Aullidos de mono

Me levanto de un salto. Nunca he sido la clase de tío que sonríe y pretende que un lunes sea lo que no es. Pero hoy me levanto como drogado de vida, descansado, imparable. No puedo desaprovechar este chute inesperado, como si fuese un enfermo terminal con un último acceso de brillante energía.
Hay un cielo gris, agradable, londinense. La gente tiene la cara de culo habitual. Nunca parece que el fin de semana le haya recargado las pilas a nadie. Más bien parece que han echado el resto, y que ahora encima tienen que seguir viviendo. No saben cómo les entiendo, pero esta mañana no puedo evitar sonreírles. Estamos aquí, y estamos vivos, por el momento.
Yo sé lo que es estar vivo, llevo años enseñando en un instituto. Tengo la vida delante cada día, la vida salvaje, emergente, la vida que se derrama por exceso. Explosiones de vida por todas partes. Me extraña que esos chicos y chicas no estén todo el día copulando, ejerciendo su naturaleza. Me parece sumamente ridículo pretender que se paren y se callen. Cada vez que una niña de quince años se queda embarazada, pienso algo como: ¿qué esperabais? El que hayamos alargado la esperanza de vida, no significa que los apetitos lleguen más tarde o de forma más contenida: llegan cuando llegan, y llegan con la carne. Detalles como los condones, la legalidad o la cronología vital, no son algo que la naturaleza tenga en cuenta, y la autoconsciencia es evidentemente ineficaz. La idea que tenemos de la responsabilidad es rayana en la utopía. Al ser humano se le exigen cosas que jamás se le exigirían a un animal, que es justo lo que somos. Animales, y no particularmente listos, sólo conscientes de que vamos a morir.
Como si eso fuera una ventaja.
Todo esto, obviamente, son malas ideas. O no malas, pero sí contraproducentes. Te pueden llevar por mal camino. O no por mal camino, pero sí por el camino que se ha decidido es malo.
Cuando llego a mi odiado centro educativo, hoy todo mi odio se ha ausentado. Se ha convertido en un recuerdo. ¿Por qué hoy me siento así? No hay motivo aparente. No me he tragado ningún discurso de autoayuda, no he rebuscado entre la basura perfumada de la librería. No es que nadie me haya convencido de que soy único. Sigo teniendo claro que no soy relevante en el orden de las cosas. Nadie me admira, no influyo realmente en nadie (ni siendo profesor), no cambio nada, no tengo motivos para estar mal, pero desde luego tampoco para estar muy bien. No hay una razón real por la que debiera sentirme importante, o feliz.
No sé si he perdido en parte la razón, o si por el contrario estoy sufriendo algún tipo de ataque mamífero de lucidez.
Ni siquiera se trata de que sienta que puedo hacer cualquier cosa. Sólo siento que puedo hacer lo que el cuerpo me pide y necesita. Me sigo sintiendo minúsculo, pero hoy no estoy mal con eso. Me siento satisfecho con mis aullidos de mono frente al monolito.

Hoy la civilización me parece una trampa, o como mínimo un dislate. ¿En qué nos hemos convertido? ¿Se ha desarrollado nuestra inteligencia en una dirección equivocada? ¿Qué clase de mamíferos ultraconscientes somos? ¿Puede ser algo bueno una aberración estadística?
Hace dos años que la profesora de gimnasia fue contratada en el centro. Le saco diez años. Es apetecible como un día feliz de playa para un tsunami. Siempre hablamos, en lugar de hacer lo que deberíamos estar haciendo. Es vegana. Hoy el veganismo me parece la punta de la pirámide de la infeliz autoconsciencia humana. Esa autoconsciencia absolutamente pagada de sí misma, que lucha por mantener las credenciales de su importancia.
Patético es poco.
Entro en el gimnasio y está sola. No es que no pueda entrar alguien más en cualquier momento. Tenemos una relación cordial que disfraza muy mal una atracción evidente. Aún no hemos follado porque somos demasiado responsables para eso. La barrera cultural, la especie, las taras de la responsabilidad. Los muros son incontables. Ella es la princesa y yo soy el salteador de caminos. Ella es el Tour y yo soy Armstrong. Es como si la única manera aquí y ahora fuera la violación. Ella tiene novio y yo no quiero tener novia. Todo son problemas. Yo quiero fecundarla y ella no conoce mi proceso. El gimnasio es cómodo, casi parece más pensado para follar que para sufrir. Todo es adecuado, acolchado, espacioso.
Ni siquiera creo estar más cerca de la verdad. Pero sí creo estar reconociendo mucho mejor las mentiras, las construcciones éticas.
Hablamos. No me abalanzo sobre ella, pero sí doy algunos pasos. Le digo que podríamos quedar un día. Estoy bastante seguro de que su novio es ficticio, una suerte de mosquitera para su tranquilidad. Pero confío en que a mí no me considere un moscón, un salido o un viejo verde. Aunque en realidad sea todas esas cosas mucho más que profesor, profesional o casadero. Hoy lo sé.
Cuando ya ha aceptado como mínimo la premisa (nos intercambiamos los teléfonos), al salir del gimnasio me gusta pensar que su novio es real, y que la cultura de la monogamia le colocará unos cuernos enormes pronto. La vergüenza es un pozo sin fondo de alegrías y alivios para el ser humano real. Hay suicidios por vergüenza, pero también erecciones. La vergüenza parece una pequeña salida por la vía de servicio. El suicidio llega desde la norma, y el placer desde la actitud que hoy me invade.

No pienso en términos de acierto o error. Lo que es adecuado o inadecuado está dejando de interesarme a pasos de gigante. Ni siquiera me siento peligroso; sólo más coherente desde un punto de vista primario.
No tengo la primera clase hasta las nueve. Tengo tiempo de salir y comprar treinta y cinco condones. Finalmente decido comprar una caja de ciento cuarenta y cuatro preservativos. Me cuesta treinta y seis euros. Nunca me ha sentado mejor comprar algo. Cuando llego a clase, provoco una lluvia de preservativos. No viene a cuento, no tiene mucho sentido, es lunes, no encaja, no hay ganas, no hay comunicación. Sólo intento parecer civilizado. Necesitaría una larga perorata para describir lo que quiero hacer de verdad; un discurso largo, gordo, sucio, ilegal. Llevo más de treinta años conteniéndome. No tanto cumpliendo las normas como fingiendo que todas me parecen estupendas.
Algunos alumnos ríen, otros se quedan con cara de pasmo. Sólo unos pocos recogen condones. La gente adulta tiene una idea muy equivocada de los adolescentes. Conviven con una inevitable electricidad, pero son mucho más mansos y previsibles que su leyenda. Hoy en día los hay incluso puritanos. Quieren ser tan cuidadosos con el entorno que se acaban dando la vuelta ideológica, y llega un punto en que ya no saben si es maravilloso o terrible que alguien enseñe las tetas. Están completamente atrapados en una telaraña identitaria, tejida por discursos sobre minorías y formas incorrectas de escribir o follar.
El suelo queda alfombrado de condones.

Nunca había pisado el despacho del director para una bronca formal.
Había estado sólo de paso. Ahora puedo fijarme en el ventanal que tiene, lo bien que entra la luz, lo cómoda que parece su silla. El hombre de las normas.
Puede que en el momento mi acción en pro del sexo seguro no impresionara mucho, pero la historia ha circulado, y ahora soy la comidilla. Depende de a quién preguntes soy la caña o he perdido el norte. Nadie duda, todos emiten juicios.
–¿Qué pasó exactamente el otro día? –me pregunta el jefe mayor. Es jueves, parece haber esperado que el asunto se enfríe.
–¿Que pasó?
Decido contestar con una pregunta. No me siento colaborativo, aunque tampoco belicoso.
–¿No cree que debería haber comentado algo a… como mínimo a sus compañeros antes de hacer lo que hizo?
–¿Lo dice porque cree que si lo hubiera comentado me hubiesen frenado los pies?
Sé que varios de mis compañeros consideran que dar condones a adolescentes es casi una invitación a follar, con o sin ellos. Hay una especie de nuevo vacío ético respeto al sexo ahora. Parece no saberse muy bien hasta qué punto es maligno o no, o sobre todo si habría que dejar que la gente lo practique como le dé la gana. Ahora las corrientes políticas e ideológicas se te meten hasta en la ropa interior. Por el momento es sólo un magreo, pero parece que pronto nos podrían dar por el culo.
La tontería monjil es cíclica, siempre encuentra un camino ideológico para volver. La gente que se cree más íntegra es la que acaba jodiendo el juego otra vez.
El director no tiene ganas de una batalla dialéctica, parece cansado incluso para asumir que le estoy vacilando.
–No es que haya hecho nada malo, pero la próxima vez que se le ocurra alguna brillante idea, avise. ¿Entendido?

El sábado por la noche salgo con la profesora de gimnasia. Se llama Ingrid. Los chavales se pajean con Ingrid, las chavalas se relacionan ambiguamente con Ingrid. Los profesores se ruborizan como personajes de Jane Austen hablando con Ingrid; modulan la voz y se vuelven mullidos y tratables de repente. Yo conozco a esos tíos, y no son así, me los imagino rompiendo la tele a martillazos si su equipo pierde.
Ingrid luce y se mueve como si se fuera a romper, pero en realidad es todo fibra y resistencia, podría inflarte media cara de un puñetazo.
Yo aún no me he quitado el mono de encima, ni de lejos. El mono que aúlla sigue ahí, y ese bicho es un inadaptado. Ya no hago las cosas como antes. No es que me haya vuelto repelentemente sincero, como esa gente que cree que lanzar medias verdades de forma agresiva a la cara es un gesto de honestidad. Pero sí soy más visceral, atiendo más a mi cuerpo, escucho de forma más instintiva. No es fácil de definir, pero el sexo (su llamada) es la mejor manera de hacerlo.
Cenamos en un restaurante vegano con cara y ojos, nada barato, como una inversión. No quiero desvariar demasiado, el mono se mantiene en un veinte por ciento. No es que lo pueda contener a placer, pero sé cuándo puede darme una tregua. Come tranquilo, bebe sin ansia, no tenses el abdomen. No hables de lo que harías. Comenta sólo lo que hay, o amplía lo que comente ella. Sigues aquí, pero recuerda que no estás solo.
Todo lo que sucede antes de follar, es clave. Es lo que define la situación, su proyección en el futuro. Ingrid me gusta desde que la vi por primera vez camino al gimnasio. Es jodido analizar cómo encaja el amor en este nuevo contexto.

Dejamos una enorme mancha de sudor y fluidos sobre mi cama. Ella me dice que si siempre lo hago así, un día mi corazón no podrá aguantar. Le digo:
–Son los aullidos de mono.
Ella dice:
–¿Qué?

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10 comentarios en “Aullidos de mono

  1. Joder, tío, decir que me ha encantado es poco. Qué bueno, me ha gustado muchísimo. Seguro que suena grandilocuente y hasta un poco ridícula la frase “quizá he descubierto a un gran escritor”. Pero seguramente te gustará leerlo. Lo que me ha gustado es ese espíritu que transpira o trasluce, la actitud, la mentalidad, la frescura. Parece que lo desmitificas todo y sobre todo que tienes una enorme lucidez e intuición para conocer y hablar sobre la condición humana, los secretos, trampas y mentiras de la psique, y es más, de los comportamientos en sociedad. Algunas de las frases y las reflexiones me han parecido tan agudas que las califico de brillantes.
    Seguramente hurgaré más por aquí. Aún no he conseguido ubicarte, pero tampoco importa demasiado. Te he visto últimamente muy cerca, por donde suelo moverme y leer. Te acabo de ver “hurgando” donde Lídia. Cúanto misterio, hijo mío. Pero bien, tienes mis bendiciones con este brillante relato. Es broma, pero no (las bendiciones no son broma, la forma de decirlo sí).

      1. ¿Y ya está? No te prodigas en palabras, jaja. Estaba leyendo tu “sobre mí”. Joder, increíble. Más de 200 comentarios. Escribes para no delinquir. Eres “el sarcasmo hecho relato”. Bueno, un relato tuyo me basta para coincidir con los que dicen que eres un gran escritor. Buscaré confirmar esa impresión.

      2. Jajaj, igual por aquí soy parco, pero si vas a mi facebook o Twitter te acabarás hartando. Por aquí entro sobre todo a escribir, y a lo mejor a espiar los demás blogs 😀

  2. Para ser un escrito tan largo se me ha hecho corto y me he quedado con ganas de leer más…. Supongo que eso es bueno, no? 🙄 🤔🤣🤣
    Me gusta como escribes así que, te añado a mi lista y te seguiré de cerca para no perder tu rastro….😊

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