Haciendo el obrero

Esperando

A menudo tengo sueños en los que estoy furioso. Me defiendo a gritos de acusaciones justificadas, lo que me pone aún más furioso. Quienes me acusan tienen toda la razón, así que grito y me encabrono cada vez más. Si no admites la culpa de entrada, es muy difícil recular, hay quien diría que casi imposible.
Espero a menudo de madrugada, al volante, aparcado frente a un comercio o nave industrial. Siempre recuerdo Drive, pero la vida real nunca tiene ese misterioso encanto. No soy El Conductor, sólo conduzco. No suele haber atracos sofisticados. Viviendo así, casi nunca ganas. Pierdes familia y amigos, tienes pesadillas; la mayoría de delincuentes son demasiado humanos para dedicarse a esto. También suelen ser demasiado tontos. El caso del criminal culto, inteligente y frío es casi un mito. La mayoría estamos perdidos y cagados. A medio plazo descubres que no era tan fácil ser un sociópata. Casi nunca actúas por valentía, sólo logras vencer el miedo unos segundos cada vez.
¿Cuál es el sentido? Es probable que haya poca distancia entre acabar siendo funcionario y acabar desvalijando cajas fuertes. Y no estoy ironizando. Hay decisiones muy importantes que se acaban tomando por inercia. Te dejas llevar, procuras no pensarlo mucho, no pensar en qué estás gastando la única vida que vas a tener.
Te empieza a caer bien Dios, o al menos esa idea. Te justificas, te dices a ti mismo que tú no matas, aún gestionas códigos morales. Hay cosas que no piensas hacer. Nunca currarás diez horas para nadie, pero tampoco te liarás nunca a tiros, no degollarás a nadie, tienes tus principios.
No eres violento, sólo eres lo que tu padre llamaba: Un Caso. Tienes el mismo carácter que a los dos años; que cualquier bebé que empieza a balbucear. Excepto en las formas. No babeas ni te cagas encima, al menos en principio.
Pero no se trata de que te lo hagan todo, o de no pegar palo al agua. La mayoría de gente no entiende el trabajo que conlleva mantenerse ocioso. La fortaleza mental que necesitas para sobrellevar eso. El hecho de no ser digno para nadie que se considere ídem. La superioridad moral de los que siempre se quejan, de los que buscan una excusa bien vista (la lotería, por ejemplo). Esa gente que realmente cree que el trabajo no vocacional es algo más que un mal necesario; que se construyen a partir de ahí, que dicen tener el poder de cansarse de las vacaciones, o el orgullo silencioso de no saber qué hacer si nadie les manda.
Un extraño y popular orgullo.
Salta la alarma. Casi todas suenan igual. Dos tipos tan maduros como bebés y tan valientes como la adrenalina les deje, salen a toda hostia y se meten en el asiento de atrás. Tienen las joyas.

Adrenalina

No soporto los gritos de triunfo. La adrenalina no actúa en ti de la misma forma que en los cacos recién salidos del horno. Sólo conduzco lo más naturalmente que puedo. Voy hacia el garaje cercano acordado previo pago. Ahí nos espera su dueño, cada vez uno distinto y amigo de nadie.
Apenas oímos las sirenas de la policía. Nosotros nos vamos, ellos van. Se trata de conducir como alguien a quien le espera una familia en casa. Has tenido un día duro en el curro; o aún peor, sólo ha sido un día más. Tengo práctica poniendo esa cara. Estuve no pocos años haciendo el obrero. Los cacos se esconden detrás, sólo ha de ser visible el conductor, nada más que otra hormiguita, acumulando dignidad para la entrevista con San Pedro.

Tele culona

El momento en que estalló todo. Aún hoy día no sé si era una prima, una prima segunda, o simplemente la hija de una amiga de mi madre. Lo juro. Pero no es que me importara; sé perfectamente lo que es sentir remordimientos, y aquel no acabó siendo el caso.
Nuestros padres conversaban a voces en la planta de abajo, nosotros nos fuimos a mi habitación. Creo que el problema era que ambos ya teníamos diecisiete años. El primer juego que te venía a la mente ya no tenía que ver con ningún tablero o videojuego. Éramos el árbol que crece o el río que fluye. Éramos el meteorito que se merendó a los dinosaurios. Nuestros padres cometían todos los errores del catálogo, no había un sólo tópico en el que no cayeran. Como creer que tu hijo aún es un crío; o que tu hija aún es virgen. Ella tenía más experiencia que yo, desde luego; ya había follado un puñado veces con un tío mayor. Le decía que tenía veintiún años, me dijo, como si hiciera falta. El pavo rondaba los cuarenta, iba por ahí todo el día con una tienda de campaña. En realidad era muy representativo; una fuerza más de la naturaleza.

Ella me lo advirtió antes desnudarnos, pero yo estaba demasiado preocupado por mi erección, por que la hubiera. Actué torpemente, no fui original, pero le eché ganas. En cierto momento ella me empujó, y vi salir el chorro a presión. Frente a la cama, apenas a un metro, tenía un televisor pequeño sobre un mueble viejo. Se empapó y los fluidos se filtraron por la rejilla de la parte trasera. Aquella tele tenía mas de diez años. Justo en ese instante, mi padre llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
Mis padres actuaron según el manual parental de moda a principios de los noventa. Gritaron y me abroncaron, me dieron una buena tunda. Los padres de ella estuvieron semanas convencidos de que había sido una violación. Su hija no hacía esas cosas, era su hija.
La tele ya no funcionaba.
Al cabo de un mes de follones similares, me fugué al sillón de un colega.

Reparto de bienes

Cuando eres un delincuente y robas en especias, normalmente necesitas otros delincuentes para poder cobrar. Allí nadie quería joyas. Yo conocía a Bruno, él tenía contactos y sabía sacar el conejo de la chistera. Se llevaba un porcentaje. Nunca se me han dado bien los negocios, los tejemanejes. No comencé a robar para conocer gente o regatear. Lo quería sencillo, aunque al final nunca lo sea del todo.

Bruno dice que lo más importante si quieres dedicarte a pegar el palo, es no volverte codicioso. Y sobre todo no colectivizar, no meterte en mafia alguna, no currar para nadie. Currar para alguien se parece demasiado a llevar una vida corriente, pero en ese raíl sólo te echan del curro, te arruinan. Nadie te va a intentar matar si la cagas.
Bruno dice: Tienes que ir a tu bola.
Si confío en él es porque le conozco desde que aún se meaba en la cama, y de hecho no nos llevamos muy bien. Hay un férreo vínculo basado sobre todo en el interés; algo mucho más sólido que una amistad, que acaba lindando más fácilmente con la traición. Es más fácil engañar a quien confía emocionalmente en ti.
Además Bruno tiene su curro legal, pero a Bruno no le gusta que hablen demasiado de él.

Haciendo el obrero

No volví a ver a mis padres. Nunca me siento muy afectado con esas películas sobre reencuentros y sentimientos familiares a flor de piel, sobre ausencias y necesidades consanguíneas. Es decir, sí entiendo a los personajes, sobre todo al ver a sus guapos y comprensivos padres de ficción, o a sus gamberros pero atractivos y carismáticos hijos. Pero no veo en qué refleja eso la realidad. Si me cruzara con algún familiar o amigo de cuando era crío, sólo sentiría una intensa incomodidad. No tienes nada que contar cuando tu profesión consiste en evitar hacer el obrero.
Así lo llamaba un profesor que tenía, uno de esos simpáticos docentes de los noventa, asqueado, siempre con un discurso contradictorio y cargado de rabia en los labios. Su herramienta principal era la amenaza, y la amenaza era el futuro. O estudiáis o acabaréis haciendo el obrero. Os arrepentiréis, seréis unos desgraciados.
Por lo que sea, eso no funcionaba conmigo. Yo era uno de esos alumnos tocacojones que necesitaba sentirse motivado, no amenazado.
Si estudiabas, podías lograr un buen trabajo, aunque lo de «buen trabajo» da pie a un debate voluble. Antes la premisa era en cierto modo clasista; si eras reponedor eras un perdedor, si lograbas algún puesto administrativo y abstracto previa titulación universitaria, eras una persona como Dios manda. A medida que el paro fue subiendo y los buenos chicos con estudios tuvieron que reponer, un buen trabajo comenzó a ser simplemente tener trabajo.
El respeto que las personas te tienen, si te consideran inferior a algún nivel, casi siempre es un fingimiento elegante.
El esfuerzo intelectual hace la jerarquía laboral, y salirse de ese sistema de egos susurrado, esa lasaña de hipocresía académica, te produce no poco alivio. Tanto como para que la delincuencia siga siendo una salida para muchas personas poco interesadas en hacer daño. Como decía, hay muy pocos delincuentes cerebrales y con el pecho vacío, y la mayoría no han conocido nunca a un asesino.
De este modo, no se trata sólo se evitar hacer el obrero, sino también de no convertirte en el profesor. Ser mucho peor que todo eso bastaría, porque ser mucho mejor es algo que las personas cuerdas y con estudios (pero también con trabajos tediosos), no quieren que seas, y si está en su mano, es probable que actúen para evitarlo.
Sólo tienes que escucharles, ver cómo miran, estudiar cómo sienten.
Ellos, en el fondo, también hacen el obrero.

40 formas de decir nieve

Evitar las dificultades habituales sólo te lleva a afrontar otro tipo de dificultades. Cambia la jerga, el lenguaje, el contexto, puede que incluso el paisaje. Pero sigues siendo ojos y tripas, y tienes exactamente las mismas necesidades que quien madruga. Tú al menos sabes que Dios nunca ayuda, pero eres consciente de que eso no es una ventaja, no como tantas veces se dice lo es el conocimiento. Desde los margenes, sueles ver mejor (si te fijas) cómo funciona la máquina, pero vives una batalla constante por descubrir de qué te puede servir eso.
Tu sistema ético y moral ya no tiene nada que ver con el de los padres de la chica que te gusta.
Y tarde o temprano hay una chica que te gusta.
No sólo una chica con quien quieres follar, sino alguien con quien estar, a poder ser sin atenerse al socorrido sistema de intimidad basado en la idea (falsa pero efectiva) de una relación de sinceridad absoluta.
A diferencia del individuo que vive al margen, cuya relación con la verdad tiene que ver con hacer importantes ingresos en el banco del silencio, la ventaja del ciudadano al uso es que sí puede fingir que nunca miente.
Lo que tú esperas es que el silencio selectivo sea suficiente para la persona amada. Es casi una utopía, incluso siendo malos tiempos para el amor romántico.
Llegué a pensar que esa especie de frialdad ideológica que parecía estar empapándolo todo, podía ayudarme a conocer a alguien. Pero el mundo nunca funciona según parámetros ideológicos concretos; hasta las personas más supuestamente versadas en “construcciones culturales” y “relaciones tóxicas”, se pueden acabar enamorando al modo irracional de las novelas que tanto odian.
El final de la mayoría de historias es: No hay escapatoria. Sólo puedes elegir cómo te complicas la vida.
Quedé con una chica que, cuando intenté explicarme, me dijo que hay unas cuarenta formas de decir nieve en finés, pero que al final siempre es nieve.

Sanidad privada

Cuando descubres que la poli no se ha tragado tu cara de pan de empleado medio. Cuando te ves obligado a apretar el acelerador. Cuando, aun habiendo despistado a dos coches patrulla, te sales en una curva y das cuatro vueltas de campana. Entonces recuerdas que no tienes tarjeta de la seguridad social. Y eso sólo para empezar.
Heridas superficiales, pero un brazo dislocado. Uno de los dos manguis del asiento de atrás, casi ileso, nos ayuda a salir del coche. El otro tío pierde sangre por una brecha en la frente. Se queja de lo que le pican los ojos.
Este día fue crucial.
No sentí que volviera a nacer, pero sí gané perspectiva en lo relacionado a mi mundo. Lo noté ya mientras girábamos dentro del vehículo, con decenas de esquirlas de cristal rebotando e incrustándose por doquier. Yo al menos llevaba el cinturón puesto. Siempre fui cuidadoso para ese tipo de cosas, para los detalles. Te pones el cinturón, respetas los semáforos, regalas flores… No quieras saber qué cara puso la chica. Veintipocos, aficionada a arreglar el mundo vía Twitter. No volví a regalar flores, ya no funcionaba ni desde la ironía.
Nos atendió algo así como el médico oficial de los automarginados. Un tío que curraba en una clínica privada, pero que en casa tenía instrumental suficiente para sacarse un sobresueldo. Todo tan ilegal como eficaz. Creo que el tipo se sentía vivo con esas irrupciones de madrugada, puede que fuera un sádico hasta cierto punto. Me inquietaba el que su casa tuviera sótano.
Creo que sonrió cuando me dijo que mi brazo derecho estaba dislocado. Para él era una tarea muy fácil, y para mí en extremo dolorosa. Creo que se recreó recolocándome. Yo grité tanto y tan fuerte, que luego estuve cinco minutos escupiendo sangre.
Estuve días con el brazo en cabestrillo, con la cara llena de tiritas y la cabeza bullendo de ideas, unas terribles y otras luminosas y estúpidas. Todas sobre cambiar de vida.

El orgullo del herbívoro

Creo que lo que más me irritaba de la idea de abandonar el negocio, era la sensación de derrota, el orgullo criminal herido. Y también el hecho de que todo eso fuera tan tópico, tan previsible, la clase de giros que un guionista con cierta ambición descartaría. No quería convertirme en el típico delincuente reformado que tiene un montón de historias que contar. No quería ser la mascota de nadie; prefería ser el Malo para el pijo, y no su entretenimiento durante alguna cena vegana.
Todo ese proceso me revolvía el estómago. Pensaba en ello mientras mi brazo se recuperaba, y era la clase de dolor abstracto sobre la que sí sería interesante hablar, pero que los demás utilizarían para seguir alimentando sus jerarquías y egos. No hay que regalar jamás ese tipo de carnaza. La mayoría de gente hace un uso horrible de la información, y más cuanto más íntima sea la misma. La condescendencia se maneja ahora con múltiples grados de sutileza.
No soporto ver a gente arrepintiéndose en voz alta sentados a la misma mesa que personas que realmente se creen modelos de conducta.
No lo hagáis.
Que imaginen lo que quieran. Aunque piensen que has podido matar a alguien. Es preferible eso que darles la oportunidad de mirarte por encima del hombro desde una sintética humildad. Bruno tenía una opinión sobre esto –prometo no mencionarte más, tío–, lo llamaba: El orgullo del herbívoro.
Nunca lo desarrollaba, sabía que ese etiquetado de cosecha propia tenía la suficiente resonancia por sí mismo.
Me intenté visualizar viviendo en otra ciudad, conociendo a gente nueva, yendo a garitos, construyendo bromas internas, gestionando el pasado, remodelando constantemente el futuro… Una dinámica agotadora, porque ya no podría justificarme sólo ante mí mismo. No tendrían cabida mis gimnasias mentales, ni tan siquiera en pleno auge de la gimnasia mental, porque la aceptada ya veía el Mal incluso en la disposición de los elementos. Cada vez más gente cree que nada es casual, que todo es o bien buenas intenciones o bien maldad, cuando no maldad interiorizada (esto les encanta).
Me cuesta demasiado verme en ese contexto de bondad epidérmica.
No quiero alimentar el orgullo del herbívoro.

La disonancia

Sólo había una cosa (persona) capaz de hacer que intentara adaptarme a la rutina de mucho curro, poca pasta y amigos relativos.
En párvulos, cuando tenía cuatro años, solía revolcarme por el suelo delante de ella. No paraba de reír. Ahora tiene treinta y muchos y trabaja en una mercería. Paso no pocas veces por delante al cabo del día. Creo que ella no me ha visto nunca; o al menos no le ha dado importancia alguna. Estoy hablando de algo en lo que mucha gente cree más o menos como cree en Dios, nada o casi nada. Un sentimiento de largo recorrido; con sus altibajos, sí, pero siempre presente; en algunas épocas, lacerante, en otras, una letanía. Pero una realidad en cualquier caso, un ente omnipresente en lo que va desde mi cráneo a mi entrepierna.
Un ente ahora sin novio. Tengo mis contactos.
Hablo incluso de noches sin dormir. Una mañana fui a urgencias (aún podía), pensé que estaba sufriendo algún tipo de crisis de ansiedad, no había podido pegar ojo en toda la noche.
Me dijeron que pidiera el café descafeinado, y me mandaron a casa.
Nadie se toma en serio estas cosas. O sí, pero vuelven a fingir; lo convierten en miseria humana barata, chismorreos y crueldad de saldo.
Yo al menos he sido capaz de dar unos cuantos palos. Una madrugada atravesé una tienda de ropa entera con el coche hasta salir por el otro lado. Si quieres ser un capullo, al menos atrévete a llevarlo al límite. No te rebajes limitándote a anecdotizar lo que hace sufrir al vecino.
La única disonancia es ella, la fantasía de la prosperidad, la compañía en la vejez, la planificación de la viudez femenina. El ideal estrella.

Ahora

Lo que he hecho es meterme en Internet. No ha sido sólo cuestión de abrir Google, y no me apetecía pagar en un Cyber. Hace mucho que no hago cosas como contratar una línea y ponerme Netflix. No casa bien con desvalijar comercios y pasear en coche de madrugada. Es raro poder combinar ciertas cosas con levantarse a mediodía.
Me colé en la casa de la hermana de un tío al que había visto sobre todo encapuchado. Le di parte de mi parte en el último palo. La chica, ciudadana modelo, tenía algún tipo de curro móvil de alto perfil. En invierno procuraba largarse a climas más cálidos. Enhorabuena, iba a tener gemelos, su marido tenía perfil de ofrecerte su cartera si dejabas de afeitarte tres días y te acercabas a un metro. Había fotos de ellos por toda la casa, todo olía a tener una chica latina de la limpieza al menos dos días por semana. Todo lucía como luce el aburguesamiento de izquierdas; no muy ampuloso pero sí un poquito avergonzado.
¿Por qué meterme en Internet?
No sabía qué coño puede comprar uno en una mercería. No quería improvisar. Quería pillar algo que incluso me hiciera falta, tener un plan en el que soterrar un contacto directo con ella.
Sólo había un cabo suelto. Era probable que me atendiera su jefa, una mujer que rondaba los sesenta y debía salir con las gafitas en la punta de la nariz incluso en la foto del DNI.
Esperando el momento adecuado fuera del local, veo entrar y salir señoras que no entienden que a veces habrá otras personas que viven y consumen. Hablan y hablan mierda de barrio de la tercera edad, con lo que las clientas se solapan y no hay manera de que la pequeña tienda se quede vacía. Fumo un cigarrillo tras otro.
Lo que quiero comprar es cremalleras metálicas. Algo que no necesito pero que al menos no son pompones y borlas. Es una jugada estética. Lo menos desubicado que se me ha ocurrido.
Estoy mucho más nervioso de lo que lo he estado esperando en mi coche los últimos diez años. Más incluso que cuando algún caco novato me ha vomitado el asiento de atrás sólo de la tensión.
Después de una hora, el local por fin se queda vacío.
Pero aún no es el momento.
Espero un minuto y atisbo por el sobrecargado escaparte si la vieja se quita de en medio.
Vamos, vete al almacén.
Tienes cosas que hacer.
Movidas de ovillos para gatos.
Muérete.
Joder.
Ambas dependientas conversan y no parecen tener intención de dividirse las tareas. Decido entrar. La puerta es aparatosa y tiene una de esas campanillas escandalosas. Es imposible hacerse presente con discreción.
A menudo tengo sueños en los que estoy furioso. No soporto los gritos de triunfo. El momento en que estalló todo. Cuando eres un delincuente y robas en especias, normalmente necesitas otros delincuentes para poder cobrar. No volví a ver a mis padres. Evitar las dificultades habituales sólo te lleva a afrontar otro tipo de dificultades. Un día la poli no se ha traga tu cara de pan de empleado medio. Creo que lo que más me irritaba de la idea de abandonar el negocio, era la sensación de derrota, el orgullo criminal herido. Sólo había una cosa capaz de hacer que intentara adaptarme a la rutina de mucho curro, poca pasta y amigos relativos. Lo que he hecho es meterme en Internet.
Mi pasado lejano y reciente se apelotona en mi cabeza, creo que en mi nuca. La vieja, por increíble (o previsible) que parezca, parece leer la situación nada más verme entrar. Se larga al almacén y nos deja a solas. Mi obsesión desde la infancia me mira y me reconoce. Saluda y sonríe. No recuerdo qué coño quería comprar. Voy a tener que dar un montón de explicaciones, inventar un montón mayor aún de mentiras. En el futuro inmediato me veo haciendo el obrero.

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2 comentarios en “Haciendo el obrero

  1. Hola, Jordi.
    He leído hasta la mitad porque es muy largo pero volveré a terminar la lectura.
    Me han gustado muchas cosas de tu texto y tu forma de contarlas.
    La vida no se parece a las películas, es cierto. Ni siquiera tiene banda sonora.
    Otro caso.
    Saludos.

  2. Jaja si eso pensaba yo para comentar cada punto habría que coger papel y bolígrafo, es curioso porqué hoy en día la gente no lee más de dos frases, ven una imagen y una frase hecha, pero si que es cierto que para leer a este señor hay que tener tiempo, y hoy lo tenía. Un saludo.
    Pd: diría que el escritor de este blog, le interesa más plasmar las cosas de su mente como desahogo y no por la ambición de que lo lea mucha gente..

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