Perro pequeño

No hace tanto maté sin querer a un perro. Lo llevaba con correa un señor orondo que rondaba la cincuentena. Era más pequeño que muchos penes africanos. No era un cachorro, sólo era pequeño. Tampoco tenía esa pinta de peluche que tienen los perros a los que les hacen más fotos en una semana de las que le hicieran a Marilyn en toda su vida. No sé de qué raza era, pero parecía algo que le podrías robar a Paris Hilton; minúsculo, ruidoso, histérico. El animal correteaba y daba saltitos. Ladraba de esa forma en que se despierta un dolor de cabeza. El perro no parecía idea del señor. Parecía una de esas situaciones en que el hombre corriente intenta estabilizar (o recuperar) su vida sexual con su pareja. El perro parecía más un regalo interesado que un acto de amor. Seguramente el rasgo más importante de las mascotas es su incapacidad para hablar.
Yo iba por la acera más bien sin rumbo. Caminaba cerca del señor y el animal, tenía intención de adelantarles. Ellos iban al ritmo del que caga y le recogen la mierda. El hombre se impacientaba, el perro ladraba a los coches. Era una avenida, al fondo podías ver un atardecer estándar, nada del otro mundo. Septiembre. La gente con prisa por llegar a casa, algunas persianas echando el cierre, algunos bares en hora punta, y el momento de pasear al perro.
Me topé con un antiguo colega (de la puñetera ESO…). Ey, dijimos. Yo pensaba que pasaría de largo, pero se detuvo. Fue entonces cuando yo derrapé bruscamente para detenerme, con mi pie derecho encima del perro. Patiné sobre su cuerpo, y mis ochenta kilos cayeron para acabar el trabajo.
Hubiera sido como hacerle el boca a boca a una tortilla.
El señor no se enfadó; ni siquiera parecía sobrepasado por el suceso. De ahí que luego barruntara algunas teorías. Le pedí disculpas de mil formas distintas. Estaba aturdido y me sentía mucho peor que mal. Cuando me quise dar cuenta, mi colega había desaparecido. Ayudé al hombre a mover el cadáver. Se me revolvió de verdad el estómago. Lo llevamos a su coche, que estaba aparcado no muy lejos. Lo envolvió en una manta sucia (seguramente del finado), y lo dejó en el asiento de atrás.
No nos dijimos nada más; el tío entró en el coche y arrancó.
Yo intenté atajar por calles donde la gente no me mirara; donde no supiesen qué había pasado.
Todos matan insectos, pero cuando el animal tiene cara todo se vuelve moral y cruel. Iba pensando en ese tipo de cosas.

Esa noche me encontré con amigos (aún conocidos, en realidad) en el espacioso ático de alguien.
La verdad es que no supe el nombre del perro, ni el del hombre, ni el del dueño o dueña del ático. Tampoco si el perro era perra. No fue el peor día de mi vida, aunque desde luego tampoco el mejor. Quizá el más aparatoso, el más absurdo y asqueroso.
Me había mudado a la ciudad hacía un par de meses, y todo me era parcialmente ajeno, como si aún no entendiera bien los códigos éticos o de convivencia.
Sopesé la posibilidad de contar lo que había pasado. De entrada me parecía una idea espantosa, pero una chica me comentó lo serio que se me veía. Yo no era consciente de tener una cara diferente a la habitual.
Pensé que quizá hablar del perro muerto me podía beneficiar. Un acceso de sinceridad, mostrarme realmente dolido, más dolido de lo que estaba ya en ese momento. Ni siquiera tenía que adornar la historia. Sólo tiene sentido adornar las historias positivas o divertidas. Sabía que si lo contaba eso daría pie al humor negro y cierto regocijo susurrado, pero podía ser un precio mínimo a pagar. Lo harían a mis espaldas, y confiaba en que mi sinceridad fuese valorada por encima de mi torpeza.
El alcohol me dio el último empujoncito. No conté con un factor importante: la gente no cuenta una historia así cuando acaba de pasar. Pero cuando ya había comenzado a narrar, decidí que así mi sinceridad sería más impactante.
Eh, no sabéis lo que me ha pasado esta tarde. Lo que le ha pasado a un perro esta tarde.
No es que dijera eso, pero intenté empezar ligero y ponerme serio a medida que avanzaba. Partí de la premisa de que les caía bien, de que me abría porque pensaba que podía confiar en ellos. Habrían pasado unas tres horas desde el pisotón. Y otra variable me pasó desapercibida.
Acabé de contar la historia y la reacción fue la esperada. Comentarios de comprensión y miradas con un punto de “lo que tengo para contar, colega”. Esto último sobre todo los tíos.
Al cabo de un rato, poco, a alguien se le ocurrió la idea. El móvil. Youtube. ¿Qué posibilidades había de que nadie hubiera grabado parte del suceso? No tantas como uno quisiera creer. En una zona transitada, a una hora de movimiento constante. Cuando me olí el contenido del ruido, pensé que si alguien había grabado, no podía tener más que a mí y el dueño recogiendo tortilla de perro del suelo. Pero luego recordé el concepto cámaras de seguridad.
Me fui al lavabo y busqué por mí mismo el video que yo sabía ya era la comidilla de la reunión.
Fui consciente de lo torpe que había sido (la segunda vez aquel día, y para mí la peor). Lo confiando que había sido. Ahí estaba yo, en la pantalla de mi móvil, el clímax de mi paseo. El video duraba casi dos minutos. Mi caída treintañera acompañada de gestos ridículos, y mi puta cara de pan excusándose por matar a un perro. La mayoría de gente se ríe del dueño en los comentarios, de su gesto de aparente indiferencia. No hay audio, ni falta que hace.
El video es crudo, y me pregunto cuánto tardará la plataforma en eliminarlo. Luego se me ocurre que quizá baste con pixelar el picadillo. Lo peor es la cabeza, la cabeza se ve completamente aplastada, aunque parezca la de una gallina.
Salgo del lavabo, pero no de mi asombro. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas? Si no hubiera dicho nada, ¿hubieran sabido que yo era el del video? Seguramente sí, aun no siendo la imagen el culmen de la nitidez.
La chica que me había dicho que tenía mala cara, se me acerca. Me dice que en algunas culturas el perro es lo que para nosotros un cerdo o una vaca. No es que todo el mundo me mire y se ría, pero al menos un tercio de los presentes. Basta con un tercio para sentirte protagonista.
Yo sabía que algo así me pasaría algún día.
Es El perro pequeño. Más gente de la que parece tiene el suyo. Lo que te pasó que no quieres contar. Creo que el video, aun habiendo sido viral, pasó pronto de moda, y además no se consideraba de muy buen gusto. Por el perro; el dueño y yo éramos las víctimas perfectas (caída tonta y cara de tonto). Por suerte no se nos veía tan bien la cara; todo sucedía en un crepúsculo entre el atardecer y la electricidad.
Yo ahora lo cuento cada vez que puedo, aunque no en grupo. Me he acostumbrado. Es como desnudarse antes de desnudarse. Es sorprendente cómo reacciona la gente. Hay quienes se asquean. No me siento culpable, creo que con el viral pagué de sobras mi “delito”.
La chica que me hablaba del perro como almuerzo, me dijo que ella creía que lo que a la gente le hacía gracia, es que los perros suelen morir atropellados, pero no por peatones. Días después le pregunté si ella tenía su propio Perro Pequeño. Me dijo que a los doce años tiró una piedra bastante grande desde un puente a una autopista cerca de casa. Se fue corriendo, aunque oyó frenazos y chasquidos de metal. Resultó que en el coche que había dado dos vueltas de campana, había una pareja follando a ciento veinte por hora. Eso la sacó de la ecuación.
–No murió nadie –dijo–, pero creo que equivale a un perro pequeño.

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3 comentarios en “Perro pequeño

  1. Ay, lo que me he llegado a reír con algunas frases.
    “Ellos iban al ritmo del que caga y le recogen la mierda”.
    “Hubiera sido como hacerle el boca a boca a una tortilla”.
    Y alguna más por el estilo. Quiero pensar que es inventada, pero no es imposible que te haya pasado, o a alguien conocido, o que sencillamente te la hayan contado.
    Bien por contarlo en la fiesta. Me esperaba más reacciones de burla, más humor negro, más carcajadas indisimuladas. Yo quizá tras el estupor y el obligado respeto me descojonaría sin dudarlo. O a tus espaldas, que es lo peor. Lo que encuentro más fuerte y algo difícil de creer es que alguien grabe todo el incidente. Ya es mala suerte. Pero tampoco es imposible.
    Creí que con la historia y la sinceridad, el pesar y tu vulnerabilidad la historia iba a virar hacia que te llevabas a la cama a esa chica, porque lo usabas como armas de seducción.
    En fin, me he reído, muy bueno.

    1. Siempre ficciono, incluso cuando empiezo desde una experiencia personal, hiperbolizo o adorno o rebajo según el texto lo pida. Incluso cuando el texto parece más opinión que relato, es más abstracción que opinión (si es que eso tiene sentido), simplemente escribo lo que siento en ese momento, procurando hacer pensar más que tener la razón. 🙂 Me alegro de que te haya gustado.

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