Esfera

Durante un tiempo pareció que mejorábamos. Que estábamos aceptándonos en nuestras diferencias y arrinconando el ego. Que entendíamos que merecíamos las mismas oportunidades unidas a los mismos deberes. Que tribalizar era algo torpe, rancio, y colectivizar algo sólo puntualmente práctico. Parecía que estábamos avanzando, porque el progreso era natural, y no sólo político. Porque nos comenzamos a reír de lo estúpidos que habíamos sido, en lugar de encauzar las energías hacía el revanchismo.
Y empezábamos a aceptar que existía ese trasfondo cada vez más evidente, la conciencia de que el mundo sólo es justo a veces, de que en muchos sentidos estamos maniatados y a la postre vamos a morir.
Luego, nos volvimos torcer. El pasito atrás clásico cuando se intenta atajar y forzar la mejora en curso. Cuando se pierde la perspectiva de lo que se había conseguido. Las personas saturadas de ego no están sólo en los despachos echando barriga. Los más tontos, narcisistas e intransigentes, pueden llegar desde cualquier dirección ideológica, formación o carencia de ella. La frustración personal debida a la propia incapacidad para afrontar la vida, siempre ha sido una fuente inagotable de “revolucionarios”. De colectivistas y buscadores de tesoros retóricos, palabras enormes con que tapar el propio error, la cobardía, pero sobre todo ese tipo específico de escalofriante mezquindad.

Escribía así en servilletas de papel, ordenando las ideas. No suelo quedarme en la barra del bar, pero ese día me sentía inquieto, ansioso y a la vez un poco de vuelta. Como diría un cursi, esbozaba pensamientos. Despejaba la mente, estaba nervioso, relajado, cachondo y a la vez convencido de que esa noche no se me levantaría. Se puede estar todo eso a la vez, y no es agradable.
Me esperaba lo que llaman una cita doble. Un semidesconocido tenía que llegar con dos chicas. Yo me había adelantado. Alimento la fantasía de que llegar antes a los sitios proporciona cierta ventaja. Nunca me ha funcionado, pero nunca he dejado de hacerlo. Mi sentido de la táctica es vocacional, nunca he pretendido forrarme con eso.
La cosa va de unos heteros aburridos, como casi siempre. El secreto está en que ser hetero no es en absoluto aburrido. Sólo es mayoritario. Ahora también se percibe como algo mainstream, o incluso amenazante. Si además eres hombre y blanco, habrá quien hable sobre ti como si hubieras estado pisando cabezas antes de nacer para robar tu condición. Da igual que te hayas pasado la vida salvando a focas bebé o cogiendo a perros asquerosos de la calle.
Generalmente, si hay algo que chifla a la gente, es practicar lo mismo que condenan en otros. Se amparan en ciertas bases ideológicas a priori indiscutibles, por lo que casi nadie se atreve a rebatir lo que surge de ahí por miedo al insulto. O mejor dicho: a la acusación grave. Hay gente que cree que si la idea es buena o bienintencionada, el desarrollo de la misma siempre será inteligente y sublime. Es la última gran fábrica de gilipollas.

Llegaron, pillamos mesa y nos sentamos. La chica que mi colega relativo se quería ligar, era delgada y rubia, y no me atraía especialmente. Tenía una conversación lánguida y monotemática (su trabajo). Quien a mí me atraía era su amiga, una “japonesa” de veinticinco años que no había pisado jamás el país de sus padres. No conocía ni Humor Amarillo. Admitía no tener una gran curiosidad por Japón, aunque decía que el viaje acabaría sucediendo. Tenía una cara preciosa, y esa piel que parece de cuento de hadas, de aspecto suave y delicado por más que acerques la vista buscando imperfecciones. Toda ella era como ver una flor extraña y colorida que jamás has visto antes.
Mi colega era un antiguo compañero del colegio, de primaria. Para tener compañeros de universidad tienes que haber ido a la universidad. Lo relacionado con la universidad tiene un montón de permutaciones, aunque antes había mas diferencia entre haber ido o no. El clasismo académico siempre ha gozado, como sea, de una gran aceptación. Las chicas las contactó sobre todo él. Hacía una semana nos habíamos encontrado los cuatro borrachos en una discoteca. Todos íbamos con distintos grupos de amigos. Quedamos para vernos otro día (yo con reservas). Nosotros queríamos follar, ellas, ni idea. No somos lo que se dice de machacarnos el cuerpo, excepto por el asunto de las calorías y la dejadez. Éramos dolorosamente del montón, ellas estaban en otra liga. Todo esto podría sonar superficial si no fuera porque incluso la gente más “profunda” se rige exactamente por los mismos principios de la atracción que todos los demás. Lo cual no quiere decir que estos sean los que siempre se dice que son. El canon físico es sobre todo un cuento.
En cualquier caso, ahora la biología no tiene muy buena fama. A la gente no le gusta admitir que no lo controla todo. Más bien deberíamos preguntarnos qué demonios controlamos.
La “japonesa” me hablaba de literatura japonesa, la cual sí le interesaba, pese a su escaso interés por pisar la tierra materna. No sabía qué pensar de ella más allá de lo evidente. Mientras nosotros continuamos charlando, mi colega y la rubia se fueron al lavabo a follar. Primero se levantó ella, le susurró algo a él, y a los dos minutos se levantó él. Todo muy sutil, ambos en el lavabo de mujeres. Conectaron con facilidad, a ninguno le interesaba el otro. Cuando alguien te gusta de verdad, es probable que intentes reprimir el impulso animal, quieres parecer relleno de racionalidad y proyección de futuro. No hay nada que me parezca más lógico y odioso (por falso) a la vez. Yo no sabía qué pensar de la japonesa, pero creo que ella tampoco sabía qué pensar de mí. Hablaba ella casi todo el tiempo, sobre todo porque yo no sabía qué coño contarle. En realidad, no sabía qué hacía allí, algo que me suele pasar con facilidad cuando no estoy solo.

La noche se comenzó a torcer, o a poner interesante, o a enderezar. No tengo ni idea, nunca he sabido leer bien los giros en una trama real.
No hace mucho de esto, aún no para contar en años. Salimos del bar y la “japonesa” nos dijo que la siguiéramos. Insistió. Mi pseudocolega y la rubia iban magreándose el culo mutuamente; yo ya no sabía qué esperar de la noche. Aún no sabía que, a cierto nivel, se convertiría en la noche más importante de mi vida.
Ninguno protestamos, se nos guió hasta las afueras de la ciudad, y luego nos vimos adentrándonos en un bosque con menos y menos basura a medida que avanzábamos. Nos alejábamos sin remisión. No se me ocurría qué opinar. No hablábamos. Íbamos algo borrachos, pero no tanto como para mentir sobre nuestra memoria al día siguiente. No recuerdo sentirme inquieto. Había algo en mi acompañante que hacía que todo pareciera apropiado y sólido, lógico dentro unos parámetros que sólo ella conocía. Podría haberme agarrado de la mano y saltar juntos al ojo de un volcán. Fuera de las aulas siempre fui bastante maleable, pero aquella noche mi inercia servil natural se multiplicó por diez.
No se trataba del sexo potencial, para mí ya no, ni tampoco de un sentido suicida de la aventura. Era noche cerrada y el camino se estrechaba. Creo que el colega y la rubia sólo pensaban en llegar a destino y retozar tras un seto.
Puede que el destino fuera un pequeño lago, un claro de paisaje agradable, algún tipo de lugar favorito de la “japonesa”.
Puede que, a fin de cuentas, sí quisiera follar, utilizarme un rato, pero no en un lavabo o una habitación cutre. Quizá quería que la recordara, ahuyentando la sequedad del sexo sin más. Lo cierto es que la recordaría, pero por nada relacionado con el sexo, nada de ideas básicas o cerradas. Íbamos a sentirnos de lo más mamíferos, sí, pero no por motivos que puedan encajar en sistema teórico alguno.

Llevaba tres servilletas de papel escritas con letra minúscula en un bolsillo trasero del pantalón. Un intento de aterrizar mis pajas mentales, de justificarlas. Aún creo que tanto los razonamientos más lúcidos como los más idiotas, parten de un paja mental. Le das vueltas a algo; el secreto para acertar (o acercarse) está en no excederse y caer en manos de la gimnasia mental, en ser capaz de trascender tu Ideología, sea cual sea, y lograr ser una Persona.
En ese momento no era consciente ni de llevar los pantalones. El bosque me atraía, procuraba no perder de vista el culo de mi pareja ocasional. Era un bonito culo, pero era la primera vez que miraba uno así sin que un solo pensamiento lascivo cruzara por mi mente. El culo solo hacía las veces de guía, y la luna llena nos permitía no tener que hacer uso de la cegadora linterna del móvil. Si encendíamos una luz tan fuerte, nuestra vista perdería la referencia de todo lo demás. Pasa en todos los ámbitos. Ni se nos pasó por la cabeza.
Caminamos más de una hora. No hubiera sabido volver solo a la civilización. Avanzamos entre árboles, abandonando caminos y encontrándonos en otros.
Llegamos a un claro, y el terreno se comenzó a accidentar. Cuando me quise dar cuenta, estábamos avanzando en el interior de una cueva. La “japonesa” nos pidió que tampoco encendiéramos el móvil ahí, que eso era vital. Mi semicolega y la rubia se metían mano y reían como críos de doce años. Entonces nuestra guía se quitó su propio suéter y lo lió y sujetó al extremo de una rama gruesa. Creo que había cogido la rama antes. Prendió fuego con su mechero a la pieza de ropa, y ya teníamos una suerte de antorcha. Seguíamos sin hacer preguntas, parecía que sabíamos siempre dónde pisar, y no porque esta chica “asiática” ahora casi imberbe nos guiara, sino porque ella parecía entender algo que nosotros no sólo no entendíamos, sino que tampoco podíamos imaginar. Algo nos estaba ahorrando los tropiezos. La realidad empezaba a manifestarse con más aristas de las habituales. En ese momento no podía articularlo, y ni siquiera pasado un tiempo se me da muy bien.
Comencé a atisbar una luz azulada, o verdosa, o blanquecina. Como fuere, una luz suave  y a la vez potente. Y llegamos, por fin, al fondo de la cueva. Al fondo del asunto.
No sabía qué hacer, y por un momento me asusté. Más bien pensé que era algún tipo de broma retorcida, y no quería acabar en la tele o en youtube poniendo esa cara de entretenimiento de mierda el día de los inocentes.
Había una esfera, aproximadamente dos veces una pelota de Nivea. Flotaba a un metro del suelo. La “japonesa”, que en el bar era de lo más parlanchina, ahora no quería dar explicaciones. Más bien actuaba como si eso fuera contraproducente. Había mucho que entender pero poco que decir. Sólo me cogió una mano, y me invitó a tocar el objeto. Irradiaba cierto calor, pero desde luego no como una estufa o una brasa. Era rugoso al tacto, pero carecía de filos con los que cortarse. Al principio era agradable, y luego cada vez me sentía mejor y mejor. Mi corazón se había calmado, y mi cerebro sólo se centraba en ciertos recuerdos y sueños, y sobre todo imágenes, las imágenes que me hacían flotar cuando hacía mi valoración más positiva del mundo y la vida.
La “japonesa”, también palpando la esfera, sólo dijo una cosa antes de volvernos a casa;
–Hay más, y antes eran mucho más grandes. Pocas veces se dejan ver.

Meses después, pienso en ese día prácticamente cada noche antes de dormir. Intenté hablarlo con mi colega light y su nueva amiga. Les contacté por Internet. Ellos no recordaban haber visto nada. “¿Una esfera azul que flotaba? Tío, qué colgado ibas”. Por si lo que pasó no fuese lo suficientemente extraño, me hablaban de ello como si lo hubiese soñado. Logré volver yo solo a la cueva. Fui una vez de día y otra de noche (dos aventuras patéticas y deprimentes, que no pienso desarrollar). Todo parecía en su lugar, excepto que no había nada más que tierra y rocas.
La “japonesa” desapareció de la faz de la tierra. Sólo compartí aquellas horas con ella, pero me siento abandonado. Es algo menos violento que enamorarse, pero más importante. Alguna vez espero poder describirlo mejor. Cada vez que veo a una asiática por la calle, necesito asegurarme.
La pasada nochevieja estaba casi seguro de haberla visto. Yo estaba en el piso de un colega, nos comimos las uvas, éramos unas veinte personas. Era un quinto piso, y salí a fumar al balcón. Como había hecho ya cientos de veces, busqué a la “japonesa” en mi móvil. En Facebook, en Twitter, etc., hice un barrido inútil. Otro. Creo que mi actitud guardaba relación con algo que no había entendido aquella noche, como si ella hubiera señalado algo, y yo hubiese mirado su dedo.
Me guardé el móvil en el bolsillo, aspiré fuerte el humo. Abajo vi a un grupo de chicas. Estaban a punto de desaparecer tras una esquina. Entre ellas habías dos asiáticas, y juro por mi madre que una de ellas parecía de verdad la “mía”.
Dije:
–¡¡Eh!!
Era muy difícil que me hubiese oído, pero se detuvo, aun sin localizarme. No sé por qué, no me atreví a decir nada más. Me quedé mirando, embobado. Ten piedad, pensé, llevo casi un año leyendo a Murakami, y me encanta, pero sigo necesitando respuestas cerradas, sigo siendo débil.
Ella buscó y buscó con la mirada, hasta que dio conmigo. Debía verme como poco más que una mancha a la distancia que estábamos, pero, fuese quien fuese, sonrió con dulzura. Antes de irse, agitó su mano derecha en mi dirección, y yo rompí a llorar.

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7 comentarios sobre “Esfera

  1. Precioso….muy, muy bueno . A proposito, no me gustó Murakami me pareció poco japones, que esta escribiendo para el Oeste. Quizá porque no lo leí mucho . No me gusto el primer libro y no tenía ganas de volver a leerlo.

  2. A veces queremos creer con todas nuestras fuerzas que no necesitamos a nadie, que el mundo real nos aburre porque, aunque lo revistamos con mucho toque intelectual, somos mejores que todo eso..

    No es cierto, algo primitivo y mamífero de nuestro interior nos hace anhelar encajar en algún lado. El mito del alma gemela brillando como una pequeña luz que se mece en la tormenta…

    La mayoría nos rendimos antes de tiempo. Nadie quiere pasar toda una vida buscando algo que quizás no exista…

    Esa cueva, esa pelota flotando… esos breves instantes donde todo parece encajar y que pasamos toda una vida intentando repetir.

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