Un atrevimiento

FP. Era mi siguiente paso lógico. Tengo recuerdos extraños de eso. Había dilapidado mis años en el colegio, boletines de notas desastrosos, significativos. La bronca tradicional a final de trimestre. Dos ingredientes básicos: el sistema educativo y yo. El uno para el otro. Nos llevábamos fenomenal, pero nadie más entendía la broma.
Qué opciones había, cómo podía salir del paso. Si no se te considera académicamente apto, se te descarta con elegancia. Aprender un oficio, a ver si con suerte también tienes beneficio. Eres el grano en el culo de tus padres, y las sobras del sistema. Te intentan reubicar. Está bien, este tampoco sirve, hagamos algo con él. En el futuro coincidiría con licenciados universitarios, no reponían mejor que yo; pero eso es otra historia.
La FP era un lugar poco pensado para la vocación, estaba mucho más relacionado con el trabajo. Dos años de formación y a buscar. Tenía algunos compañeros realmente motivados, pero la sensación general era la de ser comida fría. No cabían más en la universidad. Tampoco es que quisiéramos ir.
Electrónica. Sin ningún motivo de peso. Sonaba mejor que Mecánica, y Administrativo era para las chicas. No es así, pero así es como se hacía. Política de descarte. No pintaba nada allí, pero no tenía ninguna otra ubicación. El colegio era divertido, como un amigo que te abre las puertas a las drogas, el sexo y la estulticia empapada de un vago orgullo, pero no te dejaba con ganas de pensar, leer, buscar o interesarte. Habías aprendido que la vida no era exactamente bonita, pero no sabías enfrentarte a esa ecuación, descubrir que se podía despejar la x, trascender cierta idea trasnochada sobre la cultura, y un largo etcétera. Así que, como toda tu información se reducía a lo mierdosa que era la existencia, sólo te sabías un baile. Esforzarse tenía mucho menos sentido que no hacerlo, sobre todo cuando no sabías para qué.
Algunas cosas te acababan haciendo pensar, como ver a tu profesor de Electrónica general inconsciente en el suelo del taller.

El profesor se llamaba Ángel, hablaba casi en susurros, tenía la silueta de una pelota de Nivea. Nos enseñaba a montar paneles eléctricos, con varios interruptores, cables y embellecedores. Todo me parecía más fácil de lo que finalmente era. Tampoco aprendes del todo bien cuando lo que te enseñan no te podría interesar menos. El miedo no funcionaba conmigo, el futuro era una entelequia, sólo existía el siguiente fin de semana. Esperar que sonara el timbre un puñado de veces más, y salir por patas el viernes. No es que los buenos estudiantes pensaran muy distinto.
Había unas mesas con una superficie de goma, altas, con taburetes regulables. Todo estaba pensado para trabajar de pie. La teoría la dábamos en un aula corriente, con sus pupitres y su concentración de pegajoso aburrimiento adherido a las paredes. Años y años de eso; aquellas construcciones debían desear con todas sus fuerzas un asesinato allí dentro, un poco de vida, de acción, de brillo en los ojos.
La pasión era un concepto de ficción.
Allí había chicos de muchas edades. Eramos unos quince. Levantábamos la cabeza si las chicas de Administrativo recorrían el pasillo. Puede que ya hubieras follado o puede que no, o puede que mintieras.
El sexo era el único vínculo poderoso con la vida: la mera certeza de su existencia. El resto era gente como tú o gente que te exigía que espabilaras. Me resultaba desconcertante el papel de los adultos, tan preocupados por que te convirtieras en ellos, y la vez resoplando y maldiciendo por ser ellos. Te pasabas los primeros veinte años de tu vida recibiendo mensajes cruzados.
No era distinto con los profesores. A las ocho de la mañana, nadie entendía qué hacía allí. Nadie quería enseñar ni aprender Puertas Lógicas a esa hora, y la mayoría a ninguna otra. Estábamos atrapados.
Ángel, el docente finalmente electrocutado, transmitía cierta calma. Íbamos con él al taller, era calmado pero razonablemente animado, parecía estar más o menos donde quería, y casi nadie tiene esa suerte. Allí, desde luego, su mera presencia era una anomalía. A ratos, aquello se parecía bastante a lo que supondría con los años darse un paseito y hacer cola en el Inem, con lo que ir a la clase de Electrónica general no era del todo un suplicio.
Recuerdo con detalle cada reloj de pared de aquel centro.
Un par de tardes a la semana, íbamos al taller unas tres horas, e intentábamos que las bombillas se encendieran. Un par de chicos lo hacían todo a la primera; el resto continuábamos en nuestra tradición de homenaje a la torpeza y la inutilidad. Creo que a partir de los catorce años, me dejó de preocupar el error, equivocarme, cagarla. Me insensibilicé. Llegaba a reírme mientras me echaban la bronca. Tenía un futuro extraordinario como sociópata, y no pensaba buscar culpables, sólo ejercer.
La motivación era un concepto de ficción.

Ángel hacía cosas como sonreír. Admirarse. Afrontar con ganas. Y no era artificial, no vendía motos. Entendía su entorno, pero eso no le anulaba. Sabía que la mayoría éramos rehenes de las circunstancias, pero le daba igual. Ángel quizá no fuera el mejor profesor, pero ERA. Una persona entre proyectos. Nosotros teníamos un papel, había que interpretar, porque no sabíamos ser, ni lo que queríamos. No nos preguntábamos por las perspectivas o los estados de ánimo. No reaccionábamos, porque no pensábamos que hubiese nada extraordinario a lo que reaccionar.
La muerte, a cualquier nivel, también era un concepto de ficción.
No éramos conscientes, ni para bien ni para mal, nos daba igual. Ángel nos caía bien, pero el día que se electrocutó, todos teorizamos.
Las mesas tenían un reborde metálico, había televisores abiertos y enchufados, y cables pelados. Nuestro tranquilo aunque despierto profesor, apoyó sus manos entre dos mesas, y tembló durante unos cinco segundos (una eternidad) antes de caer a plomo al suelo. Fue un momento chocante, divertido, e inmediatamente dejó de serlo.
También fue aparentemente inexplicable, el voltaje que manejábamos daba para un buen picotazo, pero no para semejante hostia.
No murió, pero le fue de poco.
Lo que muchos pensamos, es que Ángel acababa de pagar por su atrevimiento vital. Primer aviso.

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4 comentarios en “Un atrevimiento

  1. Qué bueno, sobre todo esa frase y conclusión finales. Pues creo que retratas muy bien esas sensaciones, esas contradicciones, ese desconcierto y desmotivación vitales. Frases muy buenas como “Dos ingredientes básicos: el sistema educativo y yo. El uno para el otro. Nos llevábamos fenomenal, pero nadie más entendía la broma”, “Así que, como toda tu información se reducía a lo mierdosa que era la existencia, sólo te sabías un baile” o “… con sus pupitres y su concentración de pegajoso aburrimiento adherido a las paredes. Años y años de eso; aquellas construcciones debían desear con todas sus fuerzas un asesinato allí dentro, un poco de vida… “.
    Recuerdo que hace muchos años la FP se enfocaba así y era vista así: ahí iban de cabeza los que sacaban malas notas. Pobre Ángel, me ha dado pena la electrocución…

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