Archivos Mensuales: agosto 2018

Un día

Ha sido una coincidencia, pero el Apocalipsis ha sido magnánimo, y el fin del mundo llega mañana por la tarde. Sábado.
Lo tengo todo planeado. Tengo que llamar a bastante gente, más de la que creía. Pensando que yo era poco más que un lobo solitario, resulta que he estado relativamente rodeado de amor y amistad. Con estas cosas nunca se sabe.
De acabarse el mundo por la mañana, dudo que hubiese tenido fuerza de voluntad para levantarme, no digamos para madrugar. Por la tarde, sin embargo, todo son ventajas. Un buen momento para despedirte de ti mismo. Un último atardecer de verano, cuando parece que el cielo arde, sólo que esta vez no será una metáfora.
Hemos tenido mucho tiempo para digerir esto. No nos va a coger a ninguno por sorpresa. Cada cual llevará a cabo su ritual, algunos en grupo, otros, como yo, con la esperanza de disfrutar las vistas en solitario. Al fin y al cabo, no se muere solo o acompañado, sólo se muere. Me he llegado a regocijar en secreto de que nuestra “hornada” de seres humanos sea la última.
He estado haciendo ejercicio, como si fuera aconsejable tener buena presencia ante la Muerte. La última entrevista de trabajo. O quizá la primera charla con San Pedro. Desde que surgió la noticia, los creyentes están que no se aguantan los pedos. Buscan una explicación, y por supuesto la encuentran en pocos segundos. Los ateos hemos estado habitando alguna especie de vacío situacional. Nuestras amadas Ironía y Sarcasmo han hecho raras apariciones. Nos saludamos como miembros del club de la lucha a la luz del día.
La tasa de suicidio se ha disparado como una eyaculación con la persona que sabes. No ha impresionado a nadie, como si el suicido fuera por primera vez más una opción que una manera de llamar la atención.
La política ha muerto. Creo que eso ha sido un descanso para todos. No ha reinado el caos, no más allá de algunos disturbios y una lógica cantidad de desesperación, aunque esto último casi siempre en el ámbito familiar. Mis vecinos podrían haber estado muertos desde hace años, pero últimamente gritan y discuten como si tuvieran alguna decisión que tomar.
Yo nunca había fantaseado con el suicidio, pero sí con el fin del mundo. Parte de mi fantasía tenía que ver con sincerarme. Una sinceridad brutal, aunque educada. Parte de ese proceso conllevaba escribir una carta de amor. Una que ya he escrito y enviado. No espero respuesta, lo importante era enviarla. Las circunstancias son las adecuadas, de hecho son adecuadas para cerrar un buen puñado de asuntos. Tampoco es nada nuevo; la gente lo ha hecho siempre, te vas a morir y tienes que ver qué flecos sueltos hay. No negaré que esta vez el contexto le suma cierto romanticismo.
Es como si ya no tuviese sentido mentir, o como si no se pudiese.
En las películas, ante la posibilidad del fin de todo, la gente destrozaba escaparates y robaba televisores o equipos de música. En la realidad, los comercios cerraron hace mucho, durante la etapa de negación. Una negación colectiva que se extinguió con rapidez; más rápido si eras creyente que si eras ateo. Todos nos hemos tenido que enfrentar con nuestro ego y nuestra mezquindad últimamente.

Sábado. Ante la pregunta sobre qué hacer el último día en la Tierra, la respuesta se me presentó rápida y ecuánime. Nada de buscar sexo a la desesperada o localizar a alguien que odies para torturarle. Nada de participar de una fiesta descontrolada y fingida. Para mí la lógica era aplastante: lo mejor era la rutina, una rutina representativa (para mí), sencilla y complaciente. El último día tenía todo el sentido hacerlo así.
Me levanto a media mañana, pongo música y hago mi cama con delicadeza. Plancho y doblo la ropa. Me pongo a cocinar, algo laborioso, que conlleve mimar los ingredientes y controlar los tiempos. Hago una llamada de vez en cuando, me llaman de vez en cuando. La última es mi madre. Llora y no me insiste para que vaya con el resto de la familia, respeta mi decisión. Hasta ese punto me quiere mi madre. Creo que mi padre simplemente está enfadado. A cierto nivel, todo eso también me complace y relaja, también es rutina.
A mediodía, como con tranquilidad mientras veo la tele. No es que nadie esté emitiendo, pero he grabado horas de programas y anuncios, nada selectivo, sólo el ruido y las imágenes que necesitaba.
Cuando acabo de comer, lavo los platos cuidadosamente y los coloco en su sitio. Hacia las tres de la tarde, me pongo una película. Tampoco elijo nada especial, nada de “mi favorita” o una de mis diez favoritas. Basta con una comedia americana del montón. La mediocridad tiene mucho de hogareño. Fumo algunos cigarrillos y bebo una cerveza. Apenas he mirado un par de veces por la ventana. Está todo vacío y silencioso, parece uno de esos días de invierno, Navidad o día 1. No oigo a los vecinos, que probablemente se han ido de casa.

Mi ventana tiene una vista abierta. Después de mis ejercicios, me ducho, me visto y coloco una silla ante ella. El piso fue de mis padres, es posible que de otra forma topara con un muro de ladrillos cada vez que me asomara.
Decido dejar la tele puesta mientras llega el momento. Y pienso, y pienso. Quiero que sepas que te he querido desde hace años. No tengo recuerdos precisos de cuándo empezó, no guardo gestos concretos en la memoria. Puede que no sea muy romántico, pero lo siento todo con la misma intensidad y dolor que todos los demás. Te conocí cuando eras aún muy joven y yo me creía mayor de lo que era. Sabías lo que yo sentía, pero siempre tuviste un novio, y luego otro. Creo que sabías que yo no era una buena idea, incluso aunque pudiera llegar a gustarte. No lo sé, nunca me quiero mojar con eso, nunca doy nada por sentado.
Pero quiero que sepas que te quiero y siempre te he querido. Y espero que teniendo en cuenta el contexto, estas palabras ahora suenen como deben, y no como a menudo han sonado.
Y mi firma.
Lo relacionado con el amor siempre ha tenido buena y mala fama a la vez. Y el amor ha sido lo más banalizado de la historia de la humanidad.
Me sé la carta de memoria. No quería que fuese muy larga, sólo sincera. Una vez más, he esperado que la situación conllevara un valor añadido.
Aciertan casi exactamente con la hora. Siete de la tarde. Mi última expresión es una amplia sonrisa, porque nadie ha visto jamás lo que yo estoy viendo.

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Verano en Sonora

Empieza

Podría ser una clase más, el profesor actúa como si lo fuera, el reloj también. Una hora que sabe a corcho masticado, la saliva no ayuda a tragar. Habría bostezos furiosos si no fuera porque es la última hora antes del verano.
Unai mira a su alrededor, las niñas ya son mucho más chicas que niñas, veneno policíaco para un adulto, viagra natural para lo que llaman adolescente. Todo es suave y la gravedad aún está lejos de hacer estragos. Un bulto comienza a crecerle en los pantalones, así de fácil. Unai piensa en los adultos. Cuando sea adulto de verdad no podré acercarme a chicas así. Se palpa la entrepierna intentando recolocarse el pene. Tarea nada fácil. Nadie puede saber mejor de la importancia de sus genitales que un chaval que una vez llegó al techo salpicando.
Cuando el timbre suena, no estalla la euforia, pero todos los movimientos se vuelven de lo más económicos. En apenas tres gestos, Unai está fuera del aula.
La gente se apelotona después en los portones de salida del centro. Unai aún conserva una semierección. Ve a Silvia en la montonera. Siempre se queda mirando el culo de Silvia cuando tiene la suerte de coincidir con ella en un pasillo. Han sido innumerables las veces que se la ha imaginado desnuda y sentada en su cara, restregándose con ansia. Unai alarga el brazo entre los alumnos, y logra contactar su culo con el dorso de la mano. Hay tanto movimiento que es muy difícil que se dé cuenta.
Cuando llega a casa y se desviste para ducharse, ve que ha mojado los calzoncillos.
Se masturba bajo el chorro de la ducha. Consigue calmarse sólo a medias. Intercambia los monosílabos inevitables con sus padres y sale a la calle. Se siente bien, no ha cateado ninguna por primera vez en su vida, siente que merece todo lo bueno que pueda pasarle. Me merezco una mamada, me merezco un polvo en la playa, me merezco un trío con gemelas, sé que me merezco un polvo, al menos uno, un coño terso y calvo. Merezco mi propia peli porno. Todo el sol y la arena, todo el tiempo libre, no bastan. Quiero estar rodeado de coños, quiero lluvia dorada.

Sigue

Yago corre a casa después de clase. Tiene al menos cuarenta minutos antes de que llegue su familia, sus padres y su molesta hermana, tres años menor que él. Cuando cruza la puerta de su habitación (nunca con el cerrojo que siempre pide), lanza la mochila y se baja los pantalones y los calzoncillos. Google se parece a la libertad. Parece incomprensible que haya quien no entienda la adicción a internet. Ser un bicho raro es no estar enganchado a internet, al móvil, al estímulo instantáneo.
Cuando está a punto de acabar, Yago oye ruido en la planta baja, y a regañadientes se mete la polla en los calzoncillos. ¿Qué costaría poner un puto pestillo? ¿Qué piensan que va a hacer ahí dentro con el pestillo puesto? ¿Por qué no tiene ningún derecho a la intimidad?
Su hermana se presenta en su habitación, como si lo supiera.
–Huele a pescado.
–Cállate.
–Eres un cerdo. Estás sudando.
Yago nunca ha entendido la ambigüedad de la relación entre hermanos, ese rollo sobre odiarse y quererse a la vez. ¿Quererse? No mataría a su hermana, pero sólo porque no mataría nadie, pero la mantendría todo lo lejos posible. A veces piensa en ella cuando pasen unos años, cuando se líe con un tío duro y atractivo que la fría a hostias. Te jodes, hermanita.
Cuando se calma y se dispone a ducharse, sorpresa, su hermana tiene el baño ocupado, y su padre ocupa el de la planta de abajo. Tiene los calzoncillos pegajosos y la ropa huele a todo el último día de instituto. A veces planea buscar un sitio al que poder ir a pajearse tranquilo. No hay medios, y tampoco hay muchas opciones. Salta un mensaje en la pantalla.
Johnny: oye
Yago: eh
Johnny: esta noche vamos adonde Fran
Yago: ah
Johnny: vienes?

Continúa

Fran usa su cinta de correr. Johnny se ha dejado caer en el sillón que hay justo al lado. El nombre real de Johnny es Luis, nombre que Johnny odia. Años atrás alguien decidió que se parecía a Johnny Depp, impresión que se ha ido aguando, pero el apodo agarró bien. Johnny está encantado.
–¿Dónde han ido tus padres? –dice.
–Te podría mentir, pero no lo recuerdo. Espero que no den por culo con el teléfono.
–¿Cómo es posible que teniendo esa cinta de correr y un sillón en tu propia habitación, siempre te encuentre en la cinta de correr?
–¿Has avisado a la gente?
–Más o menos.
–Me sobra bebida que te cagas.
–¿De cuándo?
–Mi padre dio el otro día un festín, venía no sé qué pijo de Japón. Un rollo de negocios. El chino ese no probó nada, apenas se bebió una puta fanta. No fumaba y miraba a las mujeres sólo para no tropezar con ellas.
–Ya…
–Tú también deberías usar la cinta, cuando tengas veinticinco años te veo inflado y corriendo tras un crío. Estarás reventado a los treinta.
Suena el timbre de la puerta.
–Ve a abrir, anda, yo aún tengo que ducharme.
Comienza a llegar un goteo de chicos y chicas, conocidos y no tanto, habituales en casa de Fran, algunos apenas habiendo cruzado dos palabras con él. Se comienza a llenar el jardín trasero. Vasos rojos de plástico, barra libre, todo marcha.

Silvia

Hoy acabó el instituto. Estoy de los nervios, aunque no lo digo en voz alta. Puedo manejar la rutina, los horarios fijos y hasta los exámenes, pero no esto. Mi padre dice que podría apuntarme a la autoescuela. No es mala idea, aunque odio la idea de conducir, siempre me he imaginado dejando eso de lado. No quiero sumar otro coche al tráfico. No es por la contaminación, es que no quiero ser otra palurda más.
He ido a la fiesta del tal Fran. No he bebido mucho, aunque creo que cada vez me gusta más beber, siento que puedo salir de mi cuerpo, o que al menos no me importa estar encerrada en él.
Ya no tengo miedo de los chicos, aunque ahora parece estar de moda hablar de lo peligrosos que son. No es que antes les tuviera miedo, simplemente no me gusta sentirme deseada, o sí, pero sólo hasta cierto punto. De todas formas ninguno me habla sin haberse preparado antes el discurso. Es deprimente, no son naturales, no son de verdad. Se esfuerzan tanto por no sonar mal, que acaban por aburrirte.
El verano se presenta como un montón enorme de todo eso. Se supone que tendría que estar muy contenta, haciendo planes y pensando en uno o dos chicos en concreto. Puede que me ponga a ello. Cada vez pienso en cosas más feas, más guarras, cosas que no sé si haré algún día, pero que funcionan muy bien en mi cerebro. Nadie podría hacerme confesar. Guantánamo es un pícnic.

La playa

Unai se tapa con la toalla. Un grupo de chicas ha pasado cerca hace un momento. Johnny, Fran y Yago se ríen de él. Un grupo de chicas en biquini. Un grupo de chicas sin Silvia, que gusta a todos, pero no importa. Casi nada tiene importancia, y se te pone dura con casi todo.
Soy de Sonora, tienen que decir a veces en los chats, y luego aclarar que hay más de una Sonora. Sonora la que está cerca de Periferia. Y después les preguntan que dónde está Periferia. Los turistas se hacen la picha un lío reservando vuelos.
La playa de Sonora hace juego con los biquinis; cuanto más pequeños, mejor. Si hubiera un tiburón, lo verías antes de que asomara la aleta. Las palmeras parecen plantadas y colocadas con una postal de Hawái como referencia. La playa de Sonora es en sí misma un motivo para que a Unai se le ponga dura. La fragancia cálida y salada le hace pensar en los coños, a veces sólo en uno, pero sobre todo en los coños. Tras la fina tela de la braguita del biquini. La vida es cruel.
Es como vivir donde la gente va de vacaciones. Como encargarse de la limpieza del arco iris.
No hay muchos habitantes naturales del lugar que se vayan fuera en verano; quizá los más adinerados, es difícil superar el póster paradisíaco. Tienes que rondar por las pirámides o buscar paisajes absolutamente imposibles, cascadas sacadas del Señor de los anillos, parajes de fantasía retoque salvaje mediante en Instagram. Tienes pasta, y has de darle salida. Vives en el póster de las oficinas grises, es complicado dar forma a una metafantasía.
Los chicos se bañan y se pasan toda la tarde hablando de hablar con las chicas. Las miran cuando no miran, y ellas parecen no tener ningún interés por mirar.
Johnny intenta seguir siendo Johnny.
Fran confía en su casa como centro neurálgico.
Yago finge que está menos salido que Unai.

Silvia (2)

Los días no están pasando tan rápido, suelo diferir en eso. Aunque tampoco han pasado muchos. Esta tarde me he acercado a ver a las chicas. Aunque escribiendo a “a las chicas” sueno a “rubia”, a que tengo tirabuzones y paseo en descapotables con tíos que parecen paridos todos por la misma máquina de abdominales.
Mis amigas saben que soy retorcida, creo que lo sacan de los silencios. Y esta tarde estaban en la playa. Whatsapp sin parar. No muy lejos había varias toallas con chicos del instituto. Aquí nos conocemos todos, o casi, al menos de vista. Esto es un pueblo grande, o una ciudad pequeña. Cuentas en miles.
Uno de ellos es el chico de la casa. Está siempre bronceado y siempre parece indiferente. El Gatsby del lugar, con la diferencia de que no espera a ninguna chica en concreto. Sus fiestas parecen una táctica, aunque aún no sé con qué fin. Creo que quiere que parezca que el motivo es el sexo, pero seguramente se trata de algo más complicado. Una vez oí a mi madre decir que la gente usa la excusa del sexo porque sabe de su efectividad.
El chico con fama de salido (¿cómo se llamaba?) parece el más tímido. Los otros dos parecen formar parte de la fauna neutra masculina. Miran con descaro convencidos de su sutileza. Son cerebritos (los cuatro) más allá del rendimiento académico. Cerebritos desganados. Mi versión masculina, igual de heteros, igual de salidos, igual de perdidos. Nada nuevo bajo el sol, aunque aquí el sol hace que te suden hasta las ideas.

La playa continúa

Unai se pone boca abajo para intentar disimular la erección. Ha llegado Silvia al grupo. Los demás se aguantan la risa. La sola presencia de Silvia pone en evidencia el histrionismo infantil del unicornio, que ya sólo es una fuente de ironía. Silvia, si logras olvidar tu erección, es un problema de los gordos para la poesía, o inspirará un montón de mala poesía de gordos. Los chicos creen que miran mucho menos de lo que miran. A veces sólo estás en tus genitales. Muy poca gente logra estar mucho tiempo en su cabeza, y el estómago apenas se utiliza para almacenar comida. La amígdala saca una bandera blanca siempre que aparece Silvia, la agita y suplica: Por favor, por favor, otra vez no…
Está viva y se mueve, se recoloca el biquini y parece hablar con sus amigas. No parece que les mire en ningún momento a ellos. Es completamente curva y completamente lisa, y sin embargo rezuma vida y particular presencia. No es la vecina de al lado, y no luce aburrida como una modelo. Es simétrica de un modo asimétrico, quizá por cómo mira, por sus gestos un punto descuidados y a veces incluso un andar patizambo.
Unai mira ya en dirección contraria.
–¿Se han ido?
–No –susurra Yago.
–¿Y ella?
–Ella acaba de llegar, capullo.
Fran dice:
–Deberíamos hablar con ellas. Mañana quiero que vengáis a mi casa. Podemos invitarlas.
–¿Desde cuándo repartes tú invitaciones? Esas chicas se conocen tu casa mejor que el instituto –murmura Johnny.
–Joder. Sólo pienso en una excusa para hablar con ellas.
–¿Va a ser más cómodo entrarles según el tema?
–Mañana irán a mi casa. Mañana irán a mi casa.
Fran empezaba a pensar en su casa como una tela de araña. Siempre había pensado que reunir a la gente le acercaría a la gente, al menos en parte, pero la realidad no fluía de la misma manera que un guión. La realidad tiende a entrar por detrás.

Fran

La cuna de oro. Se habla poco sobre sentir claustrofobia en grandes espacios. Se habla un poco más sobre sentirse encarcelado sin barrotes. Abres la puerta cada vez que puedes e invitas a pasar a todos. Y sobre todo a todas. Hay algo en ellas de lo que no es fácil hablar, y más cuando el mundo de las imágenes prima sobre cualquier otra consideración. Visuales o audiovisuales, los barrotes de Fran son las imágenes, algo que no sabe cómo articular. Hay algo especial y muy concreto en una reunión de personas, sobre todo cuando no son tantas como para dejar de contar en decenas. Una dinámica de acción y reacción, tan natural que es demasiado compleja, extremadamente difícil de definir. El alcohol o el sexo, o sobre todo las ganas de tener sexo, son “sólo” elementos accesorios, paraguas opacos para que la luz de lo real no nos ciegue. Te salva la vida todo aquello que te ahorra una visión sin filtros, sin aditivos, sin colorantes. Lo crudo sólo nos gusta en la comida japonesa. Lo excesivamente racional te asfixia, no deja margen a todo aquello que no alberga una lógica cerrada. Fran cree que te enamoras cuando el paraguas opaco es incapaz de actuar con una persona concreta, a la que ves siempre en crudo, y aun así te gusta. Entonces comienzas a idealizar.
La fiesta sólo acaba de comenzar.

Natalia

La ves en los pasillos del instituto, o la veías. Siempre procura estar en segunda línea, mezclarse, ser sólo una más. Natalia sabe que los chuzos de punta caen siempre sobre Silvia. Silvia alarga la mano para recibir el cambio en el chiringuito de playa, y la onda expansiva arrasa cientos de braguetas a la redonda. La imagen. No importa si es así o sólo se ha decidido que es así. El resultado es la base sobre la que se erige el estatus social. No el trabajo, o mucho menos el concepto justicia. Natalia no quiere ser Silvia. Incluso puede que sólo esté a un par de hobbies de causar la misma impresión que ella (quizá el maquillaje y la ropa ajustada), aunque sus métodos fuesen distintos, y quizá más artificiales.
La ves en la playa, dándose la vuelta en la toalla. Cuando los chicos miran, parecen hacerlo a bulto. Hasta que llega Silvia. Eso hace que Natalia gane en tranquilidad, deja de sentirse observada. Cuando los chicos deciden levantar el campamento, uno de ellos camina encorvado, procurando dar la espalda a la zona donde están ellas. El resto miran al suelo o hacia otro lado.
Ves a Natalia en la fiesta, un día de playa y al día siguiente una fiesta. El chico de la casa estaba en la playa. Siempre abre sus puertas pero nunca te deja entrar de verdad. O más bien, sí, te deja entrar hasta el fondo, pero no sabes bien qué clase de estómago te está digiriendo. Todo eso, en contra de lo que podría parecer, no hace que se sienta incómoda. De alguna forma, el sexo se torna borroso en la ecuación, menos importante de lo habitual.
Fran nunca dirá algo como que ama a las mujeres, o que las mujeres son los más importante de su vida, o el “trabajo” de su vida. Parece interesado por ellas en un sentido menos lúbrico o previsible de lo habitual. Seguramente palabras como monogamia u orgía le parezcan clichés de una discusión aburrida que lleva demasiado tiempo vigente.
Ves a Natalia dirigirse a Fran.

La fiesta

El suelo pegajoso. El murmullo de voces que se apacigua si la música deja un tiempo muerto. Fran saluda a todos de pasada, el extrovertido introvertido, el alcohol ayuda pero no te soluciona el problema. Llegados a cierto punto, el problema se agrava. Los asistentes son sorprendentemente cuidadosos. Sujetan en corros sus vasos rojos, moviendo los hombros, raramente bailando. No hay dj, sólo un ordenador y listas de reproducción, y, eso sí, un sistema de sonido acorde a las exigencias. La casa tiene tres lavabos, que raramente se tragan la cena o el condón de nadie. Los asistentes parecen ver algo en Fran que les pone en guardia. La inseguridad puede pasar por una promesa de autoridad o incluso agresividad.
La media de edad es de diecisiete o dieciocho años.
Las drogas duras no suelen proliferar, incluso siendo que la casa está situada en un barrio bien, preparado más o menos con todo lo que el dinero puede comprar.
Natalia se acerca y le dice a Fran:
–Eh.
–Qué tal.
Fran sabe abordar una conversación, sea como sea, a veces hay que actuar un poco, escuchar lo que sea que quieran decir.
–Mola la fiesta.
–Gracias… ¿Estás sola?
–No, he venido… mis amigas están por ahí.
–Oh… Qué bien.
–No sabes cómo me llamo, ¿verdad?
–Sí, claro que sé cómo te llamas.
–Pero mejor no te lo voy a preguntar.
–¿De verdad crees que no sé cómo te llamas?
–No te sulfures, tampoco sería tan grave, ni siquiera sería raro. Puede que simplemente no estés seguro. Puede que barajes dos o tres nombres.
–¡Claro que sé cómo te llamas!
–En serio, da igual, debería haberme presentado yo y ya está.
–Pero, ¡sé cómo te llamas!, vamos al mismo instituto desde…
–No importa, de verdad.
–Ya, pero a estas alturas me parece violento decir tu nombre en voz alta, y ni siquiera sé para quién, pero me lo parece.
–Podemos obviar eso entonces.
–¿Tu nombre?
–O no.
–No sé si es lo mejor.
–Por qué.
–El nombre es útil, aparte de lo extraño que es no usar nunca el nombre de una amiga.
–¿Pero entonces ya somos amigos, aunque no digas mi nombre?
–¿Quieres que esto parezca una cuestión de orgullo o algo así?
–¿Quiero que lo parezca o simplemente lo es?
–Creo que me he perdido.
–Claro que no. Pero cuanto más hablas más lejos estás de tu objetivo.
–¿Mi objetivo? ¿M… mi objetivo?
–Sea cual sea.
–Ya…
–Pero ahora no sé si me has dado una pista.
–Estoy sudando, ¿tú no?
–La verdad es que no.
–Quizá debería ir y poner el aire, el aire de la casa.
–¿En serio vas a hacer eso?
–¿Poner el aire?
–No.
–Pero…
–No hagas como que no me entiendes, eso sería mucho peor que no saber mi nombre.
–No pensaba rehuirte ni nada, sólo…
–Vale, vale…
–…
–Siempre parezco muy complicada, creo. Pero creo que tú también lo eres, ¿no?
–¿Complicado?
–Sí, lo de dar rodeos, liarse, tropezar con las frases, con los pensamientos, no saber… concretar…
–No quería rehuirte, en serio.
–Pero te sientes acorralado. A veces hago eso. Lo hago sin querer.
–La verdad es que no sé cómo te llamas.

Silvia (3)

Ya no diferencio un lunes de un sábado.
Arrasé en la teoría. La profesora con la que hago las prácticas es simpática. Tanto que el primer día pensé cosas que no son. A veces me pregunto cuánta diferencia hay entre mi forma de ver las cosas y cómo son las cosas en realidad.
Siento presión cada vez que tengo que hacer una práctica, siempre con la sensación de que se me va a olvidar todo, que no voy a saber cómo arrancar el coche o cómo aparcarlo.
Hago esto para mantenerme ocupada, y para proyectar la imagen de responsabilidad que tranquiliza a mis padres. Odio esta faceta de mí, la faceta complaciente para con mis padres, siento que interpreto a la niña buena, que necesito que me vean como la niña buena. Cuanto más pienso en ello, más falso y cómodo me parece, me siento una mentirosa. Una mentirosa previsible y tradicional. A veces tengo ganas de hacer algo chocante, no grave, pero sí nada propio de mí, algo que conlleve una pista sobre una idea básica: llevo un ser humano dentro, también soy naturaleza, no solo rectitud y buen comportamiento. Soy inteligente, pero también soy un culo y dos tetas. Papá, los chicos (y algunas chicas) babean por mí, alguna vez incluso literalmente; mamá, no me gusta cómo me hablas, ni tu condescendencia, no quiero ser como tú.
Podría hacer algo tonto como salir de casa y volver con un tatuaje. Convertirme en un cliché de la rebeldía. Me parece una falta de respeto a los tatuajes.
Nunca se me ocurre cómo provocar a mis padres, cómo darles a entender que no soy una muñeca, que no es bueno obedecer siempre. No quiero ser la mujer que ellos quieren que sea, pero no te confundas, tampoco quiero ser la mujer que tú quieres que sea. Cuando logre independizarme de mis padres (y ni siquiera hablo de irme de casa), quedarán otras tareas de autoafirmación, como aguantar a los hombres que quieran “muñequizarme” otra vez, o a las mujeres que piensan que pueden hablar en mi nombre.
Procuro no pensar demasiado en ello, o seré yo la que acabe dando lecciones. Eso es justo lo que quiero evitar.

Johnny

La tienda de golosinas que Johnny frecuenta abre a las cinco por las tardes. Está equipada con una especie de cascos de astronauta abiertos llenos de gominolas, chicles y todo tipo de inventos comestibles de colores. Todo está siempre limpio y bien dispuesto, es un lugar pequeño que hace esquina, y tras el minúsculo mostrador hay una chica atendiendo. Johnny suda y se toma su tiempo, busca como antes se buscaba en los videoclubs. Lo hace día sí día no, piensa que todos los días estaría bordeando el acoso, o al menos resultando un tipo de lo más raro, uno que no sabe lo que quiere; algo que es cierto, y que por tanto, aún con más motivo, hay que ocultar a toda costa. La relación de Johnny con la verdad consiste en importantes ingresos en el banco de las mentiras. Las mentiras, al igual que el dinero, no siempre te consiguen la felicidad, pero ayudan. Un buen montón de mentiras para meter el pie, para colarse, para coger sitio. Y luego vas poco a poco sincerándote, con tiento, con habilidad; si te lo montas bien hasta parecerá que no formaba parte de un plan. No hay nada como un tontuelo reconociendo su debilidad, diciendo la verdad por el medio de reconocer subrepticiamente que antes ha mentido, porque a veces es tímido o introvertido. Johnny no se tiene por ninguna clase de sociópata. Todo el mundo hace planes, todos somos retorcidos. Sólo hay grados. No hay tanto buena gente como gente extremadamente hábil.

Yago

–No lo entiendo.
–¿No entiendes qué, hijo?
–No tiene sentido.
–Tu puerta no va a tener pestillo. Punto.
–Vale. Sólo una cosa: Ojalá te mueras.

La piscina

Es una piscina con vistas al mar. Sonora tiene todos los ángulos que sueña un fotógrafo. Y es la piscina municipal. Un saliente a modo de terraza, un cristal ultra resistente que separa a todos de una caída de unos veinte metros. Abajo, la arena. La piscina es una forma de variar sutilmente la rutina. Es el café descafeinado o el pan de molde. Una variación de la misma nota.
Unai no nota tanto la diferencia. O de hecho sí, porque las distancias son más cortas, y la crudeza con que las chicas se muestran en biquini es la misma. Chicas en ropa interior pensada para que pienses que es un bañador sólo porque el tejido y el diseño es distinto. Todo el mundo está salido, piensa Unai, la única diferencia es que yo al menos soy honesto.
Ha ido solo, hora de la siesta, demasiado temprano para los demás. Unai tolera bastante bien el calor. Casi no hay nadie, apenas un par de hombres muy mayores y un socorrista. El sol cae a plomo. Sin saber cómo, una cosa lleva a la otra, y el calor, y el césped, y la sola idea del verano, el recuerdo de la chica que trabaja en la entrada de la piscina, una idea sobre cómo deben ser sus pezones… Y a Unai se le pone dura. No hay modo de disimularlo si no es con la postura adecuada.
Se coloca boca abajo, pero la erección es tan evidente, tan imparable como lo es la fuerza de la naturaleza. Un tsunami, un escorpión, una serpiente. Le duele, y Unai toma una decisión.

Silvia (4)

Hoy no he ido a la autoescuela. Ya no tengo que ir. Tengo fecha para hacer el examen práctico, es obvio que soy una alumna adelantada, coincidí con gente en la teoría que aún está en la teoría. Ahora sí noto el tiempo acelerado. Mi emoción es nula, pero ante la profesora y mis padres reacciono como si la cosa fuera conmigo. El carnet de conducir me parece una medalla de consolación, una mala solución. Con esto podrás ir a trabajar al lugar más infecto. Da igual cómo de escondido esté el futuro más deprimente, el coche te puede llevar.
Mi padre no deja de hablar de coches, de marcas de coches, de coches de segunda mano, de cómo fue su primer coche, de la libertad que te da el coche, de la recompensa de la precaución, de la alegría de la sobriedad… A mi padre lo escupió una cadena de montaje que antes había hecho ya millones como él. Lleva el “yo quería un niño” tatuado en la frente. Mi padre quiere que pase por alto los detalles, como lo de no tener pene, tener el periodo o ser indiferente a cualquier deporte. El género le irrita, el género en general; es probable que le interesara el discurso de algunas feministas actuales. Ahora lo paradójico lo regalan con las cajas de cereales.
Por la tarde me he despegado como he podido del sillón, y he preparado una mochila. No eran ni las cuatro. Mis padres roncaban. Fuera a esa hora es como estar bajo una manta eléctrica roja que lo cubre todo. Pero el calor en casa me produce pequeños accesos de ansiedad; me da la sensación de no poder respirar bien, con lo que comienzo a aspirar grandes bocanadas de aire por la boca, y acabo jugueteando con la hiperventilación. Necesito moverme, sentir el aire caliente en mi cara, que brote el sudor. Es como si necesitara afrontar cara a cara el verano, como si intentar esconderme empeorara las cosas.
El destino es evidente, la playa conlleva una liturgia que me da mucha pereza afrontar sola. La piscina habla mucho mejor mi idioma; a diferencia de la playa, es un entorno controlado. La playa es naturaleza, y la naturaleza sólo saber ser.
Cuando llego, saludo a la chica de la entrada (si te conocen ni siquiera hace falta enseñar el abono), y cruzo el edificio hasta volver nuevamente al exterior, esta vez en el interior de las instalaciones. El sol parece más amable cerca del agua y el cloro. Me quito las zapatillas y me dirijo al árbol habitual. Tiro mi mochila y aparco el calzado. Doy un rodeo. Casi no hay gente.
Algo llama mi atención. Veo bañándose cerca del borde de la piscina a ese chico, creo que se llama Unai. Me siento algo mal al dudar de su nombre. Tiene su leyenda, soporta cierta carga, seguramente sea inofensivo, simplemente algo torpe. Decido acercarme a saludar. Probablemente logre ponerle nervioso, pensé, pero quizá también agradezca el detalle.
Cuando por fin se da cuenta de que me acerco, cuando gano ángulo de visión, se sobresalta y se mueve (¿tenía el bañador bajado?) de forma sospechosa.

Unai

–¿Unai? Unai… ¿te estabas masturbando?
–¿Eh? ¿Perdona?
–Nada… Es igual.
–¡No me estaba masturbando!
–Oye, es igual…, no importa. ¿Sueles venir tan pronto por aquí?
–¿Pronto? Son las cuatro de la tarde.
–¿Sueles venir a la hora de la siesta por aquí?
–A veces…
–Yo también… ¿Donde están tus colegas?
–No lo sé. No sé si vendrán luego.
–Irán a la playa.
–Sí, puede ser…
–¿No tienes miedo de que te roben el móvil, allí solo?
–¿Tú tienes miedo?
–La verdad es que no. Esta ciudad siempre está muerta.
–Yo creo que no. Sólo sabemos disimular.
–No voy a decir ahora mismo nada que te deje en mal lugar. Sería demasiado obvio.
–…
–¿Qué pasa?
–Estoy acostumbrado a la humillación, sé cómo funciona.
–Tienes razón, lo siento.
–Da igual. Dices que no vas a decir lo que no deberías decir, para no hacer daño, sin darte cuenta de que es justo lo que estás haciendo. Todos lo hacen.
–No sabía que te afectaba tanto. Tu fama.
–Puede que sea merecida.
–Pero no te ayuda.
–Eso es verdad, no es una ventaja.
–Creo que me bañaré. Voy un momento con mi móvil.
–Muy bien.
–Puede que no sea una buena idea.
–¿Va a venir a bañarse ahora?
–No soy una hipócrita respecto a la masturbarción, sé que todos lo hacen, que todas lo hacen, y desde luego yo lo hago. Hasta puede que Unai resulte más sincero al respecto, aunque haya sido de forma involuntaria.
–¿Qué hago si se me pone dura otra vez? ¿Se notará?
–Es mucho peor la gente que jamás muestra interés sexual, como si llegaran a casa y sacudieran la purpurina de sus alas.
–Vaya. Ahí viene.
–Es mejor que no me acerque mucho a él. Se puede charlar perfectamente con una distancia de seguridad. Sé que jamás me tocaría, pero no quiero que le dé un ataque.
–Quédate aquí quieto, mira hacia el horizonte, haz como que estás increíblemente tenso y cachondo pero no quieres que se te note. Eso se te da bien.
–Me gusta venir a esta hora.
–A mí también.
–Te vendría bien nadar, así aprovechas el baño.
–Te quiero.
–¿Cómo has dicho?

La casa vacía

Natalia no se corta, va de un lado a otro, hace preguntas.
–Creo que no he visto nunca esta casa a la luz del día. Es inquietante.
–Bueno. Tú has querido venir.
Fran sólo puede pensar en Unai, ahora se siente como debe sentirse la mayor parte del tiempo Unai.
–¿Dónde están tus padres?
–No lo sé. Me lo dijeron pero lo he olvidado. Normalmente se van a algún sitio que es exactamente igual que Sonora.
–¿En serio?
–Sí, huyen de la playa para ir a la playa. Y no creas que se van cerca, siempre es un viaje en avión, parece un requisito.
–¿En qué trabaja tu padre?
–No tengo ni idea. Durante muchos años pensé que era un mafioso. Ahora sé que está relacionado con la banca de inversión. Tuvo algún golpe de suerte y después supo rentabilizarlo.
–¿Y tu madre?
–Creo que de joven era muy idealista, habla mucho de eso. Con los años cada vez estoy más convencido de que logró su objetivo secreto: conseguir la pasta.
–¿En serio?
–Ahora se dedica a hacer planes. Hace planes sin parar. Viajes, encuentros, cócteles. Tiene amigas exactamente iguales que ella, de esas que no saben dónde está el limite del bronceado. Van todas por ahí como piezas de anticuario, con todo el óxido y una historia detrás.
Natalia y Fran suben escaleras e inspeccionan todas las habitaciones. Él describe, ella hurga.
–Me encanta esta casa.
–Pensaba que te inquietaba.
–Un poco, porque es enorme, pero me encanta, y me encanta cómo entra el sol por los ventanales.
–Todo eso es obra de mi madre, todo lo ideó ella.
–Ya. Por eso parece la casa de la Barbie.
–Justo por eso.
–Felicita a tu madre de mi parte.
–No, no pienso hacer eso. Querrá conocerte y embaucarte con su encanto de falsa Molly Brown. Mi madre aún cree que su humildad es lo que la define.
–¿Y qué es lo que la define?
–No lo sé. Un caja fuerte. La foto de un gatito… Puede que un gatito dentro de una caja fuerte.
–¿Y a tu padre?
–Mi padre es el que se pilla un cabreo cuando logra abrir la caja, y dentro sólo hay un puto gato.
–¿Se llevan bien?
–No es difícil. Con tanto dinero de por medio, cada uno hace su vida, yo hago la mía, y los ventanales hacen el resto.
–Entiendo.
–Oye, ¿y tus padres?
–¿Mis padres? Yo vivo en un adosado.

Ética

La tienda de golosinas cierra a las ocho y media de la tarde. Johnny ha llegado a pasar hasta treinta y cinco minutos dentro. La chica del mostrador abre un libro y se pone a leer, o a fingir.
Cierto día Johnny se da cuenta de que lo está haciendo todo mal. Y todo por no querer ser uno más, un pesado o un baboso. El silencio a veces tiende a ser peor. La ambigüedad no ayuda. ¿Qué debe pensar ella? Nada bueno. O quizá nada; eso sería una buena noticia. La indiferencia. A ese punto ha llegado la situación, cuando la indiferencia ya es algo bueno, una buena noticia. Me encanta esa chica: menos mal que pasa totalmente de mí.
Una vez ha comprado sus golosinas y ha salido del local, se ha puesto a esperar fuera, a una distancia prudencial. Quiere hacer algo, aunque le encantaría saber el qué.
Ella le ve mientras cierra la persiana y cumple con el ritual del final de la jornada. Está cansada y con ganas de largarse. Puede que con su novio. Una de las desventajas del silencio, es que imaginas la vida de las personas, niegas los obstáculos potenciales. Hasta que vas a dar el paso, y te das cuenta de que vas a hablar con un ser humano; con su bagaje y carga, con sus contactos, amistades y rollos. Una persona que podría tener pareja desde hace años, o (horror) incluso algún hijo, algún niño insoportable de tres años, inesperado, que llegó al mundo más por culpabilidad que por amor. Un niño que ella tuvo demasiado joven, y que ahora la tiene inevitablemente esclavizada. Es una de las pesadillas de Johnny, tener familia propia de un día para otro. Ni siquiera sabría cómo hablar con un crío, con una cría malcarada o un crío que le odia. Johnny sólo quiere echar un polvo, puede que ir por ahí emparejado, que le vean, que se vean sus progresos, poder chulear fingiendo humildad, tener novia y poder decir “mi novia” y follar como conejos a la menor oportunidad.
Johnny dice:
–Hola.
Ella dice:
–Hola… Te ha costado.
Más o menos un mes, puede que dos.
Ella sabe lo que pasa, pero lo sorprendente es que no parece inquieta, no le invade la pereza, aunque tampoco se muestre interesada. Quizá hay un punto de curiosidad.
–Bueno, me ha costado un poco.
¿Que edad tiene ella? Puede que cuatro o cinco años más que Johnny. Una veinteañera experimentada.
–Bueno…, ¿tenías algo preparado para decirme?
Claramente esto me supera, piensa Johnny. Está de vuelta, es probable que sólo esté intentando ser educada, haciendo un gran esfuerzo por no ser demasiado dura. Su voz suena cruda y directa, en contraste con su aspecto, blanca de piel, cara con forma de corazón, ojos grandes, verdes, pelo marrón tirando a naranja, manos de modelo de manos.
Y de repente Johnny piensa en algo: Es inseguridad.
Ella es tan insegura como tú, pero sabe que tú eres un poco más joven. Sólo un poco; pero intenta sacar partido a esa diferencia. Nosotros hacemos lo mismo con los más pequeños, piensa. Habla sin más, habla con ella.
–No tengo nada pensado, y no me he preparado nada para decirte.
–Bueno. Puedes acompañarme a la parada de autobús. Si quieres.
Caminan juntos, apenas hablan, y por supuesto no se tocan. La chica no es de Sonora, pero tampoco de Periferia, vive en un pueblo a veinte minutos, Debián de Fedora.
Johnny se queda con ella a esperar el autobús. Por algún motivo, piensa: esto es de lo más ético. Averigua que sólo tiene tres años más que él, que no tiene hermanos y que fantasea con matar a sus padres. No huele a novio. Puede que sí a pretendientes. Es probable que esté acostumbrada a tratar con pretendientes, aunque Johnny espera que no, espera que lo que está viviendo no sea sólo rutina para ella, o una anécdota que luego contará entre bostezos.
El autobús llega, se abre la puerta con un suspiro tosco. Ella se llama Mabel. Dice:
–¿Mañana vendrás a la tienda?

Yago desencadenado

–¿Qué creéis vosotros? Podéis preguntarme lo que queráis sobre dormir o beber agua. Mi tío tuvo piedras en el riñón, y también estuvo cinco años con con problemas graves de insomnio. Mi hermana es gilipollas. Te juro que me da vergüenza, puta vergüenza, es como hiedra venenosa. Hay gente que es mala de verdad, lo tienen en la sangre, y la tengo que aguantar cada día. Si alguien habla de lo que nos queremos en el fondo sólo por ser hermanos, me dan ganas de hundirle a esa persona los ojos con los meñiques, haciendo pinza con las dos manos. Creo que entiendo a los psicópatas. No a los psicópatas, pero sí a los maltratadores, los asesinos pasionales, los que pierden los nervios, los que no supieron contar hasta diez. Pienso mucho en ello. En esa gente que se pasa años o toda la vida en la cárcel. Es verdad que se jodieron la vida, pero creo que experimentaron un alivio previo que las personas normales jamás experimentaremos. Coger al objeto de tu odio y torturarlo, matarlo, hacerlo trizas. Imaginaos esa sensación, incluso aunque después os derrumbéis y os deshagáis de puro arrepentimiento. Pero imaginad poder dar salida a todo ese odio, hacer que alguien pierda la vida como siempre has querido. Pienso en estas cosas todo el tiempo, y luego a veces me siento fatal, porque sé que soy incapaz de tocar a nadie, joder, hasta evito pisar a las putas hormigas. Pero pienso todo el tiempo en torturar a mi hermana, que chille como un cerdo pidiendo ayuda, que pase días sufriendo, cuchillos, electricidad, clavos, material mecánico y de carpintería. Pienso en ella cada vez que noto el olor de la madera o el metal. Y luego intento recordar cuando era una niñita, un bebé inofensivo, un ser vivo, alguien que merece una oportunidad, que en el fondo no es como se muestra. Pero el sentimiento negativo es tan poderoso, es lo más intenso que he sentido nunca. Y está claro que necesito follar.
Unai, Jonnhy y Fran han estado asintiendo todo el tiempo, mirando el móvil por momentos. Yago después ha vuelto a su casa, al llegar ha pasado por delante de sus padres y su hermana sin decir nada. Se ha metido en su habitación y ha tomado una decisión. Voy a buscar porno, me voy a desnudar y me voy a hacer una paja a placer. Si alguien sube y abre la puerta, que vea lo que tenga que ver.
Que se jodan.

Silvia (5)

He cateado el examen práctico. Creo que he ido demasiado rápido (con el proceso, no con el coche). He querido sacudírmelo de encima, convertirlo en una pequeña molestia. Ahora me imagino cateando una y otra vez, convirtiéndome, con el tiempo, en la señora que ha hecho el examen sesenta veces, pero que aun así no tira la toalla. El puto hazmerreír de algún programa de variedades, donde se disfraza el contenido basado en el ridículo ajeno de fuerza de voluntad y ternura. La señora que se ha gastado la mitad del dinero de su vida en la autoescuela. No ceja en su empeño. Un modelo a seguir.
He comenzado a verme con Unai. Parece extrañamente ausente cuando estoy con él. Creo que actúa, intenta mostrar su lado más indiferente. No es que muestre indiferencia hacia mí, creo que simplemente intenta que lo nuestro no sea demasiado intenso, como si tuviera miedo del momento en que llegue la caída. Como si estuviera seguro de que me va a decepcionar.
Quiero follar con él, pero no sé cómo insinuarlo con delicadeza. Puedo ser delicada, pero hablamos de Unai. Unai convive en conflicto consigo mismo y su erección, una erección descontrolada que aparece en cualquier momento o circunstancia. Intenta colocarse la polla hacia arriba para no hacer tienda de campaña, pero ya es demasiado tarde. Sabe que me doy cuenta. No es nada malo, y desde luego a mí me da igual, pero a él no. No debo verbalizarlo. Creo que de eso va la delicadeza, no de imponer tu idea de la delicadeza, sino de tener en cuenta lo que puede incomodar según con quién estés. Hay gente a la que parece darle igual todo, y otra que es extremadamente sensible; funcionales y puede que hasta aparentemente fuertes, pero con un radar muy bien calibrado en lo relacionado con tu trato con ellos: lo que dices, lo que quieres decir, lo que no dices, o qué habrás querido decir. No es que quieran parecer humana o perceptivamente perfectos como un tuitero cualquiera, simplemente a veces ven hogueras donde sólo hay chispas a menudo involuntarias. Derrapas y la pastilla de freno se pone al rojo vivo. Hay que tener cuidado con eso.
Con todo, nunca tendré tanto cuidado con él como él lo tiene conmigo. No hablo de caballerosidad o del típico pesado que te pregunta si estás bien cada cinco minutos. Hablo de detalles, de quien está pendiente para sujetarte antes de que caigas.
Vamos juntos a la piscina, a horas endemoniadas, acariciando la insolación. Pasa por mi casa y toca el timbre rápido dos veces. Creo que le aterra la idea de tener que saludar a mis padres, así que procuro salir enseguida y evitar situaciones incómodas. Creo que sabe que me gusta, aunque sobre todo parece satisfecho con la idea de que yo sepa cuánto le gusto.
Creo que para él todo esto es un gran paso. Para mí desde luego lo es.

2001: Una odisea del espacio

Cuando Yago ve a un tío hacer o decir algo absurdo o complicado delante de una chica, indefectiblemente piensa: Lo que hay que hacer para echar un polvo. Y piensa en ese tío como alguien patético, mentiroso, deshonesto, hipócrita. No quieres hacer que ella se ría, ni “compartir tiempo” con ella, no te interesa el puñetero teatro ni ir a ver esa exposición seca y conceptual. Todo eso es una puta fachada, tío, fría y aburrida. Lo que quieres hacer es follarte a esa tía, quizá un puñado de veces. Y luego volver a empezar.
Capullo.
No engañas a nadie.
Natalia mira fascinada la pantalla mientras Fran intenta ubicarse. Johnny ha invitado a venir a Mabel. Unai parece comentar la película con Silvia, luego ambos deciden que es una mala idea: hay películas que se comentan y otras que se experimentan.
Yago conoce el trasfondo, conoce la obra; los libros y las películas están mas cerca de humanizarle que cualquier persona que conozca. Ahora sus colegas están emparejados, o intentándolo: un cliché, pero un cliché efectivo para funcionar, para soportar la vida. Lo entiende, lo comparte, pero no por eso deja de irritarle. Las relaciones sentimentales de pareja sólo funcionan de puertas para dentro, al menos las monógamas, y la poligamia a Yago sólo le parece otro artículo pedante e interminable de revista digital. La pedantería mediante la humildad y la supuesta tolerancia. Una moda férrea, cíclica, siempre vuelve. Yago llora con el último tramo de la película, con su valentía inherente, su casi bravuconería artística, su honestidad brutal (DEJA DE DARLE VUELTAS, IMBÉCIL). Y sobre todo por esa fascinación que le produce la idea del espacio, lo maravilloso que puede llegar a ser sentirse tan pequeño e ignorante, aunque sea por la vía del terror. El desconocimiento de lo que pueda haber ahí afuera, es belleza pura. La cara se le desencaja al prota de 2001, yendo hacia donde nunca ha ido nadie. El cine demuestra para Yago que las preguntas siempre serán mucho más importantes que las respuestas, aunque sólo sea porque las respuestas son a menudo mera teoría. Hay algo profundamente inteligente en el hecho de saber formular una buena pregunta, y otro tanto tramposo y simplista en la pretensión de que tienes la respuesta. Se fija en sus amigos, y todos miran hacia la pantalla. Se limpia los ojos con el dorso de la mano. No quiere que le vean llorar, aunque luego sepan que lo ha hecho.

Es el cine al aire libre de Sonora. Hay un tío cerca que no deja de explicarle la película a su ligue. Conoce a ambos de vista. Intenta impresionar a la chica, no le concede la más mínima oportunidad de ver la película por sí misma, da por hecho que es tonta del culo. Da por hecho que el cine es un puto crucigrama esperando a que lo resuelvas.
Yago se imagina levantándose y dándole una respuesta en la cara a ese gilipollas.

Hail to the Thief

Natalia y Fran entran en una de las grandes estancias de la Barbie, con la película aún cavando túneles en la mente. Natalia nunca la había visto, Fran había picoteado de ella por televisión, pequeños trozos entre segmentos eternos de publicidad. Imposible lograr el efecto inmersión. Por eso, dice Fran, a la gente le interesa sobre todo la trama de las películas, en televisión es casi imposible ir más allá. Después de cuatro interrupciones publicitarias y dos visitas al baño, te puedes dar con un canto en los dientes si sabes quién es el asesino. Y más vale que haya un asesino, un engranaje, o la peli será crucificada por el publico televisivo.
La estancia está desprovista de muebles. Fran prepara dos sillas cómodas de jardín y conecta su móvil a un altavoz.
–Esta es la habitación Radiohead –dice.
Abre unas puertas dobles que dan a una terraza, pero sobre todo a las afueras de Sonora.
Básicamente un paisaje llano y nocturno de luna llena. Y le da al play.
–Mi disco favorito para la habitación Radiohead es Hail to the Thief.
–¿Por qué?
–No lo sé. Porque la primera vez que se me ocurrió darle uso a esta habitación, puse este disco. Y ahora persigo todo el tiempo esa sensación.
Se sientan y escuchan el disco. El aire de madrugada sigue siendo cálido. La habitación tiene buena acústica, por eso es importante para Fran no salir a la terraza. Basta con ver el paisaje recortado por el ventanal. Basta y sobra en la casa de la Barbie.
–A veces, sólo a veces –dice Fran–, imagino que suena el teléfono de madrugada. Que lo cojo y que me habla una voz desconocida. Una voz desconocida que parece hablar con cierta rapidez y a la vez gravedad. Alguien que no quiere que le cuelgues porque tiene algo demasiado importante y jodido que decir. La voz me dice que los motores del avión de mis padres han cerrado el chiringuito en pleno vuelo sobre el océano. La voz dice que mis padres han muerto junto al resto de pasajeros, más de doscientos.
–Joder.
–No. No es tan malo, porque entonces empiezo a pensar en todo el dinero, en que estoy solo y en que mis tíos y primos viven lejos y nadie va a preocuparse de verdad más allá de quizá venir a los funerales. Y pienso en todo el dinero que tendré y en que podré hacer literalmente lo que me dé la gana. Algo muy parecido a ahora, la verdad, pero sin las pequeñas molestias de ahora.
–Ya.
–Lo que pasa es que sé que si sucediera de verdad, no sería así, seguro que sería un follón, habría imprevistos, problemas que desconozco, jodiendas, y seguramente vampiros que vendrían a chuparme no precisamente la polla.
–Ya. Los vampiros no hacen eso.
–Estoy pensando en voz alta, perdona.
–No, está bien.
Suena Backdrifts; no es tranquila, no es tensa, aunque sí parece nocturna, adecuada. Fran tiene planes. Todo va según los planes.

Debián de Fedora

Johnny despierta sin saber dónde está. El bulto a su lado respira. El sol entra cegador por la ventana, ayer no cerraron la persiana. Los recuerdos comienzan a llegar, apelotonados. Discutiendo con sus padres porque va a pasar la noche fuera, haciendo autoestop con Mabel. Luego en el camión de un tipo raro, apestoso. Luego vagando por Debián de Fedora. Los padres de Mabel están en el pueblo de los padres de la madre de Mabel. Mil kilómetros. Mabel tiene la casa para ella sola.
Luego se acostaron y follaron, y después fumaron, y Johnny dijo:
–Me llamo Luis.
El sol por la mañana es una patada en el culo. Aunque sólo sea por asociación. Johnny suda sobre las sábanas. Pero se siente lleno, excitado, desahogado, el corazón y la cabeza saciados. Tiene una erección matinal. Piensa en la peli, le sorprende tenerla aún tan presente, tanto como las tetas de Mabel cuando le montaba. La vista se le acostumbra al día. Mabel respira pesadamente, aún duerme profundamente. El móvil dice que son las diez de la mañana. Demasiado temprano después de trasnochar.
Se incorpora y vaga por la casa. Es pequeña, pero no está nada mal. Paredes gruesas y una terraza en el segundo piso. Abre la nevera, muy nutrida. Duda sobre si prepararse el desayuno. Se sienta en una silla en la terraza. Siente presión por un instante, sabe que tiene que saborear el momento. Es de lo más raro sentirse presente en el presente. A gusto en el presente. Habitualmente, incluso cuando es sábado, percibes la amenaza latente del domingo y el lunes, sólo vives en la rutina del sábado. Raramente el futuro y el pasado te dan tregua; te suelen bombardear a razón de una punzada por minuto. Cómo coño hice eso ayer, qué mierda haré mañana, esta semana debería pasar volando… Siempre tirando hacia delante del tiempo, huyendo, el presente casi nunca es un buen lugar para vivir. Por eso cuando lo es, y si además eres consciente de ello, no debes beberte eso de un trago.
Johnny decide vestirse, buscar papel y lápiz y dejar una nota.
He ido a ver el pueblo, no quería despertarte, vuelvo en un rato.
Las calles son estrechas y hay una plaza. Lo invade todo ese olor que no se percibe en una ciudad, algo así como la huerta, el abono, la hierba, ovejas, frescura y crudeza. Es un pueblo con espíritu de interior, aunque el mar esté a un pisotón de acelerador.
Johnny se sienta en un banco de la plaza. Hay una panadería, una tienda de comestibles, una cafetería. La cafetería tiene una terraza. Quizá haga bien en desayunar. Ella no parece de ese tipo de personas que necesita hacerlo todo con su pareja, o su medio pareja. No parece una sentimental en el peor sentido, ni mucho menos una lapa que deja de hacer cosas sola cuando conoce a alguien.
Después, mientras está engullendo un cruasán y un café con leche, Johnny ve a Mabel entrar en la plaza. Decide no hacer ningún gesto, ella enseguida le verá. Cuando lo hace, se acerca, sonríe somnolienta.
–Si siempre duermes tan poco, vas a desayunar solo toda la eternidad, caballero.

Silvia (6)

Unai se ha pasado todo el día hablando de la película. Le brillaban los ojos, aunque hace días que le brillan los ojos. Creo que le incomoda y a la vez le enorgullece que la gente nos vea juntos. Le incomoda porque cuando la gente ha decidido reírse de ti, convierte cada nuevo movimiento que hagas en un nuevo chiste. Si te vas: un chiste. Si vienes: un chiste. Si te echas novia: un chiste. Si ganas el nobel: un chiste. Lo peor es que no es nada exactamente personal, no son malas personas, pero eso no convierte los chistes en homeopatía social. Ni siquiera son chistes, eres un saco de boxeo y ellos son todos socios activos del gimnasio.
La parte que le enorgullece de que nos vean juntos, es la cruda realidad. Amigos y amigas del pueblo: Unai y yo follamos a todas horas. O al menos lo haremos. Lo hemos hecho ya dos veces, ayer por la noche y hoy por la mañana. Puede sonar superficial, pero el orgullo a veces funciona así, no tanto por lo que a ti te haría sentir orgulloso como por la envidia que despiertas.
Y la envidia sana es un mito.
Freír a envidia a esos idiotas es un placer a varios niveles. Para humillar a la gente más básica, por desgracia hay que rebajarse a su nivel. Y la mayoría son tíos, yo conozco a muchos, de todas las edades y condiciones. Muchos han intentando hablar conmigo, han intentando llamar mi atención, me han invitado a beber sin mi permiso, me han incluido en su ronda, me han mensajeado, hasta alguno que otro me ha mandado la foto de su polla. Conozco a esos tíos, son hipocresía con patas, la mayoría inofensivos individualmente y unos borregos rancios y salidos en grupo. Por no dar, ni siquiera saben dar miedo. He visto a algunos de ellos cambiar de acera cuando nos cruzamos de noche en alguna calle. Toda esa valentía del bocazas abrazado al bocazas. Unai no está más salido que ellos, y desde luego no es un cabeza cuadrada como ellos. Unai sólo ha tenido la mala suerte de ser Jason Biggs en American Pie.

(Quería ser elegante y ni tan siquiera escribir sobre esto, pero creo que ahora entiendo un poco mejor la desgracia logística de Unai, esa tendencia a llevar tan visible la tienda de campaña. Sin más: La polla de Unai es como el brazo de un bebé…)

Un plan

Ha surgido (rugido) algo, piensa Yago. Huele los mensajes cruzados, las señales, las pistas, las obviedades. El agua pestilente, arrastrando barro, casas y niños muertos no tarda en llegar a su ordenador. El plan en grupo. A Yago se le sella el culo cuando la planificación se come a bocados la espontaneidad. El rugido entre la maleza, el agua retirándose de la orilla. La amenaza de un buen día con los amigos y sus novias.
Johnny le dice que que si se apunta. Johnny y Mabel le parecen los más enrollados. Natalia y Fran son una especie de ecuación emocional, cerrados sobre sí mismos y en un constante bukake de pajas mentales. Y Silvia y Unai acaban resultando una combinación demasiado guay, se pasan de molones, ¿el salido oficial con la tía buena oficial? Venga ya.
Pero Johnny y Mabel son menos ruidosos en todos los aspectos, más abiertos, más relajados, y sobre todo más independientes el uno del otro. No necesitan estar constantemente juzgando la situación en base a si eso les va a separar durante cinco putos minutos.
Es obvio que no puede negarse, de modo que le dice a Johnny que sí, pero ¿dónde ha dicho que vamos?
Johnny le da toda clase de detalles, pero Yago se queda más o menos igual. Parece ser que el lugar es montañoso y hay cataratas y rincones verdes en los que esconderse a cagar. Parece ser que el lugar es precioso, está lejos de la playa y hasta han pensado en tiendas de campaña y pasar la noche allí. Excesivo a todas luces para Yago, que se imaginaba poco más que una excursión, un bocadillo y como mucho un atardecer.
Irán en sólo tres días, y Yago se deja llevar justo antes de dormir. Justo antes de dormir necesita pensar, fantasear, a veces poetiza, pero sólo a veces. Deja volar la imaginación y se ve matando o torturando, y no solo a su hermana. Lo fácil que sería joderles a todos en esa puta montaña, de madrugada. Puede que provocando un incendio, no podrían apagarlo con putas cantimploras. O podría rebanarles el cuello, uno a uno, sería emocionante, ir de tienda en tienda, degollar sin que la pareja de turno se entere, y luego degollar a la pareja, y después: la siguiente tienda. O podría agenciarme ácido, algo jodidamente corrosivo, y comenzar por Silvia y Unai, primero la polla de Unai, luego la cara de Silvia. Desfigurarles, quizá sea peor que la muerte, es una buena idea, una maravillosa mala idea.
O quizá podría comprar regalos para todos, un día especial, sin que sea el cumpleaños de nadie. Eso sería bonito, piensa Yago, pero ni de coña, y se le cierran los ojos.

Siesta

–Ahora me da pereza lo de mañana –dice Natalia.
–Si quieres no vamos.
–No, no hagas eso.
–El qué.
–Actuar como un novio atento. Eso es un puto aburrimiento, Fran.
–Yo quiero estar contigo, me da igual si en el bosque o aquí.
–Sigues haciendo eso.
–¿No funciona así?
–No digo que no funcione nunca así, pero lo prefiero como subtexto.
–Ajá.
–Despotrica o di gilipolleces si te apetece, lo último que quiero es una especie de novio moderno de diseño, castrado y sutilmente servicial.
–¿Entonces qué hacemos?
–Me da igual, vamos a ese sitio, sólo pensaba en voz alta. Siempre me da pereza hacer algo el día antes de hacer algo.
–A mí también.
–¿Sigues haciendo eso?
–No, te juro que ahora estaba siendo sincero.
–A veces me pregunto si piensas en Silvia.
–¿Ahora tengo que ser sincero?
–Sólo tienes que ser una persona, deja de pensar en términos absolutos.
–En Silvia…
–Todo el mundo piensa en ella.
–¿Tú crees ?
–Hasta yo pienso en ella, y soy asquerosamente hetero.
–Antes pensaba más en ella.
–En parte es divertido, poder focalizarse en otra persona.
–No lo sé, es tu amiga.
–Sí, y la admiro. Lo que muchos no saben es que no sólo es más guapa de lo normal, también es más lista.
–No deberías rebajarte.
–Otra vez haces eso.
–Qué va.
–Sí. El que yo hable así de ella no choca con la idea de que tú estés conmigo. Sólo pensaba en voz alta.
–Ya…
–Otra vez parezco complicada.
–No. Es verdad…, es el piloto automático.
–Exacto. Se puede hablar de las cosas sin hacer asociaciones automáticas, no pasa nada.
–No sabes cuánto me gustas.
–Eres gilipollas.

Previa

Una de las recompensas de Mabel a Johnny por sincerarse con lo de su nombre real, es seguir llamándole Johnny. Follan en medio del proceso de preparación del viaje del día siguiente. Los padres de Johnny les pillan y sucede lo peor según la opinión de Johnny: no sólo no le abroncan o se incomodan, sino que lanzan miradas de comprensión. Una especie de reconocimiento por la entrada de Johnny en la vida adulta, o al menos en uno de sus ámbitos. Lo cual resulta irritante, porque Johnny sabe que si algo quieren sus padres, es que él se convierta en una replica de ellos. No es por el sexo, es por el principio de un proceso. Mabel se viste sin gran problema y les sonríe. No se disculpa, nadie lo hace, la vida sigue en marcha, otra generación más, y parece que previsible. Con el sexo también se tienen hijos. Con sus mochilas y bártulos, se marchan por la tarde a Debián de Fedora, a dormir en la versión oficial. Los padres de Mabel siguen fuera. Se pasan la noche hablando, fumando y follando todo lo que da el pene de Johnny. Por la mañana, sábado, marchan de la mano del GPS en el coche de segunda mano de Mabel, que conduce de forma brusca, incluso violenta.
A medio camino, paran de forma innecesaria pero placentera en un bar de carretera. Desayunan de forma abundante, al estilo pre-pedos asquerosos y sonoros eructos.
Mabel, durante los cafés, le resume a Johnny la historia de sus padres.
–Es Pretty Woman al revés. Cuando cuento la historia, o bien la gente no se la cree o bien se ríen de forma incómoda. Si se la cuentas a los demás, te envenenaré, ¿entendido?

De camino

Natalia, Fran, Silvia, Unai. Yago. Natalia conduce el coche de sus padres, Fran va de copiloto. Yago se encoge atrás junto a Silvia y Unai. Pero junto a Unai. Ambos saben que es mejor no estar tan cerca de Silvia si te gustan las mujeres. Unai luce una vigorosa erección, pero nadie hace comentarios al respecto. La polla parece intentar reventar la bragueta. Cada grupo de amigos se acostumbra a sus propios paisajes. Unai aún no se ha acostumbrado a Silvia, luce casi permanentemente ruborizado, calcula cuándo mirarla y cuándo no, piensa en el siguiente beso y cuándo será el momento adecuado. Antes pensaba en sexo a todas horas, ahora se centra más en la “logística” sentimental que lo rodea; el sexo sigue estando en el centro, pero el ritual, a diferencia de antes, ya no consiste sólo en bajarse la bragueta.
Natalia dice que ha dormido mal y Fran comienza a hacer preguntas y a preocuparse. Unai habla de 2001. Silvia dice que se quiere bañar en el río, si es que hay un río.
Yago dice:
–Conozco una historia sobre el sitio al que vamos. Una vez fueron a ese bosque cuatro chicos y se perdieron. Los padres lo denunciaron y comenzó todo el proceso de búsqueda y ansiedad parental. No sé por qué, pero nunca me dan pena los padres cuyos hijos se extravían, sobre todo cuando veo cómo reaccionan y cómo se sulfuran. No me parece que estén desesperados exactamente por haberlos perdido, más bien parecen profundamente descolocados por la vergüenza de haber deseado en silencio muchas veces que eso pasara, para poder recuperar sus vidas, como si las circunstancias les hubiesen ayudado a corregir el error garrafal de la inercia de tener hijos, y ahora no tuviesen claro qué era lo que querían. ¿Querían tener hijos o sólo se dejaron llevar? Y no lo saben, y eso es lo que creo que les martiriza, una guerra interior, una guerra lacerante de cojones. Puede sonar a estupidez, pero creo que hay mucho de eso. No encontraron nunca a esos chicos, fue en los años noventa. De todas formas ahora esa generación esta toda perdida, los que no en un bosque, en la cuarentena.
–Si yo me perdiera –dice Fran–, mi madre actuaría como si fuera una telenovela, llevándose el pañuelo blanco al rabillo del ojo, procurando dar el lado bueno a cámara. Y me imagino a mi padre dando los buenos días con energía a los equipos de búsqueda, haciendo que todo el mundo se extrañara por su vigor.
Natalia dice:
–Mis padres se vendrían abajo, pobrecitos. Pero a la vez hay algo irritante que sospecho que pasaría. Son de temperamento excesivamente optimista, y creo que se recuperarían en cuestión de semanas. Se mudarían o volverían a pintar las habitaciones, y en tres o cuatro meses mi madre comenzaría a hincharse otra vez. Aún puede. No sería tanto mi desaparición como la oportunidad de volver a empezar.
–No es lo mismo que desaparezcas a que desaparezcas y encuentren tu cadáver –dice Unai –. Si yo me perdiera y encontraran mi cadáver, mis padres no lo podrían soportar. Apuesto por el suicidio de mi madre y por la viudez solitaria hasta la muerte de mi padre. Cualquier otra cosa significaría que no les conozco.
–Mis padres –dice Silvia–, si yo muriera, creo que antes que nada verían una lista inacabable de deberes vitales que yo ya no podría hacer. Mi muerte sería antes que nada una irresponsabilidad, aunque sólo fuese por unos instantes. Luego no tengo ni idea de cómo reaccionarían, pero ya no tendrían más hijos, y no creo que ni de broma adoptaran. Para mi padre la sangre es igual que para un vampiro, no puede prescindir de eso.
Yago dice:
–No sé qué coño harían mis padres, sin embargo os podría decir qué haría mi hermana si yo muriera. Pero no lo voy a hacer.

Hacia rutas salvajes

El verano comenzó lento, pero luego pareció acelerarse. Ahora el grupo camina entre la maleza, un paisaje cada vez más hostil, cerrado, sombreado por árboles que ni entienden ni les importa su propia magnificencia. Yago comienza a pensar en voz alta sobre su hermana. Otra vez. Dice que ha estado sopesando seriamente la idea de matarla, aunque no se lo quería reconocer a sí mismo. Insiste hasta que Silvia dice:
–Tú no eres así. Te he visto apartar gatos callejeros de la carretera. Lo que hacen con los gatos los psicópatas es meterlos en una mochila y acuchillarlos. Ese sería el paso previo lógico a matar a tu hermana.
–Tú no la conoces.
–Eso no importa, hablamos de ti.
–Perdonad, pero si os digo la verdad –dice Unai– creo que era menos incómodo cuando os reíais de mi erección.
–No lo sé –dice Fran– pero que hables de ello de golpe ahora sí me parece incómodo.
–Yo conocí, entre comillas, a un chico que siempre la tenía dura –dice Mabel–, pero yo no sabía de qué iba el asunto, él tenía treinta años años y yo seis. Se quedaba mirando en la puerta del colegio. No os lo vais a creer, pero un día una de las madres habituales le contactó y quedó con él. Una noche fueron a una habitación de hotel y la tía le cortó el pene con una navaja de barbero, le robó el móvil, cortó el cable del fijo y atrancó la puerta.
Natalia dice:
–Qué asco.
–Yo ni me enteré de lo que pasaba, me lo contaron cuando fui más mayor. El tío se desangró, la tía y el marido (que era barbero) acabaron en el trullo. Parece ser que se investigó a fondo y el tipo ni siquiera era pedófilo. Sólo era novio de una de las profesoras; pero no hablaba con nadie, era cerrado, introvertido.
–Así que supongo que debería asegurarme de ser extrovertido –murmura Unai.
–Nunca sabes cómo de peligrosos son los miedos y los prejuicios de los adultos, y me refiero a la gente con bagaje (todos el mismo), supuestos vínculos emocionales y cosas que perder; un coche nuevo, hijos… Puedes detectar o esquivar más o menos a los sociópatas, pero es imposible frenar a lo que llaman gente normal. Cuando la gente normal decide la destrucción de algo o alguien, no hay absolutamente ninguna reputación o vida que pueda soportar eso. Un día crees que sólo le estás poniendo los cuernos a tu novia, y al día siguiente mueres desangrado en la cama de un hotel. Tu polla y tus huevos pudriéndose, y no contigo, sino a tu lado.
–¿Los huevos también? –pregunta Unai.
–No lo sé, sólo lo adornaba.
Los ruidos de los animales parecen cada vez más histéricos y agudos. Han escogido adrede una ruta poco transitada.
Johnny y Unai hablan de la envidia que les provoca el astronauta de 2001, solo, lejos, pero a la vez viendo lo que nadie ha visto, yendo más allá, literalmente, peleando con fuerzas auténticamente desconocidas, y no con problemas que ya ha tenido absolutamente todo el mundo antes que tú.
Las conversaciones se cruzan y mezclan, se cocinan ofreciendo un plato más variado de lo habitual, surgido de la ampliación de un grupo de amigos. Se han incorporado chicas, y con ello nuevos ángulos de visión y percepción.
Se cruzan con un grupo de cuatro chicos. Parecen tener prisa, parecen lívidos y no hablan entre sí. Uno de ellos está a punto de decir algo, pero otro le pega una patada en el culo. No ríen, no bromean como esperarías de un grupo así, no ejercen. No saludan, aunque esto no sería tan raro si no fuese por todo lo anterior. No tienen pinta de ir a ningún sitio, sino más bien de venir de él.
Nadie comenta la jugada excepto Natalia, con un solo susurro:
–Extraño.
A pocos metros ven a tres chicas sentadas en la rama gruesa de un árbol de apariencia deforme, como si hace mucho tiempo lo hubiese impactado un rayo. Los pies de las muchachas casi llegan al suelo. Parecen rondar los treinta años. Ellas sí saludan. Dos son delgadas (una rubia y otra morena) y no parecen ataviadas para la ocasión, la otra es más gordita y luce ropa deportiva y unas zapatillas adecuadas. Sus mochilas yacen juntas entre la hierba alta. Beben de una cantimplora y parecen comentar la jugada. Natalia se detiene después del saludo mutuo, y les pregunta:
–¿Habéis visto pasar a cuatro chicos?
–Sí –dicen la rubia y la morena, casi al unísono.
–¿No os han parecido raros?
–No –otra vez la rubia y la morena.
–A mí sí –dice la chica gordita.
–¿Verdad que sí? –dice Natalia.
–Sí. Estaban muy callados, evitaban mirarnos. Sí que me han parecido raros, pero no creo que lo sean, creo han visto algo en el bosque, o al menos creen que lo han visto.
–Pues yo no he notado nada –dice la morena–, ya hasta agradezco cuando un tío pasa a mí lado y no me suelta una guarrada.
–Yo tampoco he notado nada –asegura la rubia–, y es verdad, si paso al lado de un tío me conformo con que no me diga nada, me da igual si está asustado o si se ha cagado encima. Ni le miro.
–Son unos cerdos, seguro, como todos, seguro que ahora están diciendo porquerías de nosotras.
–Ahora que no les oímos, seguro, machirulos de manual, eso no falla.
–Siempre estáis con la misma mierda, ¿no? –les interrumpe la chica gordita. No parece en absoluto una reacción espontánea o a la ligera, habla como si llevara mucho tiempo callándose. Parece aprovechar que tiene público. No le importa provocar una sensación de exageración o desubicación. Explota–. Qué mala suerte tenéis siempre, ¿verdad? “Oh Dios mío, los chicos siempre me dicen cosas, madre mía, pobre de mí…”. Para empezar eso es mentira, me he pasado media vida con vosotras y puedo contar con los dedos de una mano las veces que os han dicho guarradas por la calle. Para seguir: no me dais ninguna pena, no os acosan, obviamente no estáis oprimidas, nadie os impide hacer nada, tomáis la elección que queréis siempre, y vuestros papás, que no son tampoco precisamente víctimas del sistema, os lo han dado todo hecho. Os habéis quejado ya muy por encima de los baches que os han puesto en la vida, que, por cierto, ¿qué baches os han puesto en la vida?, ¿madrugar?, ¿tener que esforzaros para lograr algo como todo el puñetero mundo? Y para acabar: A mí en mi puta vida me han dicho nada por la calle. Literalmente nada, ni bueno ni malo; nunca he tenido que preguntarme qué piropos son aceptables y cuáles no, o si deberían prohibirse o no. Porque jamás nadie me ha mirado por la calle, ni para bien ni para mal. El primer tío que me tocó fue a los veinticinco años, y fue tras haber ido yo detrás de él durante semanas. Así que si me disculpáis, si vuestra honorable causa me disculpa, estoy hasta los ovarios de vuestra mierda de discurso narcisista, pijo y egomaníaco de niñas bien acomodadas que se quejan de que el sirviente transexual no les da las uvas y el champán como debiera. Y otra cosa: me revienta vuestra puta condescendencia. Yo soy la que siente y decide respecto a mi cuerpo, y si creo que debo comer más o por el contrario debo perder treinta kilos, es mi puñetero problema. Enteráos de una vez: no sois ni más originales ni mejores que nadie, tenéis sólo una pizca de razón, como todo el mundo. Dejad de usarme como a todo lo demás para reforzar vuestra mierda de doctrina.

Dejaron a las chicas discutiendo, ya no atendían ni escuchaban, tampoco entre ellas. Por un momento se les olvidó lo que les estaba empezando a preocupar. Qué habría bosque adentro. El tema de discusión que dejaron atrás era tan interesante como ya pesado y tedioso, y no le dedicaron ni un segundo.
Siguen caminando, y poco a poco se enfría la anécdota, las dos, tanto la de los chicos pasmados como la del desencuentro de las chicas. Sólo el bosque, algunos claros, los ruidos de insectos y animales. El cielo parcialmente nublado, el olor a tierra mojada, y un murmullo, quizá una catarata no muy lejana. Se hace un silencio agradable que rompe Johnny;
–¿Os acordáis de Michael Cera? Aquel camarero del Coco Sweet que nunca te servía lo que le pedías, que tenía pinta de universitario en un curro de verano. Que no se enteraba de nada y tenía esa pinta a lo Michel Cera, delgaducho, pálido, pero sin la gracia de Cera. Siempre me acuerdo de él cuando algo va mal, cuando suspendo un examen o…
–Ese chaval era como un recordatorio de la mortalidad de todos –dice Fran.
–Siempre dudé sobre si realmente era universitario o si aquel era su curro sin más. Pero da igual. Me imaginaba a mí mismo con esa cara de capullo, perdido y amargado en cualquier curro en el futuro.
–Yo me acuerdo de ese chaval –dice Silvia–, tenía pinta de acabar usando una katana con sus padres. Creo que ya no tenía edad de universitario.
–Pues me da un miedo que te cagas dar alguna vez la impresión que me daba él a mí.
–Y qué sabemos –dice Unai, no muy confiado–, a lo mejor estaba bien, era sereno, quizá ahora está de puta madre, gana pasta y…
–No lo creo.
–Joder… Yo le conocí. –dice Natalia–. Una tarde me dejó su número de teléfono bajo el papelito de la cuenta…
»Tenía veinticuatro años. Yo no sabía qué hacer, y me jodía tener el número y no zanjar el asunto. Si no llamaba, luego me sentiría incómoda en el Coco. Aunque no fuera yo sola, acabaría yendo con gente. Le acabé llamado, en plan “oye, ¿tú dejaste un número de teléfono con la cuenta ayer?”. Me dijo que sí, casi parecía arrepentido.
–Ahora me cuadran algunas cosas… –murmura Silvia.
–La verdad es que era más o menos lo que parecía. Tímido, callado, torpe… Ni siquiera era un chaval de dieces, asocial pero extremadamente bueno con los estudios. Tenía lo suficiente para llegar al final del día. Y también tenía un secreto… Yo no había follado nunca, apenas me había besado con nadie, pero él tampoco. Nos vimos unas diez veces, aunque me aburría bastante con él. La última fuimos a su casa. Su habitación parecía la de alguien que acabara de llegar de mudanza, como si aún faltaran cosas. Las paredes vacías, apenas un escritorio, algunos libros de texto… Dudo que ni tuviera porno en el ordenador.
»Decidí que era inofensivo, y que sería tierno hacerlo con él. Estábamos en igualdad de condiciones, creo que sobre todo era eso lo que me gustaba. Después de magrearnos, él se decidió y se bajó los pantalones. Llevaba unos boxers enormes, adaptados, y tras dudar casi un minuto, se los bajó. Ahí estaba el secreto.
–No jodas –dice Silvia.
–Os juro que al principio creía que era otra pierna. Era absolutamente imposible. Imposible a un nivel logístico, no sé si me explico. No entendía cómo era capaz de ocultar ese bulto.
–¿No os acordáis del delantal que llevaba? –dice Johnny
–No sé si el delantal ayudaba, pero él enseguida entendió cuando le miré. Lo peor es que se puso a llorar… Es una putada… Es como tener cien millones de euros en mondadientes.
–Luego se largó, ¿no?
–Yo me fui de su casa sin mucha ceremonia. Creo que no fui cruel, pero se sobreentendió todo. Al cabo de una semana quise ir a verle al Coco, pero ya no estaba; quería hablar con él, aunque no sabía muy bien qué decir. Quizá había sido algo seca, pero no me había reído de él.
Silvia dice:
–¿Pero lo dices en serio?
–Sí. Llegué a tocársela, él quería saber qué pensaba yo, pero ni siquiera fue algo sexual, la toqué como un niño de tres años toca un delfín, con los ojos como platos, por mera curiosidad. Estaba en reposo y mis dedos no podían abarcarla, y creo que no tengo las manos tan pequeñas.
Unai guardó silencio mientras escuchaba. Un silencio comprensivo, aunque sabía que él había tenido más suerte. Silvia le cogió el brazo y le hizo rodearle los hombros.

Comenzaron a pisar charcos, el suelo cada vez más húmedo, el final del viaje.
El encuentro con Kurtz.
Fran fue el primero que lo vio. Estaban muy cerca de una catarata, con ese ruido ensordecedor, ese matiz metálico y agresivo del agua asumiendo la fuerza de la gravedad.
Y Fran:
–¿Qué coño es eso?
Ni siquiera estaba parcialmente escondido. Se veía claramente, a unos veinte metros. Un hombre de unos cincuenta años, trajeado, camisa blanca y corbata negra, zapatos negros. La cara morada, los ojos abiertos y vueltos.
Ahorcado.
Yago callaba, aunque llevaba mucho tiempo callado. Se acercaron. Colgaba a unos cuatro metros del suelo. Una rama sólida. No hacía falta ser Dexter para ver que la disposición de los elementos era absurda. Su ropa parecía nueva, y sus zapatos estaban impolutos. De alguna forma, brillaba.
–¿Cómo es posible que no lo hayan visto esas tías? –dice Mabel
–Yo sé quién lo ha visto… –murmura Johnny.
Observaron el cadáver hasta que se sintieron lo suficientemente mal. Parecía irreal, una improbabilidad estadística. No parecía un suicidio, pero tampoco un asesinato. Parecía una consecuencia. Nadie lo verbalizó, aunque todos lo pensaron de un modo u otro. Esto no era un misterio al estilo Lost, sino la clase de cosas que de verdad pasan, con su propio sentido y significado, con su respuesta irresoluble. Cosas para las que no tiene explicación ningún sistema de ideas conocido. No es que hubiese pasado algo, es que algo había acabado; no tanto una vida como una derrota, al menos si la muerte es sinónimo de alivio.
La situación les horrorizó, pero sobre todo les puso la piel de gallina, y después les descolocó, les descolocó profundamente.
Una idea sobrevolaba, una tremendamente precisa y por supuesto inconfesable. Si se movilizaban, si llamaban a la policía. Si intentaban llenar aquello de adultos al uso, para hacer llamadas telefónicas, cercar el terreno, buscar huellas y completar toda la danza legal. Si hacían eso, estaban seguros de que el cadáver desaparecería. Y nadie quería hacer guardia. Habría sido como denunciar una intuición, un miedo, como intentar detener el tiempo, congelar la edad y establecer la inmortalidad.

Silvia y ya

La temperatura se ha vuelto más soportable. Menos mal.
Habito alguna clase de punto de inflexión. Creo que no soy la única. No he vuelto a la autoescuela. Si mis padres sacan el tema, hago un silencio y espero a que pase el momento. Aún no se han atrevido a echarme la bronca. De repente no encuentro motivación alguna para enfrentarme al examen práctico. Obviamente contentar a mis padres es un motivo cada vez más pillado por los pelos, porque está claro que si algo no me motiva ya, joder, es contentar a mis padres. Creo que es evidente que es necesario “descontentar” a mis padres, rebajar el contento, estabilizar el contento; hacerlo asumible para mí. Porque necesito puto espacio. Necesito puto respirar. Tengo derecho a intentar encontrarme.
Unai no me juzga. No pregunta, o pregunta lo justo. Sabe en qué proceso estoy, porque él también está en ese proceso. Y por favor, no es un rollo generacional, hablo de asuntos individuales, necesarias reflexiones del individuo. Lo cual, espero, no acabará derivando en mi conversión a una de esas personas con discurso cerrado: algo como “yo hago y digo lo que me da la gana, y si te pica te rascas”. No, no tengo intención de convertirme en eso. La idea es no acabar siendo una gilipollas; el problema es que hay muchas clases de gilipollas, y los hay muy persuasivos. Creo que ahora los que abundan son los gilipollas retórico-ideológicos, como las chicas que vimos en el bosque. Reducir el mundo hasta que parezca que cabe en la palma de tu mano, en tu móvil. Manejarse con tan solo cuatro o cinco ideas cómodas expresadas cada vez de una forma distinta. Y eso en el mejor de los casos.
Unai se me confesó, o declaró, no lo tengo muy claro. Fue una confesión sexual. Dijo que no quería mentir al respecto, que el silencio a veces le parece mentir, y que siempre se siente cachondo. Especificó que no necesariamente por la mañana, pero sí a medida que pasan las horas. La tarde y la noche son una erección continua, y no es una manera de hablar. Le dije que dónde estaba el problema, y no me lo supo decir. Yo me lo olía, me armé de valor y le compré una faja. No se quejó en absoluto; no es su estilo ser previsible. Ahora su erección apunta (y rebasa) a su ombligo, pero con camisetas anchas el bulto es casi imperceptible.
He dicho que esto no es generacional, pero quizá sí sea grupal. Es inevitable que algunas experiencias unan, pero ni muchos menos unen a todo un país, ni a toda una ciudad, ni siquiera a un barrio. Todo eso sólo es retórica política o periodística.
El día en el bosque pasó, y aunque al final no dormimos allí, lo que vivimos supera cualquier fin de semana de excursiones y bajar el río en kayak. Lo hace más especial aún el que después no nos llegara ninguna noticia del suceso. Como si hubiese pasado y no hubiese pasado a la vez.
He pensado en ello menos de lo que creía, pero esa no era la cuestión. La cuestión es que aquello nos removió. Incluso hemos llegado a comentar la posibilidad de volver a aquel bosque; pero es un asunto delicado, y quizá deberíamos conservar el recuerdo primigenio.
Unai y yo nos vemos bastante con Mabel y Johnny. Mabel es divertida, no soporta gilipolleces y sabe encajar las discrepancias. Es un trébol de cuatro hojas.
Seguimos yendo a casa de Fran. Está tan colado por Natalia que todos tememos el día que corten, si es que han de cortar. Su enroscamiento mental sigue activo, de hecho Natalia sólo ha aportado gasolina en ese sentido.
Un día vi a Yago de lejos por la calle. Iba con su hermana, parecían charlar de forma relajada, entraron en una tienda de artículos deportivos. No es mi estilo, pero cuando le volví a ver, le saqué el tema, cauta y en voz baja, y el me dijo:
–Es una zorra.

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