Casi nada en Budapest

Iba a Budapest porque tenía amigos allí. O eso era lo que le contaba a la gente. En realidad sólo conocía a un colega que vivía allí desde hacía unos años. Ahora tenía una novia de cristal y un trabajo de lujo para tiempos de crisis. Su Instagram era un collage de novia rubia, paisajes y oficinas. El perfil de alguien que cualquier día podría cortar a su pareja en pedazos y conservarlos en la nevera. Se había dejado una barba frondosa, perfilada. Ahora tenía ese aspecto calculadamente descuidado, como de mendigo que tras un golpe de suerte echara de menos en secreto su vida bajo el puente. Ni siquiera me caía muy bien, y tampoco llegué a contactarle.
Mi intención real era estar solo unos días en el extranjero. Era un plan vago, no estaba muy convencido de ello. Tenía más sentido salir de donde estaba que ir a donde iba.
Puede que a veces viajar no tenga que ver con huir, pero si eso te convierte en el turista medio, quizá sea mejor la tristeza.
Qué hice en Budapest. No tiene interés para el caso. Todo lo que se puede narrar sin matar a nadie de aburrimiento, pasó en el avión y en el aeropuerto.

En el avión me tocó junto a una chica que hablaba mi idioma. Viajaba sola. Era húngara. Traductora. Me dio conversación, preguntó que por qué Budapest. No sabía qué contestarle, así que intenté hacerla reír. Hago eso más de lo que es aconsejable, pero con la gente nueva es eficaz. Le comencé a hablar de mi colega emigrante. Con eso sí fui sincero, le puse a caer de un burro. Ella volvía a casa. Allí le esperaba un gato que le cuidaba la vecina. No dijo que no tuviera novio, pero me dibujó un contexto en el que se hacía difícil encajar uno. Generalmente, la gente con pareja pierde el noventa por ciento del atractivo para mí. Si además tienen hijos, procuro no acercarme a un radio de veinte metros. No siento que pueda aportar nada a quienes ya tienen su vida construida, y tampoco me seduce intentar desestabilizarles. Pueden ser como mucho una fantasía de paja de madrugada.
(Prefiero no desarrollar hasta qué punto esa gente se convierte en un importante emisor de condescendencia.)
Sin embargo, no hay nada que me parezca más atractivo que una treintañera independiente y sin pareja sólida.
Ella tenía curvas generosas y una cabellera lisa y negra, ojos claros y tez blanca. Cara redonda. Una especie de personificación real de la belleza del primer mundo. Sana, aparentemente equilibrada, y relativamente libre. Físicamente, estaba fuera del canon, pero seguramente dentro de las fantasías de la mayoría.
Me insistió por última vez. ¿Qué iba a hacer yo en Budapest? Le dije que, con suerte, casi nada.

Me quedaba clavado en sus ojos cuando me hablaba. Y no soy de los que mira a los ojos. Cualquier otra forma de interacción me resulta más cómoda. Se me puso la polla morcillona y llegué a mojar los calzoncillos al estilo preseminal. No viajábamos precisamente en primera clase. Así de cerca estábamos. Ella se abstraía en su discurso, con lo que yo podía observar con poco disimulo sus rasgos, la delicadeza, su lengua, cómo su saliva lubricaba. Como siempre, no se trata de todas esas cosas, sino de la propietaria de las mismas. Lo asqueroso se vuelve increíblemente excitante según la persona.
Como si me hubiera estado leyendo la mente, se puso a describir sus parafilias. Procuré tapar mi bulto con el faldón de la camisa. ¿Por qué hablo de todo esto?, decía. Parece ser que mi forma de asentir le era persuasiva. Tuve una profesora de mates a la que siempre le sorprendía mi bajo rendimiento en los exámenes. Suplía el desinterés en las clases con auténticas dotes de interpretación; abría los ojos con vehemencia, aparentemente interesado, y parecía estar atento a todo lo que contara el profesor de turno. Por dentro, en cambio, quería largarme, escurrir el bulto, barrer la mierda bajo la alfombra. Eso siempre se me dio bien.
Pero en el avión el interés era real. No sólo real, sino también físico, y dejaba mancha. ¿Por qué hablaba de sus parafilias? Creo que hice una broma tirando a guarra, ella la recogió, y cuando se quiso dar cuenta estaba hablando de lluvia dorada.
Entonces, muy poco antes de aterrizar, alguien se levantó de su asiento gritando en árabe.

Es la pesadilla primermundista más popular. Actualidad en estado puro. Somos tan dados al espectáculo que al principio no sabíamos si aplaudir o cagarnos de miedo.
Acto seguido, el avión comenzó a hacer extraños, de una forma aparatosa y violenta. Ya habíamos pasado por una fase de turbulencias. Fuera había una tormenta, seguramente mal pronosticada. La sensación era que ahora caíamos en picado. El ruido era tal que apenas escuchábamos los avisos sobre ponernos los cinturones y rezar (sí, rezar). Ahora había varios horizontes posibles: o una bomba que probablemente no era tal, o tortilla de pasajeros contra el suelo.
O qué.
El avión no iba poco cargado. Mi compañera y yo nos miramos. Se trataba más de miradas de desconcierto que de miedo. Puede que nos acostumbremos tanto a tener miedo con cosas que no lo merecen, que cuando tienes una oportunidad real no sepas de entrada qué hacer para la ocasión.
No tardaron en comenzar a oírse gritos.
Ahora era, este era el momento adecuado. Mearse encima, cagarse, llorar. Y yo que un minuto antes había estado fantaseando con que mi nueva amiga se me meara encima alguna vez. Por probar. Diría que normalmente la gente siempre es un tercio más retorcida de lo que está dispuesta reconocer.
Saltaron las mascarillas de oxígeno, como si pudiéramos hacer otra cosa que sujetarnos a los asientos y entre nosotros. El cinturón se me clavaba. No veía mi vida pasar por delante, sólo el asiento delantero, golpe a golpe contra mi cabeza. La traductora no lloraba, no gritaba, sólo parecía esperar. Eso fue lo que debimos pensar muchos: ha llegado el momento, y está carente de Literatura. Sólo caeremos y descubriremos qué hay después.

Nadie quiere pensar nunca que vaya a ser Estadística de una forma tan marcada. Estas cosas no te pasan a ti. Pero la verdad es que, de alguna manera, el avión se estabilizó. Y había un terrorista en el suelo, con un golpe que le vertió parte de los sesos en el pasillo. El sol inundó a topos brillantes el interior del aparato. Logramos huir de la tormenta. Excepto el terrorista y un par de infartos de la tercera edad, el resto no teníamos más que contusiones.
Ahora viajábamos con tres cadáveres y una historia extrema aunque poco original para contar. Casi morirse, en términos de narrativa a lo largo de la Historia, a priori es meramente anecdótico.
Claro, depende de cómo te lo montes.
Si el terrorista tenía compañeros de fe (y había al menos dos árabes más), se les quitaron las ganas de vírgenes y uvas.
No sabíamos qué decirnos. No sabía valorar el suceso. Lo cierto es que el asunto del terrorista tenía miga. La vida no está llena de casualidades que te salvan de un Dios. En ese momento, mi mente en blanco estaba más llena de ruido y colores que nunca. Nunca había sentido una paz tan escandalosa. Un alivio tan doloroso.
Por supuesto, ni nos cabía en la cabeza la idea de que aún pasara algo más. El comandante había soltado un discurso de razones y disculpas, y acabamos llegando a destino.

Salimos como muertos vivientes camino a la cinta que nos tenía que traer las maletas. Pero vi que mi compañera de viaje se desviaba con otros hacia uno de los enormes ventanales del aeropuerto. A lo lejos, una gran humareda e incluso un resplandor rojizo de llamas. El cielo estaba tapado, una oscuridad anormal para la hora. Me llegué hasta donde estaba ella. Antes de fijarme en nada, le pregunté si estaba bien.
Mientras yo dirigía la mirada hacía el accidente lejano, me dijo:
–Mira allí…
Me señaló a una persona. Vi a uno de los dos viejos teóricamente infartados.
Luego, vi al terrorista que había muerto, sentado y llorando en una zona de espera.
–Vamos a ver –me dijo ella. La resistencia de su naturalidad, o algo más.
Me sentía extrañamente calmado. Nos acercamos al joven árabe. Lo que en nosotros era Imposible, en él era Decepción. Mi compañera (aún no sabía su nombre) le puso una mano en el hombro. Comenzó a hablar con él, conocía el idioma. Podía ver de fondo luces de camiones de bomberos. La demás gente llenaba la terminal, y yo no sabía diferenciarlos a unos de otros.
Nos hicimos amigos de Adham, así se llamaba el chico. Yo hablaba con él por gestos.
Caminamos por las pistas. Él también se calmó, como si le invadiera la misma sensación de temple sobrenatural que a nosotros. Buscamos un gorro para él, no era agradable ver su cráneo vacío.
Ella se llamaba Imara.
Imara nos guió, tomó las decisiones. Aprendió por nosotros y exploró las nuevas posibilidades.
–Tenemos que irnos de aquí –me dijo.
–¿Por qué?
–Algo me dice que es lo mejor.
En ese momento aún no sabíamos que no era Algo, sino Alguien. Luego, lo primero que descubrimos, es que iba a comenzar a ser buena señal no tener demasiado que contar.

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5 comentarios sobre “Casi nada en Budapest

  1. Eso sí…es totalmente brillante . No todos tus textos me gustan . No, no es que no me gustan, simplenmente no capto el argumento y razón. Supongo es porque …”Diría que normalmente la gente siempre es un tercio más retorcida de lo que está dispuesta reconocer.” jajajaj, me refiero de mi. Repito, el texto es estupendo.

      1. Tienes la capacidad enorme de imaginar…y escribes muy bien. -¿Pero no te importa en.absoluto el interés público por tus escrituras? No tienes esa ambición? …en bien sentido de la palabra. Si lo públicas se supone que te interesa la opinión ajena. Es que no participas en intercambio de ideas…no te comunicas. Es que así que tu no encajas en el marco habitual tanto por escribir como por comunicarse provocas mucho interés. Me refiero de mi jajaja. Un abrazo

      2. Sí me gusta tener lectores, pero hace mucho que blogueo poco, que es la única manera de recibir visitas, y se me da mal el autobombo, y sobretodo pereza cuando veo la impresión que me dan quienes se lo dan. Sigo escribiendo hasta que vuelva a reunir fuerzas para intentar publicar o dar un paso más 😆😄

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