Pelea con un padre

Era una tarde del montón, entre semana. Hacía cola en el supermercado. Pagué dos garrafas de agua y cargué con ellas bajo una fina lluvia. Eran apenas diez minutos a pie hasta casa. Nunca sucedía nada en ese tramo, era la definición de la rutina. Me cruzaba con personas habituales y sobre todo con desconocidos totales: la percepción de una ciudad de doscientos mil habitantes. Una cualquiera. No una capital mundial, ni una atracción turística; una ciudad de las que oyes el nombre y se te olvida. Lo cierto es que iba conmigo, ese anonimato entre plácido y patético.
A unos cinco minutos de casa, vi a un hombre cercano a los sesenta años, en la puerta de un bar. Una de esas personas habituales. Una cara conocida, pero alguien con quien jamás recordaba haber cruzado una palabra. Estaba visiblemente borracho. Era algo más habitual de lo aparente, tíos entre los cuarenta y muchos y los sesenta que renovaban su apetencia por el alcohol. Tíos con hijos ya mayores, con problemas familiares o sin ellos, que encontrabas borrachos a las seis de la tarde de cualquier día. Hartos de nada en particular, excepto de sí mismos. Algunos de estos tíos se volvían afables con el alcohol, otros agresivos, y en cada barrio alguno de ellos pegaba a su mujer. Silencio en la calle, ruido estéril en los medios. Es como si no pasara nada. Esa quietud sobre cómo nunca cambian las cosas. En realidad sí lo hacen, pero tiende a ser a peor.
Normalmente no son tanto palizas como peleas, sobre todo peleas entre tíos, hermanos, amigos… Tíos incapaces de asumir la cercanía a la vejez, que buscan algo blando que atizar.
Este borracho en concreto, me sorprendió. No era la clase de tío al que imaginaba sucumbiendo. Era amigo del padre de un colega mío de toda la vida. Alguien a quien recordaba tranquilo y sonriente, paciente, y sobre todo pacífico.
Se me quedó mirando, a mí y a mis garrafas. Parecía odiarme de repente. Como si se acabara de formar una opinión terrible sobre mí.
–Eh… –balbuceó, el “eh” del borracho.
Me detuve un momento. El tipo hablaba pero yo no lograba entenderle. Pareció centrarse, porque luego vocalizó mejor.
–Tú… Me acuerdo…
Yo no soltaba las garrafas, aún.
–¿Tu amigo dónde está…?
No sabía de qué me hablaba.
–Tú y tu amigo, y… siempre os metíais con ella.
–¿Con quién?
–¿Cómo que con quién…?
Su hija.
Su hija tenía unos años menos que yo, pero eso implicaba que ya era treintañera. Yo sabía que estaba casada, tenía su propio hijo y debía vivir no muy lejos. La había visto con su familia de forma puntual. Alguna vez incluso cabeceamos saludándonos. Era una parte minúscula de mi infancia.
–Tu amigo y tú, qué le decíais… ¡eh!
Durante un tiempo, mi amigo y yo nos burlábamos de la hija de este borracho. El motivo era que nos parecía fea. Nunca pensé que fuésemos especialmente crueles, y aunque ella se llegó a enfadar, también llegó a ser amiga nuestra. Nunca hicimos nada parecido a insultarla de forma directa, o mucho menos tocarla. Más bien bromeábamos, y ella nos escuchó un par de veces. No fue un comportamiento ejemplar, pero éramos niños. Supongo que hay muchos grados de bullying, pero no le puedes pedir a los niños el respeto, la distancia y la perspectiva que la mayoría no llegarán a tener ni de adultos. Somos seres humanos, no somos para tanto.
El borracho me cogió de las solapas de la camisa, me soltó, eructó.
–Pídeme perdón…
Nunca llegué a pedirle perdón a ella, que era la que podía exigirlo. Creo que el perdón entre niños es algo que sucede, no algo que se pide. Te sonríes, juegas, aceptas. Estamos hablando de críos de no más de siete u ocho años. Niños de barrio tal y como los imaginas. Ropa sucia al final día, zapatillas llenas de barro, la cara manchada, alguna herida en un codo o una rodilla.
–No –le digo.
–Cómo que no… Decías que mi hija era fea… cabrón.
Su hija me parecía fea, y me lo parece, pero eso es irrelevante.
–No tienes por qué perdonarme, puedes recordarme como un imbécil, está bien así.
Demasiado para el cerebro de un borracho.
–Cabrón… ¡Discúlpate ahora mismo!
Creo que estaba cada vez más sobrio.
–Tu hija era amiga mía, y ahora está casada, y seguro que a su marido no le parece fea. ¿Qué importa lo que piense yo?
–¿La estás llamando fea otra vez?
–Que sea tu hija no la hace guapa, y yo tampoco soy guapo, ¿qué importancia tiene?
–Pídeme perdón.
–Entonces quieres que te pida perdón, ¿y luego?
–Pídeme perdón.
–No.
Dejé las garrafas en el suelo mojado. Ya no llovía nada, aunque el cielo seguía tapado. El problema de todo esto, es que estas cosas no se hablan, no se discuten, no se ponen sobre la mesa. Sólo se asumen, se aceptan casi como abstracciones. No todos somos bellos; no es así como vemos el mundo. Si fuera así no tendríamos preferencias. Puede que el canon haga daño, pero creo que se sobrevalora su influencia para generar una deliciosa alarma. La gente puede ser mala, pero no suele ser así de mala. Lo que se asume es que si alguien te gusta pero no encaja en el canon, desprecias a esa persona. Y seguro que eso pasa, pero diría que no pasa ni la mitad de las veces que se cree que pasa. La gente tiene preferencias, la gente elige, la gente se conforma, la gente incluso sabe ver en tu interior. No somos para tanto, pero seguimos siendo complejos, buenos y malos, y encima animales.
El borracho me pega un puñetazo, y mi nariz comienza a tener la regla. Goteo rojo y más rojo en el suelo, no para de salir. Algunos tíos salen del bar.
–¡Vuelve a decir que mi hija es fea!
–Gilipollas… No sé si es fea, sólo sé que a mí me parece fea, joder.
Hinca su rodilla en mi estómago. Caigo y me hago un ovillo. Mi ropa se comienza a empapar. Los clientes nos rodean y observan. Ni animan ni detienen nada. Esto rompe su rutina, y eso es sagrado. No se puede interrumpir la novedad, habría que ser imbécil.
Desde el suelo, agarro por el tobillo al padre, y hago que su pie izquierdo patine. Cae aparatosamente al suelo. Aprovecho para ponerme de pie. No tengo intención de seguir, no voy a patearle o atizarle. Cojo mis garrafas y sigo caminando. Tengo la camisa y la camiseta llenas de sangre. Tengo la nariz rota. Pensé que seguramente me lo merecía. Pero no es el contrato vital que firmas. La nariz rota era una exageración.
Durante mi visita a urgencias, una media hora después, pensé en mi amiga de la infancia, en mi amigo. Los echaba de menos. Él también había formado su propia familia. Echaba de menos la ingenuidad de la época, puede que también parte de la inteligencia perdida, cuando no todo era grave aún. Cuando todos estábamos aún rellenos de tripas, condicionamientos y defectos, y lo entendíamos, sabíamos reconocerlo, o al menos nunca lo negamos. La enfermera que me trató iba al mismo colegio que yo. No hace notar que se haya dado cuenta del todo, pero sí parece admitir cierta familiaridad.
–¿Te puedo preguntar qué ha pasado?
–Pelea con un padre.

 

terrassa

Anuncios

5 comentarios en “Pelea con un padre

  1. No creo que te importe, o al menos, no creo que te importe reconocer que no te importa (visto cómo escribes), pero que sepas que me he convertido en una fan tuya (bueno, de tus escritos, que tampoco es plan de venirse arriba)
    Besacos!

  2. Estando ebrio uno se pone a recordar o reclamar situaciones que en su momento tuvo intención de hablarlas pero por una u otra razón simplemente no lo hicimos. Los ebrios son locos bajo el efecto de los químicos… Me encantó la lectura, muy amena. Saludos!!

  3. La parte positiva es que al menos no fue un dia monotono, le paso algo emocionante al ir al super. Me a entretenido bastante pd: si algun dia tienes muchisimos seguidores espero que no sudes de nadie pues todos aportamos. Feli día con humor 😉

  4. La historia es muy real y verosimil ,la descripción es muy justa y acertada . La narración va directo al grano sin desviarte a los terrenos colindantes. Me gusta, me gusta mucho.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s