Grasa

Estoy fingiendo que se me da bien la mecánica, y estoy delante de un coche con el capó abierto. No solo finjo que se me da bien, también finjo que me gusta. Que me gustan los coches, que me importan. Suelto palabras al azar, asiento. Finjo, es mi músculo mejor desarrollado. La supervivencia es un laberinto oscuro lleno de mierdas de perro que pisar. Están ahí, esperándote, aún calientes, porque por bien que se te dé fingir, es fácil tropezar. No es que tropiece dos veces con la misma piedra, es que hace mucho que soy una especie de geólogo metafórico. Podría dar una conferencia al respecto, siempre con las suelas llenas de mierda.
Soy tan blanco y hetero que quedaría elegante sentirme culpable. Son tiempos confusos, aunque dicen que positivos, revolucionarios. Es raro, porque a veces pasa algo, todos se emocionan por lo nuevo que es lo que ha pasado, y yo ya empecé a verlo como a principios de los 90.
Como tengo pene y demás, se supone que encaja que me gusten los coches; que me sepa sus nombres y lo que hay dentro.
Hace poco empecé en un curro nuevo, hice un amigo. Un loco de los coches que habla de su novia como alguien raro que no para de leer y hablar. Es como si todo lo que dijese de ella fuese para evitar decir que a veces follar es el único motivo. Ella habla de él en términos parecidos.
Este tipo también tiene una hermana, pero de ella nunca habla.
No para de describir las tripas del coche de su padre. Le pasa algo, hace un ruido extraño al arrancar. Es fascinante; o eso hemos acordado.
Si estoy con él en la entrada del garaje de la casa de sus padres, no es por el coche, y tampoco por la novia (también presente, con su móvil). Es por la hermana.
Sólo la conozco de vista, pero es como si mi pene la conociera de toda la vida.

Entiendo que esto ahora luciría más si yo fuera homosexual, si mi objetivo fuese declararme a mi amigo también gay, ambos metidos en el armario con el coche. Pero sólo soy yo.
El grupo más ruidoso del colectivo LGTB, siempre se queja de la gente que dice que la homosexualidad es una moda. Y con razón; excepto que parece que ellxs mismos actuasen muchas veces como si lo fuera.
Otra historia hetero, pues, otro enamorado de un culo y unas tetas. A decir verdad, conozco de la chica más de lo que ella sabe. Lo cual es otra cosa que quizá no me deje en buen lugar; a no ser que espiar por redes sociales sea precisamente el uso lógico de las redes sociales. ¿De qué manera íntegra y educada se podría usar Instagram? ¿Se puede usar Instagram desde el “respeto”? ¿Puedo ver fotos de desconocidas en biquini y pensar en algo que no sea esas desconocidas en biquini moviéndose sin él?
Soy consciente de que muchas veces pienso como un salido; pero, ¿en qué piensa exactamente la gente que no piensa como yo cuando pienso como un salido? No lo sé, pero sé que no quiero quedarme solo con ellos en un espacio oscuro y reducido.
La chica que me interesa está dentro de la casa. O eso supongo. No quiero preguntar, y nadie me dice nada al respecto. Se supone que no viene a cuento. Creo que la mayor parte del tiempo la gente habla de lo que no le interesa. Será porque ya hacen lo que no les interesa. La vida es un cúmulo de cosas que haces que no querías hacer. Supongo que es por el tío que inventó el cielo, el paraíso, seguro que fue un tío, alguien que pensó: “si me pudro aquí ahora, me ganaré el cielo”. El tío que en lugar de cascársela como los otros, se ponía a barruntar sobre cómo jodernos. Sobre cómo justificar su vida destruida, su cerebro ya pocho; alguien tan en la miseria que ni te metería mano.
Lo que yo he pensado, es que si me quedo suficiente tiempo aquí fingiendo, podré verla salir en algún momento. Aquí, los dos, compañeros de trabajo, apasionados del motor, superados con creces los treinta, aferrados a las pequeñas cosas. La versión oficial. Cuanto menos dinero y más edad, más dignidad. No me fío de la mayoría de gente que habla maravillas de los ancianos. El premio no era el cielo, sino morirse. Si mi colega me oyera hablar así, cortocircuitaría y caería al suelo echando espuma por la boca. Su hermana tiene veintiséis años, y parece todo lo contrario a él. Hizo una carrera, hizo un erasmus, hizo un máster. Creo que ahora no tiene novio, aunque puede que eso sea irrelevante. O quizá no tanto, es posible que ya tenga miedo de cumplir treinta, incluso la gente más inteligente siente vértigo con eso. Comienzan a intentar atar cabos, buscan cosas y personas sostenibles en el tiempo. No es tanto que se sientan adultos como que ser adulto de repente es lo que toca. La escaleta habitual se vuelve sagrada. Yo diría que raramente actúan así por convicción propia; hay quienes incluso tienen hijos sólo por eso, porque ha llegado ese capítulo; cuarta temporada: nos quedamos embarazados. Se comienzan a llamara papi y mami entre sí, algunos igual cuando se trata del bebé que cuando se trata de sexo. La elección propia se vuelve entelequia irresponsable.
Tengo las manos manchadas de grasa y ni siquiera sé por qué. Mi colega arranca el coche con la puerta abierta; dice cosas como:
–¡Eh! ¿Se oye?
Yo digo que sí, ese ruido raro, hay que eliminarlo, sería un error negarlo.
Mi colega y yo curramos en una fábrica, un paraíso de cadenas de montaje. Electrodomésticos. Él es reparador. Yo tengo cada día ocho horas de un miedo nulo a la muerte. Sueño con que un avión comercial se estrelle en el polígono industrial. Que caiga sobre nosotros. Que yo pueda verlo. Y luego, todo a negro.
Si le dijera a mi colega las cosas que pienso cuando veo a su hermana, incluso los coches pasarían a segundo término. Quizá debiera hacerlo, podría ser sano para él. Una cura agresiva.

Me da que las cosas sólo acaban. No acaban bien o mal, sólo se agotan. El final abrupto es un mito, la bonita idea de que nada apuntaba a ello. El autoengaño es increíblemente poderoso, casi tanto como los prejuicios. La combinación de autoengaño, prejuicios y militancia, te convierte en el gilipollas supremo. La persona con la Verdad sólo es alguien con un embudo en la cabeza. Ahora muchas personas hablan en nombre de las demás, porque creen que pueden despertarlas, salvarlas. La ignorancia no es necesariamente la carencia de ideas, a veces es una cantidad enorme de ideas dogmáticas, pésimas, simplistas, ridículas. La clase de planteamiento que cabe en una bandera.
Así el mundo parece más sencillo. Más honorable. Así las cosas tienen sentido. Son algo en lugar de simplemente ser.
Tampoco entiendo por qué la naturaleza real de las cosas tiene por qué ser algo a negar. ¿Sólo porque es complicada? Me parece mucho más emocionante intentar ver cómo es el mundo, poco a poco; mucho más que dictar cómo es a base de rabietas, buscando un enemigo y alzando el puño. Diría que es infantil si no fuera porque un niño es más bien lo contrario: aún no está contaminado.
Las cosas pequeñas sí tienen sentido, aunque sólo sea porque no queda más remedio. Aunque sea fácil burlarse de ellas. Yo hoy estoy aquí por una de esas cosas. Y con esto no me refiero a que esa chica sea algo pequeño y sin importancia. Todo lo contrario, seguramente esa chica es mágica y yo no la merezco.
Pero yo no he venido con la idea de hablar con ella. Puedo aguantar horas de monólogo del motor con tal de verla. Puedo estar aquí de pie, al sol, sudando, fingiendo, viendo mi vida pasar, pasar de verdad, camino a los cuarenta, más bien jodido, esperando sólo para verla. Y sabiendo que seguramente no habrá nada más. Porque le saco diez años, porque no llamo la atención, porque no soy nadie, y porque no tengo nada que ella quiera o no tenga.
Está por ver si le llegaré a dirigir la palabra. Su hermano se parece tanto a un estorbo que es muy complicado dirimir la diferencia. Además es la clase de idiota que pensará que su hermana es algo que él guarda en un cajón; al menos si se trata de un tío que él ya conoce.
Ni de broma pienso contar esa historia.
Mi colega arranca el coche una y otra vez. Yo ya no percibo ruido ninguno, y digo:
–Aún lo oigo, no tan fuerte, pero no te fíes.
El problema sigue ahí, eso es lo único que importa. Ese coche necesita más de nosotros.
No he dicho que es sábado por la mañana. Es sábado por la mañana, y de normal estaríamos en el curro. Ambos hemos pillado nuestras vacaciones en septiembre.

A eso de las doce del mediodía, sucede. Un coche para frente a la casa. Dos chicas dentro. Usan repetidamente el claxon. Ahora, pienso, ahora esto coge sentido.
Ella abre la puerta de casa. Lleva un vestido blanco veraniego y un bolso del mismo tono. El pelo por debajo de los hombros, la piel morena y cruel. Lleva unas gafas de sol que se pone a medio camino hasta sus amigas. Nos saluda de pasada (cualquier otro gesto de más hubiese sido violento), y se dispone a entrar en el coche.
Cuando el vehículo arranca y se va, mi mente se pone a trabajar sin descanso, un trabajo abrumadoramente vocacional y perverso. Quiero hundir la nariz en su almohada y sus sábanas; quiero saquear su ropa interior y beberme sus fluidos.
Cuando mi colega de postín arranca de nuevo, estoy a punto de equivocarme. A punto de comenzar a hablar sobre cómo las cosas mejoran. A punto de cargarme mi única excusa para volver a quedar con este pelele. Cubierto por el capó, en un ángulo en que no puede verme, y con el ruido del motor, saco mi nutrido llavero y comienzo a apuñalar todo lo que veo, mientras murmuro: Putos coches, putos coches, putos coches…

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