Tercera vía

Cuatro o cinco colegas se fueron de excursión, y a la vuelta uno de ellos, bajando por un camino pedregoso, se rompió un hueso. Esto le tuvo durante meses de baja. La pierna derecha enyesada. Cuando tropezó le dijeron que exageraba, no había por qué gritar así. Creo que ahí comenzó todo.
Yo iba algunas tardes a visitar a este colega a su casa. Se manejaba bien con las muletas. Veíamos la tele y tomábamos café. Había oído distintas versiones sobre lo que pasó, cómo cayó. «Una caída tonta», en eso coincidían todos, como si hubiese algún otro tipo de caída. Puede que uno se pueda romper un hueso con elegancia.
Mi colega comenzó a sentirse bien en casa, sin hacer nada, o haciendo sólo lo que quería. La limitación de la pierna no era un problema. De hecho los problemas salía uno a buscarlos, era raro que llegasen solos. En casa estaba el ordenador, internet, la tele, el porno y unas prácticas muletas. Cuando hablábamos, me pareció que se sinceraba, puede que por primera vez:
–Creo que me siento bien por primera vez en mi vida –me decía–, y es porque no tengo que aguantar mi agenda a pulso.
Le entendía, y en ese momento ni tan siquiera hablaba de trabajo. El trabajo puede ser tedioso, pero conlleva metodología y normas. Nadie se sorprende si te asquea, nadie te culpa; con el trabajo tienes vía libre para maldecir. Todos lo entienden. La cosa se complica con el tiempo libre. Ahí se supone que las cosas han de funcionar de verdad, tu vida, se supone que ahí no hay excusa para no usarla, para no aprovecharla. La agenda del ocio. Las hay incluso patrocinadas, con anuncio en la tele. «Si tienes entre veinte y treinta y cinco años…», y una retahíla de actividades. Conciertos, aventuras, viajes, deportes, experiencias, salud (ya se consideraba placer), sorpresas. Aún no teníamos ni treinta años. Éramos el público potencial para cualquier campaña pensada para gente joven. Podías hacer cualquier cosa excepto pasar tiempo solo, y quieto. Justo la definición de una baja.
Mi colega se comenzó a sentir Al Margen, y le brillaban los ojos.
–Esto con sexo sería la mejor vida que soy capaz de imaginar.
No hablaba mucho, hasta que lo hacía, y no era ironía. Yo no le tiraba de la lengua. Llegó un punto en que ni tan siquiera le visitaba para hacerle compañía. Más bien escuchaba a ver qué decía, cómo evolucionaba su cerebro, que parecía haberse puesto en marcha por primera vez. Eso me hacía pensar si yo había usado alguna vez el mío.
Probablemente no.
Conocía la sensación de sentirse tan esclavo del trabajo como del ocio. Incapaz de ver una tercera vía. La tercera vía no genera producción, no conlleva ninguna respuesta económica, y por tanto nadie te habla de ella.
A efectos prácticos, la tercera vía parece imposible, y quizá tenga bastante que ver con la religión. Puede que inventáramos la fe para eso. La profesión de amar sólo a Dios. La vida ascética, para evitar tumultos, cenas, el enésimo concierto de Love of Lesbian. Para evitar las relaciones, los líos, las sorpresas. Las putas sorpresas.
Yo era el visitante asiduo en la baja, tres o cuatro veces por semana, aunque procuraba no agobiar a mi colega. Creo que hasta cierto punto le gustaba pensar en voz alta, pero acabado el café y la primera reflexión, me levantaba sin ceremonia, le daba la mano y me iba a mi casa.
Los fines de semana había más visitas, las “oficiales”. Padres, el grupo de la excursión, amigos sobre el papel, un hermano con una novia ridículamente guapa y un perro de portada… Y a veces yo también estaba ahí. Esos sábados por la tarde, el patio trasero de la casa lleno de gente. Conversaciones que sólo comenzarías a añorar si estuvieses a punto de morir.
Mi colega no estaba ya en esa onda, aunque sabía manejarlo, mentía con soltura. Sí, qué palo no poder salir, sí, ya tenía ganas de volver al curro, sí, quería volver a la montaña. Sí, aquella tía que le mola, eh, guiño guiño, le gusta el teatro y el senderismo. Sí, gracias por venir.
Nadie parecía notar nada. Sólo era un chaval joven de baja. Tenía toda la vida por delante, pero oye, ahora podía aprovechar para leer.
El concepto Estudiar a echado a patadas las actividades tranquilas del ámbito del placer. Sentarse y atender es cosa de trabajo; nadie sano emplea el tiempo libre así. El placer es correr sonriente por las paredes con un fajo de billetes en la cartera.
Eran seis meses como mínimo. Pero pasaban rápido. Era por la carencia de sufrimiento, ralentizador excelente del tiempo. Le enseñé algunas notas, relatos, abstracciones. Si estábamos solos, se soltaba, y era un buen crítico. No tenía problemas para separar autor y material, y nunca usaba calificativos como Esto es genial o Esto es una mierda. Parecía estar despojándose del ego, no le hacía falta parecer sincero, porque empezaba a serlo de verdad. Eso le otorgaba cierta libertad para usar las palabras, relativizaba o dudaba sin problema, a veces estaba seguro de una opinión y otras veces no tanto, y eso no le martirizaba.
–Creo que mi mente se está saneando, y que volverá a contaminarse cuando me quiten el yeso.
Pocas veces he oído nada que suene más honesto.

El último mes comencé a notarle inquieto. Su discurso se comenzaba a simplificar, volvían las frases hechas y las sonrisas complemento. Los gestos de postín, las palabras para salir del paso. Los tacos.
Los sábados ya no estaba tan suelto con la gente. Cuando estaba solo conmigo, apenas hablábamos. Yo no quería hacerle preguntas evidentes, o mucho menos intentar animarle, porque él seguía diez pasos por delante.
No puedes actuar para quien ya superó esa fase. Por eso hay gente a quien le aterra esa mirada, la de quien ya no dice “no estoy para hostias”. No es que mi colega no estuviese para hostias, es que ya no hablaba ese idioma ético, emocional.
Un día la novia de su hermano dijo algo incluido en El Guión, algo como “Estarás deseando salir, ya queda poco”. Mi colega la miró y se encendió un cigarrillo (se lo encendí yo), y sus padres, también presentes:
–¿Pero tú desde cuándo fumas?

Lo de perder la razón está sujeto a opiniones, y la cordura a una mera cuestión estadística. Cuanta más gente hace algo, más cuerdo parece.
Comenzamos a hacer planes. Comenzamos a contar huesos, estudiar lesiones, posibilidades.
–Antes la gente lo hacía para no ir a la guerra, pero ahora también hay una guerra.
Una guerra no surge sólo de un ambiente estrictamente bélico. Una guerra se puede enterrar en planes, y no siempre hay un enemigo claro. A veces la guerra ya la has perdido, y actúas como si acabaras de volver del frente, y saludaras en el desfile. Una actitud habitual. Nuestra guerra no era abstracta, sólo muy complicada. Intuitiva. Una guerra sucia, revitalizada con cada gesto o palabra que no surgían de una digestión previa. Una guerra de la información parcial y la inercia del trabajo y el ocio (las bajas reales). No hay soldados ni banderas para eso. No hay una formación.
Ya sin el yeso, un día fuimos ambos a ver cómo nos podíamos agenciar una maza. Quizá se podían alquilar. No es una guerra metafísica, y la autolesión física parece importante. Seguimos aprendiendo. No hay atajos, y como en cualquier otra guerra, el dolor es necesario.

femur

2 comentarios sobre “Tercera vía

  1. Lo de perder la razón está sujeto a opiniones, y la cordura a una mera cuestión estadística..¡ Que bien!
    A veces la guerra ya la has perdido, y actúas como si acabaras de volver del frente, y saludaras en el desfile. ….El principal enemigo nuestro invisible y astuto es la rutina . Y muchas guerras estan perdidas en la lucha contra ello.Tienes una buena racha..texto tras texto y todos son muy buenos.

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