La heladera

La frase fue “Estás mejor con el pelo largo”, pero debería haber sido “A mí me gustas más con el pelo largo”. Fue uno de los pocos y ridículos encuentros verbales con ella. Así es exactamente como fue. El resto de la conversación no importa, al menos aparentemente. Puede que el noventa por ciento de lo que se dice sea paja. Puede que por eso la gente escriba o cante o pinte, demasiada charla estéril. Pero se considera una cháchara necesaria. La que no dice “Follemos” o “Me atraes” o “No me relajo contigo”. La que no dice las cosas, sino que intenta construir tono para que entiendas lo que está pasando. Hay quien dice que es un código sobre todo femenino.
Yo iba al chiringuito y compraba un helado. Cada día. Ese era mi principal método de comunicación. El tío mayor era su padre. Ella pasaba el verano cobrando a la gente para él. Helados y patatas fritas y bebidas. Debía pensar aún que era cierto lo que nos decían, que ocupar tu tiempo con una tarea repetitiva y tediosa sería constructivo para ella. Querían que nos acostumbráramos a aburrirnos hasta la muerte, porque era lo que casi seguro íbamos a hacer en la vida; pero lo disfrazaban de ejercicio edificante, labor que te lleva a la plenitud.
Sólo era trabajo, trabajo mal pagado. Un gran esfuerzo y paciencia a cambio de muy muy poco.
La materialización de la injusticia. Esclavitud nivel usuario. Tenías que comenzar a familiarizarte con ella.
Aún éramos estudiantes.

Yo no creo que fuese simplemente un código femenino. Antes de los veinte años tenía facilidad para hacer amigos. Amigos varones. No se puede definir lo que verbalizábamos como conversación. Por aquel entonces todo el mundo era aún hetero en la versión oficial. Nunca supe de un chico gay o una chica lesbiana. Lo cierto es que a mí me daba igual lo que quisieran follarse los demás, estaba demasiado ocupado con mi abstinencia, llevando la masturbación a cotas de deporte olímpico.
Nunca pensé que la heladera fuese lesbiana, y no lo era, y estaba colado por ella como un chico de dieciséis años, que es lo que era. Ella era un poco mayor, quizá dos años, una eternidad para un capullo pajero. Ella hacía cosas edificantes, yo me planteaba cosas como agenciarme un tarro de cristal para llenarlo de semen. Sin objetivo ninguno, sólo por el placer de la guarrada. Por suerte nunca cumplía con mis objetivos, nunca acababa nada, y eso también tiene su parte positiva.
No sé si he hecho una buena radiografía de ese mundo hetero de fantasía, lo que quiero decir es que lo único que salía a la superficie era eso, lo hetero, y que los silencios o las conversaciones ambiguas no eran exactamente un código femenino. Era más bien que las chicas se sentían siempre mayores que nosotros, sabían que no se nos daba bien hacer cosas como hablar, y por tanto intentaban comunicarse de otro modo. No eran ellas, era más bien culpa nuestra.
Si además la chica en cuestión no sólo era mayor por chica sino también por edad, te quedaba un duro verano por delante. La zona de confort de las pajas peligraba cuando alguien te gustaba. Aunque no tuvieses intención de hacer nada al respecto, si la chica estaba en tu “ruta” no podías evitar mirar más de la cuenta, o te encontrabas a ti mismo hablando en momentos que estaban reservados para callar, recolocarte los huevos o comerte lo mocos.
Creo que los genitales masculinos están programados para que el mayor bajón venga inmediatamente después del orgasmo. De no ser así, yo hubiese tenido el pene en carne viva a los diecisiete, como si me lo hubiesen achicharrado con un soldador.
Cuando no tenías cuerpo para tocarte, salías de casa a hacer tiempo. Las actividades de verano a esa edad eran lapsos de descanso entre pajas. No es difícil entenderlo, la paja era aún novedosa, y era un antidepresivo, quizá el antidepresivo natural en la adolescencia. Robabas una revista porno, y ya tenías para meses. Era barato, placentero y absolutamente necesario.
Ya lo pensaba por aquel entonces, pero no podía hablar de esas cosas con la heladera.

Lo que yo hacía allí era cumplir con el plan veraniego de mis padres, que tenían un pequeño apartamento “cerca de la playa”. Un mes yendo en chanclas a todas partes. Mi vida estaba entre la arena y las recreativas. Sólo faltaba el pulpo gigante y la niña psíquica para que aquello fuese Stranger Things. Tenía amigos allí porque llevaba unos seis o siete años yendo. Era un pueblo costero cerca de Sonora, pero no podría decir más, mi geografía es la misma que a los dieciséis años.
La heladera era nueva, quizá era un puesto itinerante, una “heladería circo”. La chica era de pelo negro y piel clara y redondeces que me venían a la mente de noche como un tifón.
Sabía cuándo no estaba en la heladería, pero tardé mucho en fingir un encuentro fortuito en la playa. El chiringuito nunca se paraba, de modo que cuando no estaba ella estaba el padre; lo que hacía que ella estuviese sola, y tú a salvo del progenitor. Su madre estaba muerta. Me gustaría decir que me lo dijo ella, pero me enteré por boca de otros pajeros del lugar. Leucemia. Mercancía dañada, decían algunos. Y parte de ellos decían que eso era bueno, y otros que era malo; todo en cuanto a cómo la predispondría eso a bajarse las bragas.
En mi única conversación significativa con ella, el entorno era ideal, un atardecer de fondo de pantalla, y una brisa con la que no se quejaría ni la persona más pejiguera con la temperatura.
Era la cuarta vez que nos saludábamos heladería al margen, ella ya sabía que era yo quien iba, quien miraba, espiaba y tanteaba. No era el único, pero además tampoco era distinto a los demás. Aquello no era especial, sólo lo era para mí, de modo que no contaba. Eso pensé en aquel momento.
Se llamaba Nieves, se había cortado el pelo. De lejos dudé.
Era evidente que no había química. No iba a ser el verano del amor para nadie. Seguro que para mí no, y deseaba que no lo fuera tampoco para los demás. No me sentía solo pensando así, aunque no fuera de corazón. No me fio de quien no parezca haber intentando nunca hacer explotar un avión comercial con la mirada. Allí arriba, y desciende, y llamea, y se hace más y más grande, aunque a una distancia segura, y ahora, por fin, has visto algo absolutamente espectacular.
–Estás mejor con el pelo largo.
–Vaya, gracias.
–Es que… No quería decir eso.
–No pasa nada.
(Me sonrió, comedme la polla.)
–¿Eres de aquí?
Le hablé de mí demasiado, sin interés, sin la chicha, sin lo orgánico, discurso de despacho adolescente.
–Entonces no eres de aquí.
–No…
Ella sólo quería el dato.
–¿Y eso te pasa tan fácil?
Miró mi bañador diciendo “mira tu bañador”.
No recuerdo qué le dije antes de irme, pero sí que me fui MUY rápido. No recuerdo nada más de aquel verano, sólo el epílogo de aquella canónica conversación.
Caminé hacia el apartamento, muriendo en una especie de ataque de mí mismo, y la erección seguía presente y evidente. El puñetero y verde bañador.
Me crucé con un colega, enseguida notó mi rubor. No me detuve.
Miró y rió ante mi tienda de campaña.
–Pero tío, ¿y eso?
–La heladera.

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4 comentarios sobre “La heladera

  1. Muchas pajas, pero bueno. Es normal en la adolescencia, un período difícil y complicado, somos inseguros y con muchas cosas no nos sentimos a gusto, o desconcertados, o sencillamente probando y descubriendo. Pero me ha gustado, eres introspectivo y analítico a la vez. Y lúcido. Con todo el tema de ese código aparentemente femenino, y las dificultades para comunicarse y toda esa paja (de la otra clase) en la comunicación verbal, puro relleno insustancial.
    Me he reído con el final, muy gracioso. Por un momento pensé que él había mojado el pantalón o bañador, y pensé “¡Caramba, toma ya!”
    ¿Sonora? ¿Dónde está?

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