Pop

Un nuevo perfil, una nueva persona, que se ve a sí misma a través de los ojos de los demás. Eco digital positivo. La realidad es demasiado oscura y complicada, la realidad nunca se aclara; se contradice y fluye de forma descontrolada. Sólo funciona siempre como crees si haces un pequeño esfuerzo. La mentira tiene muchas utilidades, algunas hasta son positivas, pero la última utilidad negativa de moda, quizá sea la proliferación de las Buenas Personas, sus profecías autocumplidas, la promesa de una utopía. Proyecciones de bondad, retorcidas, vanidad a través de la humildad, ira personal proyectada en la causa común. Maldad buenista. Lo aceptable no existe, hasta que ellos y ellas lo digan.

Una infancia fácil para Lola Lali. Una niña buena en un entorno blanco y brillante. Clase media acomodada, un lujo en los tiempos que corren. ¡Qué vital y esforzada es Lola! Qué afortunada y qué cuidadosa e inteligentemente malcriada. Malestar sólo puntual y el despertador como mayor tragedia. Lola Lali ganaba centímetros y hacía amigas. Tan guapa y tan pronto la miraron los niños. Nativa digital, suertuda ella, las cosas malas sólo pasaban en la tele. Los estudios iban fenomenal, preocupaciones si un sobresaliente descendía a notable. Un entorno de responsabilidad fácil para construir a una niña responsable. Qué regalos de cumpleaños, qué navidades fulgurantes. Qué platos deliciosos, qué cenas, qué fechas señaladas y qué primaveras y qué nevadas.
Una infancia fácil, fetén y feliz para Lola Lali; un bienestar del que pronto se encargó la vida. El informe no tardó en llegar a manos de la realidad. Ni siquiera Lola Lali se iba a librar; iba a tener que crecer y afrontar putadas. Lola no lo podía ni sospechar. Lo sabía, porque se lo habían dicho muchas veces, pero ella sólo fingía que lo entendía. Estaba acostumbrada a fingir, era algo que se le daba bien, y funcionaba de maravilla con los adultos. Pero, ¿la realidad?, ¿de qué demonios hablamos? ¿Será una broma…?
Lola Lali se enfrentó a su primera regla, a su primer novio, a sus primeros suspensos, a su primera profesora estúpida, y al primer tropezón y caída de bruces en público. Lola Lali ya esperaba cada día lo peor, pero ante su secreta frustración, sólo le pasaba lo que a todo el mundo. Cambios físicos, mentales, de rutina, de actitud del resto, de sus padres, de los desconocidos. Lloró cuando a su primer novio a los quince años se le olvidó su cumpleaños. ¡El cumpleaños de Lola Lali era susceptible de olvido!
Lola Lali no era tal, sólo era Lola Fernández. Pero Lola Fernández se comenzó a sentir cómoda en las redes sociales. Su foto de perfil siempre ayudaba, siempre atraía. El número de seguidores en Twitter creció enseguida. Lola vio que no era la única que a los dieciséis se sentía totalmente traicionada por la vida. Su novio la había dejado, sus padres de repente eran insufribles, tenía encontronazos con sus amigas, los estudios eran un martirio, y básicamente todo era una mierda.
TODO ES UNA MIERDA fue uno de sus primeros tuits.
Tenía casi diecisiete años cuando tuvo su segundo novio. Lo dejaron al cabo de cuatro meses. Esta vez fue ella quien le dejó. Se sintió bien al hacerlo, como si le hubiera metido un tanto a la realidad: me dejaron, pero ahora dejo yo. Era un chico bueno y aburrido, y sobre todo muy ignorante (¡ni siquiera había leído a Simone de Beauvoir!).
Lola Fernández, ya Lola Lali, tenía casi cinco mil seguidores en Twitter. Le encantaba entrar en cuentas ajenas y ver las pocas decenas que seguían a los demás. A los tíos, o a las tías alienadas.
Un día se unió a una concentración de chicas frente un teatro. Actuaba un cómico. Le parecía repugnante. La quedada se hizo por Twitter. Lograron retrasar la actuación dos horas. Llegó la policía y las desalojó. Pernoctaron toda la noche y se acompañaron a casa unas a otras de forma calculada, porque «todos los tíos son violadores potenciales».

A los diecinueve tuvo su tercer novio, en la universidad. Era leído y también era aliado, entendía a Lola y compartía sus tuits. No le importaba tener menos seguidores que ella (que ya tenía cuarenta mil); acudía a las concentraciones feministas, pero se quedaba siempre a un lado, consciente de que los hombres no podían destacar ahí, y mucho menos liderar.
Lola le dejó a los tres meses. Pensó que él era perfecto para ella, pero sólo era perfecto para la coyuntura. A veces es complicado distinguir la sinceridad del oportunismo. Tiempo más tarde se arrepintió un poco de haberle humillado en Twitter, pero estaba claro que era un tío asqueroso, un aprovechado. Ahora le daba asco recordar que había follado con él. Era todo puro cuento, era un cerdo. Había que tener cuidado con los “aliados”.

Lola Lali se había comido casi por completo a Lola Fernández. Cuando acabó la carrera (sociología), encontró enseguida trabajo en una revista digital. Tres columnas a la semana en las que se le demandaba su bilis Lali. Así era como se llamaba de hecho su espacio: Bilis Lali. La revista (Coñogazine) quería de ella lo que todo el mundo quería, y Lola, al poco tiempo, se dio cuenta de que estaba matando a Lola Fernández. Hablaba siempre en voz alta o por escrito sobre lo ignorante que era antes de ponerse las «gafas moradas», aunque en silencio a veces pensaba si había elegido un camino racional, o si sólo había sido un proceso de negación, una huida hacia delante. Lo que la hacía dudar, sobre todo, era que antes de la vorágine de activismo digital, se sentía mejor, y estaba convencida de que no era sólo por ser más joven. Tenía amigas que habían mantenido cierta actitud de sana resistencia respecto a la vida, que no pensaban igual que ella. Eso no era raro, Lola sabía que la mayoría de gente no sabía leer la realidad como ella y su grupo. Su nuevo grupo de amigas se reunía semanalmente para una suerte de terapia feminista. Compartían experiencias y se apoyaban unas a otras. Pero Lola dudaba de su camino vital justo por esas reuniones. Se esforzaba por recordar señales del Patriarcado en su experiencia directa. Al principio fue fácil. Comentaba las dos ocasiones en que un viejo senil la había piropeado de forma repugnante. Eso era sin duda una señal de la libertad del hombre para oprimir a la mujer. Luego habló de miradas asquerosas de tíos. Cuando iba en tren, buscaba actitudes cercanas al manspreading. No siempre era fácil. Lo fue más cuando el grupo le aseguró que el manspreading existe también aunque no haya nadie sentado junto al tío. Si el tío se espatarra, eso es manspreading. Aun así, era frustrante cuando se iba a sentar junto al cretino de turno, y este se recolocaba para que ella tuviera su espacio.
Una componente del grupo siempre tenía de qué hablar. Decía que la habían violado a los trece años. Así pensaba Lola en ello: Dice que la han violado. No sabía si es que no la creía o si no quería creerla. Nadie estaba ni cerca de comenzar a dudar de ella. Ni siquiera cuando su versión de los hechos a veces cambiaba alarmantemente.
Dos palabras alarmaron también a Lola habiendo cumplido ya veinte años:
Feminismo Pop.
Había algo en esa etiqueta que parecía describir dolorosamente bien su experiencia en los últimos años. No Feminismo, lo cual se llevaba poca distancia con el Pacifismo, algo reposado que no se contagia con la exhibición o el ruido (que provocan rechazo), sino con la sencilla práctica. Algo que funciona con el ejemplo, y no con las palabras y los insultos, o mucho menos con la política. No Feminismo, sino Feminismo pop. Algo que ha acabado incluso en los telediarios, tan odiados en el grupo de Lola.
A Lola le costaba cada vez más entregar sus artículos semanales. No se sentía motivada, no al menos como al principio.

Un día habló con su madre. Su madre nunca la rebatía, decía que su hija era lista, que era fuerte, que no era como las demás ni falta que hacía. Su hija, a la que una vez defendió ante el juicio de su tía del pueblo, ante un comentario que insinuó cuán guapa estaba Lola antes de cortarse el pelo como un chico y teñírselo de azul. Antes de la ropa descuidada, el abandono del maquillaje, las axilas sin depilar, los piercings y las zapatillas sucias.
–Si un chico puede ir así, ella también –dijo la madre.
–Mi marido murió en la mina, ¿ella también lo hará? –dijo la tía.
Dos días después, fue cuando mamá llamó a la puerta de la habitación de Lola, al oír llantos dentro. Ella pensaba que podía ayudar. Su hija tenía algún tipo de crisis personal.
Lola se incorporó en la cama e intentó estar presentable para su madre. La cuestión es que antes Lola contestaba con facilidad a argumentos como el de su tía, pero ahora había algo que se lo impedía.
Su madre le dijo:
–Has perdido la fe.
–No he perdido nada, no creo en Dios.
–Pero creías en algo.
–No. No era eso.
¿Tampoco era eso?, pensó su madre.
Y entonces cometió el error –error en términos de apaciguar la crisis–, de hacer la pregunta clave:
–Pero entonces, hija, ¿qué quieres?

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