XCatálogoX

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Ambos hambrientos y más allá de la treintena. La casa vacía que nos “dejaron”, cuando tú me hiciste ESO. Cuando yo te pedí ESO. ASÍ es como lo llamábamos. Nunca tuve una erección tan morada, venosa y persistente. Fue importante que luego todo estuviera salpicado, o al menos que lo pareciera. Yo incluso había visto tutoriales para hacerte salpicar. Usé los dedos lo mejor que supe. Creo que no lo hice mal. Cuando gemías, no me quedaba más remedio que seguir, y cuanto más fuerte gemías más quería seguir. Recuerdo ver la luna llena por uno de los grandes ventanales. La casa vacía que nos “dejaron”, ¿cuántos siglos tenía? Pareció sexo digno del Marqués de Sade. No quería que te levantaras de mi cara, aunque el 69 me impacientaba, te quería ver haciéndomelo, y que vieras como yo lo hacía. Pensé que ESO, tu pis, me podía causar rechazo, pero luego sólo quería más, aunque prefería tus otros fluidos. Era sucio, y en ese momento eso era lo importante. No pensaba en absolutamente nada, y eso era señal de que sólo me sentía bien, y luego extasiado, y después aún mejor. Decías Esta noche quiero Patriarcado, una ironía prohibida, y yo pensaba que no lo podría contar a nadie. Hubo violencia mutua, claro está, aunque lo suficientemente controlada; no tanto como para ser esquemática, ni tan poco como para causar daños severos.
Me gustaba armar ruido al choque entre nuestros genitales. A veces decías que te dolía y que siguiera, y que querías que te doliese más. Todo era pecaminoso para el Moderno, y por tanto puro placer para quien sabía entender. Estábamos follando y, además, si me dejas ser hiperbólico, también asumiendo el tamaño enorme del mundo, en contraste con lo minúsculos que éramos nosotros, apareándonos como animales y por tanto siendo para variar. Libres de retórica y dobles raseros. Aparcada la conciencia de nuestra muerte.

2

Tus uñas manicuradas, el glande me comenzó a brillar henchido de sangre cuando las paseaste por ahí. Al roce con mis venas.

3

Oler tu entrepierna afeitada. Querías parecer una muñeca, por si alguien nos espiara y pudiese ofenderse: que a su juicio tú fueras la niña y yo el pederasta, llevando a cabo el estilo estéticamente alienado según los que vete a saber qué mapa moral usan para follar.

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Tu saliva. Me costaba dejar de meter la lengua en tu boca, sobre todo si me cogías por la nuca. Un minuto más cada vez. Mi polla iba dando bandazos, mojada en la punta. Me la había medido unas cien veces en mi vida, diecinueve centímetros de los que me sentía orgulloso. Y gorda. Perdía el juicio por usarla contigo. Estaba cegado, asombrosamente despojado de vergüenza católica o Ideología.

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Me dejaba hacer con gusto. Me encantaba que me pegaras, en el culo, un poco en la cara, manotazos en la erección. Morder un poco, succionar, lamer, pellizcar, flojo, fuerte. Que me tiraras del pelo, que te tirara yo a ti. Manejarte, dejar que me manejaras, que me aplastaras la polla con tus genitales y te restregaras. Que dijeras todo tipo de cosas terribles, irreproducibles, sobre lo que querías que te hiciera, sobre cómo querías acabar. Sobre morir empalada, y eso no era nada.

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Mencionabas noticias terribles de actualidad, cuya gravedad quedaba muerta en el siguiente orgasmo. Querías sentirte pequeña y violada, y decías todo eso porque sabías que en teoría ahora no se debe, porque ahora se cree que lo personal también es político. Y eso nos mojaba, nos animaba, recuperabas la energía y yo la erección.
Puta y violador, sólo eran un par de las etiquetas.
Hija y papá, ama y esclavo negro, nazi y judía, dominatrix y puber virgen. Asesino a lo Ted Bundy y víctima agradecida.
Un catálogo de atrocidades verbalizadas, antes de arañarnos y azotarnos.

7

Y risas, porque hablábamos así y follábamos así, y nadie podía evitarlo.
El mundo privado fuera de la corriente dominante.
Fóllame como si fuese una feminista de tercera ola de Twitter.
Fóllame como si fueses el monstruo de Amstetten.
Y yo:
Pégame. Insúltame. Por favor.
Cerdo. Aprovechado. Cochino. Asqueroso. Pollavieja.

8

Condones maltratados. Me los quitaba de un tirón.
Riégame.
Cuando dudaba, me lanzaba lengua por delante a tus tetas o tu ano.
Todo lo más básico y a la vez retorcido posible.
Tu dedo por mi culo. Mi polla forcejeando ahí atrás.
Abre la boca, me dices, y me escupes como un camionero. Tu culo marcado, y el mío, ambos castigados. El descanso excesivo se penaliza. Apretón de huevos. Bofetada.

9

Te lo abrías con los dedos para que yo viera bien salir el chorro.
Cerdo.
Un poco en mi polla. Y el resto en mi boca. Tragaba un poco, se derramaba un poco. Y ella salpicada de blanco por el pecho y la cara. Prohibido limpiarse. Que se acumule. Que huela. Que acabe pegajoso.
A por el siguiente.

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Y el puto sol, habíamos empezado tarde. Y el propietario llegaba a mediodía. Le conocíamos. Era un conocido periodista, un heredero de provecho, de los que decidieron no dedicarse sólo a gastar pasta, sino que estudió y se comprometió. Con todo. El mundo para él era ya algo minúsculo. Estaba tan comprometido que te costaba imaginarlo cagando o comiendo a placer. Escribía en clave de novísima moralidad, señalaba a todo el mundo con el dedo, deformaba el lenguaje, acusaba a los que decidía villanos. Y luego se comportaba exactamente igual que ellos.
Yo hubiese acabado denunciado y ella acribillada a condescendencia si nos hubiera visto.
Limpiamos y metimos la ropa de cama en una lujosa y enorme lavadora. Pero luego fuimos al lavabo, y nos pasamos por el culo y los genitales todos sus productos de higiene, sobre todo esponjas y cepillos de dientes. Queríamos que nos recordara, o mejor: era inevitable. Una ex suya nos había dejado la copia de una llave que él pensaba que no existía. Había señales de nuestra presencia por todas partes, pero nos preocupaba entre poco y cero. Nos hacía cierta gracia imaginarlo llamando a la policía delante del colchón desnudo.
Agente, alguien ha entrado en mi casa.
Ahora lo personal es político.
Pues adelante y que lo sea.

11 y 12

Que se joda.

13 y 14

Que le den.

15

años tiene mi amor.

gfhdfgh

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