Pizzaplanismo

El intervalo desde que pides la pizza hasta que llega. Ese lapso de amistosa hambre, suponiendo que estés con amigos. Suponiendo que sean amigos en el mejor sentido, discretos cuando toca, divertidos casi siempre, puede que un pelín distantes, pero respetuosos por defecto. Personas con quienes podrás compartir un silencio mientras engulles, al estilo omnívoro, despreocupado y pasado de moda del placer despolitizado. Placer instintivo, como si sólo fuerais humanos, como si el resto de animales fueran por ahí comiéndose entre sí. Como si vuestra conciencia recientemente refinada no fuera la que delimita vuestros actos, y vuestra sangre no fuera horchata de arroz vegana.
Pizza barbacoa.
Como si el mundo no fuera algo pequeño, fácil y manejable. Algo que salvar, que no seguirá adelante cuando el ser humano se haya extinguido.
Pizza barbacoa como si no fuerais inmortales.

Alguien a quien conozco desde que la masturbación funcionaba con revistas, dice que las pizzas son planas. No esféricas como siempre hemos pensado. Le decimos que quizá está mezclando temas. No, murmura, ya está bien con ese rollo de la pizza esférica abombada. Nos han vendido una moto que rodó Kubrick. Alguien dice que las pizzas siempre están a la vista, no hay mucho que decir al respecto.
–Os burláis de mí.
–Bueno, van a llegar dos familiares en cualquier momento.
–No me interesan vuestro parientes. Lo que quiero saber es por qué sois tan obtusos.
–Esto se pone interesante. O todo lo contrario.
No recuerdo bien quién decía qué, puede que yo interviniera. Pero sólo había un “racionalista”.
–Las pizzas son planas. Hay cientos de pruebas que lo demuestran. Joder.
–Nadie ha dicho lo contrario.
–Puedo notar vuestra condescendencia, puedo olerla, podría cortarla, podría pintar un grafiti en ella, porque siempre usáis ese muro de contención.
–Claro.
–Para empezar, no tiene sentido una pizza esférica, porque es impracticable.
–¿Tu pizza se sostiene sobre cuatro elefantes? ¿Y esos cuatro elefantes están de pie sobre una tortuga?
–En serio, puedo notar cómo os burláis.
–¿No era al revés?
–Cuando llegue el pizzero, quedaréis en evidencia.
–¿Y cómo se sostienen los ingredientes en tu pizza plana?
–Hay bordes. Mucha gente se los deja, lo cual es indignante.
–¿Entonces no se vierten el tomate y el queso?
–No, no se vierten el tomate y el queso, habréis oído hablar de la consistencia.
–¿Cuánto queda para que lleguen las pizzas?
–Cuando lleguen lo veréis.
–Me encanta veros, siempre hay algo que contar después. Sólo temo que la violencia se desate.
–Sí, estáis con un pizzaplanista, se lo podéis contar a quien queráis, hablad de mí como vuestro mono de feria magufo.
–Lo haremos.
–Me da igual. Os daréis de bruces contra vuestra fábula, porque eso es lo único que es.
–¿Qué dan en la tele?
–En la tele hay algo que os podría interesar, se llama: programas de cocina. Nunca hacen pizza, obviamente, pero no os voy a dar la murga con la manipulación informativa.
–Sí que hacen pizza, pero la normal, la esférica.
–Vosotros reíros.
–¿Y dices que la pizza la va a traer Kubrick en moto?
–Mientras os reís, se acerca el derrumbe de un mito de la ciencia.
–Lo estoy deseando.
–Veis esferas donde sólo hay planos. Confiáis en vuestra percepción como quien confía en una serpiente.
–Quién me lo iba a decir, un pizzaplanista en el grupo.
–Te podrías callar la puta boca.
–¿En serio?
Suena el timbre de la puerta, pero no es el pizzero, sino dos rezagados.
–¿Eran los familiares? Cuando lleguen las pizzas os vais a enterar.
–Os cuento lo que os habéis perdido. Aquí nuestro amigo dice que las pizzas son planas.
–Oh…, entonces eres un… ¿pizzaplanista?
–Soy un pizzaplanista orgulloso de serlo, he comido y cagado centenares de pizzas, y ninguna era esférica.
–Uau.
–En efecto.
–Aún no nos ha dicho qué es lo que sujeta su pizza, si elefantes, tortugas, ídolos de…
–Evidentemente, con una mesa bastaría. Si con las pizzas alucináis, con la gravedad os faltará el aire.
–Eso querría saber yo, tu opinión sobre el aire.
–Si lo que insinúas es que vivimos en programa informático…
–¿Podría ser?
–Las pizzas son planas.
–Esto ya no tiene gracia.
–No es gracioso, es verdad.
–Es gracioso porque es verdad, esto no se lo creerá nadie.
–Lo que yo creo es que dais pena. Me dais pena. En serio, me dais pena.
–Escúchame, eh, las pizzas son esféricas, esféricas. ES FE RI CAS. Todas la vida han sido esféricas. Todos lo sabemos desde críos, todo el mundo lo intuye, y luego lo sabe, y lo ha visto de una forma u otra.
–…
–Eres gilipollas, eso es lo que intento decirte.
–Mírame a los ojos para decirme eso.
–GI LI PO LLAS
–Eso no, lo otro.
–La Tierra es esférica.
–La pizza… ¿Cómo?
–La pizza, digo, la pizza es esférica.
–¿Qué dices de la tierra?
–Nadie ha dicho tierra.
–¿La tierra o la Tierra?
–La pizza, la pizza.
–Sois unos malnacidos, en serio… llevo años pensándolo, nunca lo he dicho, pero creo que sois puta escoria, puta miseria esférica. Fanáticos con el cerebro lavado. Y eso os ha convertido en seres repugnantes.
Es entonces cuando el teléfono suena.
Lo cogió el anfitrión. Escuchó, escuchó y dijo:
–¿Cómo?
Y escuchó más.
Balbuceó algunas palabras inconexas y colgó. Dijo:
–Era de la pizzería, la chica estaba llorando. Dice que el pizzero se ha estrellado con la moto, dice que no sabe si está vivo, que le han dicho que estaba muy grave.
–¿Y las pizzas?
–¿Eres imbécil, pizzaplanista?
–Creo que os alegráis de la muerte de ese tío.
–¿Quieres que te haga tragar el puño?
–Te encanta, porque te has librado.
–¿Alguien entiende lo que está pasando?
–Escuchad… Mirad allí, allí y allí…
–Joder… ¿Cámaras?
–Claro que no, gilipollas. ¿A que no sienta bien?
–¿Quieres largarte de aquí, por favor?
–Joder, ¿te puedes creer que estoy un poco cachondo? Esto es casi mejor que tener las pizzas, porque os he hecho dudar incluso sin ellas.
–¿Dudar, crees que esto es dudar?
–Creo que un poquito sí, aunque casi lográis confundirme con lo de la tierra.
–Me siento mal de verdad, porque quiero pegarle, y no quiero pegarle…
–Me gustaría de verdad que me pegaras, que me hicieras daño, que te enfrentaras a ti mismo por una vez, nunca has tenido cojones.
Le hablaba al anfitrión, esto sí lo recuerdo. Nos echamos a un lado.
–¿Qué me acabas de decir?
–Que nunca has tenido cojones, porque siempre has pensado que lo sabes todo.
–¿Me lo puedes repetir, tarado de las pizzas, tonto del culo?
No tienes cojones. Sólo tienes cosas. No has hecho nada de verdad en tu puta vida. Jamás has tenido un pensamiento propio. Repites lo que los otros dicen igual que repites los chistes que oyes. Nos tienes cojones, no tienes ideas y no tienes ni puta idea de lo que haces.
–¿Y si te pego una hostia?
–Sólo te tranquiliza el que mucha otra gente hace y dice lo mismo que tú. Exactamente lo mismo. No ser nadie te encanta, te tranquiliza. Ser mediocre es lo que hace que te corras, no son las tías, ni los tíos, ni el porno, ni los críos. Ni siquiera eres un desviado sexual. Y no te enteras de nada; ¿sabes cómo hablan de tu madre todos estos?
–Este tío quiere que le hunda la cara de un rodillazo.
–La verdad es que yo también hablo de ella a menudo. Si pienso demasiado en ella acabo teniendo que fregar el suelo.
–¿Quieres que te pegue? ¿Eh? Porque si empiezo ya no podré parar, hijo de…
–No te preocupes, es algo humano, tu madre está… en fin, es como es y hace lo que hace.
–¿¿De qué coño hablas??
–Ella, por cierto, está de acuerdo conmigo.
–¿¿Qué??
–Que tiene mejor percepción que tú. Explicadle cuando husmeáis por ahí buscando una cinta en la que ella esté follando…, ¿no os atrevéis? Confieso que a mí también me gustaría verla.
Agarran al anfitrión, le dicen: es mentira, sigue con su rollo de las pizzas, sigue desvariando.
–Las pizzas son planas, y tu madre es como es. Por eso quería la reunión hoy aquí, ¿no habéis notado que insistí un poco?
El anfitrión parece romper a llorar, dice: no entiendo nada, no entiendo nada, no entiendo nada…
–Ninguno lo entendemos –dice otro.
–Nuestra amiga la realidad.
Suena el teléfono. No sé quién lo cogió.
–El pizzero ha muerto. Joder. ¿Tenían que llamarnos para informar?
–Al principio me notaba incómodo, pero ahora siento que las cartas están sobre la mesa.
–¡Cállate, pirado!
El anfritrión grita, se hace un ovillo en el suelo, los demás le rodean.
–Nunca ha habido menos ironía aquí, con vosotros, es relajante, aunque ha costado llegar a este punto. Ni siquiera tengo hambre, y debería tenerla.
–¡Cállate de una puta vez!
Y alguien dice:
–Tío, yo de ti me iría a casa echando hostias.
–¿Lo notas? –le dice el pizzaplanista al anfitrión–, es el tono, antes estaban crispados, ahora comienzan a tener curiosidad. Creo que esto les comienza a divertir. Esa línea es muy fina.
–¡Eres un puto desgraciado!
–¿Y todo esto por mentar a tu madre? ¿No te pitaban los oídos, joder?
–¡Soltadme! ¡¡Soltadme!!
–Creo que lo que todos tenemos en común aquí respecto a ti, es tu rollo de anfitrión, eso que haces incluso cuando no estamos en tu casa. Cuando tu novia te dejó, salimos a emborracharnos, lo disfrazamos de cumpleaños.
No sé quién empezó, pero mientras dos sujetaban, otros dos se pusieron a buscar. Yo me quedé quieto. Sabía lo que buscaban, comenzaba un proceso de humillación desagradable, pero que no me quería perder.
–Muchas veces es difícil saber cuáles son los mejores cimientos para la sinceridad, para que la sinceridad florezca, parece un reto para el materialismo dialéctico.
–¡Hijo de puta, soltadme, qué hacéis!
–Te prometo que todo esto no estaba planeado, pero no te preocupes, yo soy el segundo que peor les cae… Todo esto ha durado muchos años ya. Creo que es eso.
–¡¡Cállate, joder!! –llorando, retorciéndose en el suelo.
–Por cómo hablas, parece que conoces a tu madre mejor de lo que creía. ¿Sabes lo que están buscando otra vez, ¿no?
–¡No hay ninguna cinta, joder!
–El problema es que saben que la hay, cuando tu hermana habla es como el sida en los ochenta. ¿Dónde ha ido hoy, por cierto?
–¡¡Dejadme, joder!!
–No llores, ahora parece que se va a acabar el mundo, pero sólo es un poco de… pizzaplanismo. Quién iba a decir que esto tendría nombre.
–No entiendo… no… ¡Joder!
Alguien dijo:
–¡Hemos encontrado cintas!
–Uau, en plural…, ¿lo has oído, anfitrión?
En algún momento mi mirada se topó con la de él, mientras lloraba y nos preguntaba qué pasaba, por qué le estábamos haciendo eso. Mirarme era como intentar ver a través de un cristal opaco cuando detrás está la respuesta. Era verdad que él era irritante, nos había manipulado toda la vida, y se había burlado cientos de veces, como si fuéramos sus drugos, como si él supiera algo que desconocemos. Nos había enfrentado entre nosotros, había enfrentado a chicas entre ellas para ligar, manipulaba, se jactaba, y por supuesto follaba más que nadie.
Por primera vez, no tenía la vida cogida por los huevos.
En casi todas las cintas, mamá ponía los cuernos a papá. Cuando pensamos que la coprofagia era el límite, en la última grabación los amantes se provocaban el vómito. Conocíamos de vista a algunos de los tíos, como el cartero habitual de la zona, como el manitas del barrio, que a menudo cobraba en negro. El porno de la vida real. O quizá era que el porno se parecía más a la vida real de lo que el discurso ideológico de turno sabía aceptar. En esos videos no había roles ni representaciones, sólo un ansia brutal de desahogo, personas dándose permiso para dejar de fingir. Dos integrantes del grupo se llegaron a masturbar mirando. Otros dos ataron al anfitrión a una silla, cuerda de tender. Lo pudo ver todo. Eso era lo mejor, nadie estaba soñando. Puede que fuese una sobredosis de certezas o realidad, ¿pero no es eso lo que mejora las cosas: la verdad? Supongo que no siempre, no es que estuviésemos aprendiendo nada.
Nadie lo contaría, y eso bastaba. Unos por vergüenza, y el otro por más vergüenza aún.
–Quiero deciros algo –dijo el pizzaplanista–, pero es probable que no volvamos a vernos.
No le faltaba razón.
–Sólo os adelanto un consejo: Dejad de añadir queso a la piña.

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