Autoproclamados

Conoces a muchos. Siempre están ahí para ti. En realidad nunca están ahí para ti. Están preocupados por algo más grande que ellos mismos. Pero no lo están. Están modelando la proyección de sí mismos, y sólo de sí mismos. Nos advierten a todos, nos alertan. Propagan sin parar la idea de que el mundo es aún mucho peor de lo que es. Como has oído: Aún peor. Se autoproclaman, adoran el etiquetado. A veces incluso en voz alta, y a diario. Tienen la habilidad de elevar su autoestima por encima de todo, también de la razón o la realidad, la cual creen a menudo fácil y manejable.
Si no arreglamos las cosas, es sólo porque no les hacemos caso.
Los autoproclamados se mojan el dedo y lo levantan, comprueban de qué lado sopla el viento, y argumentan acorde a eso.
¿Qué es lo que parece más justo y combativo según la proyección que he alimentado de mí mismo?
La realidad es secundaria, y también lo que pensarían si decidieran hacerlo. El autoproclamado tiene muchas fuentes de las que beber. Su ego es pura contradicción, ya que no confía en sus propias ideas. Necesita ideas ajenas, ideas como bonitas melodías, que caben apuntadas a bolígrafo en la palma de la mano. Ideas aparentemente definidas y coherentes con alguna ideología ideal.

Recuerdo una crisis de perros. No es una forma de hablar. Hablo de cuando los perros se volvieron «asesinos».
Algo pasó, la realidad pasó. Si la realidad se pudiese personificar, no sería nadie que madruga, se hace la cama, se ducha, desayuna, trabaja, come, trabaja, cena y se vuelve a dormir como una niña buena. La realidad sería más bien ese tío que decide irse a pegar tiros a unas latas al campo, luego se emborracha, se vomita encima, se queda inconsciente y vuelta empezar. Y eso en el mejor de los casos.
Es a eso a lo que tienes que encontrarle el encanto.
Lo que pasó fue que un perro le mordió la cabeza a un bebé. Lo que se dice es que el bebé estaba haciendo lo que hacen los bebés, comportarse como la mezcla de un borracho irlandés y una bocina dispuesta comer mierda del suelo. Y en ese proceso, el perro de un vecino se cruzó en su camino. El bebé le gritó y gritó y gritó y lloró al perro en la cara, y el perro hizo lo que muchos padres y madres han querido hacer muchas veces con sus bebes. Zanjar ese asunto.
La noticia adquirió relevancia a nivel nacional. Los periodistas saben que a la gente le gusta pensar que sólo pasa aquello de lo que te enteras. Sólo había que enseñarles el ataúd blanco y minúsculo, brillante como un BMW. Los padres totalmente destrozados, la madre cayendo y levantándose del suelo, ahogada en llanto. Un barrio, una ciudad, un país, todos oficialmente de luto. La foto del pequeño, un ángel al que se le ha arrancado (la cabeza) la vida.
Terrible.
Y potencialmente delicioso y si no eres tú el salpicado.
Ahí entra con su abrumadora aparente elocuencia el autoproclamado. Habla y su voz resuena. Los perros, lo dueños, ese PROBLEMA. El autoproclamado se crece cuando comienzan a surgir otras noticias de perros asesinos. ¿Qué está pasando con los perros? ¿Qué pasa con los dueños? El autoproclamado nos advierte, nos reconviene. No estáis preocupándoos por los animales, ni por los niños. No compréis perros, aprended a cuidar a los perros, aprended a educar a vuestros hijos. Los autoproclamados no entienden por qué la gente es así. Y la plaga está creciendo, los perros están devorando niños a ritmo de uno cada equis tiempo. Es terrible, es una auténtica crisis. Hay una estadística y hay que lograr que mengüe. Los autoproclamados relativizan la información y el alarmismo de los medios, pero: ¿sabéis dónde están vuestros hijos? Los artículos estilo autoproclamado se multiplican. Los perros siguen matando niños, y también mutilando adultos, es aterrador.
Se viralizan videos y fotos; todo el mundo conoce al perro peligrosos del barrio, es cuestión de ir y tocarle un poco las pelotas. No son los perros, son los dueños, seguimos con el debate; no son los dueños, es que hay perros peligrosos que nadie debería tener en casa. Y mucho menos cerca de un bebé.
El autoproclamado se alimentaba de este tipo de fenómenos en los 90. Noticias que crecían y se multiplicaban como si de verdad fueran novedosas. El autoproclamado adora el drama, lo parasita y cree que le hace parecer mejor persona. No se calla, porque aún le quedan muchas formas distintas de volver a decir lo mismo.

Bien entrados los 2000, el autoproclamado debió pensar: Si funcionó con perros, e incluso con “plagas” menos llamativas, ¿cómo no va a funcionar con hombres? Dios mío, ¡claro! Ese debate siempre ha estado ahí, y siempre funciona. Es contundente como una pistola.
Aunque hacia finales de los noventa, problemáticas históricas como el racismo o la llamada violencia de género parecían haberse aceptado como males intrínsecos incluso en las sociedades más civilizadas, siempre era un buen momento para volver a sangrar por ello. No importaba qué progresos se habían hecho, porque nunca, jamás, viviríamos en un mundo ideal, lo cual es a la vez objetivo y gasolina del también llamado bienqueda.
Una nueva ola acaba resultando perfecta para los autoproclamados. Saben perfectamente lo que tienen que hacer, y qué es lo que toca, y joder, esta vez se sienten intocables: se autoproclaman feministas.
La mujer maltratada o asesinada se convierte en el nuevo niño bonito del autoproclamado, su nueva noticia favorita. Lo que ahora siempre llaman: violencia machista. Siempre que un hombre le haga algo malo a una mujer, será porque el hombre en cuestión odia a las mujeres. Punto. Es perfecto; el machismo es el nuevo porno informativo del autoproclamado. Moja la ropa interior con eso, ofrece sus lecciones por redes sociales y quizá incluso sale a la calle y grita consignas. El ego henchido, la vida se vuelve emocionante otra vez. Es absolutamente embriagador tener localizado al Enemigo. Si eres autoproclamada, la retórica del autoproclamado te convierte prácticamente en una diosa de la razón. Si por el contrario eres hombre y hablas contra el enemigo Hombre, y si encima logras convencer a todos de que no intentas nada más que no sea (emoción, labios temblorosos) mejorar el mundo, UAU, entonces eres el Autoproclamado Definitivo. El Bien Personificado. Estabas ahí y aún no te habíamos escuchado. Eres capaz de sacrificarte y te amamos por ello. Te reconoces como privilegiado y entregas las armas. Prometes un interés cero por que nadie te chupe la polla. Y te creen.
Un. Ser. De. Luz.
El autoproclamado está viviendo años de gloria, porque (oh, sorpresa) a algunos hombres se les sigue “yendo la mano”. Y no importa el contexto o si es una paliza o más bien una pelea. Sólo Hay Un Discurso. Una razón que lo define TODO.
Al autoproclamado no le importa ser un hipócrita miserable. Sabe que las cosas no funcionan así. Sabe que muchas de las cosas que defiende no se sostienen, que sólo hay una buena intención a menudo también postiza. El autoproclamado, sorpredentemente o no, también ha sido el perro que muerde o el hombre abusador. La militancia te sienta bien si no piensas las cosas, pero te vuelve paranoico si ya pensabas antes. Quizá se trate de una suerte de nueva droga, de la que el autoproclamado necesita ya un chute casi diario.
Probablemente no haga falta autoproclamarse nada, sólo callar en el momento adecuado, tratar con respeto al prójimo, y evitar cruzarse en una calle oscura con el autoproclamado.

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