extirparon los genitales. Otros dicen que es todo lo contrario, que los tiene bien puestos, y que incluso llegó a organizar orgías. Se le ha visto vagar por los pasillos de Ikea con aire melancólico. Se le rumorea un trauma zoofílico relacionado con su madre, pero nadie la ha visto entre el porno más repugnante de internet. El único modo de irritarle es ofrecerle vino. Cuando llueve, sonríe, y la mejor leyenda cuenta que una vez se llevó una pistola a la cabeza, apretó el gatillo, y al día siguiente se le vio comprando un mueble Hemnes con vitrina coloreada.

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Mr. Brainwash
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Un comentario en “Los aquí presentes

  1. Un grupo fantástico… Creo que las vidas aburridas, como la mía, funcionan mejor a largo plazo. Las otras brillan mucho durante un instante y zass, desaparecen dejando un olor desagradable a sus espaldas….

    Ahora te contaré mi secreto…. no, mejor otro día 😉

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