Mi momento

Yo estaba de pie, meando en los lavabos públicos de unos multicines. Debía tener unos catorce años. Entró un hombre de unos cincuenta. Le había visto antes, con lo que parecía ser su mujer y varios críos gritones. Sudaba profusamente por la frente, tenía la camisa empapada por las axilas. El verano se cebaba con él, y no sólo el verano.
Se fue a cuatro meaderos de distancia. Resoplaba; por momentos pensé que se echaría a llorar, pero luego creí entender lo que pasaba.
Pude imaginar a grandes rasgos su día, sábado, lidiando con los críos, dando voces, instrucciones a las que nadie atendía. Después de toda una semana en un trabajo seguramente tedioso y mal pagado: el presente. Ya no se trataba del futuro, porque apenas lo había, estaba en él. Habitaba su destino. Esa familia en concreto, tan representativa, la familia nuclear, tan cerca del núcleo que se estaba achicharrando. A un paso de la primera vejez, a dos de la senectud. Sin opción a más planes. Ya no era target para Mr. Wonderful. Ese momento en el lavabo parecía ser su particular paseo de patio carcelario. Un momento no de libertad, pero sí al menos de soledad. No una luz al final del túnel, sólo una linterna por un minuto, para respirar, para intentar ubicarse. Quizá para mantener a raya una fantasía suicida.
Yo no lo podía articular, pero lo sentí de una forma abrumadora.
Pude atisbar lo que parecía un micropene, liberado por un lapso de cuarenta segundos de chorro amarillo y caliente. No me hubiera extrañado que meara sangre. Creo que miré más de la cuenta, pero el tipo sólo habitaba su interior.
Había hecho su apuesta vital. En teoría era la más segura, o la más responsable, la más desprendida a un nivel popular (hijos). Había apostado por la tranquilidad de la mediocridad. Por la teoría de la felicidad que más sustento tenía en la masa.
Padre de familia.
Según la corriente de pensamiento más a la moda ahora, era un privilegiado. Un tío blanco occidental de mediana edad. En teoría lo tenía todo a sus pies. Yo tenía ganas de darle una pistola y una palmadita. Sólo un pequeño movimiento del dedo índice, y obtendría la Paz. Ad infinitum.
Apoyó una mano en las baldosas mientras meaba. Cerró los ojos, parecía recordar con agrado aquellos momentos en los que tenía opción. Un puñado de instantes del pasado, antes de coger los desvíos que tenía que coger, mientras miraba con desaprobación a los que elegían caminos de tierra.
Se sacudió con presteza el colgajo, cerró la cremallera. Se dio la vuelta y fue a lavarse las manos. Estaba estirando el momento, movimientos pausados, acurrucado en su trinchera, aunque sabía que tocaba salir ya a pegar tiros otra vez, a contestar preguntas de sus hijos y su mujer. Preguntas cuya única respuesta era La Vida.
¿Qué te pasa?
Privilegiado de mierda. El lunes volvería a su otro infierno, el domingo por la noche si curraba en el turno de noche. Quizá trabajara con máquinas, quizá con los brazos o con la mente. Distintos grados de erosión, pero el mismo entusiasmo cero.
Se enjabonaba las manos como si la higiene fuera la última frontera. Yo hice lo mismo. Estaba aprendiendo mucho de aquello, o no, pero en cualquier caso me fascinaba lo que veía, alguien tan común, seguramente bienintencionado y esforzado, y por ello completamente acabado. La disciplina y el esfuerzo constante pueden suponer un avance o no, pero siempre se pagan caros. Puedes ser malo y pagar o no por tus crímenes, pero la factura siempre te llega si eres bueno. Como si alguna energía surgida de la propia tierra te detectara como maleable, manipulable, como el crío al que puedes joder, y se aprovechara de ti. Este es bueno, a este le podemos reducir. El sentido de la vida.
Dios como vampiro.
Dios el abusón.
Se aclaró el jabón de la manos, sin prisas, con pausas. Se miró como un minuto en el espejo, y debía pensar:
–Este es mi momento. Esto no pueden quitármelo.
Respiraba hondo, casi como si fuese a sonreír. Luego fue a la máquina de aire, a intentar secarse. Yo conocía esas máquinas, el aire era frío y poco intenso. Mucha gente se secaba con papel higiénico, pero nuestro héroe no. Él necesitaba la incompetencia de la máquina, probablemente se hubiese pasado el día pensando en ella. Como si fuese una quinceañera tetona que se dejaría magrear unos segundos. Una fantasía de aire frío y pecaminoso, placentero e ilegal.
Yo me fui a la otra máquina. Quizá el tío pensó por un instante que le estaba imitando. Podía ser mi disfraz para Halloween: el hombre común, privilegiado en teoría.
El tipo no había aprendido ninguna lección, pero la había pagado. Dicha lección venía más o menos encriptada en todos los mensajes adultos, incluso los más edulcorados.
La vida, incluso la mejor vida posible, es sufrimiento.
Entonces no lo pensé así, aunque sí pensé que no quería ser como ese tío. Si la vida era básicamente sufrimiento, yo no quería esa clase de sufrimiento, buscaría otro más original, o ni siquiera eso, sólo un tipo de sufrimiento menos transitado. Abrazaría otro tipo de cliché, uno alternativo.
Antes de salir del lavabo, el tío se miró un poco más en el espejo. Por un momento, pareció que se iba a derrumbar. No le quedaba otra, tenía que fingir fortaleza otra vez. Habría otros momentos como ese, de pausa rutinaria y con coartada. Mear, cagar, quizá salir en ocasiones a fumar. Casi era peor ser consciente de que esos momentos eran sus únicas vacaciones auténticas, las únicas oportunidades de volver a reconocerse como persona. Caminó hasta la puerta y se detuvo otra vez. Intentaba cambiar el chip, volver a ser marido y padre, blanco y privilegiado. Casi podía oír su engranaje.
Sabía interpretar ese papel. Yo le había visto cargarse de paciencia antes, con sus hijos, en una terraza, aunque su cara evolucionara hacia distintos tonos de morado.
Venga. Vamos. Y salió del lavabo.
Creo que me había quedado de pie como un pasmarote, sin hacer nada, sólo mirando. Ese ritual adulto. Quizá sí aprendiera algo. En adelante, decidí, me fijaría en el comportamiento de la gente en el lavabo. Parecía ser que allí volvían a ser ellos mismos, aunque sólo se notase por el modo en que se sacaban la chorra y miraban a la pared. Por la forma de lavarse las manos, o por cómo decidían usar aire o atajar con papel higiénico para secarse.
Mientras yo mismo salía del servicio de caballeros, y cuando vi al tipo riñendo a sus hijos otra vez, recordé eso de que difícilmente puedes querer a los demás si no te quieres a ti mismo. Seguramente no era tan así, pero puede que tuviera una gota de verdad. Una gota a veces decisiva, o fatal.
O aprendí algo desalentador o simplemente dejé suelta la imaginación.
No sabía nada de ese tipo, y sin embargo tenía la sensación de saberlo todo.

No recuerdo la película. La aventura en el baño se robó la tarde. No podía dejar de pensar en ello. Creo que la peli debió ser divertida, positivista al modo superficial. Cine de multicines, para niños de trece años pero pensado para todo el público y copando todas las salas. La clase de pelis que empezaban a cebar la hipersensibilidad de todos, incluso de las personas que sabían cómo se las gastaba el cine de gran distribución en los setenta y los ochenta. Cuando el cine de élite aún te trataba como a un adulto.
Así que salimos alegres mientras la peli se nos olvidaba de camino a casa, incapaz de hacer mella en nadie, cuando empece a relativizar mi experiencia en el baño. Uau, ¿se me había ido la pinza, verdad? El tío tenía una mala tarde, sus hijos debían tener una mala tarde, y, bien pensado, su mujer parecía de lo más competente, y oye, no sólo competente. Seguro que me había llevado una impresión equivocada, siempre hay altibajos. Puede que tuviese suerte de acabar como ese tío… Etcétera etcétera. Todo eso iba pasando por mi cabeza en el asiento trasero del coche de mis padres. Mi madre conducía, y mi padre largaba pestes de la peli. Yo no escuchaba, en ese momento no me interesaba lo que nadie tuviese que decir. Pero me sentía mejor, y entonces un coche se puso a nuestra altura en el otro carril. Hacía extraños, mi madre maldijo.
–¡Gilipollas!
Helo ahí. Mi protagonista. Tres niños de entre cinco y ocho años en el asiento de atrás, su mujer de copiloto. El tío tenía la cara hinchada de una rabia silenciosa, gritaba, aunque no podía oírle. Y luego comenzó a dar cabezazos contra el volante, sonaba el claxon. Estaba totalmente ido, y la historia se volvió a poner en pie. No íbamos a una gran velocidad. El tipo dio un volantazo y se fue a la cuneta aparatosamente. Perdió el control. Miré hacia atrás. No había pasado nada. Ni siquiera había sido un accidente como tal, como si la vida le tuviese reservadas al tío muchas otras tardes de sábado. Aún no, amiguito, aún queda un gran lote de aburrimiento repleto de trabajo, y una gran dosis de furia que consumir. Un accidente con final feliz hubiera sido un lujo, un punto de inflexión, un acercamiento a la vida, una oportunidad para volver a comenzar. Ni de broma. No iba a tener su cama de hospital, ni a sus hijos y su mujer con el cariño de vuelta.
Eso me hizo pensar en la maldad y su sentido. Mi momento. Y me convertí. Una bonita traición, una bonita vuelta de campana, una broma telefónica en el momento adecuado, tu madre ha muerto, un adecuado rumor, meten cuchillas de afeitar en los dulces. Una apropiada mentira, me encantan los niños. Una certeza para todo, podría no ser así.

fgsdf

4 comentarios sobre “Mi momento

  1. Joder, Jordi, pero qué bueno. Una perfecta descripción de la mediocridad y de ese cliché social del padre de familia, padre de hijos inaguantables que te consumen la paciencia, la energía y la vida misma. Sí, sufrimiento, realmente esclavitud disfrazada de normalidad o de status decente y adulto. Hasta envidiable, o como dices tú, privilegiado (y un huevo de pato). Gente así da pena, e igual son buenas personas. Cuántos tíos mucho más jóvenes que yo he visto con el crío en un cochecito y la parienta y no he sentido precisamente envidia (hijos no tengo). En fin, no sigo.
    “Yo tenía ganas de darle una pistola y una palmadita. Sólo un pequeño movimiento del dedo índice, y obtendría la Paz. Ad infinitum”. Jajaja.

      1. Seguro que hay padres felices, suerte que la ficción es declaradamente subjetiva 🙂 Yo cuando leo, de todas formas, nunca pido un discurso “negativo” o “positivo”, sino que funcione, y que me deje sentado de culo. Y procuro escribir según esa premisa, y que salga lo que tenga que salir 🙂

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