80 ILEGIBLES (54 de 80) – El día del lagarto

Fui al campo con unos vecinos. No recuerdo qué zona era. Tenía once años, entraba en los coches y salía al llegar al lugar de destino. Juzgaba sin el etiquetado. Había cierta pureza en ello.
Fui porque el hijo de los vecinos era amigo mío. Unos de los de verdad, de los que torturaba insectos contigo, de los que te confesaba cómo le quería comer el chocho a una niña u otra. De los que hasta compartía el porno abandonado.
Enrique.
Parece haber menos Enriques ahora, pareciera que ya sólo es el nombre del mejicano muerto de una peli. Enrique tenía dos años más que yo. Durante unos cinco años, fuimos como uña y carne, y después, auténticos extraños. Nos convertiríamos en piezas completamente distintas de la sociedad, de ambientes distintos y con intereses distantes.
Pero entonces éramos los mejores amigos. Existía entre nosotros una dinámica que no debe ser muy diferente de la que existe entre futuros delincuentes. Chavalitos que lo que pronto querrían sería dinero fácil: currar poco y amoralmente para el padrino de turno. Funcionar según las reglas de la mafia. Primero recaderos fiables, luego matones fieles. Fiestas a menudo, drogas de buena calidad, violar a las mujeres, meter miedo a los críos…
Era una fantasía vaga y nunca verbalizada de la infancia, ninguno de los dos escogió ese camino. Hicimos caso. Doblamos el espinazo y aguamos el carácter. Nos sumamos a los demás remeros.

El padre de Enrique era un zoquete de cincuenta y tantos. No es que lo supiéramos entonces. Un capullo con carnet de conducir, un currante siempre con una navaja encima. Bebedor, alcohólico funcional. La madre era la ama de casa de los noventa, preocupada, de buen corazón en las distancias cortas, cruel en las largas, inculta, cotilla. Era fácil imaginarlos a ambos viendo el telediario, echándose unas risas. Pienso de telebasura.
Enrique, su familia y yo, éramos sólo otro fresco de la clase obrera. Para completarlo, dos hermanas. Una de quince, otra de diecisiete; pretendidamente ajenas al mundo infantil, artificialmente apegadas al adulto, bobaliconas, fingidamente sensibles, egoístas. Pronto me masturbaría fantaseando con hacerles cosas realmente feas.

Por la mañana los niños jugamos con un balón de fútbol. Enrique y yo necesitábamos aislarnos de los padres y las niñas. Daba igual el contexto. Me gustaba ir al campo, no íbamos tanto. Los padres de Enrique preparaban el tipo de hoguera para barbacoa que pronto sería ilegal. Algo de ensalada para ellas, un montón de carne para todos. Mucho tocino. Nos daban sorbos de vino y alguna calada. Si venía más gente, se instalaba a una distancia prudente. Saludos cordiales, a veces incluso alguna broma; era domingo, el día de descanso de los padres de familia. El rato semanal de no estar del todo amargados. Puede que los más violentos no zurraran ese día a su mujer. Quizá se conformaran con un polvo raquítico de treinta segundos.
A mediodía había que engullir toda la carne. Lo hacíamos con gusto. Enrique y yo, por más que comiéramos, seguíamos con brazos y piernas de alambre. Debíamos quemarlo todo a base de pura infancia. Había un ansia mal contenida en nuestra visión de la vida (mis padres no eran muy distintos a los suyos), que no parecía que fuese a desaparecer, sobre todo a juzgar por cómo hablaban y actuaban los adultos, representando una especie de farsa del respeto y la educación, que se convertía en tacos y mal sexo cuando no estábamos delante. Teníamos oídos, y aún conservábamos una enorme curiosidad, aunque en el colegio estaban a puntito de extirpárnosla. Nuestra vida nos gustaba sobre todo por contraste; era el momento de enseñar niños negritos escuálidos en los informativos.

Por la tarde, ese día nos fuimos a “explorar” con el padre de Enrique. La madre dijo que quería tomar el sol, las niñas daban patadas torpes al balón.
Fuimos por caminos estrechos, a veces entraba en juego la navaja del progenitor. La maleza. Creo que eso era lo que divertía a este adulto ejemplar: su navaja, y poco más que eso. Caminábamos sin rumbo aparente, Enrique y yo pisábamos los bichos que veíamos. Nos hicimos con un palo cada uno, azotábamos todas las ramas y troncos del camino.
Nadie en aquel grupo tenía noción consciente alguna sobre la belleza del lugar. Ni nosotros, ni las niñas, ni los adultos. Parecía algo así como una rutina. Un cambio rutinaro. No recuerdo percibir poesía alguna en aquellos domingos. Ahora creo que aquellos días en el campo –en nuestro caso– no eran más que otra demostración de la soberbia del ser humano, como si el leitmotiv fuese: Si quisiéramos, podríamos quemar todo esto. Había una agresividad inherente. Supongo que se contagiaba de los adultos a los críos. Era el resultado de la rutina del currante; no importaba si eras mecánico o ama de casa, aunque en aquel momento se hiciera una gran diferenciación. La madre de Enrique no era más feliz que el padre; ambos proyectaban el mismo tipo de cinismo: el del quien, entre otras cosas, no conoce la palabra «cinismo».

Vimos un lagarto, largo como dos palmos. El padre de Enrique se empecinó en matarlo. Estábamos totalmente de acuerdo, ese bicho tenía que morir. Era la conclusión inevitable, la diversión de la crueldad. Lo perseguimos, lo acorralamos. Nos costó una media hora de tumbos entre los matorrales. Estábamos cada vez más rabiosos, cada vez más eufóricos. Puto bicho. Se convirtió en algo personal, como si nos debiera un pago. Reyes de la cadena alimenticia. Sacamos a pasear el hombre primigenio. Pusimos nombre al animal, así el ejercicio era más cruel, y por tanto más gozoso.
Juancho.
Juancho acabó atravesado por la navaja. El paseo había terminado.
En el camino de vuelta, se nos ocurrió una idea: nos comeríamos a Juancho. Asquearía a las niñas, animaría la tarde, seguro que sabía a pollo.
Al llegar, tal y como estaba escrito, el padre de Enrique persiguió a las crías con Juancho ensartado. Ellas gritaban y exageraban, hacían su papel, aunque esta vez no les costaba. La madre de Enrique sólo hizo que no con la cabeza.
–No pienso comerme eso.
Tomaba el sol con gafas de sol y toda vestida. Se mantenía al margen, estaba acostumbrada. Era obvio que la pasión había muerto, sólo quedaban tres décadas de tranquilo sopor por delante. O eso esperaba.
Reavivamos las brasas. Juancho se asó, se comenzó a dorar. Risas y un agradable nerviosismo. Nunca habíamos comido lagarto.
Cuando ya parecía cocinado, el padre de Enrique lo comenzó a cortar sobre la rejilla. Se hizo con un trozo y lo sopló para no quemarse. Detalles como ese le hacían parecer centrado y responsable a nuestro ojos. Se llevó la carne a la boca, masticó, reconcentrado. Asintió. Nos miró y dijo:
–Está buenísimo. Probadlo.
Nos cortó un trozo a cada uno. Una vez la fantasía hecha realidad, no estábamos tan convencidos. Que la diversión se materialice así no siempre es bueno. A veces es mejor que la idea se quede en el ámbito teórico.
Dejé que mi amigo lo probara antes. Masticó y no dijo nada, pero pidió otro trozo.
Me metí la carne en la boca, sin pensarlo más. Mastiqué rápido. La textura no era desagradable. El sabor era algo entre pollo y un puntito amargoso. No era precisamente alta cocina, pero era nuestra presa. Era el resultado de un trabajo bien hecho. El padre de Enrique evisceró al bicho, y nos comimos el resto. Lo dejamos en los huesos.

Cuando volvíamos del campo, fantaseaba con ver luego un incendio en la tele. El telediario abriendo con el resultado de nuestro día campestre. El padre de Enrique era perfectamente capaz de liarla de ese modo; la irresponsabilidad no necesita de intencionalidad.
De camino a casa, paramos en un antro de carretera. Al parecer la familia conocía al dueño. Nos sirvieron refrescos, y las mejores patatas bravas que recuerdo haber probado. Hablamos del lagarto. El día del lagarto, así lo recordaríamos. El padre trituraba con sus dientes amarillos. La madre con la nariz requemada. Las niñas cuchicheando. Mi amigo presumiendo de padre. Yo masticando patatas, el alioli en mis comisuras, quemándome y sonriendo.

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2 comentarios en “80 ILEGIBLES (54 de 80) – El día del lagarto

  1. Qué extraños se me hacen los recuerdos de la infancia…. para mi el mundo de los adultos era un lugar extraño e inaccesible… ahora es algo parecido, pero sin la inocencia,lo quieras o no formas parte de ello… eso es lo que te dicen, oye, no nos jodas, si esto es una mierda también tiene que ser culpa tuya. Toma, acepta tu parte de responsabilidad como un lagarto torturado y ensartado a la brasa que no te quieres tragar, pero qué remedio, con tanta gente mirando…

    1. Yo tengo recuerdos de la infancia que podría presentar igual de una forma muy positiva y también muy negativa. Nunca es sólo una de las dos cosas, pero es interesante elegir sólo unos de los dos filtros para escribir 🙂

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