80 ILEGIBLES (27 de 80) – Gilipollas característicos

En tiempos de velocidad y paranoia, cuando mucha gente ya no sabe ni sentarse a ver una película, que se ponen ansiosos cuando no reciben rápidamente un pequeño estímulo, que han perdido el gusto por un gran o valioso estímulo más allá del sexo, salir a dar un paseo solo (sin acento) es un auténtico atrevimiento.
Diría: un acto revolucionario, pero el término revolución ha perdido todo sentido. Hay gente tan apasionada con algunas palabras, confían tanto en ellas y su solidez, que las dejan a la intemperie, o en manos de cualquiera, y acaban por no significar nada.
A cada nueva generación le cuesta unos años reconocer a los gilipollas característicos de su época. Siempre hay un nuevo tipo de gilipollas, aunque el gilipollas clásico siempre esté ahí.
No debería ser tan complicado entenderlo, ya que todos somos gilipollas hasta cierto punto.
Un poquito gilipollas y un poquito hipócritas. Como mínimo.
Y aborrecemos el aburrimiento. El aburrimiento, en nuestra vasta y descontrolada cultura pop, está al otro extremo de la revolución. No puedes aburrirte; aburrirte, de hecho, es irresponsable. La gente realmente buena y concienciada, espera que te tomes un respiro sólo cuando hayas salvado a todas las mujeres, los animales y los niños. En ese orden, a ser posible.
Estas personas, mujeres visionarias y hombres contritos, quieren de verdad que creas que ellos son así. A menudo incluso tuitean que acaban de llorar por alguna minucia que, aunque reconocen que es una minucia, aseguran les ha llegado a lo más hondo.
Creo que cada vez estamos más cerca de descubrir a los gilipollas característicos de nuestra época.

Hace no mucho, durante uno de mis paseos, topé con una pelea de bar. Más bien en la calle, frente al bar. Pero estaba claro que los contrincantes habían pasado no poco tiempo en el bar. Era un viernes por la tarde. Me quedé a ver el espectáculo. Poco a poco más gente se unió.
No era una pelea cualquiera.
No eran dos borrachos cincuentones, currantes y hartísimos de vivir. Eran un chaval muy alfeñique y una chica muy oronda, ambos rondaban los veintitantos. Al parecer estaban hablando de política. O más bien de si el feminismo es sólo política o sin embargo tiene un significado con sentido más allá de la premisa. Parecía ser que el chaval decía que no; y la chavala –a juzgar por su atuendo– decía que sí.
Uno de los parroquianos me puso en contexto.
–Estos vienen aquí cada tarde y se ponen a gritarse. Tarde o temprano se iban a calentar.
Parecía ser que no era fácil saber quién había empezado a dar manotazos estilo millennial. Ambos silbaban como cafeteras.
El chaval estaba perdiendo la contienda. La muchacha se puso a horcajadas, le estaba asfixiando literalmente con el chocho. Le soltaba de vez en cuando un puñetazo en la cabeza. A esas alturas ambos tenían pequeños rasguños y moratones.
Pero peleaban muy mal. No sabían o no querían hacerse daño de verdad. Normalmente eres muy comprometido con algo hasta que te toca jugarte el físico.
Comenzamos a oír la sirena de la policía. Algún aguafiestas y su teléfono. La chica seguía sentada sobre la cabeza del chaval, que manoteaba en el enorme culo de ella. Cuando estaba claro que la poli venía hacia nosotros, la muchacha se aparató del chaval y se hizo un ovillo en el suelo.

Del coche patrulla salieron dos agentes, un hombre y una mujer.
La mujer se acuclilló junto a la chica, le hablaba en susurros. El otro poli hacía preguntas con firmeza al alfeñique, que sólo sabía tartamudear e inculparse. Todo un McLovin. No sabía defenderse tampoco hablando. Los parroquianos bebían cerveza, botellón momentáneo, cruzamos algunas miradas.
La chica –muda de repente– se incorporó poco a poco. La agente hizo algún tipo de papeleo con ella. El otro poli cogió por un brazo al alfeñique y lo metió en el coche patrulla.

Cuando vi que la historia había acabado, continué con mi paseo. No había sido una mala historia, aunque había tenido un final previsible.
Pueden pasar muchas cosas mientras paseas. Pero lo verdaderamente agradable es que casi nunca pasa nada. Al principio puedes confundirlo con el aburrimiento, pero acabas descubriendo que no hace falta dar la vuelta al mundo para aprehender su caos.

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