Tándem

En paracaidismo no hay nada que no te pueda solucionar una buena funeraria. Es uno de los chistes que corren por aquí, aunque todo en la vida funciona con asociaciones por el estilo. La verdad es que siempre hay un roto para un descosido.
Espero abajo, más o menos como siempre con todo. Me han propuesto muchas veces saltar en tándem, lo que significa tirarse del avión pegado a otro tío, uno que sabe lo que hace, o que al menos no le da miedo. Hay algo que me atrae de ello, pero nunca doy el paso.
He venido acompañando a dos colegas, un saltador y un reciente convencido. El saltador lleva más de mil vuelos a sus espaldas, para el convencido es la primera vez. Ahora van camino del cielo; el saltador, solo, el iniciado con su salvador asignado. Este primerizo me ha dicho que estaba seguro al menos al ochenta por ciento de que iba a morir. No hablaba con apuro.
Aquí caer en picado no sólo no es una metáfora, además es bueno, emocionante. La clase de cosas que se te aconseja hacer al menos una vez en la vida. Hace unos años habría saltado el resorte de mi cinismo; ahora me da demasiada pereza juzgar o malmeter, ni siquiera en silencio.
Otros paracaidistas, algunos solos y otros en tándem, van llegando suavemente al suelo. Gritan con júbilo y entrechocan las manos, se sienten vivos otra vez. Aquí vuelves a nacer un montón de veces.
No voy a negar cierta envidia, sé que se sienten así, que no están fingiendo. El paracaidista se gana el derecho a fliparse. No acaba de soplar las velas en su puñetero cumpleaños, acaba de planear con un trozo de tela hasta el suelo desde unos cinco mil metros de altura.
Es brutal, es vivir, es exprimir tu vida hasta el punto de juguetear con la probabilidad de perderla. Das la vuelta al marcador. Es contradictorio y humano. Y es ambiguo, deliciosamente ambiguo.
Dos días después no dejo de susurrar estas cosas en el funeral. El saltador a mi lado parece no escuchar, o bien hace oídos sordos. Dos muertos como brindis por la vida. El tándem que hace el chiste realidad. Ahora hay quien diría que es culpa del chiste. Le digo a mi colega paracaidista que me he decidido, que quiero hacerlo. Muy irritado, me dice que cree honestamente que quiero morir, y que el finado también lo quería. Le pregunto si cree que lo ha provocado. Me pregunta si creo que debe creerlo. Le digo que sí, que bueno, que puede, pero que yo no quiero morir, aunque tampoco quiero llegar a los noventa años, quiero vivir unos años más, pero no tantos como para ir por ahí arrastrándome. Le miento. Me pregunta si estoy loco. Le digo que no soy yo el que salta de aviones. Grita no sé qué y le digo que no grite, que estamos en un funeral.
Lo cierto es que es raro que no se abriera al menos el paracaídas de emergencia. Hoy nadie hace bromas, y eso me parece incoherente, la vida se ha vuelto seriamente valiosa. Creo que la excusa es el respeto.
No hacía tanto que conocía al finado, amigo de amigo. El paracaidista rompe a llorar. Sabe que es su culpa, que él fue quien le convenció. Su puta culpa. Todos lo saben, también los que perjuran que no es culpa de nadie.
Los de la funeraria rebosan profesionalidad. El chiste no solo era bueno, era cierto. Detrás de las instalaciones hay un jardincito. Han dejado sola a la hermana pequeña del finado. Tiene sólo cinco años, se deben haber despistado. Le pregunto cómo se llama. Dice Violeta. Le digo a Violeta que quiero saltar en tándem, que si sabe lo que es.
–Lo de mi hermano.
No parece triste, sólo muy confundida.
–Te morirás –me dice.
La conduzco adentro y alguien se la lleva, una mujer. Espero que una familiar.
¿No es así?, le digo al paracaidista luego, ¿no forma esto parte del proceso? No digo que la gente quiera morir, sólo hablo de fantasear. No puede parar de llorar, es su pesadilla particular.
Me siento en el suelo con él. Le digo que no quiero morir, pero que si quisiera… Hace no mucho leí que el paracaidismo a veces se usa para el suicidio encubierto. Hay una especie de terror católico: si arriba creen que ha sido un accidente, no computa. El suicidio es uno de esos temas farragosos; quizá ese es el único tema tabú de los deportes de riesgo: puede que la emoción no esté sólo en arriesgar la vida, sino en saber que se acabó (desearlo), y además hacerlo un sábado por la mañana con colegas. No es una secta, no es triste, no parece desesperado. Vistes con colores chillones y como mucho te has gastado cuatro duros en Decathlon; no importa si el equipo es seguro, basta con que dé el pego.
No sé cuánto de todo esto le digo al paracaidista, pero sí sé que me acabo ofreciendo para un tándem final. Sé que ahora a él le apetecería, y yo siempre he sentido la emoción de poder elegir Cuándo. Hacerlo a mi manera, y aún relativamente joven.
Entiendo que tendremos que esperar un tiempo, le digo, ahora es demasiado pronto. Levantaría sospechas, y es mejor que él sólo quede como un mal profesional. La madre del finado comienza a gritar. Llora y grita desconsolada. Es el día del respeto. Violeta ha desaparecido. Dice que no la ve ni fuera ni dentro de las instalaciones. El personal de la funeraria se muestra dispuesto a mirar hasta en el último rincón. La verdad es que da gusto. La chica que atiende a nuestro grupo hace que te den ganas de (follar) vivir.
Violeta me preocupa. Y no es porque sienta un gran apego por los niños; generalmente me parecen cosas babosas y ruidosas, increíblemente irritantes, absurdas y porculeras; no consigo comprender cómo los padres pueden aguantarles tanta mierda (figurada y literal). Eso al menos los que aguantan; los hay que acaban abandonando a sus bebés, o cosas peores. Eso también es humano, sinceridad pura y sin cortar. Incluso aunque luego les embargue el arrepentimiento, ¿es porque echan de menos a esos críos, o por las consecuencias potenciales de lo que han hecho? 50/50, como mucho.
Salimos a fumar. El paracaidista me dice que no lo aguanta, que no sabe qué va a hacer, que no va a poder vivir con ello. Le digo que resista un tiempo. Ya ni siquiera se enfada conmigo, hace falta un mínimo apego por la vida para enfadarse. El día se nubla. Le digo que si quiere puedo plegar yo el paracaídas, eso ofrecería garantías. No le hace gracia, solloza aún más fuerte. Murmuro que con esto, con la culpabilidad, lo peor es la noche, cuando te vas a dormir. Cuando en lugar de dormir te martirizas, la oscuridad te abraza, los antimimos, lo contrario al amor o cualquier vibración positiva. Yo lo sé por la muerte de mi padre, aunque no me extiendo al respecto, sólo aclaro que no lo maté yo, tenía ochenta y siete años.
Hay algo que me alivia en su sufrimiento. Estoy ante el perfil con el que mi padre siempre me comparaba para humillarme. Ahora mi padre está muerto, y don perfecto ya es como un fantasma deportivo.
Poco después, Violeta aparece.
Como siempre, tal y como ha venido, se me va el calentón suicida. Algo hace clic. El funeral ha sido un colocón de crueldad. Abrazan a la niña, y es entonces cuando rompe a llorar. Mala jugada, pienso.
La mujer que se la había llevado sólo era su tía. Habían ido a un parque cercano, columpios, otra gente, carencia de luto. Varios adultos abroncan a la mujer en corro. Me parece injusto, aunque no sé articular por qué.
La chica de la funeraria interviene, y poco después la mujer y ella hablan en privado, mientras al menos la mitad de los presentes imaginamos un trío con ellas. El sexo y la muerte. El tándem. Violeta se me acerca, me dice que no haga el tándem. Le digo por inercia que no voy a hacerlo, y es justo en ese momento cuando me convenzo de ello. Después me dicen que ahora es el paracaidista el que ha desaparecido.

la-muerte-del-sexo

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