80 ILEGIBLES (51 de 80) – Ainhoa

En algunos países, si encuentras un niño perdido, lo que tienes que hacer es aplaudir. Aplaudes y aplaudes para que sus padres te oigan. Es muy probable que anden cerca, sobre todo en el supermercado o un lugar concurrido.
El día que encontré a Ainhoa, yo no vivía en uno de esos países. Era una niña de apenas cuatro años en una esquina. No lloraba ni protestaba. Apenas parecía inquieta. Al principio yo fumaba cerca, sentado en un banco, descansando junto a dos garrafas de agua que había comprado.
Me fijé en la cría. Esperaba ver aparecer a algún adulto que se encargara de ella. Nadie se fijaba en la niña. No necesariamente porque fueran unos desalmados; era fácil no percatarse de la situación, dada su aparente tranquilidad. Yo mismo tardé un buen rato en darme cuenta de lo que pasaba.
Esperé casi una hora, y tres cigarrillos después me levanté y fui hacia ella.
Nunca he sabido hablar con los críos, así que sencillamente intenté hacerme entender, y a ser posible no asustarla.
Me acuclillé a un metro de ella.
–Hola.
Me miró.
–¿Estás sola?
Hizo que sí con la cabeza.
–¿Cómo te llamas?
Silencio.
–Ainhoa.
Había aprendido a no fiarse. Hubiera agradecido apoyo adulto, alguien con curiosidad que se parara con nosotros, pero nadie lo hizo.
–¿Sabes dónde están tus padres?
–No.
La niña iba bien vestida y olía bien, no era una niña callejera.
–¿Te has perdido?
Mientras le tiraba de la lengua, para intentar ubicarme, supe que sus padres siempre le decían que si se perdía, no se moviera del sitio.
Resoplé; no sabía qué hacer, excepto llevarla a la policía. No estaba precisamente cerca. Y encima necesitaba ir al baño (yo).
Esperé un rato junto a ella, le dije que si veíamos a un policía, le avisaríamos y la llevaría con sus padres.
–¿Te parece bien?
Hizo que sí con la cabeza. Se me hizo extraño que lograra ser tan contenida. Yo a su edad me hubiera cagado encima. Lo pensé a poco de hacerlo de verdad en ese momento.
Era una zona céntrica, estaba seguro de que pasaría algún coche patrulla, pero no pasaba ninguno.
Cuando ya llevaba una hora con ella, me volví a acuclillar.
–Ainhoa.
Me miró.
–Vamos a hacer una cosa, ¿vale?
Logré que me diera la mano, me metí con ella en la cafetería más cercana. Compré una botella pequeña de agua. Le pedí a una de las camareras que por favor vigilara a la cría. Me sentí estúpido, dentro del baño, cagando, en medio de esa situación. Pensé en comentar la jugada con el personal del local, pero estaban muy atareados, no vi el modo de hacerlo sin comprometer a nadie más de la cuenta.
Salí del baño y me fui de la mano con la niña.
Había que coger el autobús. Ainhoa no tuvo suerte, yo no era otro de esos adultos con su coche en el parking más cercano. Ni siquiera tenía coche, y mi permiso de conducir no nos podía ayudar.

Me sentía como un secuestrador o un pedófilo cada vez que alguien nos miraba. La carencia de parentesco se debía notar a la legua. Eso era lo que más me preocupaba: el malentendido. Puede sonar paranoico, pero la hipersensibilidad empezaba a estar muy de moda, y parecía haber mucha gente con ganas de acometer una heroicidad fácil. Algo emocional y efectivo que poder comentar después. Algo que tuitear.

Buscamos la parada de autobús adecuada. Para la niña debía ser toda una aventura, pero para mí también lo era. Hacer el bien no suele formar parte de la rutina adulta, y menos un sábado. La mayor parte de la gente cree que la supervivencia es más que suficiente. Pensamos que lo de ayudar a los demás suele ser una jugada del interés, y no es que no equivoquemos. A veces sí se puede hacer el Bien, o eso creo, lo que quizá sea más difícil es buscar el modo de hacerlo; más bien debe tratarse de que la Oportunidad se presente. Si se pudiera hacer el bien de forma pura, continuada y sistemática, quizá sí existirían los superhéroes tal y como los concebimos. Por desgracia, el mundo siempre es mucho más complicado que eso.
¿Héroes, quiénes? ¿La policía?, hum. ¿Los bomberos?; vale. ¿Nos hacemos todos bomberos? ¿O misioneros?
Iba pensando en todo eso mientras Ainhoa miraba por la ventanilla del autobús.
Cuando bajamos, aún nos quedaban cinco minutos a pie.
No hay mucho más que decir, excepto que la entrega se produjo con éxito. No acabé en la cárcel por abusos, secuestro o pederastia. Nadie me señaló o sospechó, nadie acabó hurgando en el porno de mi ordenador. Me aseguré haciendo un barrido por redes sociales.
Al despedirme de Ainhoa, ella dijo:
–Te has dejado las garrafas en el banco.

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