80 ILEGIBLES (79 de 80) – Felicidad

Un monitor de esplai, poco tiempo antes de morir de una indigestión, nos hablaba siempre de la felicidad. Era un esplai de verano. Niños y niñas de once años. Aún no sabíamos de qué iba ese rollo del monitor. Es posible que aún no conociéramos realmente la infelicidad. Niños del primer mundo, consentidos y descontrolados, aunque a veces nos pegaran una buena hostia en casa.
Cada jueves íbamos a la piscina, mientras nuestros padres follaban o al menos respiraban tranquilos en casa. En agosto casi todo el mundo estaba de vacaciones. Los menores se convertían en un incordio. Formar una familia, alimentar la teoría de la felicidad completa basada en juntar padres, hijos, perro y días de sol, conlleva sus consecuencias. Como que a menudo así no hay quien coño esté tranquilo un rato. La individualidad se va a freír espárragos; se convierte en eso que tenías a los veintidós años.
Así que los padres, buscando la manera de tener unas horas para poder oír sus propios pensamientos, buscaban donde aparcar a los críos. Que los aguantaran otros adultos, un poco de “felicidad familiar” para ellos.
A nuestro monitor, sin embargo, parecía gustarle de verdad tratar con niñatos de once años. Seguramente porque apenas eran cinco horas de trabajo paternal.
Niñatos era la palabra que mejor nos definía. Lo que nos gustaba, principalmente, era romper cosas. La piscina también nos gustaba. Entonces no había normas estrictas sobre cómo meterse en el agua o comportarse en ella. Nos hacíamos incluso “ahogadillas”. Te sujetaban la cabeza bajo el agua, quizá contaran hasta diez, hasta que ya no era divertido verte patalear en busca de aire.

En las pausas, cuando el monitor nos reunía para llevarnos a un autobús o a la entrada del sitio que fuera, era cuando nos daba esas chapas sobre aprovechar los “momentos felices”.
Esperábamos a que se callara, para poder volver a ser felices.

Cuando los socorristas le sacaron un jueves de finales de agosto del agua, nos impresionó. No nos dio pena exactamente, aunque alguna niña llorara (creo que sobre todo de miedo). Es posible que aquello sí nos hiciera pensar, aunque fuera dos décadas después. Ahora, cuando ya conozco de sobras la felicidad, porque puedo contrastarla perfectamente con el puteo casi constante de la edad adulta, recuerdo a menudo a aquel desgraciado, que no debía tener ni veinte años.
Se diría que su plan fracasó.

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Un comentario sobre “80 ILEGIBLES (79 de 80) – Felicidad

  1. quizás no fuese un accidente, quizás con 20 años comprendió que ya había acumulado todos los momentos felices que le habían reservado y ya no le quedaba nada, sólo el irlos recordando, sucios y manoseados hasta que todo dejase de tener sentido…

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