Archivos Mensuales: febrero 2020

Forzar la magia

No sé por qué recuerdo ciertos días con tanta claridad y satisfacción. No suele ser porque pasara nada especial o chocante en ellos. Cuando se trata de fechas teóricamente extraordinarias, de las que deberían servir para atesorar un buen puñado de buenos recuerdos, sólo acumulo datos, nombres. Pasarse semanas o meses preparando y planeando un día, es tremendamente eficaz para que ese día acabe siendo del montón. Sólo lo acabarás recordando por todo el trabajo que te costó organizarlo. No hay manera de forzar la magia. No existe la felicidad pura ahí excepto pasado el tiempo y exagerados los hechos.

Lo que sigue podría parecer un ejemplo tramposo de felicidad no planeada, pero este tipo de cosas le pasan a tus vecinos, a tus familiares, puede que incluso a tu tío el soso, esa persona que parece haber puesto el piloto automático hace treinta años. Algo con lo que tu tía parece encantada.
Recuerdo que era un día soleado. A medida que he ido cumpliendo años, he sido capaz de verle el encanto también al sol, incluso a las mañanas soleadas, que siempre asocié a madrugones y turnos de trabajo insufribles. No es que eso pueda competir con un día de lluvia. Mi estado de ánimo se ha parecido bastante al de cualquier feminista de boquilla con cuenta en Twitter. Por suerte ya no tengo veinte años y soy capaz de lidiar con eso. No estoy todo el tiempo enfadado, y tampoco lo parece; ni siquiera me proporciona placer que lo parezca. Con los años te das cuenta de que el mundo no es lo que quieres que sea, sino simplemente lo que es. La mayoría de veces no tiene ningún sentido presentar batalla. Más que cambiar las cosas, se trata de entenderlas. Es el único modo de mejorarlas. De mejorarte.
Daba uno de mis largos paseos “sin rumbo”. La primavera estaba al caer. Estaba moderadamente contento. Era sábado por la mañana y existía la posibilidad de echar un polvo. El marido de Dolores estaba fuera por un funeral. Hacía como dos semanas que no quedábamos.
Dolores vivía a una media hora a pie de casa. Nos conocimos por Internet y enseguida comenzamos a intercambiar fotos. Y no eran fotos de las vacaciones. Según la versión oficial, esto simplemente no sucede. En la versión oficial (o al menos eso parece), los tíos mandamos fotos de nuestra polla, y las tías, resignadas, no hacen nada al respecto y prosiguen con su lectura. Esa es una de las realidades, sin duda, pero otras veces dos personas se caen bien y se divierten. Y luego se mandan fotos. Y luego a veces incluso se conocen en persona. Siempre habrá cierto grado de deshonestidad o hipocresía en la relación (o de patetismo), pero hasta lo que yo sé no hay relaciones exentas de eso.
Me dijo que me pasara (si quería), y tardé unos tres minutos en ducharme, vestirme y salir. No tengo coche. Me preocupaba llegar demasiado sudado, pero no podía evitar acelerar el paso. A ella le ponía ponerle los cuernos a su marido, y ahora él estaba a mil kilómetros. Decía que él también se los ponía a ella. Tenían una relación de engaño ineficaz mutuo con la que parecían sentirse a gusto. Monógamos en la versión oficial y seres humanos en la real. Eso decía ella. A mí me importaba un carajo cuál fuese la dinámica entre ellos, pero la verdad es que todo lo que ella decía sonaba no solo honesto, sino también inteligente, lúcido de un modo al que muy poca gente se permite aspirar. La inteligencia por la vía de la aceptación. La ética y la moral tienden a ser vestidos elegantes para asistir a una boda entre activistas.

Ya en su casa, ella va descalza, ligera y transparente. Yo aún estoy en los treinta, ella aún en los cuarenta. No voy a intentar describir lo que me pone. Siempre tengo la sensación de que sólo puedes follar a gusto del todo con quien sabes que no va a querer (necesariamente) nada más de ti. Lo hicimos entre gruñidos y guarradas dichas en voz alta (sobre todo mías). La ventana estaba abierta, incluso el cristal. Daba a las afueras, monte bajo y horizonte, nadie podía vernos. Follando me siento útil; como si fuera una de las pocas formas reales en que puedo aportar algo de alivio. No porque sea el mejor amante, pero sí quizá porque disfruto de verdad, no estoy actuando, no hay putas frases hechas ni planes a medio plazo. No hay impostura; es como todo lo contrario a una relación estable. Resulta paradójico que algo así tenga que formar parte de esas relaciones “adultas” de pareja. El sexo tiene mucho más que ver con un juego de niños espontáneo, o con dos cerdos revolcándose en el barro.

Luego siempre hablamos. Ninguno de los dos lo hace por las formas. No nos “ponemos al día” para no quedarnos con la sensación de simplemente habernos usado el uno al otro. Damos por hecho que nos hemos usado, y por eso precisamente nos sentimos con libertad para hablar. No sentimos la presión de tener que quedar bien, nadie está juzgando a nadie. No hay “adultos responsables” a la vista. Nadie ha abierto el telón, no se está representando ninguna obra. Eso que llaman “vida real” se ha quedado fuera de la habitación. Es curioso lo intensa que es la relación de la “vida real” con la representación de roles culturales. No es de extrañar que la religión y los sectarismos tengan tanto éxito en ella.
Le pregunto que quién se ha muerto. El contexto lo permite. Al menos en nuestra dinámica.
–Un amigo de mi marido.
–Entonces era joven.
–No era viejo.
–¿Qué le ha pasado?
–No lo sé. Sólo sé que pesaba unos ciento treinta kilos. No creo que eso haya ayudado.
–¿Le conocías?
–Le vi un puñado de veces. Siempre hablaba de fútbol. Sudaba todo el tiempo, tenía la cara roja. Siempre presumía de tener la polla muy pequeña.
–¿Presumía?
–Hacía chistes con eso, más bien. Pero era como si presumiera, como si se hubiera tomado demasiado en serio lo importante que es saber reírse de uno mismo. Decía cualquier gilipollez y se partía de risa.
–Era una persona triste.
–Era una persona muy triste. Creo que tenía tantos amigos por eso. Por comparación casi cualquiera parecía una persona interesante, amueblada y atractiva. La amistad puede ser algo muy retorcido.
–Habrá gente en su funeral.
–Sí. Puede ser la primera vez que hagan algo por él de forma honesta. Pero tampoco estoy muy segura de eso.
Se levantó y se asomó por la ventana. Tenía la facilidad de hablar y escuchar muy sinceramente sin necesidad de mirarte o quedarse quieta.
–Tendrás cosas que hacer –dije.
–Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. O volver cuando quieras. Al menos hasta el lunes… Creo que por eso no quise tener hijos. No tener hijos te deja margen… Obviamente. Puedes recordar de vez en cuando quién eras y qué querías.
Cuando sonríe es desarmante. No por tener una expresión muy luminosa, sino porque no es habitual en ella.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero el sol comienza a adoptar tonos de la tarde.
–Si quieres me paso mañana.
–Claro.
Comienzo a vestirme. Ella sólo vuelve a ponerse esa especie de salto de cama, esa prenda transparente.
He tenido más días así, antes y después de aquel. Aunque no hable de ellos. Pero por algún motivo, me vienen imágenes de aquel en concreto todo el tiempo. Un tipo de felicidad que se diría no catalogada. ¿Incorrecta? Puede que sucia. Deslumbrante.

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