Breve historia sobre el presente

De muy crío, dormir era una decisión, normalmente de tus padres. De adolescente era un placer. Y ahora de mayor puede convertirse en un reto. Creo que siendo ya viejo incluso comienza a perdérsele el gusto.
Que la noche no te guste para dormir, no ayuda para encajar. La noche me parece mucho más interesante que el amanecer, que todas esas horas de luz cegadora, de tiempo productivo oficial. No hay nada más relacionado con el sufrimiento del trabajo servil no vocacional, que las diez de la mañana. He acabado odiando esas horas del día.
Sentimos por asociación, es todo lo que tenemos.
La tarde ya es otro cantar, el día se comienza a poner interesante. Todo esto funciona sólo potencialmente, porque obviamente puedes tener un turno intensivo de tarde o de noche, y todo se va al traste. Pero si tienes un horario medianamente soportable, comienzas más fácilmente a formarte una agenda anímica sobre cuándo es mejor dormir o hacer cosas, y en la que si te eres sincero, el trabajo para terceros no tendría cabida.
O sí.
Es curioso el pensamiento racional y “responsable” que impera en torno al trabajo. Y no hablo de dinero. Hablo de cómo mucha gente asocia el trabajo al equilibrio personal, de cómo se sentirían huérfanos si de verdad tuviesen todo el tiempo para sí mismos, sin nadie que les diese órdenes y les metiese un horario por el culo.
Yo personalmente nunca tuve problemas con el tiempo libre. Siempre me lo he comido con gusto, he untado pan en él y me he chupado los dedos. Y que conste que no soy un aventurero, no estoy cada dos por tres intentando lanzarme de un puente o un avión, ni siquiera soy mucho de viajar, prácticamente nada.
Tampoco tengo pasta, excepto para café, cigarrillos y libros de segunda mano.
Creo que un problema de base es que no sabemos ser contemplativos. Lo que la gente llama aburrirse. O budismo.
No das un paseo, vas a algún sitio.
No meditas, te duermes.
Se nos da fatal llevar a cabo acciones que no tienen una utilidad clara a efectos prácticos. La gente habla con culpa hasta de tener hobbies. Remarcan mucho lo de «hobbie», quieren dejar muy claro que no se lo toman muy en serio, incluso aunque esa actividad les defina mucho más que su trabajo, incluso aunque arrebatarles esa actividad les dejara al borde del suicidio. Pero sólo es un hobbie, claro; lo que de verdad valoran es madrugar y meterse en una oficina o un almacén…
La poesía de las diez de la mañana. Gastar tu tiempo de vida en parecer alguien como es debido. ¿No querrás parecer un vago?
A veces parece que hasta los ateos esperan ir al cielo.

Miradme, dicen muchos ahora, SUFRO. Siempre he pensado que la gente que sufre de verdad, no suele airearlo. La gente que se queja más, suele ser la que tiene una vida la hostia de cómoda, sólo con problemas muy puntuales. Se quejan o bien porque de verdad creen (o les han hecho creer) que tienen una mala vida, o bien por simple y llano aburrimiento.
Se convierten en mártires o activistas, o fingen haberse convertido. Son los virtuosos.
Los virtuosos me fascinan. Suelen tenerlo todo, y encima creen que el mundo de ahí fuera ha de ser una extensión de su salón.
Creen que quejarse de los detalles superficiales, banales o más discutibles, va a la raíz del problema, y cuando alguien les inquiere comentando desgracias más evidentes, presentes u obvias, se irritan, le gritan entre insultos que no entiende nada. No debes interrumpir la gimnasia mental, requiere de un esfuerzo que sólo conoce la militancia.
Los virtuosos más atléticos, hablan también en nombre de los demás. Si se rompen una uña, desarrollan un discurso sobre el sistema imperante pensado para que tú y los que gustáis de dejaros las uñas largas, os las rompáis.
¿No veis qué tan fácil es? Está por todas partes, en la tele, en las revistas, en las películas, en la suela de tus zapatos. Restos de uñas, más víctimas para engrosar la terrible estadística. Si relativizas o verbalizas otros problemas más graves (o que tienen otros), si mencionas que no es inteligente obviar la naturaleza cruel y caótica del mundo y el ser humano, te dirán que eres un uñófobo de manual.
Ni una sola uña más.
La utopía se ha convertido en un objetivo político. Y aún no hemos solventado ni lo de los viajes en el tiempo.
Muchas personas creen que las limitaciones son para los demás, y así lo expresan, con un pensamiento limitado.
Lo que tiene base o no, es anecdótico. Sólo importa al final aquello en lo que creas, y ahora sobre todo si eres ateo. Eres el nuevo creyente, reluces y te quiero, y siempre tienes razón.
Por eso es mejor no tratar mucho con militantes, sean de la índole que sean, tienen una idea extraña sobre el respeto. Propósitos increíblemente ambiciosos para la humildad.

Normalmente, la gente me da pereza hasta que la conozco. Pero a veces te encuentras con un gilipollas; con un macho alfa o beta, o con una entrometida victimista y sabeloputotodo. Ese tipo de gente, personas tan ajenas a todo o tan supuestamente comprometidas con todo, que ya apenas son personas. Es lo peor de todo, ser un cliché sin saberlo. Convertirse en un cliché de la ignorancia, o en un cliché político. Personas que fagocitan cada noticia, cada novedad, cada ruido, destilan todo eso y te sirven lo que aseguran la sangre de Dios, ya sea el cristiano o el ateo.
Para ellos, tan asentados en el lugar que creen correcto, sólo puedes ser comunista, fascista, neoliberal… o cualquier otra etiqueta que a su juicio te convierta en algo inferior. Saben que si pueden despersonalizarte, pueden manejarte. Los políticos siempre han hecho eso, y ahora también lo hacen los civiles que creen tener La Verdad. Una variante de moda de la ingenuidad más evidente. O simplemente mezquindad.
Esa mezquindad se contagia fácilmente, conlleva mucha ceguera, pero también mucha comodidad.
La dinámica religiosa vuelve como los ochenta. Cosas extrañas y pósters en la pared del treintañero avanzado, y el veinteañero más perdido de las últimas veinte generaciones. Resulta que el mundo era bonito pero también una mierda. Y que quede clara una cosa: Nadie nos habló de esto, o sólo lo hicieron los “fachas”.

De qué he estado hablando. Podrás ver la pared roja, las paredes, el pasillo. Puede que sea pintura, pero podría ser sangre. No veremos de qué van los colmillos hasta que topemos con la boca del lobo. Hasta ese momento, podremos quejarnos de que la silla chirría o del aire acondicionado. Jovencitos de cuarenta y bebés de quince. La crisis era de valores, de dinero y de pañales. Vamos por ahí todos cagados. La historia no comienza y encima va a tener un final abierto. Va a resultar que no elegimos qué ser y dónde nacer, y nuestra identidad potencial se la va a comer Virgilio, una vez se haya hartado de guiarnos.
Llegas al mostrador y quien te atiende no toma nota de tu condición. De repente tus logros no sirven para nada; tu tono de piel, tus genitales, tu lugar de nacimiento, tus quedadas, tus posturas, tus credenciales, tu valioso voto, tu fiesta de la democracia, tus argumentos afilados, la relevancia de la historia sobre los tuyos, lo significativa que es tu vida, tu bagaje, tu pasado, tu mirada inquisitiva a la pantalla del móvil…
Pero el ente tras el mostrador no ve nada de eso. Sólo ve el presente. De repente no tienes excusas.
Eso aumenta tu cabreo y tus razones comienzan a hacer abdominales. Quieres volver con tu grupo de apoyo ideológico. Quieres llorar, llorar es humano, llorar a todas horas. Tu salón, tu cocina, tu calle, tu ciudad: tus condiciones.
Entregas tus papeles y no te hacen justicia.
Se ha quedado una bonita mañana de martes en la Realidad.

ni--o-perdido (1)

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Un comentario en “Breve historia sobre el presente

  1. Supongo que es algo humano, ¿no? Es decir, nos encanta trazar líneas y posicionarnos a un lado o al contrario de esas líneas.. y, sobre todo, sentirnos superiores al pintar esas líneas…

    Que esas líneas sean permeables, que en función del contexto puedas estar a un lado o al otro.. Bueno, eso es algo que casi nadie quiere entender, que eso pueda hacerse simplemente lo ven como un insulto…

    Quiero pensar que el hacerme viejo me ayuda a eso, a pasar de esas líneas…

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