Ello

Estoy espiando. Por la noche basta con apagar las luces del piso.
El patio interior y su piscina comunitaria de madrugada. Es demasiado tarde para que haya luces encendidas ahí abajo, pero aún hay menos luz aquí dentro. Aunque vivo solo, estoy seguro de no ser el único que mira.
La chica que siempre se da un baño de madrugada. Una chica cualquiera, pero en absoluto una chica cualquiera. No sé si sabe que la espían. Como mínimo debe haber contemplado la posibilidad. Puede que no le importe. Puede que le guste. Quizá le guste porque le pone, o quizá porque nos odia a todos. Parece estar en otro plano de la realidad. No tanto inalcanzable como inasumible. No puedes tocar algo que no entiendes; o sí, pero es difícil que te atrevas. Creo que nunca la he visto durante el día, no parece que compre el pan o conduzca, no te la imaginas haciendo algo tan burdo como trabajar. Obedeciendo órdenes, tragando, aguantando o yendo al banco. Sus rasgos no están claros o definidos. Nunca me he masturbado mirando.
No podría entender que alguien lograra aterrizar esa imagen, reducir esa situación al onanismo. Mirar te produce cierta clase de felicidad, serena, apacible, plena. La felicidad del que no entiende lo que ve pero sí lo que siente en el estómago y el pecho. Algún tipo de coherencia espiritual incontrovertible.
Es casi cada noche. No quiero resolverlo, descubrir quién es ella, o ello. No me interesa que el fenómeno se vuelva anécdota. Estoy HARTO de las pequeñas cosas. Quiero cosas que no pueda asir, que no pueda catalogar, etiquetar o politizar. Cualquier cosa antes que ser un yonqui de lo razonable, lo explicable o lo combatible. Quiero despojarme de ese ego; matar a los villanos, pero sobre todo a los héroes del imaginario colectivo. La gente comprometida siempre es la más peligrosa. Los héroes del presente tienden a ser los villanos del futuro.

La faceta diurna.
Me encuentro con un vecino en la piscina municipal. A diferencia de la nuestra, es cubierta, y parece pensada para treintañeros a los que su médico les ha recomendado nadar. Es mi espalda. Creo que en cierto modo mi generación está envejeciendo antes que otras. Nos han mimado y convertido en máquinas de narcisismo mal disfrazado de humildad. Creo que nos creímos más que nadie que el esfuerzo conlleva necesariamente una recompensa. Cuando descubres que la vida no funciona así (ni de ninguna otra manera), sino que la vida sólo ES, es imposible no quedar tocado. Unos lo pagan mentalmente, otros parecemos oxidarnos físicamente a edades absurdas, como si de verdad tuviéramos carencias por no haber hecho la mili.
Lo que pensabas que te curtía, sólo te desgasta. Aprendes de algunos errores, pero sólo de algunos. El ser humano adora con todas sus fuerzas tropezar una y otra vez con la misma piedra. Es el amor de su vida. Asumir que no hay fórmulas para lo importante, probablemente nos llevaría a la extinción.
Estoy sentado en el borde, y mi vecino toma asiento al lado. Hemos hecho una relajada amistad en las reuniones de vecinos. Nos soportamos, eso se nos da bien. Supongo que es una amistad particularmente masculina. Él también es soltero. Apenas nos hace falta hablar, mucho menos compartir intimidades. Compartimos confusión generacional, que no es poco. Siempre se habla de los adolescentes para eso; el orgullo adulto es ridículo, esa pretensión de control. El adulto actúa, el adolescente es un libro abierto.
Acaba surgiendo el tema;
–Esa tía… por la noche.
–Yo también la veo –digo, aliviado. He llegado a pensar que sólo era cosa mía. Como un tumor.
–Porque es una tía.
–Al menos lo parece.
–Y parece de nuestra edad.
Me encanta esa idea, que de nuestra hornada haya salido algo así.
–Creo que sí –digo.
No pienso en ella como Ella, sino como Ello. Como si no fuera tanto una persona como un concepto, o un acontecimiento.
–¿Puedo preguntarte algo? –me dice este colega de baja intensidad.
–Claro.
–¿Alguna vez te la has cascado mirando?
–No.
–¡Yo tampoco!
La gente nos mira.
–Yo tampoco –susurra.
Porque sería como hacerse una paja pensando en la luz. Una paja te la haces con algo sucio. No con el amor, sino con la carne. Al menos a priori.
Una mujer que parece de nuestra edad se dispone a nadar unos largos.
–Nunca la he visto –me dice el vecino.
–Yo tampoco.
Parece la hija que tendrían Kate Upton y tu primer día de vacaciones. La clase de persona con la que te pones nervioso hablando a los quince años. Y a los treinta y cinco.
–Podría ser ella.
–No –digo.
No estamos lejos de casa, y no es que crea que lo que vemos por las noches es una divinidad fantasmal; pero tengo pleno derecho a ejercer la negación. Si la criatura nocturna fuera una mujer y una día la viera haciendo llamadas a restaurantes por su boda… Sería como ver a Marilyn Monroe quemándose a lo bonzo.
Hay cosas que es mejor dejar en su sitio. Con los años te puedes volver más conservador, o al menos dejas de confiar plenamente en ciertas dinámicas. No abrazas el caos, pero no tienes problemas en tomar un café con él. Sales a fumar con el Diablo si es necesario. Dejas de tener claro eso de que estás en el bando bueno. Sólo haces lo que puedes. Te empapas con el resto de granos de arena cuando sube la marea.
La mujer nada mientras fingimos. Que no la miramos, que el cerebro no nos va a mil, que no estamos controlando la erección, que somos hombres adultos, que alguien nos espera en casa, que hemos organizado nuestras vidas, que no nos preocupa el tiempo. Un largo etcétera que tienes que transmitir con microgestos un sábado por la mañana.
Lleva un bañador rojo de una pieza. Parece algo comprado en Decathlon. Creo que se da cuenta de que evitamos mirarla. O de que la miramos mucho mientras pensamos que apenas la estamos mirando. Otra vez la vida en acción. Parece ser que para lidiar con esto tampoco hemos aprendido nada útil.
Mi colega tiene una erección tan obvia como que vamos a morir. Intenta recolocarse para que no se note tanto.
–Estás perdido –le susurro.
–No me ha visto.
–Claro que te ha visto.
–No, claro que no.
–Lo ha visto todo desde que ha llegado.
–No te entiendo.
–Mierda. Que creo que sí es ella.
–Claro que no.
–Claro que sí.
–Esto es una mierda.
–Joder.
–No tendríamos que haber venido.
–Nosotros siempre venimos, la nueva es ella.
–¿Por qué vendrá?
–No parece tener ningún problema de salud.
–Quizá sólo viene para nadar.
No puedo leer lo que pasa. Y eso cuando es de noche puede tener su encanto, pero a las once de la mañana en la puñetera piscina municipal…
–No te alteres –me dice mi vecino–, hay gente que simplemente hace deporte.
–No. Aquí hay algo que no cuadra.
La luz que entra por los ventanales junto al alto techo, parece menguar. Quizá sólo es un contraste raro con la luz eléctrica interior.
–Quizá es que se ha nublado –digo.
–Quizá debería haber traído paraguas.
Pero hemos estado despistados, y ahora la chica flota frente a nosotros. Nos mira sin aparente cabreo o regocijo, como si fuésemos reptiles tras un cristal. Nos nos odia, pero tampoco nos llevaría a casa.
Y nos habla:
–Quizá es que deberíais mirar donde nunca miráis. No miráis demasiado, en realidad os quedáis cortos. Y aún separáis sexo y violencia, pero luego cocináis poniendo juntos ingredientes que jamás os comeríais por separado. No vengo a anunciaros el fin del mundo. Sólo quiero que sepáis que sigo sin tener una respuesta para vosotros. Por la noche siento que nos comunicamos, ahora sois demasiado previsibles. Cuando vuelva el sol, aquí habrá más gente, pero recordad: que yo no os anuncie el fin del mundo, no significa que aún quede mucho para eso.

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4 comentarios en “Ello

  1. Está bien, es interesante, sobre todo la primera arte, la nocturna. Yo no la hubiera identificado con la mujer del bañador rojo en la piscina municipal, no hubiera despejado esa incógnita.
    “Estoy HARTO de las pequeñas cosas. Quiero cosas que no pueda asir, que no pueda catalogar, etiquetar o politizar. Cualquier cosa antes que ser un yonqui de lo razonable, lo explicable o lo combatible. Quiero despojarme de ese ego… “… me identifico totalmente.

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