No encuentro mi condón

No encuentro mi condón. Juraría que llevaba uno en la cartera. He rebuscado también por los cajones y armarios. Follar poco conlleva ciertos problemas logísticos. Descuidas el orden de tu vida sexual, porque es algo que se parece mucho a comer doce uvas o disfrazarse. Es puntual, sólo un poco menos que una fecha señalada. El cumpleaños al revés; te apetece y sólo estás con quien te apetece. Cada vez que busco un condón, comienzo a preguntarme si caducan, o cuándo. Cada vez que veo a alguien insinuar su desenfrenada vida sexual en redes sociales, me dan ganas de envenenar la comida de su gato (que al menos descansaría por fin de Instagram).
No encuentro el condón, y la visita a la farmacia se palpa en el ambiente. Es el estrés en torno al sexo, el tema tabú (o quizá estrella) de los consejeros sexuales. Pronuncian con énfasis las eses y siempre parece que vengan de hacer un cunnilingus. El estrés está presente, y esos hijos de puta, siempre morenos de dientes nucleares, lo alimentan con su calma chicha de mierda.
Ni siquiera sé por qué pienso en eso.
Estoy bastante seguro de que el condón puede estar caducado. Creo que la anterior ocasión para usarlo usé uno ajeno. He conocido a chicas que han detectado mi torpeza leyendo el poso de mi café. Enseguida vieron que era importante tomar precauciones, y que era importante no dejar eso en mis manos.
Ser inofensivo no garantiza nada, tampoco ser simpático o creativo. Hacer reír, cuidar los detalles, estar pendiente… Hay mentiras que están a un paso del estado líquido, casi se podría fabricar combustible con eso.
Los trucos para follar sólo son trucos para ganar dinero. La gente que vive de simplificar el mundo, tiende a hablar siempre como si hablara con niños. Con niños poco despiertos.
Cuando ya he buscado hasta en el último rincón, vuelvo a mirar en la cartera. Tardo un buen rato en asumir que tendré que ir a la farmacia. El odioso ritual. Nunca sé qué medida pedir, y tampoco quiero ponerme a debatir. Creo que estoy entre tallas. El tamaño regular no me basta, pero si pido una talla mayor parece demasiado. Hablas con la farmacéutica. No existe una cara para hablar de condones. Todo alrededor de los condones es incómodo, ya sea literal o figuradamente. Como tantas otras cosas que claramente te convienen y son necesarias, los condones son fuente de fastidio y malestar. Es como si tuvieras que madrugar en medio de un polvo.

Salgo a la calle, creo que tendré que volver a ducharme, y claramente llegaré tarde a la cita. Estoy sudando. El sudor es siempre mi mejor aliado para empantanar las cosas. Tengo tantas anécdotas con sudor que podría escribir la autobiografía más tonta del siglo XXI. Puede que le interesara a Blackie Books, pero no tengo una banda de rock ni llevo el pelo rosa. Si sólo sudas, no le interesas a nadie. Eso es lo que yo hago, perder condones, creer que los tengo, sudar por las axilas en octubre. Le encantaré a tu madre.
En las farmacias parece que todo el día es mediodía. Como si dentro hubiera un sol artificial. Hasta los ciegos deben pensar que se están curando.
Hay una cola fantástica, por supuesto. Y tres mujeres atendiendo. Ni un tío. Dónde está la paridad, en qué mundo vivimos. Hasta mi médico de cabecera es mujer. Cada vez que digo algo incómodo o humillante, tengo una mujer delante. Nunca es un tipo gordo con bigote. Claramente la humillación es parte esencial de la vida, o al menos de mi vida. La gente habla de lo adulto que hay que ser con estas cosas. Yo personalmente preferiría comprar condones o hablar de ladillas con tíos de cincuenta años que se están planteando el suicidio.
Miro el móvil mientras espero. Miro el móvil. Miro el móvil. Cuando sólo tengo delante a cuatro personas, pienso en lo que voy a decir.
“Una caja de condones, por favor.”
“¿Qué tallas de condones tenéis?”
“¿Hay algún tío aburrido con el que pueda hablar?”
“Una caja de condones.”
“Condones, por favor.”
“Un condón. Una caja de condones.”
“Dos cajas de condones.”
“Cinco cajas de condones.”
Siempre pienso en hacer acopio, pero luego recuerdo mi vida.
“Una caja de condones.”
“Una caja, condones.”
“Condones. Una caja.”
Sin sonreír. Como si fueran aspirinas.
“Unas aspirinas, por favor.”
“Una caja de condones.”
“No encuentro el condón. Una caja de condones.”
Mi cita me escribe al móvil. Obviamente no está claro eso de que vayamos a follar. Sólo intento hacer las cosas como un chico mayor a mis treinta y seis años. Con mi edad ya da igual lo que haga. Podría ir a la luna y mear mi nombre en el suelo, y al volver me darían una palmadita.
“Por favorcito, una caja de condones.”
Quizá lo de por favor suena muy preparado. Ha de parecer que yo hago esto habitualmente. Di cosas acordes a tu edad. Piensa, cómo habla la gente que habla de pañales o ir a ver a sus suegros.
Sólo tengo ya una clienta delante, espera a que la atiendan, y parece que vaya a caer redonda de un momento a otro. Es una señora mayor, es posible que compartamos asiduidad sexual.
–¿Está bien? –le pregunto.
–¿Cómo?
Está lívida y se contonea, intenta mantener el equilibrio. Drogas aparte, esto es lo más que una farmacia se puede parecer a una discoteca. Por un momento, me preparo para sujetarla, pero entonces se cuadra, y lo siguiente que hace es vomitar. Vomita en sus zapatos, en el suelo, y también un poco en el mostrador.
Me alejo. Procuro no mirar ni oler nada. Es entonces cuando la mujer cae al suelo, se coloca en posición fetal, y sigue vomitando.
Me voy al otro extremo del mostrador. Pienso:
“Ahora es la mía.”
Intento aprovechar que no soy el centro de atención. La vida te ofrece a veces estas oportunidades. El caos no siempre es algo molesto. Incluso ha aparecido un tipo con bata, un empleado. Confío en que entienda mi postura, e intento llamar su atención. Parte de la gente se ha ido, como si la mujer fuera una terrorista biológica.
El tío mira hacia a mí.
–¿Una caja de condones, por favor?
Interrogativa. Me gusta cómo queda. Aunque no he podido evitar la cara de culo.
–¿Tama… ñ? –murmura el tipo.
–¿Cómo?
–¿Tamaño?
–Ah… ¿Qué tamaños tenéis?
–Normal, ¿no?
–Sí.
A lo que, otra empleada, mientras el resto del personal se encarga de la mujer y la vomitona, dice:
–A lo mejor no tiene bastante con el tamaño normal, Luis.
A lo que Luis dice:
–Pues que lo diga.
Se supone que susurran. Yo sudo por la frente, por las axilas, por la espalda. Esto debería ser sencillo, sólo un pincelada de incomodidad, de coyuntura. Y la chica me dice:
–¿Lo quieres normal o más grande?
–¿Puede ser más grande?
No siquiera sé por qué hablo así a veces, llevando al equívoco. Y la empleada se ríe, se le escapa, entiende que ahora mi polla ha creído porque es ella quien me habla. Sabía que no iba a ir muy bien, pero siempre encuentro la manera de que parezca lo que no es.
–¿Entonces normal o más grande?
A lo que el tal Luis, con su estúpida bata irónica, añade:
–O extra grande…
Es horrible, porque además creo que intenta ligar con su compañera, y su compañera quiere que lo intente. Soy su pelele, su puta anécdota para el sábado durante una cena entre adultos. No importa, ¿verdad?, pero sí. Debería haber venido con un pasamontañas.
–Perdona –le digo al tipo–, ¿te hago gracia?
Violenta las cosas. Si van a convertirte en anécdota, añade matices, complícala. Haz que te recuerden como a un gilipollas. Es mejor eso, es más reconocible, un lugar común, puede que incluso lleve a pensar en la discutible profesionalidad de Luis y su zorra.
–Luis –digo, marcando las sílabas–, ¿me pones una caja de condones, por favor?
Y premeditadamente, añado:
–O mejor: ponme una de tamaño regular y otra de los inmediatamente más grandes, ¿vale, Luis? Porque resulta que mi polla no se adapta a los estándares de tamaño de los condones que vendéis. No sé si es más gorda de lo normal para su tamaño, Luis. Así que, dos cajas, por favor, tal y como te he dicho.
Mientras hablaba, la chica ha intentando disculparse, y el tal Luis ha ido a por mis condones. Aunque ahora soy el centro de atención y es lo último que quería, me siento mejor, porque esto se parece a mear en la boca de alguien a quien odio, porque nadie se ríe, porque creo que esto marca la diferencia entre hablar y actuar. Pero vete a saber.
Cuando Luis vuelve con mi mercancía, murmura no sé qué de cara a la empleada aún sin nombre.
–Luis –digo, levantando bien la voz, mientras me está cobrando–, estoy aquí porque tenía un condón pero no lo encuentro. ¿Lo entiendes, Luis? Sólo es eso, joder. No encuentro mi condón.

abi0055

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3 comentarios en “No encuentro mi condón

  1. Le recomiendo que tenga localizada las farmacias con expendedores de preservativos en la puerta, o los bares que los tengan en los servicios. Mucho mejor que llevar uno en la cartera todo el tiempo. (Sobre todo si está casado.)

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