80 ILEGIBLES (30 de 80) – Siempre bajando a la playa

Ahora nadie está salido. Nadie tiene pulsiones carnales. Si no es desde la ironía, no les interesan en absoluto unos buenos pectorales, unas buenas tetas o un bonito culo. Y si tienen algo de eso, jamás, en ningún caso, lo están exhibiendo. Ahora hay gente con un nuevo tipo de integridad moral, que sólo mira al suelo o a los ojos, y que sólo toma decisiones estéticas para el espejo.
Espejito espejito, ¿quién miente más en el reino?

No están salidos porque hay violadores en el mundo, y así estar salido es de un mal gusto horripilante. Se acabó el lucirse, se acabó el mirar a los demás, ni siquiera cuando no miran, porque otros te podrían ver mirando. No querrás dar esa impresión, ¿verdad? ¿O eres un violador? ¿Eres una alienada? ¿Es que no ves las noticias? ¿Quieres que te repita la estadística? Y por el amor de Dios, no intercambies fotos guarras. Bueno, intercambiar lo que se dice intercambiar… Es obvio que sólo mandan fotos los tíos. De su asquerosa polla. Vivimos en el planeta Testosterona. Todos los hombres sois iguales. Habéis convertido el mundo en un Infierno, con vuestro porno y vuestra manía de ir por ahí con la chorra fuera.

Pero no. Recuerdo cuál era unos de mis momentos favoritos de ir a la playa de crío. Casi siempre íbamos a la misma. Había una larga bajada en el pueblo. Diez minutos de caminar cuesta abajo. Y no íbamos solos. Todo el mundo iba dirección a la playa, muchas chicas ya con el biquini a la vista. A los doce años, el salido que llevaba dentro –ese que TODOS llevamos, aunque se pueda manifestar distinto en hombres y mujeres–, se había despertado de una forma evidente y salvaje. Mis ojos no daban abasto. Lo que en un futuro los más torpes y pagados de sí mismos llamarían el violador potencial, estaba bailando breakdance en mi estómago, y mi polla de crío se ponía dura con una facilidad pasmosa.
Aquella carne a la vista tenía más que ver con la esperanza que cualquier consigna gritada con altavoz.
La belleza no sólo te provoca un charco o una erección, también ofrece sosiego, un momento pleno de paz. De desconexión, si se quiere ver así. Aunque reconozco que a los doce años era difícil permanecer tranquilo ante las chicas. Aunque no hiciese nada al respecto, mi cuerpo era una olla a presión. Y no se apaciguaba un poco hasta el previsible momento de la paja.
Recuerdo bajar caminando sobre todo por la tarde. A partir de cierto momento, mis padres decidieron que “la playa mejor por la tarde”. Recuerdo ir con unos vecinos a menudo, con lo que a veces compartía calenturas con un amigo de trece años. Compartir consistía en mirar ambos el mismo culo, luego mirarnos entre nosotros, y luego contener la risa.

Era real, y era inofensivo. Era natural. En este mundo irremediablemente imperfecto que ahora algunos se niegan a asumir como tal (ya os arreglaréis), recuerdo que, cuando llegábamos a la playa, necesitaba un buen chapuzón para quitarme parcialmente la calentura. Luego salía del agua, topaba con alguien en tetas, y volvía sin dudar al baño.
Es evidente que con la edad aprendes a disimular y mentir (si no, escuchad a los nuevos moralistas…), pero he estado bajando a la playa desde entonces. Todos estamos siempre bajando a la playa.

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