Archivos Mensuales: junio 2019

80 ILEGIBLES (31 de 80) – Pobre cabrón

Dos chicos y una chica agredieron al Pecas. Así era como se le llamaba. La verdad es que había tenido suerte con el mote. De ser sólo por el mote, habría pasado unos años de colegio casi tranquilos.
Éramos niños de once años. Relativamente felices y claramente confusos. Ese día no había ningún profesor a la vista, o al menos cerca. La hora del patio era ese rato de alivio tan discutible; quedaban dos horas de clase aún por delante. Cuatro contando las de la tarde. Creo que algunos hubiéramos firmado salir media hora antes al final del día; era mejor que tener media hora de pausa a las putas once de la mañana. Aunque puede que no.
Como sea, media hora era una mierda de descanso. En el lapso de salir, mear, beber agua y desenvolver el bocata, ya te habías comido casi diez minutos. En dos pelotazos sonaba el timbre, y vuelta a los bostezos.
Al menos ese día estaban calentando al Pecas.
Del Pecas se decía que olía mal (cierto) y una vez mató un pájaro de un pisotón. Al parecer el bicho estaba herido y aleteando en el suelo. Pero nunca se confirmó si era cierto.
Creo que fue la niña la que soltó la primera patada. Puede que no, pero lo recuerdo así; creo que fue eso lo que desencadenó la violencia física. Si la niña le había hostiado ¿cómo no lo iban a hacer los otros dos críos? Era la luz verde perfecta.
El Pecas, una vez en el suelo, comenzó a recibir patadas en la cabeza. No se revolvía, y se cubría fatal. El único conato de defensa personal le costó una patada en los huevos.
El resto formábamos un círculo de mirones. Comedores de bocadillo. El mío ese día no era gran cosa. Mi madre había elegido a conciencia una mortadela que no me gustaba, la había puesto entre dos rebanadas de pan revenidas con apenas dos gotas de aceite. Un bocadillo seco y cero apetitoso. Se tenía en cuenta una cosa: siempre estaba hambriento a esa hora.
Deglutía con ganas mientras el Pecas comenzaba a sangrar por la nariz. Nadie jaleaba la paliza. Mirábamos con curiosidad y no poca malicia. El Pecas por fin recibía su merecido. Ya estaba bien de ir apestando a todo el mundo. Ya estaba bien de rematar pájaros malheridos.
No era exactamente así, o no lo sabíamos, pero el acto violento que presenciábamos iba a dinamitar nuestra tediosa rutina. En cierto modo, eran todo ventajas.

Es una gran verdad lo de la vasta imaginación de los críos. Pero el ejercicio de la imaginación no conlleva necesariamente actos encantadores y positivos, ni siquiera en los más pequeños. Piensa en ese encanto de tres años que le comienza a dar vueltas al modo de recuperar el cien por cien de la atención de sus padres. Y observa a su hermanito en la cuna, y luego ve la almohada.
La familia. Ese reducto de paz y apoyo mutuo para combatir el caos de ahí afuera.
El Pecas se mantuvo consciente durante al menos cinco minutos. El saco de boxeo pelirrojo. Con una piel tan blanca, acabó lleno de marcas y moratones enseguida. Su cabeza se infló como una sandía. Comenzó a crecer un charco de sangre bajo su cabeza.
Me estaba acabando el bocadillo. Ya no me gustaba tanto lo que veía. Y entonces me mosqueé un poco, no habíamos echado nuestro rutinario partidillo de baloncesto de diez minutos. El dos contra dos.
Vi que mis colegas también formaban parte del círculo de mirones.
Eso me alivió.

Cuando sonó el timbre, el Pecas se quedó solo tirado en el patio. Inconsciente y acrecentando un charco repugnante que no se iría tan fácilmente. Ya en clase, esperábamos las reacciones adultas. Yo (como seguramente muchos otros) tenía la esperanza de que el suceso se comiera gran parte de la clase de mates. Esperaba el linchamiento verbal, tanto a los implicados como a todos los demás. Cuanto más conflicto, mejor. La clase de mates la daba Caracaballo, una profesora cuya idea de la enseñanza era una confrontación con los alumnos en la que alguien tenía que salir humillado. Y nunca era ella.
Rutina funcionarial. Caracaballo llevaba veinte años en ese colegio. La esperanza debía ser un concepto de ficción para ella. No la culpaba por eso, aunque obviamente la odiaba. Adultos como Caracaballo me habían mantenido lejos de actividades como la lectura casi hasta los veinte años. La odié entonces y la odié aún más en retrospectiva.
Precisamente fue ella quien nos echó la bronca. Se habían llevado al Pecas al hospital. Todos señalamos (literalmente) a los agresores. Se les conminó a ir al despacho del director. Caracaballo nos dejó claro lo terrible que era lo que había pasado. Ella creía que no lo entendíamos, que no lo entendíamos del todo; las consecuencias, la probabilidades. Aunque no lo verbalizó directamente, lo creía, porque no habíamos parado la paliza. Nadie intervino, sólo nos comimos los bocatas y dejamos que la realidad de ese martes se partiera en dos.
Para ella éramos los niños del maíz, los churumbeles extraterrestres del pueblo de los malditos. Hacía tiempo que lo pensaba. No se le ocurría que sólo éramos lo que los adultos como ella habían hecho de nosotros.

Unos días más tarde, cuando aún no conocíamos el estado del Pecas, Caracaballo nos informó. Creo que, no sin cierta razón (lo reconozco), quería sembrar en nuestras moralmente apáticas mentes un pequeño trauma.
Nos dijo que habían expulsado a los agresores, y que cuando volviera el Pecas, notaríamos que ahora tenía un defecto en el habla. Dijo que además había estado cerca de perder la vista. Y también que el médico juró que nunca había visto a un niño tan destrozado.
(Sinceramente, creo que esto último se lo inventó.)
Se hizo un silencio sepulcral en la clase. No sé hasta qué punto era algo parecido al arrepentimiento. Creo que tenía más que ver con esperar a que pasara el momento.
Unos treinta segundos después, quizá menos, Dani, el graciosete oficial, murmuró (no sé bien con qué intención):
–Pobre cabrón…
Mentiría si dijera que a muchos no nos dio la risa.
Aún hoy día, pienso que la cara de Caracaballo lo valió.

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80 ILEGIBLES (30 de 80) – Siempre bajando a la playa

Ahora nadie está salido. Nadie tiene pulsiones carnales. Si no es desde la ironía, no les interesan en absoluto unos buenos pectorales, unas buenas tetas o un bonito culo. Y si tienen algo de eso, jamás, en ningún caso, lo están exhibiendo. Ahora hay gente con un nuevo tipo de integridad moral, que sólo mira al suelo o a los ojos, y que sólo toma decisiones estéticas para el espejo.
Espejito espejito, ¿quién miente más en el reino?

No están salidos porque hay violadores en el mundo, y así estar salido es de un mal gusto horripilante. Se acabó el lucirse, se acabó el mirar a los demás, ni siquiera cuando no miran, porque otros te podrían ver mirando. No querrás dar esa impresión, ¿verdad? ¿O eres un violador? ¿Eres una alienada? ¿Es que no ves las noticias? ¿Quieres que te repita la estadística? Y por el amor de Dios, no intercambies fotos guarras. Bueno, intercambiar lo que se dice intercambiar… Es obvio que sólo mandan fotos los tíos. De su asquerosa polla. Vivimos en el planeta Testosterona. Todos los hombres sois iguales. Habéis convertido el mundo en un Infierno, con vuestro porno y vuestra manía de ir por ahí con la chorra fuera.

Pero no. Recuerdo cuál era unos de mis momentos favoritos de ir a la playa de crío. Casi siempre íbamos a la misma. Había una larga bajada en el pueblo. Diez minutos de caminar cuesta abajo. Y no íbamos solos. Todo el mundo iba dirección a la playa, muchas chicas ya con el biquini a la vista. A los doce años, el salido que llevaba dentro –ese que TODOS llevamos, aunque se pueda manifestar distinto en hombres y mujeres–, se había despertado de una forma evidente y salvaje. Mis ojos no daban abasto. Lo que en un futuro los más torpes y pagados de sí mismos llamarían el violador potencial, estaba bailando breakdance en mi estómago, y mi polla de crío se ponía dura con una facilidad pasmosa.
Aquella carne a la vista tenía más que ver con la esperanza que cualquier consigna gritada con altavoz.
La belleza no sólo te provoca un charco o una erección, también ofrece sosiego, un momento pleno de paz. De desconexión, si se quiere ver así. Aunque reconozco que a los doce años era difícil permanecer tranquilo ante las chicas. Aunque no hiciese nada al respecto, mi cuerpo era una olla a presión. Y no se apaciguaba un poco hasta el previsible momento de la paja.
Recuerdo bajar caminando sobre todo por la tarde. A partir de cierto momento, mis padres decidieron que “la playa mejor por la tarde”. Recuerdo ir con unos vecinos a menudo, con lo que a veces compartía calenturas con un amigo de trece años. Compartir consistía en mirar ambos el mismo culo, luego mirarnos entre nosotros, y luego contener la risa.

Era real, y era inofensivo. Era natural. En este mundo irremediablemente imperfecto que ahora algunos se niegan a asumir como tal (ya os arreglaréis), recuerdo que, cuando llegábamos a la playa, necesitaba un buen chapuzón para quitarme parcialmente la calentura. Luego salía del agua, topaba con alguien en tetas, y volvía sin dudar al baño.
Es evidente que con la edad aprendes a disimular y mentir (si no, escuchad a los nuevos moralistas…), pero he estado bajando a la playa desde entonces. Todos estamos siempre bajando a la playa.

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80 ILEGIBLES (29 de 80) – El verano del narco

Un colega nos metió en un lío. Es parte de la tarea de tus colegas lo que ahora los cursis de la retórica llamarían: sacarte de tu zona de confort. Dicho colega trasegaba con marihuana. No sabíamos bien hasta qué punto estaba enrolado en alguna mafia. Tampoco sé por qué nos fiábamos de él. Tenía esa especie de carisma veinteañero que con el tiempo te parece ridículo. Que no engañaría a ningún treintañero; al menos antes.
Ahora hay treintañeros que se escandalizan hasta con las películas. Así de “ideal” creen que puede llegar a ser la vida. Es posible que la maldad no sea la última frontera antes del fin del mundo, sino la ingenuidad. Una ingenuidad inaudita, señal de un nuevo tipo de ignorancia ilustrada. Gimnasia mental en las olimpiadas de la ingeniería social.

Fuimos hasta la dirección indicada en el papelito. Conducía un amigo de toda la vida. Yo iba en el asiento del copiloto. Nadie más había querido venir. Nuestro camello habitual nos había dicho que no podía acudir a la cita, y que si le hacíamos el encargo tendríamos fumeque gratis durante doce meses.
Sólo teníamos que recoger un paquete de hierba y llevárselo. El mayorista estaba informado. Éramos los chicos de los recados. Tendríamos que acostumbrarnos. Más allá de nuestra formación (la mía no sería gran cosa), la crisis nos iba caracterizar en pocos años. Los años de merecer.
Se hablaba sin parar del efecto 2000. Pulp fiction y Trainspotting aún recién digeridas. Y no es que no las entendiéramos.
Pero oye –nos había dicho el colega camello–, sólo es maría. Buen rollo. Nada de traumas en plan Scorsese. Que no os asuste el casoplón.
Un traficante, aunque sólo sea hierba, prospera como un político; aunque no sea fácil saber quién hace más daño.

Aparcamos en el terraplén junto a la casa, junto a un jardín digno de alguien que puede pagar a un par de jardineros. Estábamos nerviosos, nerviosos y arrepentidos, aunque no lo verbalizáramos. No queríamos estar allí. ¿Qué coño estábamos haciendo? Teníamos diecinueve años, sabíamos perfectamente cómo solía acabar lo relacionado con drogas. Una cosa era meterse, pero trajinar con ella te podía llevar en cierta dirección, una sin retorno.
Nos abrió una chica en biquini y con sandalias de tacón. Así era como empezaba. Visiones del cielo en la tierra. Parecía latina, y parecía de nuestra edad. Parecía que Michael Bay nos dirigía. La chica nos condujo hasta la parte trasera. La zona de la piscina. Tumbado sobre una hamaca, había un tipo con el pelo rapado al uno (incluida una de las dos cejas), una camisa de flores abierta, un bañador slip azul, un trillón de abdominales y un colgante que parecía oro de verdad. A los narcos les chiflan los tópicos. Los lucen con orgullo. No aprendimos poco ese día. A veces la cultura pop acierta de lleno.
Cuando por fin reaccionó, o más bien cuando se empezó a reír de nosotros, vimos que se había sustituido dos incisivos por dientes de plata (o eso parecían). Se levanto de la hamaca y comenzó a dar torpes pasos de baile por el césped. Se encendió un cigarrillo convencional. Cada vez que la chica pasaba cerca, el tío le azotaba el culo.
–¡Ya estáis aquí! –dijo.
No tenía ningún acento, pero todo en él parecía de prestado, no un look, sino ideas robadas. Era como si todo ese aspecto fuese algo reciente. Debía andar cerca de los treinta. Quizá aún se había librado de la cárcel.
–Bienvenidos al verano del narco –susurró, como si fuese a contar un cuento. Abrió los brazos y dijo sólo con sus dientes: “mirad mi puta casa, pajilleros”.
Estábamos incómodos, ¿cómo se le habla a semejante fulano?
Vamos para dentro –dijo, arisco de repente –, vamos a trabajar.
Acabamos sentados en el sillón de tres plazas más cómodo que probaríamos en nuestra vida. La decoración era escasa y hortera, pero había que reconocer que los muebles y artilugios con una función, hacían la hostia de bien su trabajo. La tecnología no se volvía perezosa con el dinero de la droga.
Era un idiota con absolutamente lo mejor del mercado en casa. Era lo más parecido a un futbolista de primera que habíamos conocido.
Hueco, hortera, forrado antes de los treinta. Sin haber hecho apenas nada. Sin apechugar nunca por ello.
–Bueno, chicos… –murmuró, tomando asiento en una suerte de trono acolchado frente a nosotros–. ¿Queréis tomar algo? ¿Llamo a Lucinda?
Pero decía Lusinda. Se recreaba en la ese. La forzaba.
–No –dije–, no es que tengamos prisa, pero…
–¡¡¡Lusssinda!!!
En apenas diez segundos, la chica apareció, sin ganas de hacer amigos.
–Lusinda, mi amor, querida. Prepara unos mojitos para los chicos.
No reaccionamos. Mojitos significaba charla. Y charla ¿qué coño significaba?
–Chicos. Yo soy Manuel. Encantado.
Nos dios la mano con energía. Dijo:
–Quiero daros la bienvenida al negocio.
–Bueno, es que… –empezó mi colega.
–Quiero que os sintáis cómodos. Sois carne fresca, ¿verdad?…
Se comenzó a carcajear. Murmuraba:
–Joder.
Nos miraba fijamente.
–Miráos. Sois carne de cañón…
–Manuel, no… –intenté decir.
–Puta carne de cañón… Pero no os preocupéis. Si superáis los dos primeros años, luego la cosa se calma.
»A no ser que estalle una guerra, claro. Ahora tenemos la zona bastante controlada. Tenemos más chicos guapos y listos como vosotros. Las mamis se os van a chupar hasta que no os quede una gota de leche rancia en el cuerpo. ¡¡Se acabarón las pajas, mijos!!
Quería ser latino. No ironizaba. Su carencia de acento estaba salpicada de expresiones que pensaba pegaban con su atuendo.
Tenemos que largarnos.
–Manuel, no… Nos encanta tu casa –dije–, y nos encanta Lu… sinda. Es que nos gustaría que nos dieses ya…
–Vaaaale, mijo. Todo bieeeeen, mijo. Cáaaalmense…
Su acento se iba cerrando a medida que crecía nuestro miedo.
Lucinda llegó con los mojitos. Manuel:
–Y díganme, chicos, ¿ya se hartaron de papi y ganar mierda partiéndose el lomo?… Conmigo no les va a faltar de nada. Les voy a dar una buena zona. Pocas horas y buenos clientes. Buena plata. Plata gringa. Blanquitos que fuman y chupan como aspiradoras.
Mi colega intentó meter baza en serio. Fue patético. Tartamudeó, parecía que rompería a llorar (creo que por la mención “velada” a la coca). Intentó poner a ese tarado en contexto. Que lo nuestro era un favor, que teníamos un colega, que respetábamos mucho el negocio, pero que no nos interesaba entrar. Fue como si ese capullo, Manuel (dudo que se llamara así), hubiera oído esa monserga cientos de veces.
–Mijo. Escucha. Ahora dices toda esa chingadera. Pero aún no sabes de qué hablo. Respira… Eso es. Respira. Yo les cuento.
»El muchacho que les mandó aquí ya no está en el negocio. Se quiso salir. Le mandamos un tarea a cambio de libertad. Una libertad relativa, ya saben cómo va esto. Si algún cabrón culero de otra banda se lo topa, aunque sea a diez mil kilómetros de acá, lo torturarán una semana entera antes de quemarlo vivo. Si es que no se les ocurre algo peor.
Mi colega, flamante estudiante de medicina (no acabaría la carrera), comenzó a llorar por fin. Ambos lloramos, de puro miedo. Como bebés.
–No lloooooren, mijos. Por el amor de Dios. ¿Qué me…?
–Qué tarea le… –comencé a decir.
–Le mandamos eliminar a dos criaturas. Dos hijos de un cabrón que nos jodió. Largo de explicaaar, ya saben ustedes.
Nos cortó el lloro. Llorar ya no bastaba.
–Tarea fácil pero difícil, ya saben. La logística, los dos cuates en el mismo carrito…
–Oiga –dijo mi colega, ya casi gritando, visiblemente alterado–, nosotros no nos dedicamos a esto, Manuel. Sólo hemos venido a por un… a hacer un encargo, a…
–¿Aún no sabe usted a lo que vino? Pero si se lo acabo de explicaaaar… Usted vino a cubrir una baja. Usted y su compa. Para eso están aquí.
Lucinda vino y se sentó en el mismo sillón que nosotros, en el hueco que quedaba a mi lado. No nos miró, no miró a Manuel. Se encendió un porro, desprendió su móvil de la tira de la braga del biquini. Trasteó en él.
–Lusinda, mi amor.
–…
–…
–Qué querés.
Creo que ella también fingía un acento. Creo que era todo una mezcla de mejicano y argentino, todo ya demasiado cocinado, demasiado pasado por la sartén.
–Estamos trabajando.
–Manuel.
–Qué, mi amor.
–Te voy a dejar. Quiero que sepas.
–¿Lusinda?
–Te voy a dejar. Voy a estudiar.
–¿Lusinda…?
Todo pasó en quince segundos. Manuel rompió a llorar, como si hubiera tenido pesadillas con ese instante. Teníamos el cuerpo del revés. Incapaces de razonar, de pensar, de prever. Nos veíamos muertos a corto plazo. Y entonces… un golpe de efecto.
–No te quiero, Manuel, te lo dije, ya lo sabes.
Nosotros asociábamos el infarto a los tíos agotados de cincuenta y tantos. A las barrigas enormes, a las vidas dedicadas al trabajo duro, la grasa y el trasiego constante. Pero Manuel, con sus abdominales de revista y sus brazos de peso medio, se llevó la mano al pecho.
Puso los ojos en blanco.
–¡¡Manuel!!
La primera reacción humana que vimos de Lucinda.
Mi colega se arremangó. Diría que sabía perfectamente lo que tenía que hacer; y sobre todo lo que exigiría después a cambio.
Nadie hubiese dado un duro. Pero funcionó.
Joder. Funcionó.

Sólo había una condición. Días después, hablamos con uno de nuestros colegas más indirectos. Uno de los más aficionados al verde. Le prometimos un año de marihuana por la cara. Él sabía que teníamos un colega metido ahí, y no se había actualizado. Le dijimos que nosotros no nos atrevíamos a visitar al mayorista.
Nunca nos quisimos informar. Probablemente le enviamos a una muerte prematura. Creo que nunca nos sentimos del todo culpables.
Sólo fue un día de peligro, pero cada vez que charlamos (casi siempre borrachos) sobre aquello, lo llamamos el verano del narco.

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80 ILEGIBLES (28 de 80) – Carta abierta al héroe moderno

Muérete, por favor te lo pido. No me interesa tu sospechosa tristeza, y mucho menos tu mascota. Antes te quedaba mejor el pelo, y los tatuajes parecen manchas todos a un metro. Quizá pienses que ahora tu vida es mejor, pero no estás mejorando el mundo. Como el resto, no tienes ni puñetera idea sobre la enormidad y complejidad de este cotarro. Tu discurso no es inteligente, ni tampoco justo, sólo es emocional (si es que no estás fingiendo). Adherirse a una corriente no es nuevo ni original, posicionarse marcadamente es siempre lo más fácil. Repitiendo con insistencia no fabricas una verdad. Que tu gente te crea a menudo no te proporciona credibilidad.
Yo quisiera que te murieras, pero me conformaría con que desaparecieras. Con que se borrara tu huella digital. Con que para hablar con alguien lejano, tuvieras que volver a gritar.
Bórrate, por favor te lo pido. Y espero que te tomes esto como un gran y enorme insulto. Un insulto descontrolado, con una boca descomunal y llena de dientes afilados. Espero que me llames facha, y sé que lo harás. Espero que esto te pique, que te rasques hasta el hueso. No vas a ser joven siempre, pero tampoco pararás a los cuarenta. No has ganado altura cambiando los colores de la bandera. No eres más imponente ni tienes más lucidez.
Sólo sustituyes un enfoque pobre por otro. En el fondo la paz te aburre.
Puede que tu aportación fuera fresca en el pasado, pero ahora huele a cadáver en cada uno de tus rincones.
Mueves interés y mueves dinero, aunque a veces pillas algo, ¿verdad? Los medios no te dan la razón, sólo eres su mascota. No importa cuántas desgracias estén por llegar. No te enteras, y ni siquiera intuyes que no te enteras. Aunque lloviera azufre sobre tu casa, seguiría sin haber tribu a la que culpar. Los dioses no te están jodiendo, ni los escritos ni los modernos. No más que a los demás.
Ningún ente está persiguiendo incansable a tus iguales o allegados. Obviamente, no eres especial. El presente siempre es otro mundo, y no funciona con herramientas del pasado.

Los villanos no suelen hacer héroes. Sobre todo te hacen a ti.

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80 ILEGIBLES (27 de 80) – Gilipollas característicos

En tiempos de velocidad y paranoia, cuando mucha gente ya no sabe ni sentarse a ver una película, que se ponen ansiosos cuando no reciben rápidamente un pequeño estímulo, que han perdido el gusto por un gran o valioso estímulo más allá del sexo, salir a dar un paseo solo (sin acento) es un auténtico atrevimiento.
Diría: un acto revolucionario, pero el término revolución ha perdido todo sentido. Hay gente tan apasionada con algunas palabras, confían tanto en ellas y su solidez, que las dejan a la intemperie, o en manos de cualquiera, y acaban por no significar nada.
A cada nueva generación le cuesta unos años reconocer a los gilipollas característicos de su época. Siempre hay un nuevo tipo de gilipollas, aunque el gilipollas clásico siempre esté ahí.
No debería ser tan complicado entenderlo, ya que todos somos gilipollas hasta cierto punto.
Un poquito gilipollas y un poquito hipócritas. Como mínimo.
Y aborrecemos el aburrimiento. El aburrimiento, en nuestra vasta y descontrolada cultura pop, está al otro extremo de la revolución. No puedes aburrirte; aburrirte, de hecho, es irresponsable. La gente realmente buena y concienciada, espera que te tomes un respiro sólo cuando hayas salvado a todas las mujeres, los animales y los niños. En ese orden, a ser posible.
Estas personas, mujeres visionarias y hombres contritos, quieren de verdad que creas que ellos son así. A menudo incluso tuitean que acaban de llorar por alguna minucia que, aunque reconocen que es una minucia, aseguran les ha llegado a lo más hondo.
Creo que cada vez estamos más cerca de descubrir a los gilipollas característicos de nuestra época.

Hace no mucho, durante uno de mis paseos, topé con una pelea de bar. Más bien en la calle, frente al bar. Pero estaba claro que los contrincantes habían pasado no poco tiempo en el bar. Era un viernes por la tarde. Me quedé a ver el espectáculo. Poco a poco más gente se unió.
No era una pelea cualquiera.
No eran dos borrachos cincuentones, currantes y hartísimos de vivir. Eran un chaval muy alfeñique y una chica muy oronda, ambos rondaban los veintitantos. Al parecer estaban hablando de política. O más bien de si el feminismo es sólo política o sin embargo tiene un significado con sentido más allá de la premisa. Parecía ser que el chaval decía que no; y la chavala –a juzgar por su atuendo– decía que sí.
Uno de los parroquianos me puso en contexto.
–Estos vienen aquí cada tarde y se ponen a gritarse. Tarde o temprano se iban a calentar.
Parecía ser que no era fácil saber quién había empezado a dar manotazos estilo millennial. Ambos silbaban como cafeteras.
El chaval estaba perdiendo la contienda. La muchacha se puso a horcajadas, le estaba asfixiando literalmente con el chocho. Le soltaba de vez en cuando un puñetazo en la cabeza. A esas alturas ambos tenían pequeños rasguños y moratones.
Pero peleaban muy mal. No sabían o no querían hacerse daño de verdad. Normalmente eres muy comprometido con algo hasta que te toca jugarte el físico.
Comenzamos a oír la sirena de la policía. Algún aguafiestas y su teléfono. La chica seguía sentada sobre la cabeza del chaval, que manoteaba en el enorme culo de ella. Cuando estaba claro que la poli venía hacia nosotros, la muchacha se aparató del chaval y se hizo un ovillo en el suelo.

Del coche patrulla salieron dos agentes, un hombre y una mujer.
La mujer se acuclilló junto a la chica, le hablaba en susurros. El otro poli hacía preguntas con firmeza al alfeñique, que sólo sabía tartamudear e inculparse. Todo un McLovin. No sabía defenderse tampoco hablando. Los parroquianos bebían cerveza, botellón momentáneo, cruzamos algunas miradas.
La chica –muda de repente– se incorporó poco a poco. La agente hizo algún tipo de papeleo con ella. El otro poli cogió por un brazo al alfeñique y lo metió en el coche patrulla.

Cuando vi que la historia había acabado, continué con mi paseo. No había sido una mala historia, aunque había tenido un final previsible.
Pueden pasar muchas cosas mientras paseas. Pero lo verdaderamente agradable es que casi nunca pasa nada. Al principio puedes confundirlo con el aburrimiento, pero acabas descubriendo que no hace falta dar la vuelta al mundo para aprehender su caos.

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80 ILEGIBLES (26 de 80) – El morreo y el puñetazo

Empezaba a ser repetitivo. Cada semana la misma predisposición, la misma, pero cada vez más apagada. Ir de fiesta con el piloto automático. Viernes y sábado, domingo de resaca, paella y coca-cola. Dolor de cabeza tamaño familiar. Y al viernes siguiente, vuelta a empezar.
No recuerdo gran cosa de aquella época; sólo días muy concretos. Fue de los diecisiete a los veintipocos. Era joven y tenía que hacerlo, no podía quedarme fuera de la pomada. Tenía que salir sí o sí, al menos de momento. Se lo expliqué tal cual a mis padres. Les senté y dije algo como: “Mirad, os cuento cómo funciona: Esto ya no va de quedarse en casa, ir al baile de fin de curso y esperar el reclutamiento”.
La brecha generacional. Yo soy el pequeño, mi hermano me saca trece años.

Se tiene esa época por un desfase en el que te pones las botas a todos los niveles; pero la Historia la escriben los vencedores.
La mayoría simplemente nos pasábamos por allí. Nos emborrachábamos de vez en cuando. Puede que incluso disfrutáramos a veces de la compañía y la música. Pero básicamente no nos comíamos un colín. No nos apasionaba salir, a algunos ni siquiera nos iba ese rollo. Sólo procurábamos que los extrovertidos no nos echaran a patadas de la vida social.
No hay otra. El mundo es de los extrovertidos.

En este contexto, sólo hubo una noche de “pillar” para mí. Hicimos botellón cerca de unas carpas de verano. Las carpas eran la moda, todo eran carpas. La discoteca al aire libre, un parque temático de barras y podiums. Fulanos y tías buenas, algún Julián vomitando de vez en cuando. El pícnic de la intoxicación, sin elegantes parasoles ni monísimos bocadillos. Como si Jane Austen se hubiese puesto a escribir después de los noventa.
Pero los cubatas eran caros de narices.
Éramos cuatro colegas de diecinueve. El coche del conductor con el maletero abierto. La música y vasos de plástico. Alcohol tibio y efectivo.
La broma, muy seria en realidad, era que el conductor bebiera más que nadie. La generación histéricamente responsable y hasta paranoica por venir, aún estaba aprendiendo a dormir sin mearse en la cama.
Estábamos en el lógico proceso de pillar una buena turca antes de ir al meollo. La fiesta no se hace sola; no se ha popularizado por sus altos índices de sobria diversión. La fiesta, en cierto sentido, es lo contrario a la imaginación.

Un coche con dos chicas paró a unos quince metros de nosotros. El mismo plan. Asumimos que no eran menores sólo por el contexto. Una conducía y había que suponer que la amiga había crecido a la par. En todo caso, no íbamos a sacarles más de dos o tres años. Nadie realmente adulto a la vista. Los dieciocho son una frontera difusa, un cálculo hecho a ojo del que la naturaleza se ríe con la alegría de un tsunami hormonal. Quizá el único constructo social que existe sea la frontera legal.
En contra de la –al parecer– dinámica habitual del macho acosador, fueron ellas las que se acercaron, y no sin decisión. Parecían haber hecho ya un botellón previo al botellón. En esa época el hígado era casi una metáfora.
Nos entraron sin pudor y con serias intenciones de venir con nosotros a las carpas. Aunque más bien iríamos nosotros con ellas.
No habían traído bebida. Sospechamos que estaban bebiendo de botellón en botellón. Sabían que cada grupo de fulanos al que se acercaran, las invitaría a beber. Nosotros éramos los últimos antes de las carpas, con lo cual nos tocaba ofrecer bebida y también compañía. Lo hicimos encantados.
Balbuceábamos y reíamos, y ninguna guerra a la vista. Sólo inocencia y malicia en las miradas. El mundo era la feria de nuestra existencia.
La morena se acercó con claras intenciones a uno de mis colegas. Lo que evolucionó de un cubata a otro en un morreo baboso y entregado. Nos comenzamos a reír de la tienda de campaña en los tejanos. ¿Qué coño estaba pasando? Esas cosas no nos pasaban a nosotros, ni de coña.
Y la otra chica, rubia y con el pelo corto, muy guapa y con cara de ser la pesadilla de su padre, vino a por mí.
Era arbitrario, los afortunados estábamos mejor posicionados cuando les dio por atacar. Dispararon a la primera avanzadilla.

Una vez ya en las carpas (es posible, por cierto, que no nos hubieran dejado entrar borrachos sin las chicas), todo continuó igual. Esta muchacha, que no sabía ni cómo me llamaba (ni le interesaba), sólo tenía dos objetivos: beber y morrear. Yo estaba en mi propia nube, tampoco sabía cómo se llamaba ella, y llegué a pensar algo como: ¿así que de esto se trataba? ¿Por esto sale la gente? Pero era gimnasia mental. Eso que pasaba funcionaba igual (mejor, de hecho) sin la discoteca y la borrachera. Quizá era la trampa del extrovertido; quizá no fuese tan extrovertido; puede que sufriera igual con gente alrededor, y necesitara de todo ese puto ruido, de todo el alcohol y las drogas, para poder relacionarse con los demás.
El morreo fue una especie de maratón de más de dos horas. Algo me decía que ella no tenía intenciones de follar. Probablemente aún no había follado nunca; y yo, apenas (y nunca por salir de fiesta). Mi polla se ponía como el mármol, entonces mojaba con algo de pre-semen los calzoncillos, se ablandaba un tanto, y luego otra vez mármol. Ella lo debía notar, casi a la altura de su ombligo.

Tal y como llegaron, se fueron. Morreo, morreo, y morreo final. Y adiós. Ellas consideraban la noche hecha. Una vez ya no estaban, nos largamos. No hacía sentido seguir allí, y eran casi las cinco de la mañana. Los colegas que no habían pillado, lo entendieron a la primera.
En el coche, ya de vuelta, notaba un constante sabor a fresa en la boca. Ella bebía algún tipo de licor dulzón que yo no conocía. No cruzamos prácticamente una sola palabra en toda la noche. No nos pusimos al día, no nos interesaba la rutina del otro, no jugamos en absoluto al protocolo, no hicimos falsas y ligeras promesas de volver a vernos. Nadie le dio su teléfono a nadie.
Se podría pensar que así la pureza es de lo más fácil, cuando no abrazas ningún tipo de emoción profunda o responsabilidad. Pero, como sea, aquello fue puro. Y me convencí no solo de eso, sino también de que ella sólo era una introvertida más. Alguien con una idea sólida: si hay que salir, es mejor (mucho mejor) morrearse que hablar.

El conductor, borracho como iba, logró superar la prueba. Me dejó el último, justo en frente de mi bloque de pisos. Al salir del coche, noté mis calzoncillos pegajosos; una mezcla de pre-semen reseco y humedad más reciente.
Mi colega arrancó y se fue, y yo me quedé embobado mirando el nuevo estallido. Al menos cuatro tíos comenzaron a darse puñetazos y lanzarse sillas a unos veinte metros de mí. Borracho como estaba, y mientras me preguntaba qué hacía abierto ese bar a esas horas, fui corriendo en dirección a ellos. Intenté agarrar a uno desde atrás. No lo puedo asegurar, pero creo que dije algo como:
–Haced el amor y no la guerra.
El introvertido mediador.
Y alguien me cascó un puñetazo en la cara.
Después de esa terrible sensación, pensé que aquello era coherente de un modo extraño y a la vez obvio con el resto de la noche. El morreo y el puñetazo. El sexo y la violencia. Por suerte los bebés aún no podían ofenderse. Aún no podían leerme el pensamiento.
Me quité de en medio. El ojo se me comenzó a inflar como una patata. Pensé en ir a urgencias, pero pasaba de pasarme la mañana allí.
Subí a mi piso y me miré en el espejo. Era una buena marca, pero no tan grave como había previsto. Nada me iba a estropear la paja.

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80 ILEGIBLES (25 de 80) – Cillian

–Cillian, no sabes cuánto me alegro de verte.
–Ñe…
–¿Cómo?
–Ngñe…
–¡Claro que no!
–Mng…
–Dime, dónde están tus amigos.
–Nñe… ñe
–¿Ahí están?
–Ñie…
–No toques eso.
–Ñe…
–Te vas a cortar.
–Mñe…
–¿Cuánto llevas aquí?
–Ññe…
–¿Tanto hace?
–Nñe…
–Cada vez lo haces mejor.
–Ñi…
–Espera.
–Ñoe…
–Acércate y siéntate ahí.
–Mnnññe.
–Qué tal.
–Ñe…
–Ahora atiende. No sé si vendrá alguien. A ver…
–¿Ñe…?
–¿Cómo?
–¿Ñiii…?
–¿Dónde has aprendido eso?
–Ññ…
–¿Quieres una manzana?
–Ñe…
–¿Un zumo?
–Ñe…
–¿Que nos vayamos?
–Ñe…
–¿Que nos quedemos?
–Ñññe…
–Ponte aquí.
–Ññe… ñe.
–No.
–!!Ñe!!
–Espera.
–…
Muy bien. Coge esta bandera. Es más bonita que la vieja, ¿a que sí?
–Ñe…
–Cada vez estás más mayor. ¿Cuántos años tienes? Con las manitas.
–…
–¿Tres veces diez?
–Ññññne
–¿Y cuánto es eso?
–Nññenñenñe…
–¿Cuánto es eso?
–¡Ñe!
–Deja el móvil.
–Ññ…
–Mírame.
–Ñ…
–No. Así no.
–¡¡¡Nñññe!!!
–No babosees el móvil. Estate quieto.
–Ñe… ¡Ñe!
–No hagas eso. Para.
–Ñe…
–No. No te quites eso.
–Ñññe….
–Así mejor.
–Ñoñ…
–¿Te gusta eso?
–Ññe…
–Brilla mucho.
–Ñme.
–Qué canción más bonita suena ahora, ¿no la oyes?
–Ñeeee….
–No te toques eso. Ahora esta canción no nos gusta. La vamos a quitar.
–Ñe…
–La verdad es que estás sanísimo.
–Ñe…
–Qué energía.
–Ñeñe…
–Vamos a poner otra canción bonita. Y luego la tele. ¿Vale?
–Nññe…
–Y luego vamos a ir a la ventana, a ver cómo se va el sol.

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80 ILEGIBLES (24 de 80) – Cosas de casa

Yo debía tener en torno a veintidós años. Fue la última vez que lloré. Al menos la última al estilo congestión y convulsiones. Lloraba como llora un niño. Mi voz enronqueció, balbuceaba. Y lo que decía ese día sin parar era:
–Hijo de puta. Hijo de puta. Hijo de puta…
Y se lo decía a mi padre.
Mi madre se mantenía al margen.

No tengo ni idea de cómo funciona la memoria, pero soy incapaz de recordar por qué discutimos. Supuestamente, él me dijo algo muy humillante, y cierto, o al menos parcialmente cierto. Y yo me rompí. Me derrumbé de tal manera que mi padre, aun no mostrando compasión, no respondió de ninguna forma a mis insultos.
No éramos más que otra familia.

Ahora se habla mucho de todo lo que las películas “romantizan”. Si ese enfoque basado en la demonización de la ficción tuviera una base sólida, las que peor paradas saldrían serían las familias. Las familias de la mayoría de las películas no tienen un cuerno que ver con las reales. La familia en las pelis tiende a ser un grupo de personas jodidamente entrañable. Hasta cuando tienen problemas, los mismos sólo sirven para acabar aprendiendo algo importante; tras lo cual se quieren todos aún más.
Olvídate del romanticismo de las relaciones de pareja.
La familias, querido faro ideologizado; ahí tienes tu nicho de la romantización alarmante.

Yo estaba sentado en un sillón del comedor. Hijo de puta tras hijo de puta. No sé cuánto tiempo pasé así.
Mi padre se puso a ver la tele en otro cuarto. De una forma muy gradual, la cosa se fue enfriando. Me levanté y me senté en otro sillón, uno de tres plazas. Estaba junto a la ventana. No era un paisaje espectacular, pero era seguramente menos anodino de lo habitual. La mayoría de gente tiene pisos dignos con ventanas que dan a calles grises y ordinarias. No hay nada que ver.
El piso de mis padres, sin embargo, da a varias plazoletas, lo que aleja considerablemente los demás edificios. Aunque sólo sea desde un segundo piso, tienes una vista abierta de la ciudad. Tienes un amplia panorámica del cielo, y hasta de algunas montañas a lo lejos.
Me quedé un buen rato mirando, aun sin fijarme demasiado.
Hasta que algo pasó.
Creo que casi lo invoqué.

Una casa comenzó a arder no muy lejos. Primero vi el humo. Esperé pacientemente a que fuera a más. No quería que fuera una falsa alarma.
Apenas un minuto después, se comenzaron a ver llamas. Naranjas y rojas, pura vitalidad. En muy poco tiempo, era todo un señor incendio.
Avisé a mi madre. Vino enseguida y localizó rápidamente el suceso. Incluso creía saber quién vivía en esa casa.

De una forma natural, mi padre, mi madre y yo, acabamos frente a la ventana. El incendio devoró toda la casa. Llegó a afectar a algunas viviendas aledañas. Mis padres comentaban la jugada. Se había diluido por completo el conflicto casero. Había otro foco de atención. La magia de la desgracia ajena.
Necesidades familiares.
Hasta creo recordar algo de humor negro por parte de mi padre. ¿Cuánto tiempo hay que esperar desde que algo malo sucede hasta que uno cuenta chistes sobre ello? En una familia: ninguno.
Podría dar rodeos al respecto, pero sencillamente pasamos un buen rato en familia.
Después, supimos sobre la barbacoa. Un matrimonio mayor. Seguimos comentado la jugada al día siguiente, cuando mi hermano mayor vino a comer con su pareja.
Risas y aplausos enlatados.
Fundido a negro y créditos.
Un capítulo más.

Familia

80 ILEGIBLES (23 de 80) – Vaya tetas

Los ingredientes eran sencillos. Un sábado, el aburrimiento, youtube, una booktuber, sus tetas y yo.
A veces las anécdotas más nimias pueden estar cargadas de significado.
Podemos intentar contextualizar. Hay una tendencia constante a buscar un solo culpable (a menudo un grupo social) para todo lo malo que pase. Ha sucedido así a lo largo de la historia. Parece ser que eso nos resulta realajante. De este modo, cualquier gesto del día a día –independientemente de su naturaleza– sólo puede tener significado en una sola dirección.
Es una dinámica golosa ahora para los más politizados. La gimnasia mental para darle sentido a una teoría sencilla, siempre es mucho más cómoda que tener que pensar de verdad en las mil variables por las que sucede cada maldita cosa.
Pensar no encaja bien con ninguna corriente ideológica. Así no te vas a sentir una persona concienciada e inteligente como quieres jamás; sólo la pieza microscópica de un engranaje hecho casi por completo de conjeturas.
Conjeturas, o aún peor: teorías científicas. Las personas que quieren creer en ideas emocionales para descodificar asuntos complejos, acaban chocando tarde o temprano con la ciencia.
Pueden ser curas del siglo XVIII o activistas del ya bien entrado, colorido y desconcertante siglo XXI.

Pero estoy derivando.

Yo sólo trasteaba en youtube, haciendo tiempo hasta la hora en que había quedado para ir al cine. Me gustan los canales de libros, y parece ser que la mayoría son de mujeres. O más bien de chicas jóvenes; supongo que por una cuestión de tiempo y predisposición. Incluso cuando encuentras canales de chicos, suele ser complicado detectar trazas de testosterona.
Ahí estaba yo, viendo uno de mis canales favoritos. La chica debía tener veinte o veintiún años. Yo tenía treinta y seis. Por entonces ya había corrientes morales llegadas desde la izquierda que me habrían considerado prácticamente un pederasta. Lo bonito de la derecha y la izquierda, es que no se dan cuenta de que cuanto más se van al extremo, más se acercan.
A veces incluso dan cierta ternura; sobre todo si se empiezan a percatar en silencio de lo mucho que se van pareciendo.
La mirada pantallazo azul.
Hay gente tan ideologizada a los dieciséis, que probablemente pierde la ilusión antes de los veinte.
El mundo siempre te puede.

El video era uno de esos en lo que la booktuber de turno habla sobre sus últimas lecturas.
Admiro sinceramente a la gente capaz de abrir un canal de youtube y lograr que crezca. Y me encanta el medio. Me encanta lo liviano que acostumbra a ser su contenido, sus cápsulas audiovisuales de diez minutos. Son una forma perfecta de matar el silencio mientras te vistes y te adecentas antes de salir, o para un puente de media hora entre actividades. O incluso para desconectar unos minutos de tu trabajo.
No soy mucho de dejar comentarios, pero en este canal había dejado un par, aunque hacía ya tiempo. Era probable que la interesada no se acordara.
Con youtube, por cierto, pasa como con todo lo demás. Por regla general, una chica una pizca atractiva tendrá muchos más seguidores que un chaval del montón al que le gusta leer.
Parece que cada generación crece con el mismo discurso con doble rasero respecto al físico de los demás. Es como si cada generación quisiera dejarlo muy claro: “Eh, nosotros ya no hacemos eso, no somos así de superficiales, somos todos iguales, todos nos queremos y nunca juzgamos a nadie por sus pintas”.
Y siempre es mentira. Incluso aunque no se valore sólo el físico, es una mentira aborrecible decir que no le das importancia. Eres un mentiroso, una mentirosa, y se os debería caer la cara de vergüenza.

La chica que llevaba el canal en cuestión, me parecía realmente guapa. Tenía esa piel blanca que tanto valoraba la aristocracia antes. Tenía curvas generosas, un cara bonita y redonda, y unas tetas que resultaban prominentes por defecto. Daba igual si la chica se ponía algo ajustado o un jersey navideño. Sus tetas te miraban. Jóvenes y aún soberbias para con la gravedad.
Parece ser que yo aún no era lo suficientemente “maduro” para pasar eso por alto.
La chica era inteligente, sabía comunicar y sabía entretener, eso era obvio; de otra forma yo no hubiese vuelto al canal. Uno no se hace fiel a un canal de libros por las tetas de nadie, y menos en la maldita Internet.

Pero que el canal funcionara al nivel que pretendía, no significaba que la booktuber no estuviese como un queso. O que eso se pudiese dejar de lado como si nada.

Pensé en ello mientras veía el video. Quería dejar un comentario. Primero pensé en mencionar algunos de los libros, comentar algo sobre alguno de ellos, y cerrar alabando de algún modo la belleza de la comunicadora.
Como quien va a comprar una revista porno y se lleva también dos refrescos, el periódico y una lata de olivas.
Luego pensé que mejor un comentario neutro, sin más, algo para avivar la caja de comentarios. No hables de su físico, sabes lo que puede pasar. Da igual que no tengas ninguna intención de objetivizarla. No piropees.
No eres solo hijo de tus padres. También eres hijo de tu tiempo. Sabes de sobras cómo razonan ciertas personas ahora. Te imaginarán babeando el teclado, cascándotela y no volviendo jamás al canal.
La gente pretendidamente buena cada vez piensa peor de todo el mundo.

En sinceridad, lo que yo realmente quería poner, no sin un punto de ironía, y hasta cierto punto desde la inocencia, es:
Vaya tetas.
Y puede que una carita sonriente.
Eso era lo que yo sentía en ese momento.
Esa vez no me habían interesado demasiado los libros que comentaba, y creo que su vestido no tenía que ver sólo con el recurrente principio ideológico relacionado únicamente con sentirse bien consigo misma. Había encuadrado e iluminado el video de determinada manera. Quería verse bien, pero también que la viéramos bien.
No significaba que las cosas siempre fueran a sí, sólo que a veces también son así. A veces quieres que te miren, quieres lucirte.
Y no pasa nada.

Dudé bastante ante el teclado. No quería explicar mi comentario, sino simplemente hacerlo.
Vaya tetas.
En absoluto habría pensado en hacerlo si hubiese visto esa tendencia en la caja de comentarios. Si hubiese visto a cincuenta tíos diciendo todos lo mismo, incluso me habría sabido mal. Pero nadie hablaba de ella. Sólo de lo que ella había expuesto.
Pensé que mi comentario podría hacer un contraste curioso, arrancarle una sonrisa. Aunque luego no me dijera nada. Aunque no le diera a like.
Y no quería referirme a su vestido. El vestido era bonito, pero el vestido me daba igual.
Era como: ¿Es que nadie más las ve? ¿De repente las tetas han dejado de existir en nuestra cultura?

En el fondo sabía que lo iba a hacer desde el principio. Lo hice con la esperanza de que ella recordara mis anteriores comentarios en el canal, bastante largos y en absoluto relacionados con su físico.
Así que puse:
Vaya tetas.
Y un emoticono sonriente.
Y le di a publicar.
Y me fui al cine.

No entré en el canal hasta unas cuatro horas después.
Hubo no pocas reacciones a mi escueto comentario.
Se me informó.
Todo literal.
Supe que era un cerdo asqueroso. Y que no sabía ver más allá de las tetas de la gente. También supe que seguramente era un viejo de cincuenta años salido. Y un baboso. Me enteré también de que era el típico señoro, el heteruzo de turno. Y así un largo etcétera de lindezas.
No me importó demasiado. Soy completamente anónimo, no era Twitter, y la cosa no fue más allá del improperio.
En realidad, el primer comentario fue de la booktuber. Y fue tal que así:

¿Ein?… jeje.

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80 ILEGIBLES (22 de 80) – Comunicado de Superman

Debido a las acusaciones vertidas sobre mi persona en los últimos días, me siento obligado a dar algunas explicaciones, tanto a mis allegados como a los fans.
Ciudadanos que tengo en alta estima, me han aconsejado sencillamente callar, pero he preferido escribir estas líneas aquí, en el Daily Planet (donde tengo una amiga), aun a riesgo de que el asunto tarde más en enfriarse.
A fin de cuentas, he sentido la necesidad de ordenar las ideas, y poner en claro algunos de los problemas que comporta el mero hecho de convivir con mi poder.

Para empezar, he de decir que todas las acusaciones de abuso y maltrato son absolutamente falsas. He recibido una educación basada principalmente en el respeto a las mujeres y los niños.
También es falso el testimonio del único hombre que me ha acusado de una violación en cierto bar de carretera. Mi presencia allí tuvo que ver exclusivamente con el rescate de un niño que había caído a un pozo cercano.
(Insisto en mi pésame a la familia.)
Se han dicho cosas terribles sobre mí; demasiadas como para reproducirlas todas aquí. No es necesario.
Principalmente se me ha llamado violador y pederasta.
Se ha dicho que me aprovecho de mi poder para con las mujeres, y que atraigo a los niños gracias a mi traje y mi carisma.
Se dice que desempeño esta faceta durante la noche y en callejones. E incluso que abusé del niño del pozo, que inicialmente hubiera estado vivo.

Todo falso. Total y absolutamente falso.

Hace unos años tuve un accidente en Smallville. Me disculpé una y mil veces de lo sucedido allí, cuando mantuve relaciones con una chica del pueblo y eyaculé sin control y de la peor manera.
A día de hoy sé que la chica está bien, sé que ha recuperado el habla por completo y casi el cien por cien de la movilidad.
Aquel desgraciado accidente se ha vuelto a sacar a la palestra en decenas de versiones distintas, cada una más aberrante que la anterior.
Fue la peor experiencia de mi vida. Y sí, fue culpa mía. Pero fue el único episodio desagradable que he tenido relacionado con el ámbito del sexo.

No quisiera desaprovechar este comunicado para aclarar el resto de bulos.
No tengo problemas con mis genitales, no llevo una vida sexual disoluta, no practico el travestismo ni frecuento cierto tipo de ambientes.
Tampoco practico la zoofilia. El video que se ha viralizado está en manos de mis abogados, aunque las evidencias de que se trata de un desconocido fornicando con un caballo son palmarias. El video empalma una situación real desagradable con efectos especiales perfectamente demostrables. Siento que, por razones que desconozco, el animal sufriera lesiones que le llevaran a la muerte, y lamento la perdida de su dueño, pero no soy en absoluto responsable de su desgracia.

Sigo considerando que mis poderes son un regalo, pero no solo míos, sino de todos los que los necesitan.
Recuerda que tu historia también es parte de la historia de otras personas, y que sólo los débiles sucumben a la brutalidad.

S.

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