Ese regocijo

Es importante la disposición de los elementos, tanto físicos como mentales. Tenemos un mediodía soleado de principios de diciembre. La calle se va llenando de mirones. Nadie disimula cuando hay más gente y la cosa parece grave. Queremos ver sangre, tener una historia que contar, fardar de cómo nuestra rutina se hizo añicos.
A veces hay un atentando, terrorismo, asesinatos, un gran follón, una buena juerga mediática, una movida global, una base idónea para teorizar, para desplegar nuestras bondades ideológicas. Nunca vuelve a ser tan espectacular como un 11-s, pero algo es algo. Los malos nos entretienen; puede que nos entre el miedo o incluso nos escandalicemos, pero si la cosa no nos toca de cerca, también nos regocijamos. El mayor enemigo, el enemigo común contemporáneo por excelencia, el que se cobra más víctimas, no son los políticos, los ladrones o los terroristas, sino la profunda, tediosa y aplastante rutina de clase obrera. La cruel y terrible repetición de madrugones mal pagados mientras se nos acaba literalmente el tiempo.
Casi nadie goza de una rutina agradecida, y menos gente aún tiene una vida variada.
Quieres que pase algo grande, bueno o malo no importa. O sí, pero no en el fondo. Necesitas una excusa para respirar fuera de tu zona, variar o incluso enriquecer tu vocabulario, y lucir en condiciones tus supuestos principios. Necesitas de vez en cuando poder llevarte las manos a la cabeza con estilo. El mayor secreto de todo hijo de vecino, es que no somos buenos ni malos. Sobre todo, somos pasivos.
Un escándalo en el barrio no es gran cosa. Es al morbo lo que una ensalada a la comida, sano pero difícilmente goloso.
Sin embargo, lo local a veces te permite ver las cosas de cerca, o incluso conocer a los implicados.
Lo ideal es que sean conocidos sólo de vista, algo de lo que nos podamos desentender. Algo con lo que podamos primero alarmarnos, luego conversar, y mas tarde reír a mandíbula batiente. Siempre al amparo de ese delicioso regocijo. La salsa de la vida de la desgracia ajena. Eso te desconecta de tus problemas con más eficacia que cualquier dieta, deporte o cambio de agenda. Una fiera eficacia, a la altura de la que ofrece el sexo sucio o el amor correspondido más irracional. Flotas en la fatalidad de otros como Son Goku en la nube Kinto. Te fascinas con el gran incendio de ahí abajo.
Casi se te escapa la risa…
Pero no puedes aún, tienes que controlarte. De momento sólo se ha asumido la existencia de esa paradoja en los funerales. A los seres humanos nos cuesta mucho reconocer cuánto nos define el descontrol, las debilidades de la carne y la mente. Y los peores son a menudo los que hacen de la concienciación su bandera, los sangre azul de los ciudadanos de a pie. Si te despistas chocas con su mentón, o recibes un bocado de su amplia sonrisa.
Preparas la sangría moral mientras ellos beben vino añejo ideológico.
Es muy importante la disposición de los elementos: un padre, su hija y el novio. Cuando la potencial tragedia está en proceso, tu atención se concentra como jamás lo hará ante nada constructivo.

Intrahistoria
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Lo que yo he visto. A ella la han mirado todos desde los quince años recién cumplidos, cuando dejó de parecer una niña para convertirse en un cabo suelto del código penal. Ojos por todas partes y en general también precaución. La naturaleza sigue sin entender los parámetros legales, de hecho no le importan. El agua salada en tu jardín, la lava en tu salón, el ansia en tu bragueta. Ahora la muchacha tiene diecisiete años, y su novio veintiocho. Llevan casi tres años diciendo que comenzaron a salir hace tres meses. No les importa que conozcas la mentira, porque ellos conocen tu hipocresía. La gente siempre está convencida de su integridad moral, y de que esta encaja a la perfección con la legalidad. Nunca piensan en términos de tentación, y jamás se plantean que los dulces tras el mostrador puedan saber lo que hacen. La condescendencia de sangre azul ahora es algo habitual entre la gente más variopinta. Los militantes concienciados, por su parte, se ven obligados a subir la apuesta, y se radicalizan cada vez más. Véase el ejemplo de la animalista entrando en la plaza para evitar que maten al toro, viéndose perseguida por el animal. Extrapolar.
La naturaleza y la ciencia empiezan a estorbar; una es demasiado cruda e ilegal, y la otra carece de ideología.
La chica y el chaval no se dejaron ver durante mucho tiempo. En teoría. Cuando ella cumplió diecisiete, decidieron no esperar más. En algunos cines y bares se comenzaron a oler la novedad. Todos en el barrio conocemos al padre de la muchacha. Sobreprotector, condescendiente, alarmista, desconfiado y convencido de que todas las chicas son tontas y todos los hombres violadores. Feminista de tercera ola sin saberlo. Y seguramente también antifeminista recalcitrante. Una olla a presión de clase obrera esperando que se acerque la cara adecuada para explotar. Casi sesenta años de madrugones y jodiendas buscando una salida. Todos en el barrio comenzamos a bromear ante la excitación de la desgracia potencial. La tormenta en el horizonte, los relámpagos, y rezando para que se vaya la luz y podamos meternos mano.
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Fin de la intrahistoria

Tienes que elegir muy bien las palabras cuando hablas de lo que no se habla. Luego, inevitablemente, procedes a equivocarte de un modo u otro. Lo único que está en tu mano, es no echarte atrás porque sí. Hay que andarse con ojo con lo de pedir perdón. No todo el mundo lo merece, porque no todo el mundo sabe de lo que habla, como para saber de qué demonios hablas tú. Hay debates que nacen muertos, rebosantes de energía y superados hace mucho. La magia de la ignorancia lo trae todo de vuelta. El debate estéril es tremendamente popular ahora. Si un niño estornuda y se le sale un moco de los que dan arcadas, alguien habrá que dirá que es muy interesante lo que plantea, ¡y tan pequeño!
Todo en plena calle, no podría haber sido mejor. Una buena tangana local. Primero un intercambio verbal. Un cruce de insultos fuera de Twitter. La violencia podrá no ser buena, pero hay que tener valor para pelear. Para decirlo a la cara. El padre se quita la camisa y tiene una camiseta de tirantes a lo John McCleane. El chaval se ríe de él, le llama viejo, habla de todo lo que ha follado con la hija del viejo. En voz bien alta. Para disimular, de vez en cuando alguno de los que miramos, decimos algo como:
–Vale ya, dejadlo.
Por favor, adelante, a muerte, venga, un buen martes para variar, algunos estamos en nuestro descanso para comer, otros van para el turno de tarde, pero ahora todos estamos En El Presente. Una auténtica anomalía. ¿Cuántos más habrán pensado en la jungla de cristal? Preparas mentalmente tu anécdota. Ya hay bastante que contar, pero quieres más. No es que le desees mal a nadie, o sí…, joder, sólo quieres que pase algo, algo más. Ya que casi nunca puede ser bueno, que sea malo, pero por favor, algo, algo que llevarnos a la tumba, algo más que un montón de años de dignidad católico-atea.
Es preciso que lo que sea que tenga que pasar, pase rápido, porque siempre hay quien acaba llamando a la policía. Puede que alguien de sangre azul, aunque normalmente lo hace algún allegado de los protagonistas de la historia. Lo cierto es que los sangre azul sólo suelen actuar en grupo y en digital. La realidad les pilla lejos a varios niveles. Demasiado complicada, demasiados grises.
El primer puñetazo lo suelta el padre. Más mierda que sacar, es comprensible. Le pregunto a alguien los detalles, me dicen que el padre los ha visto por la ventana juntos, se besaban y él le agarraba el culo a ella. Lo adornan con timidez, les tiro de la lengua. Me dicen que sí, que casi estaban montándoselo en plena calle. Asiento, un “joder, qué fuerte” en mi mirada. ¿Él es moro?, pregunta alguien. Echa de menos el componente racial. Eso no estaría mal.
La hija les grita que paren, creo que sinceramente, aunque no estoy seguro. La madre no está, me chivan que está en el trabajo, o de compras, un tercero me dice que sí, que de compras, que lleva meses tirándose al frutero. Se lo compro provisionalmente. Todo suma.
El chaval sangra por la nariz. Se va a por el viejo. Le pega una patada en la barriga. El tío parece tener unas de esas barrigas duras de cincuentón, como si su grasa tuviera ya sus propios músculos. Un cuerpo machacado y recio, de mover peso más bien improductivamente. Casi no se duele, agarra al chaval por el cuello.
–¡Te ahogo! ¡¡Te ahogo!! –grita.
Necesita más tiempo, más pelea. No le animamos, no verbalmente.
–¡¡Te parto el cuello!!
–¡¡Follaniñas!! –grita alguien. La gente parece muy sedienta, aunque de forma poco convencida hay quien ha intentado separarles. El chaval intenta desasirse, pero le cuesta, tiene la cara morada y los ojos presos de la terrible sorpresa. No se esperaba esa fuerza del viejo.
Se empieza a oír la sirena de la policía.
–¡Mátalo! –dice alguien.
Ya hay varias personas grabando con el móvil. Todos auténticos miserables si les viera alguien acomodado de renta alta y sólidos principios de salón.
El tío suelta al chaval, que intenta respirar.
Acto seguido, el viejo lanza una tremenda y brutal patada en los huevos del chico.
El clímax llega cuando vemos que los pantalones se comienzan a empapar de sangre. No es agradable, pero de alguna manera parece apropiado. El padre de la chica queda satisfecho. Casi. Se comienza a reír del chaval. Le da otras cinco patadas –dos de ellas en la cabeza–, hasta que dos vecinos le agarran como si no hubiesen estado mirando todo el tiempo.
Alguien posa una mano sobre el hombro del chico, junto al que llora su novia.
Volvemos a ser todos civiles, quizá hasta votantes, buenos e insensibles ciudadanos de segunda. Seguimos siendo la mayoría. ¿Pero habíamos dejado de ser buenos? ¿O éramos malos?
Luego, el remolino de habladurías. Todo mal. La pelea, los que la miraban, los que dicen guarra, los que dicen pederasta, los que juzgan a los que miraban y que se limitaron también a mirar… Todo muy local, todo demasiado cerrado, familiar, todo por el sexo, quizá incluso por amor. Todo pasajero. Pero qué le vamos a hacer, el 11-s ya pasó.

En las semanas subsiguientes, se pregunta a menudo por la polla del chaval. Me entero de que hemos dicho adiós a un huevo, y que ahora la tiene torcida. Dicen que además ya la tenía pequeña. La fuente principal es una amiga (ya aburrida y harta de todo a los diecisiete años) de la novia del semicastrado. La pareja ha cortado, y ahora se la ve a ella por ahí con otro tío de casi treinta y polla mucho mayor. Contamos la historia en los bares y cafeterías.
Esperamos el siguiente suceso, relacionado o ajeno, cada vez más sedientos otra vez. Fantaseamos con las bombas nucleares de Korea la buena, con más accesos de fe del ISIS, con debacles políticas y noticias de gravedad. Miramos al cielo con esperanza, y reímos en realidad inocentes y poco crédulos, ante la siguiente fecha para el Apocalipsis.

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