Archivos Mensuales: octubre 2018

Un buen secuestro

He despertado y me he preparado un buen desayuno. Lo peor ya ha pasado, no ha sido para tanto, o sí, pero ha pasado. Puede que la palabra «secuestro» dé tanto miedo como la palabra «cáncer». Hay otras terroríficas para según quién, como «matrimonio», o sobre todo «embarazo». Pero hay que reconocer que «secuestro» da miedo, da miedo que te cagas. Es cierto que es una palabra tremendamente condicionada por el contexto; bien pensado quizá no sea exactamente como «cáncer», que es como una de esas plantas increíblemente resistentes a la falta de agua y sol. El cáncer, su diagnóstico, siempre conlleva una dosis enorme de terror, casi más allá del contexto y las palabras que lo acompañen. Si te dicen cáncer, quieres oír los matices y a la vez te da igual, tienes los genitales en el cuello y ganas de vomitar. De primeras, tes das a lo sumo seis meses de vida.
Es verdad, el cáncer acojona, pero el secuestro tampoco está nada mal, sobre todo en una familia bien avenida.
Si la secuestrada es una niña pequeña, viste más. Lo sabe cualquier secuestrador, igual que lo sabe cualquier director de cine. Está lleno de posibilidades, lo saben hasta los padres más estoicos, o los espectadores más bacalas. Enseguida surgen como setas tres o cuatro ideas, la pena que da ver sufrir a una niña pequeña, por supuesto, la cuestión estética (los vestidos, el pelo largo, las monerías) y su demacración posterior, y la violación potencial, claro. Nunca sabes de qué va tu secuestrador. No es que secuestrar a un niño no sea eficaz, pero no es a los niños a los que se ha victimizado siempre. Con las niñas nunca falla, si no las sobreprotege un cura las sobreprotege una supuesta feminista; siempre hay alguien dispuesto a la condescendencia para con las niñas. Nunca parece que puedan valerse del todo por sí mismas.
Una niña, pues, tiende a ser la mejor opción.
Buscar una no era difícil, pero no era fácil que fuera la adecuada. Se trata de hacer algo por algo. Lo de hacer daño sin más, puede ser goloso, porque se supone que no tiene sentido, y el sinsentido es una forma maravillosa de hacer sufrir a quienes creen que son buenos. Pero si vas a hacer planes, es mejor tener un móvil, un premio al final del día. El dinero no es original como motivo, pero casi siempre es el fin último. No es que no me despierten cierta admiración los psicópatas, tan idealistas, tan teatrales y perfeccionistas. Les basta con el calvario ajeno, es una cuestión vocacional, y oye, no todo el mundo necesita el dinero.
Pero si el dinero te preocupa, y si estás dispuesto a hacer ciertas cosas, es bueno dirigir tus impulsos. Sigues disfrutando del paisaje, y es posible que te paguen extremadamente bien el viaje.

Te das largos paseos en coche por barrios bien. Zonas residenciales. La gente se fija menos de lo que luego parece en cualquier película o artículo. Lo de las vecinas fisgonas no es del todo mentira, pero tiene mucho de mito.
Localizas una casa que te gusta, y aparcas a distancia de facilidad para los prismáticos. Puede que hagas eso diez o veinte veces, hasta que tienes la imagen que buscabas: papá o mamá abriendo la puerta de casa con una ninfa infantil en brazos, o correteando, frágil a todos los niveles, incluso aunque no lo sea, es muy importante que lo parezca, que, en el peor de los casos, su foto reluzca impresionante en la cabecera del telediario. Ha de ser una niña guapa, pero no una niña guapa desde la empatía o la ideología, sino desde el canon. Esto no siempre es tan eficaz, el canon es menos poderoso de lo que se cree, pero en cualquier caso es el mejor termómetro. También importa la edad de la criatura. A veces es bueno que sea una adolescente llamativa, algo que pudiese tener a los padres del país cachondos en secreto viendo el informativo. Como sea, ha de ser una buena víctima, a ser posible una víctima estrella, la clase de víctima que luego no dudaría en aprovechar la fama para aceptar invitaciones y emborracharse en zonas VIP. No sería la primera vez que pasa, ni la número dos millones.
Es complicado, pero puede llegar a funcionar.
Los padres tienden a querer más a los hijos guapos. Sólo es una opinión, pero prefiero esta opinión a otras.
Otras más morales.
Los traumas, por cierto, tienen muy buena fama entre la gente “de bien”. Todo es traumático para ellos, quieren que todo sea traumático, que lo arrastres de por vida, que te consuma, porque quieren cuidarte, aconsejarte, defenderte de la gente mala, malos, malos, ¡malos! Lo cierto es que la maldad de mucha gente buena es inabastable, su narcisismo extremo, su egoísmo sin límite. Arrasarían el planeta a base de intentar ayudar a salvarlo.
Mucha gente sale adelante después de una mala experiencia, mala de verdad, pero este tipo de gente buena no quiere oír hablar de eso. A veces todo el mundo sale ganando gracias a una mala experiencia. Las cosas no son sencillas, y el mundo jamás cabe en tu cabeza.
El paraíso no existe, y ni siquiera meter a una niña pequeña en el maletero es fácil. Los que tienen hijos creen que se tienen que pelear con ellos a veces para que hagan caso, para que coman, para que duerman… No se hacen un idea de lo que es pelear con un niño o una niña que no sabe dónde está, o si va a morir. Y eso que la criatura a veces ni se plantea la cantidad de grises que hay entre el trato de maestra dura y la muerte. Un menor a veces no concibe la tortura, o cree que tortura es meterle la cuchara en la boca para que cene de una puta vez.
No quieres matar a la cría, quieres lo que quiere cualquier otro adulto a su alrededor, que se quede quietecita y se calle la puñetera boca.
A veces los críos son tan creídos que enseguida se piensan que quieres asesinarles, como si ya hubiesen tenido tiempo de hacer cosas, buenas o malas, de joderte o extorsionarte. No niñata, no, sólo quiero que hagas la estatua.
En ocasiones piensas que sería más fácil con un crío de barrio, pero las familias humildes ya experimentan sus propios secuestros; pagos, hipotecas, siempre con el agua al cuello. No hay nada que rascar ahí. Casi ni un psicópata puede lograr lo suyo como es debido, no tiene sentido interpretar Hamlet en el desierto.

La policía es el riesgo, el tópico, el tumor, la gangrena de cualquier plan. Si no hay ningún plan perfecto, es por culpa de la policía. Sé que suena a perogrullada, pero raramente la primera idea es la más correcta.
Hablas con los padres de la princesa. Es bueno que sea esa clase de padres y esa clase de hija. Que en lugar de pensar qué hacer, piensen en las películas. Que sea el padre el que tome las decisiones. Hablas con él por teléfono. Lo importante para que un tío corriente con pasta necesite sentirse padre de familia y protector, es decirle la verdad. Que no te interesa su hija a ningún nivel, que volverá a casa intacta, a cambio de una buena suma. Le especificas la suma con voz clara y calma, dejando claro con el tono que sabes que tiene esa pasta, y que no le supondría un gran sacrificio dejar de tenerla.
Luego, le dejas claro que si no hace lo que le dices, su hija morirá. Esto tiene que sonar a que ya lo has hecho antes, casi a que coleccionas cabeza rubias y monísimas, disecas cabezas de niñas, para ti son las nuevas cabezas de toro. Que crea que eres malo como son malos los malos más malos de las películas o los telediarios, un fascista peligroso. Un torero de niñas.
Es una sensación indescriptible cuando el macho de zona residencial decide arreglar las cosas solo. No hay conflicto, sólo un lugar y una hora. En la realidad muchas veces funciona así. Sin trama, sin guión, algo que, si lo escribieras y lo presentaras, cualquier estudio de cine te diría: aquí no hay película. Pese al perfecto engranaje, pese a la rapidez y la eficacia, pese a la deliciosa acción al margen de la ley. Pese a ser un ejercicio limpio al margen del sistema. Eso que mucha gente cree que no sucede, o que apenas sucede, o que no lo hace sin sangre o problemas.
Pero lo hace.
Esta vez ha sido casi perfecto. Siempre podrías haber pedido más, pero ha sido casi perfecto, y todos hemos ganado. No más niñas, quizá de por vida, y una familia colocada después de un gran chute de alivio. Un secreto real e irrompible, porque también existen. El mal bien llevado quizá sea mejor que el bien egoísta e ignorante. Pocas cosas pueden concentrar esa magia. Cosas como un buen secuestro.

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Un atrevimiento

FP. Era mi siguiente paso lógico. Tengo recuerdos extraños de eso. Había dilapidado mis años en el colegio, boletines de notas desastrosos, significativos. La bronca tradicional a final de trimestre. Dos ingredientes básicos: el sistema educativo y yo. El uno para el otro. Nos llevábamos fenomenal, pero nadie más entendía la broma.
Qué opciones había, cómo podía salir del paso. Si no se te considera académicamente apto, se te descarta con elegancia. Aprender un oficio, a ver si con suerte también tienes beneficio. Eres el grano en el culo de tus padres, y las sobras del sistema. Te intentan reubicar. Está bien, este tampoco sirve, hagamos algo con él. En el futuro coincidiría con licenciados universitarios, no reponían mejor que yo; pero eso es otra historia.
La FP era un lugar poco pensado para la vocación, estaba mucho más relacionado con el trabajo. Dos años de formación y a buscar. Tenía algunos compañeros realmente motivados, pero la sensación general era la de ser comida fría. No cabían más en la universidad. Tampoco es que quisiéramos ir.
Electrónica. Sin ningún motivo de peso. Sonaba mejor que Mecánica, y Administrativo era para las chicas. No es así, pero así es como se hacía. Política de descarte. No pintaba nada allí, pero no tenía ninguna otra ubicación. El colegio era divertido, como un amigo que te abre las puertas a las drogas, el sexo y la estulticia empapada de un vago orgullo, pero no te dejaba con ganas de pensar, leer, buscar o interesarte. Habías aprendido que la vida no era exactamente bonita, pero no sabías enfrentarte a esa ecuación, descubrir que se podía despejar la x, trascender cierta idea trasnochada sobre la cultura, y un largo etcétera. Así que, como toda tu información se reducía a lo mierdosa que era la existencia, sólo te sabías un baile. Esforzarse tenía mucho menos sentido que no hacerlo, sobre todo cuando no sabías para qué.
Algunas cosas te acababan haciendo pensar, como ver a tu profesor de Electrónica general inconsciente en el suelo del taller.

El profesor se llamaba Ángel, hablaba casi en susurros, tenía la silueta de una pelota de Nivea. Nos enseñaba a montar paneles eléctricos, con varios interruptores, cables y embellecedores. Todo me parecía más fácil de lo que finalmente era. Tampoco aprendes del todo bien cuando lo que te enseñan no te podría interesar menos. El miedo no funcionaba conmigo, el futuro era una entelequia, sólo existía el siguiente fin de semana. Esperar que sonara el timbre un puñado de veces más, y salir por patas el viernes. No es que los buenos estudiantes pensaran muy distinto.
Había unas mesas con una superficie de goma, altas, con taburetes regulables. Todo estaba pensado para trabajar de pie. La teoría la dábamos en un aula corriente, con sus pupitres y su concentración de pegajoso aburrimiento adherido a las paredes. Años y años de eso; aquellas construcciones debían desear con todas sus fuerzas un asesinato allí dentro, un poco de vida, de acción, de brillo en los ojos.
La pasión era un concepto de ficción.
Allí había chicos de muchas edades. Eramos unos quince. Levantábamos la cabeza si las chicas de Administrativo recorrían el pasillo. Puede que ya hubieras follado o puede que no, o puede que mintieras.
El sexo era el único vínculo poderoso con la vida: la mera certeza de su existencia. El resto era gente como tú o gente que te exigía que espabilaras. Me resultaba desconcertante el papel de los adultos, tan preocupados por que te convirtieras en ellos, y la vez resoplando y maldiciendo por ser ellos. Te pasabas los primeros veinte años de tu vida recibiendo mensajes cruzados.
No era distinto con los profesores. A las ocho de la mañana, nadie entendía qué hacía allí. Nadie quería enseñar ni aprender Puertas Lógicas a esa hora, y la mayoría a ninguna otra. Estábamos atrapados.
Ángel, el docente finalmente electrocutado, transmitía cierta calma. Íbamos con él al taller, era calmado pero razonablemente animado, parecía estar más o menos donde quería, y casi nadie tiene esa suerte. Allí, desde luego, su mera presencia era una anomalía. A ratos, aquello se parecía bastante a lo que supondría con los años darse un paseito y hacer cola en el Inem, con lo que ir a la clase de Electrónica general no era del todo un suplicio.
Recuerdo con detalle cada reloj de pared de aquel centro.
Un par de tardes a la semana, íbamos al taller unas tres horas, e intentábamos que las bombillas se encendieran. Un par de chicos lo hacían todo a la primera; el resto continuábamos en nuestra tradición de homenaje a la torpeza y la inutilidad. Creo que a partir de los catorce años, me dejó de preocupar el error, equivocarme, cagarla. Me insensibilicé. Llegaba a reírme mientras me echaban la bronca. Tenía un futuro extraordinario como sociópata, y no pensaba buscar culpables, sólo ejercer.
La motivación era un concepto de ficción.

Ángel hacía cosas como sonreír. Admirarse. Afrontar con ganas. Y no era artificial, no vendía motos. Entendía su entorno, pero eso no le anulaba. Sabía que la mayoría éramos rehenes de las circunstancias, pero le daba igual. Ángel quizá no fuera el mejor profesor, pero ERA. Una persona entre proyectos. Nosotros teníamos un papel, había que interpretar, porque no sabíamos ser, ni lo que queríamos. No nos preguntábamos por las perspectivas o los estados de ánimo. No reaccionábamos, porque no pensábamos que hubiese nada extraordinario a lo que reaccionar.
La muerte, a cualquier nivel, también era un concepto de ficción.
No éramos conscientes, ni para bien ni para mal, nos daba igual. Ángel nos caía bien, pero el día que se electrocutó, todos teorizamos.
Las mesas tenían un reborde metálico, había televisores abiertos y enchufados, y cables pelados. Nuestro tranquilo aunque despierto profesor, apoyó sus manos entre dos mesas, y tembló durante unos cinco segundos (una eternidad) antes de caer a plomo al suelo. Fue un momento chocante, divertido, e inmediatamente dejó de serlo.
También fue aparentemente inexplicable, el voltaje que manejábamos daba para un buen picotazo, pero no para semejante hostia.
No murió, pero le fue de poco.
Lo que muchos pensamos, es que Ángel acababa de pagar por su atrevimiento vital. Primer aviso.

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Adorna tu calabaza

Hola, Ernesto.

Perdona si he tardado en contestar, pero no sabía cómo hacerlo. Si te soy sincera, al principio no iba a hacerlo, y aún no sé muy bien por qué lo estoy haciendo.
No me siento exactamente halagada por tu correo, pero reconozco que hace falta valor para escribir algo así, para declararse.
Creo que no querías sonar a lugar común, pero hay veces que, a la hora de expresarse, el lugar común es válido, siempre que sea sincero.
No dudo de tu sinceridad, pero no hacía falta enviarme una especie de currículum, y mucho menos las medidas de tu pene. Creo que pensabas que sería divertido, que yo valoraría la originalidad, lo cual dice mucho de lo poco que nos conocemos.
Tus escritura es, por así decirlo, poco fluida, es muy difícil que alguien se aburra leyendo una carta de amor que le han enviado, pero tú lo has conseguido conmigo. No sé si eso forma parte de tu sentido del humor.
Sé que pensarás que si el correo me lo hubiese enviado alguien más guapo o que me gustara por algún motivo, mi reacción hubiese sido positiva, y no cerrada o a la defensiva. Tienes razón; si hubiese recibido el correo de alguien a quien le hubiese echado el ojo, que me gustase o atrajese, hubiese leído el mismo correo con otros ojos. Pero no es el caso.
El problema aquí es que sólo eres tú. Y sólo soy yo. Yo me siento atraída por ciertas personas, pero sólo eres tú, y resulta que no me siento atraída por ti. Y además no creo en trabajarse las relaciones. Sí cuando comienzan desde una atracción más o menos mutua, pero no cuando comienzan forzadas.
Siento que me estoy desahogando contigo, así que disculpa si soy demasiado dura, a ratos no estaré hablando sólo sobre ti. No quiero decir que estaré hablando de “los hombres”; más bien de lo complicadas que son estas cosas.
Por lo que dices, y si no has inflado los datos, tienes una buena polla, Ernesto, deberías apuntar con ella en otra dirección. Estoy segura de que si trabajaras en la misma planta que yo, no te habrías fijado en mí. Nos hemos topado algunos días en el ascensor, y has comenzado a alimentar al monstruo. Sé que no es racional, no quiero darte la murga, a mí también me ha pasado otras veces en circunstancias similares. Sólo quiero decir que no se trata de mí, Ernesto, sino de la situación, porque es algo que encajaría en una subtrama de Love Actually. ¿Has visto esa película? Soy una experta en parecer lo que no soy. Sé que más o menos todo el mundo lo intenta, pero a mí se me da bien de verdad. Entro en el ascensor y mi traje de chaqueta hace juego con las paredes, la luz es la adecuada y los espejos potencian el efecto. Procuro oler siempre bien y tengo pinta de actriz de segunda fila. Soy una especie de imán para tíos como tú; preparados, supuestamente ingeniosos, con no poca cultura popular, con determinado sentido del humor, y más preocupados por su hombría de lo que podría parecer. Pero sólo soy una persona.
Sé montarme la escena, que parezca que se trata de mí y no del entorno, pero eso es todo.

No quería darte calabazas de una forma tan elaborada, pero tus casi cinco páginas de autobiografía y ocurrencias de buen chico, me han dado alas. Te diré que hay quienes saben salirse de la raya con gracia, pero tú no eres uno de ellos, Ernesto. Yo tampoco lo soy, me cuesta mucho trabajo ser sincera cuando toca, y con eso ya tengo bastante.

Te pido por favor que no lo vuelvas a intentar. Sé que hay una dinámica del esfuerzo romántico muy socorrida, y no tengo nada en contra de ella. Pero en serio, no es el momento ni eres la persona. Ni de lejos.
Eres el tipo de tío que suelo evitar. Cada día sufro por la posibilidad de sentirme atraída por alguien como tú. No quiero tener un novio rubio y bien vestido que se lleve fenomenal con mis padres. Y no estoy hablando ni del color del pelo, ni de la ropa ni de mis padres, pero seguro que me entiendes. Mi objetivo es lograr que alguien que me guste a mí se comience a sentir atraído por mí. Creo que es factible porque creo que las mujeres podemos hacer que eso pase; al menos determinado tipo de mujeres.
Creo que ahora me conoces un poco mejor, y la verdad es que odio imaginarte sufriendo mucho más por esto. Espero que tu carta sea lo que parecía: un modo elaborado de lograr otra conquista, sexo.
Odio insistir con ello, pero no lo vuelvas a intentar, no quiero saber nada de ti, no me escribas más, ni tan siquiera si se te ha caído todo el pelo, estás en la cama de un hospital y sientes que necesitas hacerlo antes de morir.
Ese tipo de carta sólo es una gran PUTADA para quien la recibe, Ernesto.

En cuanto al terreno práctico, claramente será incómodo volver a encontrarnos en el ascensor. Pero creo que ambos podemos superar eso. Los silencios son importantes, nos ayudan a todos cuando hablar es el atajo más directo al ridículo o un aumento insufrible de la tensión o la vergüenza.

Espero que esto haya servido para sentirnos más separados. No me preocupa haber manchado mi imagen, porque no me preocupa lo que pienses de mí. No te aborrezco mucho más de lo que pueda aborrecer a cualquier otra persona ajena a mi círculo.
Estoy dispuesta a saludarte y a convivir en el mismo rascacielos que tú, y aunque sea lejos de mi espacio personal, te deseo lo mejor.

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Pelea con un padre

Era una tarde del montón, entre semana. Hacía cola en el supermercado. Pagué dos garrafas de agua y cargué con ellas bajo una fina lluvia. Eran apenas diez minutos a pie hasta casa. Nunca sucedía nada en ese tramo, era la definición de la rutina. Me cruzaba con personas habituales y sobre todo con desconocidos totales: la percepción de una ciudad de doscientos mil habitantes. Una cualquiera. No una capital mundial, ni una atracción turística; una ciudad de las que oyes el nombre y se te olvida. Lo cierto es que iba conmigo, ese anonimato entre plácido y patético.
A unos cinco minutos de casa, vi a un hombre cercano a los sesenta años, en la puerta de un bar. Una de esas personas habituales. Una cara conocida, pero alguien con quien jamás recordaba haber cruzado una palabra. Estaba visiblemente borracho. Era algo más habitual de lo aparente, tíos entre los cuarenta y muchos y los sesenta que renovaban su apetencia por el alcohol. Tíos con hijos ya mayores, con problemas familiares o sin ellos, que encontrabas borrachos a las seis de la tarde de cualquier día. Hartos de nada en particular, excepto de sí mismos. Algunos de estos tíos se volvían afables con el alcohol, otros agresivos, y en cada barrio alguno de ellos pegaba a su mujer. Silencio en la calle, ruido estéril en los medios. Es como si no pasara nada. Esa quietud sobre cómo nunca cambian las cosas. En realidad sí lo hacen, pero tiende a ser a peor.
Normalmente no son tanto palizas como peleas, sobre todo peleas entre tíos, hermanos, amigos… Tíos incapaces de asumir la cercanía a la vejez, que buscan algo blando que atizar.
Este borracho en concreto, me sorprendió. No era la clase de tío al que imaginaba sucumbiendo. Era amigo del padre de un colega mío de toda la vida. Alguien a quien recordaba tranquilo y sonriente, paciente, y sobre todo pacífico.
Se me quedó mirando, a mí y a mis garrafas. Parecía odiarme de repente. Como si se acabara de formar una opinión terrible sobre mí.
–Eh… –balbuceó, el “eh” del borracho.
Me detuve un momento. El tipo hablaba pero yo no lograba entenderle. Pareció centrarse, porque luego vocalizó mejor.
–Tú… Me acuerdo…
Yo no soltaba las garrafas, aún.
–¿Tu amigo dónde está…?
No sabía de qué me hablaba.
–Tú y tu amigo, y… siempre os metíais con ella.
–¿Con quién?
–¿Cómo que con quién…?
Su hija.
Su hija tenía unos años menos que yo, pero eso implicaba que ya era treintañera. Yo sabía que estaba casada, tenía su propio hijo y debía vivir no muy lejos. La había visto con su familia de forma puntual. Alguna vez incluso cabeceamos saludándonos. Era una parte minúscula de mi infancia.
–Tu amigo y tú, qué le decíais… ¡eh!
Durante un tiempo, mi amigo y yo nos burlábamos de la hija de este borracho. El motivo era que nos parecía fea. Nunca pensé que fuésemos especialmente crueles, y aunque ella se llegó a enfadar, también llegó a ser amiga nuestra. Nunca hicimos nada parecido a insultarla de forma directa, o mucho menos tocarla. Más bien bromeábamos, y ella nos escuchó un par de veces. No fue un comportamiento ejemplar, pero éramos niños. Supongo que hay muchos grados de bullying, pero no le puedes pedir a los niños el respeto, la distancia y la perspectiva que la mayoría no llegarán a tener ni de adultos. Somos seres humanos, no somos para tanto.
El borracho me cogió de las solapas de la camisa, me soltó, eructó.
–Pídeme perdón…
Nunca llegué a pedirle perdón a ella, que era la que podía exigirlo. Creo que el perdón entre niños es algo que sucede, no algo que se pide. Te sonríes, juegas, aceptas. Estamos hablando de críos de no más de siete u ocho años. Niños de barrio tal y como los imaginas. Ropa sucia al final día, zapatillas llenas de barro, la cara manchada, alguna herida en un codo o una rodilla.
–No –le digo.
–Cómo que no… Decías que mi hija era fea… cabrón.
Su hija me parecía fea, y me lo parece, pero eso es irrelevante.
–No tienes por qué perdonarme, puedes recordarme como un imbécil, está bien así.
Demasiado para el cerebro de un borracho.
–Cabrón… ¡Discúlpate ahora mismo!
Creo que estaba cada vez más sobrio.
–Tu hija era amiga mía, y ahora está casada, y seguro que a su marido no le parece fea. ¿Qué importa lo que piense yo?
–¿La estás llamando fea otra vez?
–Que sea tu hija no la hace guapa, y yo tampoco soy guapo, ¿qué importancia tiene?
–Pídeme perdón.
–Entonces quieres que te pida perdón, ¿y luego?
–Pídeme perdón.
–No.
Dejé las garrafas en el suelo mojado. Ya no llovía nada, aunque el cielo seguía tapado. El problema de todo esto, es que estas cosas no se hablan, no se discuten, no se ponen sobre la mesa. Sólo se asumen, se aceptan casi como abstracciones. No todos somos bellos; no es así como vemos el mundo. Si fuera así no tendríamos preferencias. Puede que el canon haga daño, pero creo que se sobrevalora su influencia para generar una deliciosa alarma. La gente puede ser mala, pero no suele ser así de mala. Lo que se asume es que si alguien te gusta pero no encaja en el canon, desprecias a esa persona. Y seguro que eso pasa, pero diría que no pasa ni la mitad de las veces que se cree que pasa. La gente tiene preferencias, la gente elige, la gente se conforma, la gente incluso sabe ver en tu interior. No somos para tanto, pero seguimos siendo complejos, buenos y malos, y encima animales.
El borracho me pega un puñetazo, y mi nariz comienza a tener la regla. Goteo rojo y más rojo en el suelo, no para de salir. Algunos tíos salen del bar.
–¡Vuelve a decir que mi hija es fea!
–Gilipollas… No sé si es fea, sólo sé que a mí me parece fea, joder.
Hinca su rodilla en mi estómago. Caigo y me hago un ovillo. Mi ropa se comienza a empapar. Los clientes nos rodean y observan. Ni animan ni detienen nada. Esto rompe su rutina, y eso es sagrado. No se puede interrumpir la novedad, habría que ser imbécil.
Desde el suelo, agarro por el tobillo al padre, y hago que su pie izquierdo patine. Cae aparatosamente al suelo. Aprovecho para ponerme de pie. No tengo intención de seguir, no voy a patearle o atizarle. Cojo mis garrafas y sigo caminando. Tengo la camisa y la camiseta llenas de sangre. Tengo la nariz rota. Pensé que seguramente me lo merecía. Pero no es el contrato vital que firmas. La nariz rota era una exageración.
Durante mi visita a urgencias, una media hora después, pensé en mi amiga de la infancia, en mi amigo. Los echaba de menos. Él también había formado su propia familia. Echaba de menos la ingenuidad de la época, puede que también parte de la inteligencia perdida, cuando no todo era grave aún. Cuando todos estábamos aún rellenos de tripas, condicionamientos y defectos, y lo entendíamos, sabíamos reconocerlo, o al menos nunca lo negamos. La enfermera que me trató iba al mismo colegio que yo. No hace notar que se haya dado cuenta del todo, pero sí parece admitir cierta familiaridad.
–¿Te puedo preguntar qué ha pasado?
–Pelea con un padre.

 

terrassa

Tercera vía

Cuatro o cinco colegas se fueron de excursión, y a la vuelta uno de ellos, bajando por un camino pedregoso, se rompió un hueso. Esto le tuvo durante meses de baja. La pierna derecha enyesada. Cuando tropezó le dijeron que exageraba, no había por qué gritar así. Creo que ahí comenzó todo.
Yo iba algunas tardes a visitar a este colega a su casa. Se manejaba bien con las muletas. Veíamos la tele y tomábamos café. Había oído distintas versiones sobre lo que pasó, cómo cayó. «Una caída tonta», en eso coincidían todos, como si hubiese algún otro tipo de caída. Puede que uno se pueda romper un hueso con elegancia.
Mi colega comenzó a sentirse bien en casa, sin hacer nada, o haciendo sólo lo que quería. La limitación de la pierna no era un problema. De hecho los problemas salía uno a buscarlos, era raro que llegasen solos. En casa estaba el ordenador, internet, la tele, el porno y unas prácticas muletas. Cuando hablábamos, me pareció que se sinceraba, puede que por primera vez:
–Creo que me siento bien por primera vez en mi vida –me decía–, y es porque no tengo que aguantar mi agenda a pulso.
Le entendía, y en ese momento ni tan siquiera hablaba de trabajo. El trabajo puede ser tedioso, pero conlleva metodología y normas. Nadie se sorprende si te asquea, nadie te culpa; con el trabajo tienes vía libre para maldecir. Todos lo entienden. La cosa se complica con el tiempo libre. Ahí se supone que las cosas han de funcionar de verdad, tu vida, se supone que ahí no hay excusa para no usarla, para no aprovecharla. La agenda del ocio. Las hay incluso patrocinadas, con anuncio en la tele. «Si tienes entre veinte y treinta y cinco años…», y una retahíla de actividades. Conciertos, aventuras, viajes, deportes, experiencias, salud (ya se consideraba placer), sorpresas. Aún no teníamos ni treinta años. Éramos el público potencial para cualquier campaña pensada para gente joven. Podías hacer cualquier cosa excepto pasar tiempo solo, y quieto. Justo la definición de una baja.
Mi colega se comenzó a sentir Al Margen, y le brillaban los ojos.
–Esto con sexo sería la mejor vida que soy capaz de imaginar.
No hablaba mucho, hasta que lo hacía, y no era ironía. Yo no le tiraba de la lengua. Llegó un punto en que ni tan siquiera le visitaba para hacerle compañía. Más bien escuchaba a ver qué decía, cómo evolucionaba su cerebro, que parecía haberse puesto en marcha por primera vez. Eso me hacía pensar si yo había usado alguna vez el mío.
Probablemente no.
Conocía la sensación de sentirse tan esclavo del trabajo como del ocio. Incapaz de ver una tercera vía. La tercera vía no genera producción, no conlleva ninguna respuesta económica, y por tanto nadie te habla de ella.
A efectos prácticos, la tercera vía parece imposible, y quizá tenga bastante que ver con la religión. Puede que inventáramos la fe para eso. La profesión de amar sólo a Dios. La vida ascética, para evitar tumultos, cenas, el enésimo concierto de Love of Lesbian. Para evitar las relaciones, los líos, las sorpresas. Las putas sorpresas.
Yo era el visitante asiduo en la baja, tres o cuatro veces por semana, aunque procuraba no agobiar a mi colega. Creo que hasta cierto punto le gustaba pensar en voz alta, pero acabado el café y la primera reflexión, me levantaba sin ceremonia, le daba la mano y me iba a mi casa.
Los fines de semana había más visitas, las “oficiales”. Padres, el grupo de la excursión, amigos sobre el papel, un hermano con una novia ridículamente guapa y un perro de portada… Y a veces yo también estaba ahí. Esos sábados por la tarde, el patio trasero de la casa lleno de gente. Conversaciones que sólo comenzarías a añorar si estuvieses a punto de morir.
Mi colega no estaba ya en esa onda, aunque sabía manejarlo, mentía con soltura. Sí, qué palo no poder salir, sí, ya tenía ganas de volver al curro, sí, quería volver a la montaña. Sí, aquella tía que le mola, eh, guiño guiño, le gusta el teatro y el senderismo. Sí, gracias por venir.
Nadie parecía notar nada. Sólo era un chaval joven de baja. Tenía toda la vida por delante, pero oye, ahora podía aprovechar para leer.
El concepto Estudiar a echado a patadas las actividades tranquilas del ámbito del placer. Sentarse y atender es cosa de trabajo; nadie sano emplea el tiempo libre así. El placer es correr sonriente por las paredes con un fajo de billetes en la cartera.
Eran seis meses como mínimo. Pero pasaban rápido. Era por la carencia de sufrimiento, ralentizador excelente del tiempo. Le enseñé algunas notas, relatos, abstracciones. Si estábamos solos, se soltaba, y era un buen crítico. No tenía problemas para separar autor y material, y nunca usaba calificativos como Esto es genial o Esto es una mierda. Parecía estar despojándose del ego, no le hacía falta parecer sincero, porque empezaba a serlo de verdad. Eso le otorgaba cierta libertad para usar las palabras, relativizaba o dudaba sin problema, a veces estaba seguro de una opinión y otras veces no tanto, y eso no le martirizaba.
–Creo que mi mente se está saneando, y que volverá a contaminarse cuando me quiten el yeso.
Pocas veces he oído nada que suene más honesto.

El último mes comencé a notarle inquieto. Su discurso se comenzaba a simplificar, volvían las frases hechas y las sonrisas complemento. Los gestos de postín, las palabras para salir del paso. Los tacos.
Los sábados ya no estaba tan suelto con la gente. Cuando estaba solo conmigo, apenas hablábamos. Yo no quería hacerle preguntas evidentes, o mucho menos intentar animarle, porque él seguía diez pasos por delante.
No puedes actuar para quien ya superó esa fase. Por eso hay gente a quien le aterra esa mirada, la de quien ya no dice “no estoy para hostias”. No es que mi colega no estuviese para hostias, es que ya no hablaba ese idioma ético, emocional.
Un día la novia de su hermano dijo algo incluido en El Guión, algo como “Estarás deseando salir, ya queda poco”. Mi colega la miró y se encendió un cigarrillo (se lo encendí yo), y sus padres, también presentes:
–¿Pero tú desde cuándo fumas?

Lo de perder la razón está sujeto a opiniones, y la cordura a una mera cuestión estadística. Cuanta más gente hace algo, más cuerdo parece.
Comenzamos a hacer planes. Comenzamos a contar huesos, estudiar lesiones, posibilidades.
–Antes la gente lo hacía para no ir a la guerra, pero ahora también hay una guerra.
Una guerra no surge sólo de un ambiente estrictamente bélico. Una guerra se puede enterrar en planes, y no siempre hay un enemigo claro. A veces la guerra ya la has perdido, y actúas como si acabaras de volver del frente, y saludaras en el desfile. Una actitud habitual. Nuestra guerra no era abstracta, sólo muy complicada. Intuitiva. Una guerra sucia, revitalizada con cada gesto o palabra que no surgían de una digestión previa. Una guerra de la información parcial y la inercia del trabajo y el ocio (las bajas reales). No hay soldados ni banderas para eso. No hay una formación.
Ya sin el yeso, un día fuimos ambos a ver cómo nos podíamos agenciar una maza. Quizá se podían alquilar. No es una guerra metafísica, y la autolesión física parece importante. Seguimos aprendiendo. No hay atajos, y como en cualquier otra guerra, el dolor es necesario.

femur

Carta abierta a Khatia Buniatishvili

Las cartas abiertas suelen tener casi siempre connotaciones políticas, o algún tipo de intencionalidad filantrópica. No sé si esta vez será así. Creo que esto es más bien una carta de amor. No sé si será de las buenas, pero algo me dice que muchas de las buenas jamás llegaron a su destinatario/a. Eso es deprimente, pero me gusta. Muchas de las cosas que me gustan son deprimentes, al menos para los demás.

Tampoco voy a entrar a definir de qué clase de amor hablo, ni enrollarme con lo de que hay muchos tipos de amor. Yo sé a quién quiero, eso debería bastar.
Los motivos no serían fáciles de precisar, pero sería necio decir que no fue una foto tuya lo primero que me atrajo. Te vi en un periódico español, el artículo era sobre un concierto tuyo. A veces llevo una libreta para apuntar ideas (así de talentoso me creo), aunque más bien la uso como agenda, o para recordar cosas como tu apellido…
Luego –otra vez tengo que evitar ser un necio– busqué más fotos tuyas por internet. No tengas miedo de que llegue el momento en que te confiese si alguna vez me he tocado o no con ellas. No voy a decir ni si sí, ni si no, o si nada, mucho o poco. Una cosa es cierta: para eso no suelo usar fotos de mujeres a las que admiro, o que me son familiares de alguna forma. No sé por qué es así; necesito cierto grado de distancia con el porno o lo que uso como porno. Esto no quiere decir que no sea tan depravado como cualquier otro, pero tengo mis manías.

Me toca también decir que no soy ningún experto en música clásica. Soy más bien de la hornada indie de a principios de los años 2000, cuando tener el primer disco de los Strokes o (luego) de Artic Monkeys, era igual a ser alguien con buen gusto, o al menos con gusto de algún tipo. Ya te puedes imaginar: Radiohead, Massive Attack, PJ Harvey…
No quiero parecer como esas personas «abiertas» que dicen que les gusta todo tipo de música, y que luego lo más que hacen es poner la radio en el coche y pillar una turca cada vez que pueden. Pero es cierto que todo lo que es música me llama la atención. Y también es cierto que seguramente disfrutaría más en un concierto de música clásica que en uno de jazz clásico (y a conciertos de jazz sí he ido…). No se puede tener oído para todo, y no todos crecemos en hogares de gustos exquisitos (no juzgo tu infancia, no la conozco…).
He escuchado muchas veces Motherland, y he visto montones de vídeos con interpretaciones tuyas. Debo reconocer que siempre prefiero los videos en que estás sola al piano. Creo que el piano con acompañamiento de orquesta lo disfrutaría mucho más en directo. El vídeo lo filtra todo, lo cambia de alguna manera. Es posible que a veces lo más pequeño o “minimalista”, lo más delicado, luzca más que las grandes orquestas demostrando todo su potencial. Youtube está muy bien, pero tiene sus limitaciones. Algún día espero poder verte en directo.

Tu belleza acaba siendo hipnótica, y sospecho que cada vez que comparto alguno de tus videos por redes sociales, es posible que todos estén haciendo algún tipo de lectura «pseudo-freudiana» de mi sinceridad sobre cuánto me gusta la música clásica. Ya sabes lo que pasa con la música clásica. Insisto en que no soy ningún experto, pero creo que lo que pasa con la música clásica es que es justo lo que hay al otro extremo de la vida tal y como la entiende la mayoría de la gente. Apenas escuchan ya discos enteros de rock, así que imagínate música clásica. Creo que lo que deben pensar muchos cuando comparto un vídeo tuyo, es simplemente que estoy enviando el mensaje que cualquiera entiende: «Sí, sí, qué bonito el piano, pero fijáos en lo buena que está».
Supongo que algunas veces has pensado en estas cosas. Puede que incluso te hayan dado algún problema. Pero soy completamente sincero cuando digo que flipo (FLIPO) cuando tocas piezas de Prokófiev. La primera vez que te vi tocar el Precipitato, dudo que viera ese vídeo menos de diez veces seguidas. Es una locura, y creo que a estas alturas me la sé casi de memoria.

¿No es bonito enamorarse y que no se trate necesariamente del empacho habitual de las parejas recurrentes? Hay una película de Spike Jonze (Adaptation, no sé si la habrás visto) en la que Nicolas Cage interpreta a unos hermanos gemelos. En una escena particularmente dramática, uno le confiesa al otro que, en el instituto, una chica se burlaba de él con sus amigas, mientras él pensaba que era la chica de sus sueños y que la quería. ¿No te dabas cuenta de que se burlaba de ti?, le decía. A lo que el otro hermano, sin atisbo de disgusto, le dice que lo sabía, pero que le daba igual, que eso era problema de la chica, no de él, y que «uno es lo que ama, no lo que le ama».
Aunque en la peli se referían al amor romántico y no a otro tipo de amor, más genérico, quizá más lo que hay en estas líneas, creo que ese principio es una sencilla y gran verdad.
Aquí hay una clara barrera idiomática, muchos kilómetros de por medio y circunstancias completamente distintas. Tú podrías ser perfectamente la chica que se burla de mí con sus amigas.
Pero me da igual.
Lo que yo siento no pierde un ápice de valor, y ¿quién no fantasea? A pesar de lo que seguirán contando los fans de Cupido, el amor no es el puñetero día de San Valentín, no es necesariamente gastarse una pasta, ni casarse, ni hacer viajes al quinto pino a donde haya palmeras y daiquiris. El amor no es un meme hortera ni una frase forzada para conseguir sexo; no es purpurina, acoso o un morreo en una discoteca. Para mí el amor no es sacrificio ni tampoco tumbarse a la bartola. El amor no es necesariamente pasear agarrados de la mano. El amor es, por ejemplo, escucharte a ti tocando el piano.

P.D.: Las niñas están bien, aunque te echan de menos. El servicio se ha descontrolado un poco, una cocinera tiene algo con el cochero. Esta mañana he hablado con los dos. Me han prometido no volver a usar el granero para sus cosas, pero esta tarde les he pillado otra vez.
Por las tardes viene el profesor de piano. No tengo claro que a las niñas les gusten las clases. Creo que lo están decidiendo, y creo que se animan cuando ven a su madre en la tele. Brillas e impones como una explosión nuclear.
Yo estoy inmerso en mi rutina. Te echo de menos, y procuro mantenerme ocupado. Por las tardes paseo por el monte bajo. Cuando me preguntan por ti, comienzo a hablar y es difícil pararme. No me doy cuenta de que lo hacen por mera cortesía. A veces bromeo, digo: Ha vuelto al frente. Creo que los vecinos creen que me preocupa tu vida de artista. Creen que creo que vas por ahí con tipos altos y rubios, amantes intercambiables, y que yo soy tu ama de casa.
Podría ser tu ama de casa perfectamente. Tu ama de casa ochentera maltratada. Cuando de eso no se preocupaba nadie.
Seguro que me merezco unos buenos azotes.
Sabes que me gusta descolocarte.

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Ello

Estoy espiando. Por la noche basta con apagar las luces del piso.
El patio interior y su piscina comunitaria de madrugada. Es demasiado tarde para que haya luces encendidas ahí abajo, pero aún hay menos luz aquí dentro. Aunque vivo solo, estoy seguro de no ser el único que mira.
La chica que siempre se da un baño de madrugada. Una chica cualquiera, pero en absoluto una chica cualquiera. No sé si sabe que la espían. Como mínimo debe haber contemplado la posibilidad. Puede que no le importe. Puede que le guste. Quizá le guste porque le pone, o quizá porque nos odia a todos. Parece estar en otro plano de la realidad. No tanto inalcanzable como inasumible. No puedes tocar algo que no entiendes; o sí, pero es difícil que te atrevas. Creo que nunca la he visto durante el día, no parece que compre el pan o conduzca, no te la imaginas haciendo algo tan burdo como trabajar. Obedeciendo órdenes, tragando, aguantando o yendo al banco. Sus rasgos no están claros o definidos. Nunca me he masturbado mirando.
No podría entender que alguien lograra aterrizar esa imagen, reducir esa situación al onanismo. Mirar te produce cierta clase de felicidad, serena, apacible, plena. La felicidad del que no entiende lo que ve pero sí lo que siente en el estómago y el pecho. Algún tipo de coherencia espiritual incontrovertible.
Es casi cada noche. No quiero resolverlo, descubrir quién es ella, o ello. No me interesa que el fenómeno se vuelva anécdota. Estoy HARTO de las pequeñas cosas. Quiero cosas que no pueda asir, que no pueda catalogar, etiquetar o politizar. Cualquier cosa antes que ser un yonqui de lo razonable, lo explicable o lo combatible. Quiero despojarme de ese ego; matar a los villanos, pero sobre todo a los héroes del imaginario colectivo. La gente comprometida siempre es la más peligrosa. Los héroes del presente tienden a ser los villanos del futuro.

La faceta diurna.
Me encuentro con un vecino en la piscina municipal. A diferencia de la nuestra, es cubierta, y parece pensada para treintañeros a los que su médico les ha recomendado nadar. Es mi espalda. Creo que en cierto modo mi generación está envejeciendo antes que otras. Nos han mimado y convertido en máquinas de narcisismo mal disfrazado de humildad. Creo que nos creímos más que nadie que el esfuerzo conlleva necesariamente una recompensa. Cuando descubres que la vida no funciona así (ni de ninguna otra manera), sino que la vida sólo ES, es imposible no quedar tocado. Unos lo pagan mentalmente, otros parecemos oxidarnos físicamente a edades absurdas, como si de verdad tuviéramos carencias por no haber hecho la mili.
Lo que pensabas que te curtía, sólo te desgasta. Aprendes de algunos errores, pero sólo de algunos. El ser humano adora con todas sus fuerzas tropezar una y otra vez con la misma piedra. Es el amor de su vida. Asumir que no hay fórmulas para lo importante, probablemente nos llevaría a la extinción.
Estoy sentado en el borde, y mi vecino toma asiento al lado. Hemos hecho una relajada amistad en las reuniones de vecinos. Nos soportamos, eso se nos da bien. Supongo que es una amistad particularmente masculina. Él también es soltero. Apenas nos hace falta hablar, mucho menos compartir intimidades. Compartimos confusión generacional, que no es poco. Siempre se habla de los adolescentes para eso; el orgullo adulto es ridículo, esa pretensión de control. El adulto actúa, el adolescente es un libro abierto.
Acaba surgiendo el tema;
–Esa tía… por la noche.
–Yo también la veo –digo, aliviado. He llegado a pensar que sólo era cosa mía. Como un tumor.
–Porque es una tía.
–Al menos lo parece.
–Y parece de nuestra edad.
Me encanta esa idea, que de nuestra hornada haya salido algo así.
–Creo que sí –digo.
No pienso en ella como Ella, sino como Ello. Como si no fuera tanto una persona como un concepto, o un acontecimiento.
–¿Puedo preguntarte algo? –me dice este colega de baja intensidad.
–Claro.
–¿Alguna vez te la has cascado mirando?
–No.
–¡Yo tampoco!
La gente nos mira.
–Yo tampoco –susurra.
Porque sería como hacerse una paja pensando en la luz. Una paja te la haces con algo sucio. No con el amor, sino con la carne. Al menos a priori.
Una mujer que parece de nuestra edad se dispone a nadar unos largos.
–Nunca la he visto –me dice el vecino.
–Yo tampoco.
Parece la hija que tendrían Kate Upton y tu primer día de vacaciones. La clase de persona con la que te pones nervioso hablando a los quince años. Y a los treinta y cinco.
–Podría ser ella.
–No –digo.
No estamos lejos de casa, y no es que crea que lo que vemos por las noches es una divinidad fantasmal; pero tengo pleno derecho a ejercer la negación. Si la criatura nocturna fuera una mujer y una día la viera haciendo llamadas a restaurantes por su boda… Sería como ver a Marilyn Monroe quemándose a lo bonzo.
Hay cosas que es mejor dejar en su sitio. Con los años te puedes volver más conservador, o al menos dejas de confiar plenamente en ciertas dinámicas. No abrazas el caos, pero no tienes problemas en tomar un café con él. Sales a fumar con el Diablo si es necesario. Dejas de tener claro eso de que estás en el bando bueno. Sólo haces lo que puedes. Te empapas con el resto de granos de arena cuando sube la marea.
La mujer nada mientras fingimos. Que no la miramos, que el cerebro no nos va a mil, que no estamos controlando la erección, que somos hombres adultos, que alguien nos espera en casa, que hemos organizado nuestras vidas, que no nos preocupa el tiempo. Un largo etcétera que tienes que transmitir con microgestos un sábado por la mañana.
Lleva un bañador rojo de una pieza. Parece algo comprado en Decathlon. Creo que se da cuenta de que evitamos mirarla. O de que la miramos mucho mientras pensamos que apenas la estamos mirando. Otra vez la vida en acción. Parece ser que para lidiar con esto tampoco hemos aprendido nada útil.
Mi colega tiene una erección tan obvia como que vamos a morir. Intenta recolocarse para que no se note tanto.
–Estás perdido –le susurro.
–No me ha visto.
–Claro que te ha visto.
–No, claro que no.
–Lo ha visto todo desde que ha llegado.
–No te entiendo.
–Mierda. Que creo que sí es ella.
–Claro que no.
–Claro que sí.
–Esto es una mierda.
–Joder.
–No tendríamos que haber venido.
–Nosotros siempre venimos, la nueva es ella.
–¿Por qué vendrá?
–No parece tener ningún problema de salud.
–Quizá sólo viene para nadar.
No puedo leer lo que pasa. Y eso cuando es de noche puede tener su encanto, pero a las once de la mañana en la puñetera piscina municipal…
–No te alteres –me dice mi vecino–, hay gente que simplemente hace deporte.
–No. Aquí hay algo que no cuadra.
La luz que entra por los ventanales junto al alto techo, parece menguar. Quizá sólo es un contraste raro con la luz eléctrica interior.
–Quizá es que se ha nublado –digo.
–Quizá debería haber traído paraguas.
Pero hemos estado despistados, y ahora la chica flota frente a nosotros. Nos mira sin aparente cabreo o regocijo, como si fuésemos reptiles tras un cristal. Nos nos odia, pero tampoco nos llevaría a casa.
Y nos habla:
–Quizá es que deberíais mirar donde nunca miráis. No miráis demasiado, en realidad os quedáis cortos. Y aún separáis sexo y violencia, pero luego cocináis poniendo juntos ingredientes que jamás os comeríais por separado. No vengo a anunciaros el fin del mundo. Sólo quiero que sepáis que sigo sin tener una respuesta para vosotros. Por la noche siento que nos comunicamos, ahora sois demasiado previsibles. Cuando vuelva el sol, aquí habrá más gente, pero recordad: que yo no os anuncie el fin del mundo, no significa que aún quede mucho para eso.

Menarche

Autoproclamados

Conoces a muchos. Siempre están ahí para ti. En realidad nunca están ahí para ti. Están preocupados por algo más grande que ellos mismos. Pero no lo están. Están modelando la proyección de sí mismos, y sólo de sí mismos. Nos advierten a todos, nos alertan. Propagan sin parar la idea de que el mundo es aún mucho peor de lo que es. Como has oído: Aún peor. Se autoproclaman, adoran el etiquetado. A veces incluso en voz alta, y a diario. Tienen la habilidad de elevar su autoestima por encima de todo, también de la razón o la realidad, la cual creen a menudo fácil y manejable.
Si no arreglamos las cosas, es sólo porque no les hacemos caso.
Los autoproclamados se mojan el dedo y lo levantan, comprueban de qué lado sopla el viento, y argumentan acorde a eso.
¿Qué es lo que parece más justo y combativo según la proyección que he alimentado de mí mismo?
La realidad es secundaria, y también lo que pensarían si decidieran hacerlo. El autoproclamado tiene muchas fuentes de las que beber. Su ego es pura contradicción, ya que no confía en sus propias ideas. Necesita ideas ajenas, ideas como bonitas melodías, que caben apuntadas a bolígrafo en la palma de la mano. Ideas aparentemente definidas y coherentes con alguna ideología ideal.

Recuerdo una crisis de perros. No es una forma de hablar. Hablo de cuando los perros se volvieron «asesinos».
Algo pasó, la realidad pasó. Si la realidad se pudiese personificar, no sería nadie que madruga, se hace la cama, se ducha, desayuna, trabaja, come, trabaja, cena y se vuelve a dormir como una niña buena. La realidad sería más bien ese tío que decide irse a pegar tiros a unas latas al campo, luego se emborracha, se vomita encima, se queda inconsciente y vuelta empezar. Y eso en el mejor de los casos.
Es a eso a lo que tienes que encontrarle el encanto.
Lo que pasó fue que un perro le mordió la cabeza a un bebé. Lo que se dice es que el bebé estaba haciendo lo que hacen los bebés, comportarse como la mezcla de un borracho irlandés y una bocina dispuesta comer mierda del suelo. Y en ese proceso, el perro de un vecino se cruzó en su camino. El bebé le gritó y gritó y gritó y lloró al perro en la cara, y el perro hizo lo que muchos padres y madres han querido hacer muchas veces con sus bebes. Zanjar ese asunto.
La noticia adquirió relevancia a nivel nacional. Los periodistas saben que a la gente le gusta pensar que sólo pasa aquello de lo que te enteras. Sólo había que enseñarles el ataúd blanco y minúsculo, brillante como un BMW. Los padres totalmente destrozados, la madre cayendo y levantándose del suelo, ahogada en llanto. Un barrio, una ciudad, un país, todos oficialmente de luto. La foto del pequeño, un ángel al que se le ha arrancado (la cabeza) la vida.
Terrible.
Y potencialmente delicioso y si no eres tú el salpicado.
Ahí entra con su abrumadora aparente elocuencia el autoproclamado. Habla y su voz resuena. Los perros, lo dueños, ese PROBLEMA. El autoproclamado se crece cuando comienzan a surgir otras noticias de perros asesinos. ¿Qué está pasando con los perros? ¿Qué pasa con los dueños? El autoproclamado nos advierte, nos reconviene. No estáis preocupándoos por los animales, ni por los niños. No compréis perros, aprended a cuidar a los perros, aprended a educar a vuestros hijos. Los autoproclamados no entienden por qué la gente es así. Y la plaga está creciendo, los perros están devorando niños a ritmo de uno cada equis tiempo. Es terrible, es una auténtica crisis. Hay una estadística y hay que lograr que mengüe. Los autoproclamados relativizan la información y el alarmismo de los medios, pero: ¿sabéis dónde están vuestros hijos? Los artículos estilo autoproclamado se multiplican. Los perros siguen matando niños, y también mutilando adultos, es aterrador.
Se viralizan videos y fotos; todo el mundo conoce al perro peligrosos del barrio, es cuestión de ir y tocarle un poco las pelotas. No son los perros, son los dueños, seguimos con el debate; no son los dueños, es que hay perros peligrosos que nadie debería tener en casa. Y mucho menos cerca de un bebé.
El autoproclamado se alimentaba de este tipo de fenómenos en los 90. Noticias que crecían y se multiplicaban como si de verdad fueran novedosas. El autoproclamado adora el drama, lo parasita y cree que le hace parecer mejor persona. No se calla, porque aún le quedan muchas formas distintas de volver a decir lo mismo.

Bien entrados los 2000, el autoproclamado debió pensar: Si funcionó con perros, e incluso con “plagas” menos llamativas, ¿cómo no va a funcionar con hombres? Dios mío, ¡claro! Ese debate siempre ha estado ahí, y siempre funciona. Es contundente como una pistola.
Aunque hacia finales de los noventa, problemáticas históricas como el racismo o la llamada violencia de género parecían haberse aceptado como males intrínsecos incluso en las sociedades más civilizadas, siempre era un buen momento para volver a sangrar por ello. No importaba qué progresos se habían hecho, porque nunca, jamás, viviríamos en un mundo ideal, lo cual es a la vez objetivo y gasolina del también llamado bienqueda.
Una nueva ola acaba resultando perfecta para los autoproclamados. Saben perfectamente lo que tienen que hacer, y qué es lo que toca, y joder, esta vez se sienten intocables: se autoproclaman feministas.
La mujer maltratada o asesinada se convierte en el nuevo niño bonito del autoproclamado, su nueva noticia favorita. Lo que ahora siempre llaman: violencia machista. Siempre que un hombre le haga algo malo a una mujer, será porque el hombre en cuestión odia a las mujeres. Punto. Es perfecto; el machismo es el nuevo porno informativo del autoproclamado. Moja la ropa interior con eso, ofrece sus lecciones por redes sociales y quizá incluso sale a la calle y grita consignas. El ego henchido, la vida se vuelve emocionante otra vez. Es absolutamente embriagador tener localizado al Enemigo. Si eres autoproclamada, la retórica del autoproclamado te convierte prácticamente en una diosa de la razón. Si por el contrario eres hombre y hablas contra el enemigo Hombre, y si encima logras convencer a todos de que no intentas nada más que no sea (emoción, labios temblorosos) mejorar el mundo, UAU, entonces eres el Autoproclamado Definitivo. El Bien Personificado. Estabas ahí y aún no te habíamos escuchado. Eres capaz de sacrificarte y te amamos por ello. Te reconoces como privilegiado y entregas las armas. Prometes un interés cero por que nadie te chupe la polla. Y te creen.
Un. Ser. De. Luz.
El autoproclamado está viviendo años de gloria, porque (oh, sorpresa) a algunos hombres se les sigue “yendo la mano”. Y no importa el contexto o si es una paliza o más bien una pelea. Sólo Hay Un Discurso. Una razón que lo define TODO.
Al autoproclamado no le importa ser un hipócrita miserable. Sabe que las cosas no funcionan así. Sabe que muchas de las cosas que defiende no se sostienen, que sólo hay una buena intención a menudo también postiza. El autoproclamado, sorpredentemente o no, también ha sido el perro que muerde o el hombre abusador. La militancia te sienta bien si no piensas la cosas, pero te vuelve paranoico si ya pensabas antes. Quizá se trate de una suerte de nueva droga, de la que el autoproclamado necesita ya un chute casi diario.
Probablemente no haga falta autoproclamarse nada, sólo callar en el momento adecuado, tratar con respeto al prójimo, y evitar cruzarse en una calle oscura con el autoproclamado.

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Aullidos de mono

Me levanto de un salto. Nunca he sido la clase de tío que sonríe y pretende que un lunes sea lo que no es. Pero hoy me levanto como drogado de vida, descansado, imparable. No puedo desaprovechar este chute inesperado, como si fuese un enfermo terminal con un último acceso de brillante energía.
Hay un cielo gris, agradable, londinense. La gente tiene la cara de culo habitual. Nunca parece que el fin de semana le haya recargado las pilas a nadie. Más bien parece que han echado el resto, y que ahora encima tienen que seguir viviendo. No saben cómo les entiendo, pero esta mañana no puedo evitar sonreírles. Estamos aquí, y estamos vivos, por el momento.
Yo sé lo que es estar vivo, llevo años enseñando en un instituto. Tengo la vida delante cada día, la vida salvaje, emergente, la vida que se derrama por exceso. Explosiones de vida por todas partes. Me extraña que esos chicos y chicas no estén todo el día copulando, ejerciendo su naturaleza. Me parece sumamente ridículo pretender que se paren y se callen. Cada vez que una niña de quince años se queda embarazada, pienso algo como: ¿qué esperabais? El que hayamos alargado la esperanza de vida, no significa que los apetitos lleguen más tarde o de forma más contenida: llegan cuando llegan, y llegan con la carne. Detalles como los condones, la legalidad o la cronología vital, no son algo que la naturaleza tenga en cuenta, y la autoconsciencia es evidentemente ineficaz. La idea que tenemos de la responsabilidad es rayana en la utopía. Al ser humano se le exigen cosas que jamás se le exigirían a un animal, que es justo lo que somos. Animales, y no particularmente listos, sólo conscientes de que vamos a morir.
Como si eso fuera una ventaja.
Todo esto, obviamente, son malas ideas. O no malas, pero sí contraproducentes. Te pueden llevar por mal camino. O no por mal camino, pero sí por el camino que se ha decidido es malo.
Cuando llego a mi odiado centro educativo, hoy todo mi odio se ha ausentado. Se ha convertido en un recuerdo. ¿Por qué hoy me siento así? No hay motivo aparente. No me he tragado ningún discurso de autoayuda, no he rebuscado entre la basura perfumada de la librería. No es que nadie me haya convencido de que soy único. Sigo teniendo claro que no soy relevante en el orden de las cosas. Nadie me admira, no influyo realmente en nadie (ni siendo profesor), no cambio nada, no tengo motivos para estar mal, pero desde luego tampoco para estar muy bien. No hay una razón real por la que debiera sentirme importante, o feliz.
No sé si he perdido en parte la razón, o si por el contrario estoy sufriendo algún tipo de ataque mamífero de lucidez.
Ni siquiera se trata de que sienta que puedo hacer cualquier cosa. Sólo siento que puedo hacer lo que el cuerpo me pide y necesita. Me sigo sintiendo minúsculo, pero hoy no estoy mal con eso. Me siento satisfecho con mis aullidos de mono frente al monolito.

Hoy la civilización me parece una trampa, o como mínimo un dislate. ¿En qué nos hemos convertido? ¿Se ha desarrollado nuestra inteligencia en una dirección equivocada? ¿Qué clase de mamíferos ultraconscientes somos? ¿Puede ser algo bueno una aberración estadística?
Hace dos años que la profesora de gimnasia fue contratada en el centro. Le saco diez años. Es apetecible como un día feliz de playa para un tsunami. Siempre hablamos, en lugar de hacer lo que deberíamos estar haciendo. Es vegana. Hoy el veganismo me parece la punta de la pirámide de la infeliz autoconsciencia humana. Esa autoconsciencia absolutamente pagada de sí misma, que lucha por mantener las credenciales de su importancia.
Patético es poco.
Entro en el gimnasio y está sola. No es que no pueda entrar alguien más en cualquier momento. Tenemos una relación cordial que disfraza muy mal una atracción evidente. Aún no hemos follado porque somos demasiado responsables para eso. La barrera cultural, la especie, las taras de la responsabilidad. Los muros son incontables. Ella es la princesa y yo soy el salteador de caminos. Ella es el Tour y yo soy Armstrong. Es como si la única manera aquí y ahora fuera la violación. Ella tiene novio y yo no quiero tener novia. Todo son problemas. Yo quiero fecundarla y ella no conoce mi proceso. El gimnasio es cómodo, casi parece más pensado para follar que para sufrir. Todo es adecuado, acolchado, espacioso.
Ni siquiera creo estar más cerca de la verdad. Pero sí creo estar reconociendo mucho mejor las mentiras, las construcciones éticas.
Hablamos. No me abalanzo sobre ella, pero sí doy algunos pasos. Le digo que podríamos quedar un día. Estoy bastante seguro de que su novio es ficticio, una suerte de mosquitera para su tranquilidad. Pero confío en que a mí no me considere un moscón, un salido o un viejo verde. Aunque en realidad sea todas esas cosas mucho más que profesor, profesional o casadero. Hoy lo sé.
Cuando ya ha aceptado como mínimo la premisa (nos intercambiamos los teléfonos), al salir del gimnasio me gusta pensar que su novio es real, y que la cultura de la monogamia le colocará unos cuernos enormes pronto. La vergüenza es un pozo sin fondo de alegrías y alivios para el ser humano real. Hay suicidios por vergüenza, pero también erecciones. La vergüenza parece una pequeña salida por la vía de servicio. El suicidio llega desde la norma, y el placer desde la actitud que hoy me invade.

No pienso en términos de acierto o error. Lo que es adecuado o inadecuado está dejando de interesarme a pasos de gigante. Ni siquiera me siento peligroso; sólo más coherente desde un punto de vista primario.
No tengo la primera clase hasta las nueve. Tengo tiempo de salir y comprar treinta y cinco condones. Finalmente decido comprar una caja de ciento cuarenta y cuatro preservativos. Me cuesta treinta y seis euros. Nunca me ha sentado mejor comprar algo. Cuando llego a clase, provoco una lluvia de preservativos. No viene a cuento, no tiene mucho sentido, es lunes, no encaja, no hay ganas, no hay comunicación. Sólo intento parecer civilizado. Necesitaría una larga perorata para describir lo que quiero hacer de verdad; un discurso largo, gordo, sucio, ilegal. Llevo más de treinta años conteniéndome. No tanto cumpliendo las normas como fingiendo que todas me parecen estupendas.
Algunos alumnos ríen, otros se quedan con cara de pasmo. Sólo unos pocos recogen condones. La gente adulta tiene una idea muy equivocada de los adolescentes. Conviven con una inevitable electricidad, pero son mucho más mansos y previsibles que su leyenda. Hoy en día los hay incluso puritanos. Quieren ser tan cuidadosos con el entorno que se acaban dando la vuelta ideológica, y llega un punto en que ya no saben si es maravilloso o terrible que alguien enseñe las tetas. Están completamente atrapados en una telaraña identitaria, tejida por discursos sobre minorías y formas incorrectas de escribir o follar.
El suelo queda alfombrado de condones.

Nunca había pisado el despacho del director para una bronca formal.
Había estado sólo de paso. Ahora puedo fijarme en el ventanal que tiene, lo bien que entra la luz, lo cómoda que parece su silla. El hombre de las normas.
Puede que en el momento mi acción en pro del sexo seguro no impresionara mucho, pero la historia ha circulado, y ahora soy la comidilla. Depende de a quién preguntes soy la caña o he perdido el norte. Nadie duda, todos emiten juicios.
–¿Qué pasó exactamente el otro día? –me pregunta el jefe mayor. Es jueves, parece haber esperado que el asunto se enfríe.
–¿Que pasó?
Decido contestar con una pregunta. No me siento colaborativo, aunque tampoco belicoso.
–¿No cree que debería haber comentado algo a… como mínimo a sus compañeros antes de hacer lo que hizo?
–¿Lo dice porque cree que si lo hubiera comentado me hubiesen frenado los pies?
Sé que varios de mis compañeros consideran que dar condones a adolescentes es casi una invitación a follar, con o sin ellos. Hay una especie de nuevo vacío ético respeto al sexo ahora. Parece no saberse muy bien hasta qué punto es maligno o no, o sobre todo si habría que dejar que la gente lo practique como le dé la gana. Ahora las corrientes políticas e ideológicas se te meten hasta en la ropa interior. Por el momento es sólo un magreo, pero parece que pronto nos podrían dar por el culo.
La tontería monjil es cíclica, siempre encuentra un camino ideológico para volver. La gente que se cree más íntegra es la que acaba jodiendo el juego otra vez.
El director no tiene ganas de una batalla dialéctica, parece cansado incluso para asumir que le estoy vacilando.
–No es que haya hecho nada malo, pero la próxima vez que se le ocurra alguna brillante idea, avise. ¿Entendido?

El sábado por la noche salgo con la profesora de gimnasia. Se llama Ingrid. Los chavales se pajean con Ingrid, las chavalas se relacionan ambiguamente con Ingrid. Los profesores se ruborizan como personajes de Jane Austen hablando con Ingrid; modulan la voz y se vuelven mullidos y tratables de repente. Yo conozco a esos tíos, y no son así, me los imagino rompiendo la tele a martillazos si su equipo pierde.
Ingrid luce y se mueve como si se fuera a romper, pero en realidad es todo fibra y resistencia, podría inflarte media cara de un puñetazo.
Yo aún no me he quitado el mono de encima, ni de lejos. El mono que aúlla sigue ahí, y ese bicho es un inadaptado. Ya no hago las cosas como antes. No es que me haya vuelto repelentemente sincero, como esa gente que cree que lanzar medias verdades de forma agresiva a la cara es un gesto de honestidad. Pero sí soy más visceral, atiendo más a mi cuerpo, escucho de forma más instintiva. No es fácil de definir, pero el sexo (su llamada) es la mejor manera de hacerlo.
Cenamos en un restaurante vegano con cara y ojos, nada barato, como una inversión. No quiero desvariar demasiado, el mono se mantiene en un veinte por ciento. No es que lo pueda contener a placer, pero sé cuándo puede darme una tregua. Come tranquilo, bebe sin ansia, no tenses el abdomen. No hables de lo que harías. Comenta sólo lo que hay, o amplía lo que comente ella. Sigues aquí, pero recuerda que no estás solo.
Todo lo que sucede antes de follar, es clave. Es lo que define la situación, su proyección en el futuro. Ingrid me gusta desde que la vi por primera vez camino al gimnasio. Es jodido analizar cómo encaja el amor en este nuevo contexto.

Dejamos una enorme mancha de sudor y fluidos sobre mi cama. Ella me dice que si siempre lo hago así, un día mi corazón no podrá aguantar. Le digo:
–Son los aullidos de mono.
Ella dice:
–¿Qué?

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Antirreplicante

En mi sueño recurrente, estoy solo en una isla desierta y tengo claras intenciones de suicidio. De forma arbitraria, lo único que se me ocurre es clavarme en la yugular un lápiz partido. El motivo por el que no lo hago, es que me da miedo que el pinchazo no sea limpio, que haya astillas e imperfecciones en la lesión.
Tengo miedo de hacerme daño suicidándome.
Aunque ni siquiera es exactamente miedo al dolor. Hay algo en la estética de la lesión que necesito que sea lo menos aparatoso posible.
Me despierto justo después de decidir que no voy a hacerlo con el lápiz. Es posible que no sea mi lápiz, y no quiero arruinar el lápiz de nadie.
No es el mejor sueño recurrente, pero supongo que es peor soñar algo bonito. Cuando yo vuelvo a la realidad, incluso eso es un alivio.
Antes hablaba de este tipo de cosas con mi antirreplicante. Podía hablar incluso de eso. No reaccionaba como ahora; hubiese reído con complicidad y a continuación me explicaría su sueño.
No estaba distanciado de las cosas, no tenía miedo de implicarse con las historias y las dudas.

Un día lo hablé con alguien, no sé cómo surgió. Privados en Instagram. Le hablé de un colega en concreto, que en torno a los veinte años parecía siempre predispuesto a fascinarse. Puede que eso le durara hasta los veintinco. La música, el cine, el arte. Reaccionaba incluso visceralmente a todo eso, tenía un hambre voraz.
Hace años que ya no es así. Puede que la gente cambie, pero yo no he visto tanto un cambio como un apagado de dos tercios de los interruptores. El panel de luces está casi en penumbra. Una penumbra aparentemente adulta y centrada.
Mi contacto de Instagram me dijo:
–Yo los llamo antirreplicantes. Humanos que comienzan a dejar de tener sentimientos.
Es como si hubiera personas que no se conforman con crecer, sino que deciden que han de hacerse mayores. Generalmente, me dijo, cuando tienen una pareja duradera, eso les conduce a un estado de letargo existencial. A partir de ahí, es como si nada les importase o impresionara. Es como si se les hubiera metido un gusano zombi por una oreja, contagiándoles parcialmente. Pueden estar delante de ti y no escuchar una sola palabra de lo que has dicho en cinco minutos; y luego sacan el tema tratado como si nadie lo hubiese comentado. Como si un coma te permitiese hablar de vez cuando.
–El antirreplicante se escudaría en la idea sobre el cambio que la gente basa en la madurez. El antirreplicante hace muchas cosas, pero sólo reacciona con cierta viveza a una o dos de ellas, que difícilmente se relacionan con expresiones artísticas.
El antirreplicante es práctico, al menos en teoría. Lo curioso es que esto no tiene tanto que ver con el hecho de estar inmerso en un trabajo y una relación que nunca cambian. La pareja de un antirreplicante puede ser perfectamente despierta y apasionada; pero el antirreplicante, al estar con ella, parece haber perdido gran parte de su individualidad, como si el modo de mantener ese estado de respetado adulto ocupado y con ocupación, dependiera sobre todo de no apasionarse en exceso.
Esto le lleva a la automatización de esa actitud, hasta acabar absorbido por ella.
El antirreplicante parece pensar lo menos posible. Evita la ambigüedad y la duda. No solo parece sentir de forma apagada las cosas, además se ha acostumbrado a ello, y procura evitar que nada le penetre o le sacuda. Las emociones y la profundidad son el enemigo.

Mi contacto de Instagram:
–Es curioso que asocies antes el sueño al lápiz que al suicidio.
–No quiero suicidarme.
–Puede que no quieras suicidarte, pero luego me has hablado de un antirreplicante.
–Hay algo atrayente en lo que hacen.
–En lo que han dejado de hacer.
–Sí.
–Y te gusta.
–Me gusta la comodidad.
–No es necesariamente más cómodo.
–Pero proyectas cierta imagen.
–Una imagen que la gente respeta.
–Es como si no les quedara más remedio que respetarla.
–Y si tienes un hijo: respeto total.
–Algo así.
–Es como un seguro de vida sobre tu sentido de la responsabilidad.
–Cada que vez que lloro con una película, lloro casi más por el alivio de llorar aún con una película.
–Nunca serás un antirreplicante.
–Gracias.

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