80 ILEGIBLES (16 de 80) – Splash pederasta

Se le llamaba siempre por su nombre (jamás un mote, malicioso o cariñoso) y era tan querido en casa como en el trabajo. Amado y casi venerado, obviamente siempre saludaba. Su amplia sonrisa de anuncio, sus pecas, su denodado esfuerzo por contentar. Su magnetismo para con las chicas, e incluso para el único homosexual reconocido del pueblo, pese a que nuestro héroe era un orgulloso homófobo. Es una joya, decían las madres (sin atisbo de ironía). Es un buen chico, decían los padres, que compartían con él inclinaciones racistas y misóginas simpatías.
Corrían los años ochenta, y a veces parecía que esprintaban.
¿Quién iba pensar que nuestro admirado protagonista –tan atlético e inteligente– hiciera lo que hacía? ¿Trabajar en un almacén?, decían todos, ¡pero si ese chico es una maravilla!
Su atractivo, aunque discutible a ojos de hoy en día, era indiscutiblemente efectivo entonces. Jugaba sin parar con su flequillo naranja, y cuando se cruzaba con algún colega, la chocaba y decía:
–¡Splash!
Porque había visto la peli 1, 2, 3… Splash de Daryl Hannah, y tenía alguna suerte de sentido del humor autoirónico que nadie entendía, pero al que todos respondían.
Era tan simpático y entregado, que todo el mundo estaba dispuesto a echarle una mano. Era un día soleado personificado, un sábado de playa antropomórfico, el yerno ideal que toda madre querría tener y probablemente follarse.
Pasaba el invierno en botas y el verano en chanclas, y en la piscina descubierta lucía sus cada vez más tonificados abdominales. Tuvo novias de larga duración desde los doce años y medio, y perdió la virginidad a los catorce. Los papis enmarcaban sus boletines de notas y hasta había una foto de su orla en un bar del pueblo.
Su padre sacaba pecho todo el tiempo, y su madre parecía al borde del lloro (de puro orgullo) cada vez que estaba a su lado.
Todos le decían que se fuera de allí, a conquistar un lugar mayor. Pero él, a sus ya veintiocho años, seguía en el almacén, porque el almacén era de su padre, y había vacas flacas (tanto literal como figuradamente).
No tenía novia fija, pero decían que alguien le gustaba. Decían que toda la facilidad que tenía para acercarse a las chicas, se tornaba complejos si se acercaba a La chica.

Tenías que ver cómo cruzaba la calle de los bares, cual Jesucristo pelirrojo, humilde por principios y estiloso por naturaleza.
Hasta que un día apareció un grafiti en uno de los muros del almacén.

Splash pederasta

El grafiti estaba elaborado toscamente con un spray rojo. Rápido y mal. 0% arte y 100% intención.

“Jesús dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos». Después de poner las manos sobre ellos, se fue de allí.”
¡¡Vete de aquí!!
Se escuchó a más de una anciana hacer extrañas interpretaciones de la biblia en voz alta esos días, cuando nuestro héroe pasaba por delante.
No pocos padres llevaron a sus hijos e hijas al médico del pueblo, para una revisión total, dijesen lo que dijesen ellos.
Un menor sólo está bien hasta que tú decidas.
Nuestro Jesucristo pelirrojo comenzó a pasar mucho tiempo en casa. Sus padres no sabían qué pensar. ¿Había sido tan bueno porque tenía algo que esconder? ¿Algo terrible, la clase de actos que te llevan derechito al Infierno, sin una sola charla antes con San Pedro?
Su padre se negaba a hablar con él. Su madre lloraba siempre con él, abrazándolo, o de rodillas en el suelo cuando él la apartaba.
Él se lamentaba en silencio, como atrapando en dolor en sí, sin dejarlo salir. Una sola vez dijo que era inocente, y que no volvería a repetirlo. Nadie puso una denuncia en firme.

Semanas después, cuando comenzaba a dejarse ver otra vez por el pueblo, varios chicos le dieron una paliza en el césped junto a la piscina. El médico tuvo no poco trabajo de remiendo y costura.
Se le comenzó a llamar Splash pederasta (o simplemente Splash), siempre a voces, porque nadie le quería cerca.
Con el tiempo, básicamente sólo se reían de él, siempre que se mantuviera lejos.
Todos se unieron (por si acaso) a la misma corriente culpabilizadora. Incluso los silencios resultaban significativos en una sola dirección.
Splash se ahorcó cuatro meses después del grafiti, aprovechando una viga fiable del almacén.

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