El momento del corredor

Dónde. Quiénes

Si de crío fuiste manejable y estudioso, se trata de esos enormes almacenes que quizá veas desde tu coche, de camino a tu curro de alto perfil. Dentro de esos lugares hay un montón de trabajadores, de esos que sabes jerárquicamente inferiores. Yo siempre he sido uno de ellos. No me importa admitir cierto complejo. Por otro lado, no es que sea un guerrero de clases, pero sí soy cierta clase de guerrero. Esos lugares, esos complejos industriales, están repletos de guerreros de la aceptación. Aunque no lo creas, a veces ahí dentro pasan cosas emocionantes. El asunto no siempre va de lo que cuentan ciertas películas afectadas, europeas y condescendientes.
Por otro lado, lo más cerca que estarías de un Apocalipsis zombi, es que algunos de nosotros dejáramos de montar, clasificar y mover palés. Si nos cruzamos de brazos, nadie alimenta a los camiones; si nadie alimenta a los camiones, dejas de brazos cruzados a los reponedores; y si los reponedores sólo se dedican a fumar en el patio del almacén, tú no tendrás nada que llevarle a tu nevera.
Somos parte de la base. Así de fácil se puede desatar el caos. Los villanos de Bond siempre fueron demasiado rebuscados. Casi nadie sabe hacer ya nada más que no sea comprar. No sabemos sobrevivir, sólo ser sofisticadamente dependientes.

Cuándo. Cómo

Mi lugar de trabajo en ese entonces era tan grande como lo requiere la clasificación y envío de suministros a decenas de tiendas de todo el país.
Imagínate el turno de noche, entrar a currar a las diez y salir a las seis de la mañana. De lunes a sábado. Una sola tarde libre de verdad a la semana.
Eso te moldea el humor. Te conviertes en esa clase de persona.
Era ese tipo de empresa que mueve de ciudad a los trabajadores dispuestos viajar. Una mínima paga extra. Yo nunca pasé por ese tubo, pero sí vi a gente de fuera venir a apoyar la campaña de Navidad. No es que llegaran de lugares donde no había Navidad, pero a veces había que priorizar el esfuerzo en el Centro Logístico.
Por raro que pueda sonar, había bastantes chicas administrando, etiquetando y moviendo palés con carretillas. No éramos sólo tíos con un vocabulario de diez palabras y medio desdentados. Te parecerá asombroso, pero hay personas interesantes en todas partes, a veces incluso encantadoras; o hasta –agárrate bien– cultas. Y no lo digo a la manera asquerosamente condescendiente en que lo diría tu primo el ingeniero sobre sus abuelos. Me refiero a gente perfectamente capaz de expresarse y armar razonamientos complejos.
Mucha gente no sabe que el fracaso académico es a menudo menos una cuestión intelectual que adaptativa.
La gestión del miedo es algo en lo que profundizar, y no es que yo sea un experto. Lo que sí sé es que la motivación no siempre guarda una relación directa. Si eres lo que llaman adulto y tu única especialidad docente es el miedo, igual deberías mantenerte lejos de las aulas y cerca de los condones.

Quién

Esto es un terreno pantanoso, un lugar común casi siempre horriblemente previsible, a reventar de mala poseía y prosa nefasta. Saturado de lágrima fácil y sexo burdamente controlado. La literatura en torno al Amor es tan abundante como mediocre. Encontrar algo bueno, bonito o significativo sobre el tema, es mucho más difícil que lo de la aguja en el pajar. Se parece más a detectar a alguien capaz de un discurso propio. Hoy en día eso es una auténtica rareza, ya que no sólo abunda el discurso repetido, sino que además ahora se aplaude sin reservas.
El amor no pasa por su mejor momento. Hay personas que han decidido que pueden tomar medidas respecto a lo irracional. La militancia, venga de donde venga, siempre cree que puede embotellar el aire; que podrá venderlo como argumento. Ahora cierta militancia ha cerrado filas no sólo frente a la ciencia, sino también frente a la naturaleza. Ahora hay personas que no soportan la idea de ser carne y química con predisposición biológica.
Creen que pueden hacer que la gente sienta y quiera lo que a ellos se les antoje.
La ingenuidad ha tomado su forma más estúpida y agresiva.
Por suerte, y menos mal, eso aún no era así cuando la conocí a ELLA. Aún no estaba mal visto reconocerte ser humano. Fue a principios de los 2000, esa década que no parece tener personalidad alguna para quienes recuerdan los 80 o los 90. Yo estaba en una fase semivegetativa. Tenía veintipocos y me dedicaba a mirar al suelo y procurar no hacerme ilusiones. Era una vida que no tenía siquiera fines de semana decentes, algo a lo que nunca llegaría a acostumbrarme. Despertaba los sábados a mediodía, y eso era todo, esa tarde restante. Al día siguiente tenía que volver al curro por la noche. No tenía tiempo de descansar; y ni de puta coña tenía tiempo para desconectar. Intentaba ir al cine y leer, ver a los amigos a ratos, pero, no sé cómo definirlo sin aburrir, excepto que básicamente no había espacio para la alegría.
Era una vida sin tiempo de calidad, sin sexo compartido, sin proyectos de futuro. Una vida que me robó ese momento necesario de la noche, para dormir, o para leer, para escribir. Para intimar.
Mi vida era una mierda como un piano. No tenía nada que ofrecer, nada que contar y nada que ser.
Me movilizaba seis tardes a la semana a las ocho y media, para ir a pie el tramo de veinte minutos que había hasta donde paraba el autobús. Luego me zampaba una hora de viaje hasta la nave industrial. Seguro que te empiezan a cuadrar las cuentas. Aprovechaba el viaje para leer, aunque sólo en teoría. Había gente ruidosa, y no siempre luz a mano.
Cuando llegaba, iba hacia mi taquilla. No es que allí nada se pareciera a un instituto. En los vestuarios había banquetas y duchas. Fuera había pasillos, grises y funcionales. Y había un corredor que llegaba hasta el almacén propiamente dicho. No sé las medidas, pero aquello podían ser unos tres campos de fútbol. Todo lleno de estanterías para palés, altas y enormes, con espacio entre ellas para maniobrar con todo tipo de máquinas. No era una fábrica más, o sí, pero era un centro vital del sector servicios. Allí era donde se iniciaba la labor que hace que los pasillos de tu supermercado tengan ese aspecto colorido y relajante. Como si unos duendes, sonrientes y orgullosos, los hubiesen preparado para ti.
Mientras tú dormías, yo te paletizaba las próximas veinte comidas.
La jerarquía no se construye de acuerdo con la importancia de cada labor.
Recuerdo que por aquella época chateaba a diario con una universitaria. Ella se iba a ir de erasmus, estaba Viviendo el Sueño. Nos vimos puntualmente (aunque sin roce), ella me gustaba. Creo que por algún tiempo le llegué a gustar también. Creo que a mí nunca dejó de gustarme, y a juzgar por Instagram ella ahora folla con un pelirrojo barbudo en un piso la mar de cuco.
En la vida real, no había manera de conocer como es debido a nadie. Excepto a quien ya conocía. La gente suele elegir a alguien con quien poder salir a cenar o ir al cine de una forma relajada. Yo ofrecía sobre todo limitaciones. No era un buen punto de partida. Mi horario laboral coincidía directa e indirectamente con las horas principales de ocio, relax y descanso del resto del mundo. Cuando los demás se reunían, reían, tomaban algo y respiraban tranquilos, yo no estaba.
Pero estoy derivando un poco.

No hay tanto que contar, pero lo que hay necesitaba de no poco contexto, y requeriría desarrollo infinito. El estado de ánimo y la logística en ese punto de mi vida, son primordiales para entender cómo de intenso tenía que ser un sentimiento para trascender el hecho de que me había aceptado a mí mismo como zombi. Procuraba no sentir, no juzgar, no valorar y no planear. El futuro a medio plazo era sólo más palés y olor a cartón. Los sábados a mediodía, me recordaba inmediatamente a mí mismo que sí, era fin de semana, pero no para mí, yo sólo pasaba por allí.
Y por todo eso que parece me obstino en volver a explicar de otro modo, es por lo que ELLA fue importante. Relevante. Crucial incluso como fenómeno. Quizá una clave para explicar por qué tanta gente se resigna a tragar tanta y tanta mierda durante su vida.

Una noche bajé del autobús. Alguien me dijo que había llegado gente de fuera al almacén. Que iban a estar haciendo inventario. Chicas.
Mi respuesta fue nula, quizá una sonrisa torcida. Mis compañeros creían que era mi sentido del humor, pero era todo lo que sabía hacer cuando llevaba allí dos años. Asentía y procuraba no derrumbarme. A veces llegaba tan cansado y apagado a casa, que no tenía reservas ni para hacerme una paja. A veces pasaba una semana entera sin tocarme los genitales excepto para lavarme. No podía follar ni conmigo mismo.
Algunos sábados por la noche (que en mi caso se parecían mucho a los domingos por la tarde de todo el mundo), me hacía lo que yo llamaba: La Gran Paja. Lo cual no tiene mucho más que decir.
Así que habían venido chicas de fuera, iban a estar purulando con carpetas por los muelles, los camioneros dirían obscenidades y puede que alguno se llevara una patada en los huevos. No sería la primera vez.
No es que todas fueran jóvenes y lozanas, pero la mayoría de la gente que decidía “dejarse viajar” por la empresa, no era mayor, y raramente eran hombres, porque el trabajo más físico solía estar bien cubierto.
Me llegué hasta los vestuarios y me cambié de forma automática, resoplando, mirando al suelo y saludando mecánicamente a compañeros. Algo que había advertido, es que los más mayores, los casados y con hijos, los “atados”, los mediana edad, los veteranos, eran los menos depresivos allí. Algunos incluso parecían optimistas. Creo que era porque de alguna manera habían pasado el testigo de sus vidas. Como si ellos ya lo hubieran intentado (o no, eso ya no importaba) y fracasado, y ahora le tocara probar a su descendencia. Había algo lógico y a la vez retorcido en ello, como encontrarse cómodo en el limbo. Como tener la excusa perfecta, o aún más raro: un antídoto emocional contra la depresión del trabajo repetitivo, el horario esclavo y la conciencia de la eliminación del yo.
Esos tíos entraban al vestuario con un animo parecido con el que lo abandonaban al final de la jornada. Aunque a decir verdad, yo también, pero no precisamente con esa cara de satisfacción, o como mínimo plácida conformidad.
Ese día, como siempre, me puse los pantalones de la empresa, la faja de la empresa y la camiseta verde vomitona de la empresa; y me dispuse a atravesar el corredor que llevaba a la carencia de sorpresas. La faja era negra y funcionaba con velcro. Era obligatoria sólo en teoría. Si paletizabas ibas a mover mucho peso. Tradicionalmente, de ahí es de donde suelen venir las hernias. Si te ganabas una y no habías estado usando la faja, la empresa se desentendería. Y si no, también; pero eso es otro tema.
Iba pensando en ello mientras avanzaba por el largo corredor.
Ella entró en él desde el almacén. Caminaba hacia mí. Probablemente había subido por uno de los puertos. A veces la gente no sabe por dónde meterse en un lugar tan enorme, como si no hubiera una puerta de entrada, una recepción y hasta plantas de interior.
De entrada sólo veía un contorno. Luego me percaté de que era una chica. Después –todo desde pensamientos automáticos– decidí momentáneamente que no debía ser muy guapa. Primero tiras del canon; es después cuando llega la percepción personal. La chica no era canon, no era exactamente delgada, alta y contonenante, no era “femenina” al modo de revista que mucha gente cree es el único que nos a atrae a los hombres que preferimos las mujeres.
Cuando se fue acercando más, cuando pude ver sus rasgos y formas, se activó mi programa de gustos propios. Gustos siempre volubles y poco previsibles, aunque supongo que eso le pasa a todo hijo de vecino.
Llevaba el pelo corto, ni siquiera por los hombros, casi una especie de peinado de chico de los noventa. El pelo claro, aunque no rubio, puede que pelirrojo. Me gustaría ser más preciso, pero no se le puede exigir precisión a quien dice haber visto a la Virgen María, y para mí esto fue una experiencia parecida. Tampoco digo que lo que me atrajera fuese su aspecto virginal, como si la clave de todo esto fuese que yo me pongo cachondo con los colores pastel. Simplemente hablo de lo que para mí fue una visión.
Diría que no recuerdo apenas su nariz y su boca, porque sus ojos presidían su cara dando martillazos a discreción para que los miraras sí o sí.
Y eso fue lo que me pasó.
El problema de los ojos es que también te ven a ti. Es parte del éxito de los culos, es lo más asequible para el voyeur. Las tetas se encuentran en un término medio peligroso; no exactamente en la cara, pero aun así demasiado cerca de los ojos.
Lo que hice fue mirar como un bobo mientras nos acercábamos el uno al otro. Supongo que ella iba camino de las oficinas. Los primeros segundos su mirada se atenía perdida sólo a sus pensamientos. Pero era inevitable que se diese cuenta. No puedo imaginar qué debió pensar; quizá primero que yo la conocía, y a la postre que era un psicópata. En cierto momento, estuvo a punto de decir algo. Algo a modo de saludo. Pero creo que mi forma de mirar era mucho más que curiosidad. Ni siquiera era un rollo de salido. Eso fue lo que más la desconcertó. Nos aguantamos la mirada hasta estar ya el uno encima del otro.
Pero sólo metafóricamente.
Ella continuó hacia donde iba, y yo seguí unos pasos más, me detuve, y me quedé perplejo; perplejo conmigo mismo. No dejé de darle vueltas a ese momento en toda la noche.
El momento del corredor.

Ella sólo iba a estar allí una semana. Todo el mundo conocía esos tránsitos. Supe que tenía novio, allá de donde venía. ¿Narnia? Creo que Alicante. Es muy posible que no tuviera novio y sólo fuera una historia para alejar moscones. Esos siete días pasaron cosas no poco extrañas, aunque en realidad sólo accidentes. Obviamente, no fui el único que se fijó en ella. Creo que había chicas mucho más canon que no estaban entendiendo nada. Cayeron más palés de lo normal, e incluso una carretilla volcó durante esos días. Al parecer el chaval que la llevaba se cruzó con la chica. Giró el cuello de golpe sin darse cuenta de que estaba girando también el volante. No es tan fácil cargarse el centro de gravedad de un toro.
No volví a mirarla de ese modo descarado, y desde luego no hablé con ella. No tenía sentido. La gente que venía a echar unos días por la paga extra, tenía la mentalidad de quien va a un estanco a por tabaco: entrar, hacer, salir. Básicamente se relacionaban entre ellos, hacían gueto en el comedor y procuraban no buscarse líos.
Me llamó la atención la actitud de los veteranos. Como si vieran en la mirada de los jóvenes que la miraban a ella algo que ellos entendían muy bien. Algo me decía que tenía que ver con lo que les hacía afrontar ese trabajo gris casi con una sonrisa. Sólo algunos de ellos llegaron a cruzar palabra con la chica. Ella sabía que no le tirarían la caña, y ellos se sentían felices simplemente oyendo el timbre de su voz. Creo que eso les transportaba, les confirmaba algo vital. Yo no sabía despejar aún la x. Sólo intuía que todo aquello, aquella dinámica de magia inesperada, tenía que ver con el momento del corredor.

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