Histérico

–Señor…
–Dios… Eres muy joven. Voy a tener que dar explicaciones…
–Venga, deme la mano.
–¿Eres un bombero o un comecocos?
–Señor…
–O eres el comecocos de los bomberos… Seguro que tienen uno.
–Sólo tiene que darme la mano.
–Pero estoy bien aquí.
–Sólo tiene que dar un paso hacia mí.
–No lo estás entendiendo.
–¿Señor?
–No tengo miedo de morir.
–Es un décimo piso y…
–Sigues sin entenderlo. No he dicho que quiera morir, sino que no tengo miedo.
–Debería… moverse menos.
–Está todo controlado, uno se puede mover perfectamente en este espacio.
–Señor, una cornisa no está pensada para…
–Pues debería. Es un buen sitio. Fíjáte, el atardecer, la… ¿estás sudando?
–Oiga, yo…
–Uau. Mira abajo, están desplegando algo, ¿o lo están hinchando?
–¿No quiere…?
–Resulta un poco patético. Creo que están pendientes de las cámaras. Una persona, una cámara.
–Sólo intentan hacer su trabajo.
–Un momento, ¿eres un vecino de aquí?
–Oiga, puede que usted no tenga miedo, pero yo estoy acojonado. No quiero ver cómo…
–¿Y estás solo ahí? ¿Nadie te apoya?
–No somos muchos en el edificio, es casi nuevo.
–Ya decía yo. Creo que aquí jugaba yo de crío, ahí abajo.
–Oiga, dígame algo que yo entienda, ¿qué hace exactamente?
–¿Es que tiene que entenderse todo? ¿Sabe una cosa?, llevo cuatro días subiendo aquí, y nadie se dio cuenta. ¿Qué ha pasado hoy? ¿Porque es lunes?
–No es… La gente no siempre va mirando a las cornisas… ¿Pero entonces…?
–¡Entonces qué!
–No grite, por favor. No se mueva tanto.
–O sea que si salto vas a despertar sudando de vez en cuando, viéndome caer. ¿Te culparías?
–¿Por qué hace esto?
–Técnicamente no hago nada. No tengo la actitud de un suicida. ¿Me ves quejarme? Y me va bien, joder, me va bien de narices. El curro va bien, la familia me apoya, tengo amigos… y ayer conocí a una mujer. Creo que me gusta. Joder, me gusta mucho.
–Mierda, oiga…
–¿Sabes cuando no te puedes masturbar pensando en otra cosa? Seguro que lo sabes… Aunque no creo que la vuelva a ver…
–Creo que voy a tener un ataque de ansiedad…
–¿Pero no has llamado a refuerzos?
–Sí, joder, ¡pero no sube nadie!
–Tío, ¿y qué vas a hacer aquí?, claramente esto te supera. ¿Qué tienes, veinticinco años?
–Por el amor de Dios…
–¿Y qué piensas exactamente?
–Creo que usted no sabe lo que hace, y creo que yo no debería haber venido.
–Digo qué piensas de tu vida, muchacho. Olvídate de mí, yo me encargo de eso. ¿Y acaso me ves histérico? ¿Pero, y tú? Pareces una tetera hirviendo, chaval.
–En serio…
–¿Sabes que casi te doblo la edad? ¿Crees que voy por ahí con niñas de veinte, o que me tiño el pelo y corrompo la idea de la madurez? Los que tienen tu edad son los más pagados de sí mismos ahora, los más puritanos y los más falsos. En lugar de intentar ver cómo son las cosas, creéis que las cosas pueden ser como a vosotros os dé la gana. Hay que reconocerlo, ninguna generación se ha quejado con tanto estilo como la tuya, debe ser por la preparación. Cuesta más ver lo imbéciles que sois, aunque creo que se está empezado a notar.
–No soy yo el que se pasea por una…
–Ya ya ya. ¿En serio, tan previsible? Por un momento pensé que darías juego. Juego de verdad.
–No sé de qué mierda me está hablando. Señor.
–Me gusta cómo cada vez marcas más las sílabas. Antes pensaba que te ibas a poner a llorar. Apuesto a que no comes nada que haya tenido cara.
–Creo que me voy a ir.
–Pensaba que hablaría con alguien mayor, o al menos con una mujer de tu edad…
–No entiendo…, no sé qué hacer y…
–¿Y acaso esa sensación es nueva?
–¡No, pero antes nadie ha muerto por eso!
–¿Y quién te está culpando de nada?… Reconozco que ahora estoy en tu vida, pero también deberías reconocer tus limitaciones.
–¿Pero qué…?
–Tus limitaciones, tus limitaciones, sí, y seguro que eres una especie de currículum andante, tienes pinta de serlo, sobrecualificado como para ahogar a un caballo con tus números. ¿En cuántas entrevistas te han tirado por eso?
–Joder…, oiga, no soy un comecocos, sólo soy…
–¡No quería ningún profesional! Sólo quería una persona. He subido cinco veces hasta aquí, cinco días. El piso estaba vacío y pensé: joder, por qué no. Pero no quiero un profesional. Y tampoco quiero a un listo oficial saturado de tópicos sobre “lo correcto”. No quiero que me salves, quiero que me escuches y que hables, joder. Y te resistes, te resistes, ni tan siquiera puedes soportar la idea de intentarlo…
–…
–Eso no es algo que se logre en la consulta de nadie, ni tampoco en un puñetero bar, y joder, desde luego ahora tampoco en las universidades, que se supone que son el centro neurálgico del intercambio de ideas… Pero ahora sólo están llenas de gente como tú o peor que tú. Yonquis de la moral, narcisistas identitarios, hipócritas sin límite conocido. Lo sé, he pasado años en aulas, delante de tus clones.
–Está bien, entonces usted…
–No, no lo está, sé que ahora estoy divagando, pero es sólo porque no eres la persona adecuada. Eres como un libro mediocre, narrativa de engranaje. Podría abrirte y sabría cómo acabas leyendo el último párrafo, con su moralina y su tedioso costumbrismo.
–Mierda, ¡es que aquí no va a venir nadie!
–Chico… Deja de martirizarte. No voy a saltar. Sólo necesito cinco minutos. Tú haz lo que quieras.
–¿Y se puede saber de qué coño quiere hablar?
–Ese tren ya pasó. Nadie que fuese válido para esto haría semejante pregunta. La gente que vale la pena no se autodescribe ni se sostiene todo el tiempo en la supuesta lógica. La gente de verdad comunica ideas propias. O se callan cuando deben. Porque no se dedican a juzgar. No solo saben que las cosas son complicadas; también entienden que a veces no pueden ser de otra manera. Y no me estoy refiriendo al sacrificio necesario para lograr algo. Hablo de gente que sabe asumir la idea de que lo que parece injusto a veces coincide con lo que es inamovible.
–Pero… antes ha dicho que todo le iba bien, ¿o no?
–¡Claro que me va bien! ¿Conoces a alguien a quien le vaya bien al que le vaya bien todo?
–Creo que me estoy perdiendo.
–Tú te perdiste cuando hiciste el primer análisis sintáctico de la oración. La mayoría de gente muere a los trece años haciendo deberes.
–Joder, creo que oigo algo… Por fin sube alguien. Yo…
–Buenas noches, chico. Te recomiendo algo fuerte, un buen polvo, por ejemplo, un polvo descomunal, sucio, perverso, algo que tu generación considere inaceptable y heteropatriarcal, un orgasmo que haga que no puedas contener la baba en la boca, que te haga temblar hasta caer desde la cama al suelo, que creas que te has quedado ciego durante cinco segundos.
»Aunque en tu caso quizá sea mejor un accidente de tráfico, lo que tú llamarías Volver a nacer.
–Hola. Buenas noches. Es una noche bonita, ¿verdad?
–Tú sí que eres el comecocos…
–Bueno. Sólo soy otra persona con problemas, ¿pero sabes qué?
–La madre que te cagó.

conversación

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