80 ILEGIBLES (20 de 80) – Amoniaco

Recuerdo con cariño mi etapa de mozo de almacén. Como si ya se hubiese acabado. Digamos que es algo que viene y va. Según el ciudadano responsable medio, que hace las cosas como se deben hacer (en teoría), hay ciertos trabajos que son como las bicicletas: para el verano. Para ellos currar de según qué es lo que haces de joven para ahorrar. Ahorrar, por ejemplo, para ver si follas de una maldita vez. No importa qué ideología luzca dicho ciudadano responsable, todos piensan muy parecido al final. Algunos llevan el capitalismo a gala y otros dicen ser anticapitalistas, pero a la práctica son igualitos. Sólo chocan con retórica.
Aun así, es cierto que de joven tuve varios veranos dedicados a llevar y traer palés. Dedicados a explicarle a señoras que no podía venderles la silla del catálogo si el catálogo era de otra puta tienda. Señora, la silla no está aquí. Señora. Muérase, señora. No solía quedarle mucho.

Tengo no pocas anécdotas aburridas sobre mis primeros pinitos con la maquinaria de almacén, y esta es probablemente una de ellas.
(Os quejaréis, pero el aburrimiento tiene muy mala fama. Podrías echarlo de menos cuando te falte.)
Una de las partes más emocionantes de currar en un almacén, es cuando tienes que bajar o remontar palés de amoniaco. El amoniaco podría parecerle simplemente un producto de limpieza que echa un pestazo al neófito. Pero lo cierto es que si se te vierte encima, si no te lavas enseguida, te puede provocar quemaduras dignas de las primeras pelis de Cronenberg. Y si te cae en los ojos y no empiezas a correr, su cupón, gracias.
La verdad es que no tienes que ser un genio para usar la carretilla. Pero si la lías, la puedes liar a lo grande.
Conduciendo la carretilla, te enfrentas al mismo problema que el conductor medio de un coche. Aunque bien pensado, está aún más cerca del camionero. Esos viajes de días enteros en los que tu confianza se alimenta con una glotonería que no pasaría por alto ni el más moderno discurso contra la gordofobia.
Te crees un dios de la carretilla, aunque no lo pienses. Cuando llevas cinco horas conduciendo, lo único que te preocupa es la inoperancia de los demás.
Si además te vas a pie al ángulo muerto para las cámaras, y resulta que hay un palé con alcohol, en fin, qué puede haber más sobrado que un dios con el puntillo.
Bajas palés de dificultad 100 (en lo más alto, arrinconados, medio rotos, pesados) como quien se hace una paja a los quince años. Absolutamente nada puede fallar.

Un día, cuando ya llevaba seis horas de vaciar estanterías y alimentar camiones, me dispuse a enfrentarme al palé número tropecientos de amoniaco. La estantería tenía tres alturas; el palé estaba en la segunda y en primer término. Lo podría haber hecho bien cualquier niño de nueve años del tercer mundo.
Alcé las palas con confianza y encajaron como encajaban los brazos de Hugh Hefner en su batín. Era algo natural, mucho más allá de la rutina. Una abeja obrera haciendo aquello para lo que había nacido. El estado de zombificación era óptimo, y el nivel de esperanzas respecto al futuro, nulo.
El trabajador perfecto.
Mis brazos iban solos, no tenía que pensar.
Hasta que todo se torció.

Sé que esto sonará al típico fulano que culpa a los elementos, pero había algo que no estaba en su sitio.
El palé justo por encima del mío, tenía la base destrozada. Al alzar mi pieza, entró en mínimo –y seguro, a priori– contacto con el palé de arriba. Este cedió, se partió en unos de sus laterales, y cayó encima de todas mis garrafas de amoniaco.

Algunos consejos sobre la lluvia de amoniaco: No comencéis a frotaros como idiotas. Libraos con mucho cuidado de la ropa y la joyería (si es posible con unas tijeras). Respirad lo menos posible. Acojonaós y gritad; como suele ser habitual, el miedo ayuda. Y agua, agua con cuidado, agua sin parar.
En caso de haber ingerido un chupito –deseado o accidental– por vía oral, Google me dijo que os preparéis para:
–Dolor de estómago (no como el que se te quitaba cuando tu abuela te frotaba la barriguita).
–Trastornos de la visión. (Comenzarás a ver doble o manchas que quizá te hablen).
–Quemaduras por toda la boca. (Qué te pensabas).
–Vómito o diarrea. (Los clásicos).
Y mi señal favorita, que ya avanzaba un poco en los trastornos de la visión:
–Delirios, convulsiones, inconsciencia. (Lo que en algunas tribus que aún aguantan en la selva –ánimo–, aún llamarían: tener a (nombre del Demonio de tu religión aquí) dentro).

Varias garrafas reventaron con alegría. Pero yo ya sabía lo que tenía que hacer. Así que, muy nervioso y casi llorando, comencé a gritar y a cagarme en todo.
Alguien vino enseguida y me dijo que corriera al patio del almacén. Allí había algún tipo de manguera de emergencia.
Fui a toda leche y gritando, cumpliendo a la perfección con el protocolo. Salté por un muelle en el que no había camión, y busqué agua. El compañero, ya presente, me dijo que me desnudara sin hacer aspavientos. Se estaba peleando con una manguera. No era una manguerita para un conato de jardín, era gruesa como un brazo entrenado.
–¡¡No te frotes!! –me gritaban una y otra vez.
Se empezó a reunir todo el personal fuera. Hablamos de un turno de casi cien personas. Todos agradecidos por poder abandonar sus tareas.
Me quité toda la ropa, también los calzoncillos, aunque me había mojado sobre todo en la zona de los hombros y los brazos.
El compañero aprendió a controlar el chorro a presión, y lo dirigió hacia arriba en mi dirección. Había que limpiarme no como si yo fuera un preso; más bien tenía que parecer una lluvia intensa. Demasiada presión directa podía hacer que el agua empujara el amoniaco piel adentro, en lugar de eliminar su efecto por el proceso de aguarlo.

Yo no sabía hasta qué punto todo eso era así, la verdad. Pero me di cuenta muy pronto de que todos me estaban viendo la polla.

Al final no pasó nada, excepto lo que siempre pasa. Como por ejemplo los dobles sentidos con la manguera.
Hubo quien insinuó que sobrerreaccionamos, que hubiera bastado con echarme un agua en los lavabos.
Cuando me renovaron el contrato cinco días después (un mes), pensé que mi ducha de amoniaco había influido. Mi superior inmediata era una gerente. Aún hoy me pregunto por qué en ese momento nos sentimos algo extraños.

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Un comentario sobre “80 ILEGIBLES (20 de 80) – Amoniaco

  1. Digamos que tenías un excelente argumento…
    Nadie lo reconoce abiertamente porque el incorrecto, pero la química humana hace girar al mundo (por lo menos al mundo empresarial) y nadie me lo saca de la cabeza!

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