Otro agujero

Creo que no me ve nadie. Camino por el desierto hacia el lugar indicado. El agujero. El sol de mediodía cae a plomo en un verano sólo teóricamente agonizante.
Tengo un nombre y procuro evitar ser gregario de nadie. Busco alzarme o hundirme por fin, no quedarme donde estoy. Mato bichos en casa todo el tiempo mientras me planteo el vegetarianismo. En este desierto hay un montón de alimañas que te dirían cuatro verdades sobre lo natural. Sobre el ego desmedido del ser humano, sobre la conciencia como excusa para el narcisismo.
Me han dicho que el agujero no es grande, pero que sí lo es su promesa. Un cambio. Hasta estoy usando una brújula. Un explorador existencial, abaratando el concepto del aventurero.
Sé de gente que no puede soportar que un asiento chirríe aunque sólo sea un poco; les he visto iniciar una discusión por una mancha casi imperceptible en la solapa de alguien. Quisiera parecerme lo menos posible a ellos.
Les he visto hacer comentarios estúpidos mientras ven una película, como si tuvieran miedo de que la película les hiciese dudar o sentir algo, como si hubiesen decidido forzar la sencillez de las cosas, la comodidad, una utopía doméstica con mascota, caras bonitas de perros y gatos. Formarse una idea minúscula y manejable sobre vivir y la naturaleza.
Ni siquiera se trata de ser mejor que ellos, ser diferente ya sería un triunfo personal. Superar sólo tu propio récord.
Estaría bien trascender la originalidad. No importa tanto ser original como acercarse a la verdad; y la mentira o la ficción son herramientas perfectamente válidas para ello. Se trata de mantener la pose lejos, los trucos de los demás, su condescendencia disfrazada de sutileza, transparencia o amistad. Su verdad subjetiva, de tercera mano, contaminada por cámaras de eco. La mirada a veces les pone en evidencia. Me pregunto si seré observado en el agujero.
Cuando calificas un discurso ajeno como “rayada mental”, normalmente sólo eres tú asumiendo tu tamaño. Es como creer que se trata de entender en lugar de sentir; o que por defecto hay que entender para poder sentir.
Sé que en el agujero no hay respuestas, pero quizá sí un lugar en el que acomodarse. Quizá una conversación que no acabe con un chiste, o que al menos lo haga con un chiste que sea bueno. Una ironía refinada por sucia y cabrona. El respeto cuidadoso por la vía del martillo; la asunción de la existencia de la flor venenosa.
El aventurero fofo, sudando como el buscador diario de porno. Las sillas como mejores amigas. No es siempre así, pero sí casi siempre. El sudor me gotea desde la nariz. Mi intuición no está funcionando, es como si nunca hubiese sabido usarla. No hay rastro del agujero, todo es sol, tierra, picaduras potenciales. Camino porque para qué parar. Se me da bien confundir el avanzar con el huir hacia delante. El cielo se comienza a tapar.
Lo agradezco, aunque sólo sea por el paisaje.
La sed me comienza a mensajear, y no he traído agua. Decidí venir raudo y sin miedo, un error de novato. Si viviéramos varias vidas, ya lo habríamos aprendido. Pero ya he hablado de mi intuición.

El día no parece moverse, como si se hubiese enquistado el mediodía. Comienzo a tener visiones. Sillas plegables ocupadas. Una mesa alargada frente a ellas. Me acerco sin decir nada. Nada apunta a la realidad, es una proyección consecuencia de mis planes de aventura. La versión metafísica de haberse ido de escalada sin cuerda. Comienzo a perder pie.
Hay una editora de mediana edad y una escritora joven. La escritora mira como yo miraba cuando tenía veinte años, desde el miedo disfrazado de seguridad, como si bastara con no vestir de negro para tener razón. Una gótica hipster enterrada en Ideología y etiquetas. Autoproclamada. No se va a comer el mundo, y mucho menos lo va a arreglar, pero va a sacar partido. No puedes aspirar a mucho más. El libro que presenta es colorido y supuestamente valiente. El rollo de siempre del puño alzado.
La imagen se emborrona. Me inquieta. Atravieso las sillas y la gente sin tocarles. Traslúcidos. Nadie me increpa. No le importo a nadie, al viejo estilo. La tradición. A la gente le preocupan las tradiciones con animales, nunca se paran a pensar en las tradiciones con humanos. No hay nada más eficaz para detectar a alguien básico que el comentario: “los animales son mejores que las personas”. No puedes ponerte a explicar que muchas veces las cosas no son mejores o peores, sino que simplemente son. Están ahí, pero no para ti. Da igual lo que pienses, o lo que piense tu gurú. El tsunami no discrimina.
Sé que el nihilismo es una cálida manta, o el ventilador perfecto. Puede que por eso siga sin ver el agujero. Sigo teniendo algunas visiones. Van y vienen, muy bien conformadas, a veces multitudinarias. Veo incluso una manifestación. No reconozco las banderas, aunque seguramente eso no importe, es una manifestación. Veo en ella a niños y niñas que, con suerte, no saben de qué demonios hablan sus padres.
Me agotan. Puede que sea un síntoma de que ya no soy tan joven, pero al menos yo ya sé que no siempre seré joven.
Veo con frustración o risa floja cómo ciertas cosas no cambian porque seguramente no se puedan cambiar. La felicidad apagada de quien ya sabe qué no puede hacer, qué no puede mejorar; del que comienza detectar los discursos brillantes pero vacíos, los intereses tras ellos. La inmundicia inherente.
Ganar perspectiva es difícil, pero perderla es como mear y cagar, tu raciocinio se va a razón de tres visitas diarias al baño. Convertirse en un imbécil es tan fácil que ni te das cuenta, y cuando te acercas a los cuarenta no es complicado reconocer hasta qué punto lo has sido. Te ves reflejado en quienes vienen detrás. Intentar avisarles sería como intentar arrancarles el brillo de los ojos. Sería gratuito, sería injusto, y la vida se encargará.
No digo que la vida no merezca la pena, o que sea mejor o peor de lo que se dice, sólo digo que la vida ES.
Ya es mucho. Mantenerse cuerdo no es fácil, aunque creo que la cordura es más bien una teoría. Simplemente hay una mayoría de gente loca que actúa igual durante un lapso de tiempo; y acuerdan que eso es la cordura.
La cordura seguramente no exista, simplemente hay distintas clases de locos, la clase predominante y las clases minoritarias.
No creo que la conciencia dé para tanto como creemos.
Sólo hay distintos grados de lucidez.
Empiezo a pensar que el agujero esté escondido. Puede que esté tapado, no sería difícil emplear un tablón y echar tierra por encima. Yo ya no tengo la vista lo que se dice perfecta. Veo un borrón desértico. Las visiones son cada vez más débiles. Imágenes de lo que parece mi infancia. No siento nada al respecto. Creo que es debilidad.
Estoy casi seguro, de todas formas, de que lo del agujero no era una metáfora. Al menos en un 95%. No está mal. No es que haya emprendido mi propio viaje a Mordor. No es que estuviese loco (una locura minoritaria) ya antes de llegar aquí.
No negaré que he sido impulsivo, pero estoy razonablemente seguro de que esto va a algún sitio.

Alguien me despierta. Me acerca a la boca un recipiente, agua. Insolación, supongo. Me coloca en una especie de camilla y me arrastra. Me dice:
–¿El agujero?
–Sí, por favor…
Lo normalizo, como si estuviese buscando el fnac del desierto. No he quedado con nadie, podría añadir, sólo voy a mirar. Mirar un centro comercial. Si lo piensas, se han hecho viajes de muchas horas para eso. Cuando era crío, mis padres me llevaban al Corte Inglés en navidad simplemente para ver el Corte Inglés en navidad. Hasta ese punto éramos clase obrera. No recuerdo que nunca compráramos nada. Creo que a veces llegué a pensar en ello; me decía a mí mismo: ¿si toda esta gente viene a no comprar, dónde está el negocio?
Lo razonaba todo de forma tan simple, podría haber montado mi propia versión pop de alguna Ideología. Sin matices, sin dificultades, sin ambigüedad, sin sentido. Extrapolándolo todo sólo según mi experiencia, mi enfoque, mis emociones, como si el resto de cosas y de gente sólo fueran comparsa. Como si sólo pensara yo las cosas. Os tienen maniatados. ADORADME.
La persona benefactora me ayuda a levantarme. Me presenta el agujero. Es como mucho un agujero de matrimonio. Un piso moderno. Estrechez e ilusión a toda costa. Hay clavada una escalera de cuerda. Bajo no sin dificultad. No sé dónde me estoy metiendo, pero de eso se trataba. Veo que abajo, a unos diez metros de profundidad, hay más espacio del que creía. Hay alguien, un monje, calvo, parece estar rezando. Con los monjes siempre tienes la sensación de interrumpir. Con tus mierdas, con tus problemas materiales, tu estrechez de miras y tu visión pobre y limitada.
Es mi primer monje, eso sí. No sé qué religión profesa. La calvicie te lleva al budismo; mis prejuicios comienzan con su banquete, una mesa de madera al estilo Obélix, llena de manjares retóricos y estériles, ideas preconcebidas, símbolos e historia mal digerida.
De repente el tipo me ve.
Pensaba que iba a sonreír, a relajar el ambiente.
Respiro con dificultad. Me siento en el suelo para estar a su altura. Intento cruzar las piernas como él. Imposible. Busco una posición cómoda. Al final finjo una.
Detrás del tipo, hay una carpeta. Echa mano de ella. No se me ocurre mejor manera de cargarse el misticismo. No me atrevo a decir nada. Espero a que me dé pie, cosa que no sucede. No le intereso. Saca una hoja amarilla y me la da. Me dice:
–Vete a esa dirección.
–¿Cómo?
Cierra los ojos y parece continuar con sus rezos.
Sólo añade:
–No tiene pérdida, es un edificio de cristal.
–Pero…
–Oye –me interrumpe, y abre los ojos–, esto es sólo otro agujero.

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