Archivos Mensuales: junio 2020

Una vida estética

Sonora. Los pensamientos de J. La habitación de J. acapara el mundo privado de J.; intenta ser un reducto fortificado contra el enemigo: los padres, el mundo. Los profesores. El instituto es el trabajo de los adolescentes: La rutina oficinista de los pajilleros y las niñas que comprueban sus tetas en el espejo.
Un futuro inabastable por delante imposible de entender en su actual mundo a cámara lenta.
J. quería tener un pestillo en la puerta de su habitación. Papá dijo que nanay. Mamá apuró la copa de vino.
A veces piensa que esa carencia de pestillo es la razón principal por la que aún no ha follado. ¿A dónde supone que tendría que llevar a la minidama de turno de recientes curvas, a un descampado?
J. habla en vivo y en digital sin parar con N., otro chico que parece el protagonista de un documental sobre el suicidio adolescente. Delgaducho, de sobresalientes casi sin mover un dedo, ocasionalmente víctima de bullying. La mirada siempre alerta ante las miniaturas de Pornhub. Cada día. Unas manchas sospechosas en la silla de gamer: da igual cuánto frotes.
Intimidad inevitable tan vieja como la Historia.

Los martes son los días que te hunden la daga de verdad. Los lunes están sobreestimados. Nadie te prepara para los martes. Vuelta al curro adolescente. El plan se comenzó a fraguar un martes.

Una charla sobre las armas de fuego antes de entrar a clase. El resto de alumnos, todos cromos repetidos discurso concienciador mediante, hablarían de la abolición. J. y N. hablan de su funcionamiento, de cómo conseguir un par de AK-47. Tienen fama de ser sencillas de utilizar. Pon el telediario, hasta los niños negritos escuálidos son buenos tiradores con un AK-47. Pero no ha de ser fácil conseguir dos en el mercado negro, y munición, y todo a un buen precio.
J. y N. conocen de sobras los casos tipo Columbine. No son ciegos a los dramas y los debates recurrentes. Son íntimos del ruido mediático igual que sus compañeros. Pero ahora tienen un objetivo, un camino de baldosas amarillas que opacan las consecuencias.
–Nadie habla de ese minuto –dice J.–, cuando lo acabas de hacer. Todos hablan de la cárcel o tu vida echada a perder. Pero no hablan de esos segundos de brutal alivio desconocidos para la mayoría. El alivio que se debe sentir cuando le acabas de disparar en la cara a alguien a quien odias con toda tu alma.
–O porque odias lo que representa –murmura N.
–No te quiero mentir, yo no sé bien por qué quiero hacerlo, sólo sé que quiero hacerlo.

Lo saben y no lo saben. J. a veces cree saberlo, estirado en su cama mirando al techo.
Piensa en el ambiente que se ha generado en el instituto. Se está contagiando de las universidades cierto pensamiento monolítico. Lo peor es que esa corriente empieza por los profesores. A un lado tienes el bullying, y al otro a los activistas teóricos. A un lado la violencia, al otro el sectarismo con coartada. Apolíticos estúpidos y politizados extremos.
Idiotas de siempre e idiotas de nuevo cuño.
Una vez N. le oyó decir a su padre que las nuevas generaciones aún no habían encontrado un buen sustitutivo para el guantazo en lo que a criar hijos se refiere. Cuando mira al techo en su propia habitación, piensa mucho en eso. Sus padres forman parte quizá de la primera generación que siempre se contiene de darte una buena bofetada si como hijo les vacilas, manipulas o puteas de alguna forma, cosa para la que estás perfectamente dotado desde que eres un bebé. Ahora puedes ser un mal bicho consentido, un auténtico gilipollas tocahuevos, y tus padres no pueden tocarte un pelo.
Como en todo, piensa N., es verdad lo que dicen, siempre es MUCHO más difícil enseñarte a pensar que darte una hostia.
Como en el instituto ahora sería aún más grave si cabe darte una hostia, en lugar de buscar el modo de enseñarte a pensar, te dicen LO que tienes que pensar sobre toda acción o dinámica del mundo, y que si no piensas como te digan, eres y serás a todas luces una mala persona.
Obviamente, el profesor o profesora (o adulto invitado) que se dedica a dar semejantes discursos cerrados, no puede permitir que se le ponga en entredicho, porque, aunque lo negará obcecadamente, la base de sus intenciones no es educativa, sino ideológica.
¿Eso quiere decir que no puedes estar de acuerdo con nada de lo que diga? No. El problema es que tienes que estar de acuerdo con TODO lo que diga.
Las nuevas clases de Ética. Moralidad universitaria yankee que llega en cuatro o cinco años a cualquier rincón del mundo.

Problemas de infinita gravedad y complejidad que el ser humano no ha logrado solucionar a lo largo de su Historia, reducidos a lemas concretos y un primoroso dedo que te señala: eres el culpable.

Es una sensación en parte subjetiva. El instituto no es un infierno, pero a menudo es percibido como tal, y algunas decisiones académicas son harto discutibles. Hay gente que parece pensar que lo nuevo siempre va a ser mejor. Pero lo nuevo de entrada sólo es distinto. Es crucial lo que crece en las mentes de J. y N., chicos obedientes que se sientan en pupitres discretos y que llevan toda su vida cumpliendo órdenes. Y que ahora además toman conciencia de que su punto de vista no vale para una mierda. La “renovada” moral les quiere absorber en una dirección identitaria. Como si antes de nacer eligieras sexo, raza y ubicación geográfica. Dos críos blancos que encima no tragan. El último año los padres de ambos han visitado dos veces el despacho del director.
Los padres vuelven a casa sin saber lo que ha pasado.
Las madres querrían estar de acuerdo con lo que han oído, pero no lo tienen demasiado claro. Parece estar produciéndose una complicada disensión entre feministas y feminismo.
Casi nadie se atreve a mencionarlo. La mayoría porque no saben cómo sin meterse en un pequeño lío, otros porque creen ser demasiado viejos para entender ciertas tendencias.
En una reunión se les dice a los padres de todos los críos que deben reconocerse como privilegiados. Tienen que dar ejemplo a sus cachorros varones. Las madres se miran entre sí, a algunas se les escapa la risa viendo la cara de sus maridos, tíos cincuentones que no conocen otra cosa que el trabajo, y que empiezan a sospechar que ese nuevo dolor en un costado podría ser otra hernia.
Las charlas teóricamente feministas o radicales en el teórico mejor sentido, son cada vez más habituales en el centro. El director escurre el bulto cada vez que alguien le inquiere sobre el tema. Un nuevo inconfeso grano en el culo.

En una de las ocasiones, J. y N. fueron los únicos que se atrevieron a reaccionar cuando una mujer ajena al centro dejó espacio abierto a las preguntas después de repetir expresiones como «terrorismo machista», «racismo interiorizado» y «capitalismo heteropatriarcal» unas treinta veces cada una.
Una de las novedosas normas era que no puedes hablar con una persona racializada sin dejar claro que tienes en cuenta su raza. Has de reconocer tu privilegio blanco en todo momento. A lo que N. dijo:
–¿Cómo se hace eso? ¿Digo algo como: “Quiero que sepas que me he dado cuenta de que eres negro”?
J. sólo se río un segundo. El resto de la clase era el funeral de Martin Luther King, a quien por cierto algunos ya consideraban racista.
En la otra ocasión que llevó a los padres de ambos al despacho del atribulado director, se tocó el tema de la violencia machista. Un treintañero, también ajeno al centro, explicó a la clase cómo y por qué los hombres matan a las mujeres por ser mujeres. Comenzó a escribir estadísticas terribles en la pizarra como si de alguna manera fueran emocionantes en positivo para él. Nadie podía negar la realidad, los hechos, los números. El treintañero gesticulaba con el puño derecho cerrado, como si contuviera con fuerza la Verdad entre sus dedos. Tenía RAZÓN y lo sabía. Y con ese mullido colchón de violencia irrebatible, comenzó a hablar de estereotipos masculinos y femeninos impuestos, y también de construcciones sociales (casi todo lo eran, los seres humanos no habían elegido prácticamente nada). Se alumbró como el “aliado” definitivo, un estudioso del Mal, del que se reconocía parte como hombre blanco hetero. Sólo le faltó acarrear una cruz de madera de setenta kilos, y arrastrarla desde la clase hasta el patio con todas las niñas y profesoras escupiéndole y tirándole verdura podrida. Para cuando le clavaran la lanza en el costado ya se habría corrido en los calzoncillos.
J. señaló los números y dijo:
–¿Todas esas mujeres han muerto por ser mujeres?
Y el tipo repitió algo que ya había dicho.
–¿Entonces nos lo tenemos que creer y punto?
Y el tipo, ya algo mosqueado, volvió a repetir algo que ya había dicho.
A lo que N. añadió:
–¿Para reducir los casos de violencia no sería mejor estudiar los motivos diversos por los que se produce? Alguna vez he leído que los asesinatos por violencia doméstica acostumbran a empezar siendo una pelea. Peleas cada una con su contexto, y en las que gana entre comillas el hombre porque suele tener más fuerza física.
Y la profesora intervino y zanjó el debate. Nos vamos a publicidad.

J. y N. suelen pasar las tardes en casa de N. Sus padres trabajan hasta tarde y la consola y el abismo de Internet están a mano. Se acercan las vacaciones de verano. Un mes. Quieren hacerlo uno de los últimos días, cuando a todos les brillen los ojos y ya se vean de botellón, follando o de manifestación. Pero conseguir las armas sigue siendo un enorme escollo. Sonora no es Texas.
A veces surgen los titubeos. Todo lo que pensamos se derrumbará cuando peguemos el primer tiro, dice J., el primer muerto nos quitará la razón en todo.
–Creo que empiezas a hablar como Ellos –dice N.
–No pretendo sonar virtuoso, sólo te digo lo que pienso.
–¿Eso te preocupa?
–No lo sé. Sigo teniendo muchas ganas de hacerlo.
La violencia física es algo terrorífico en sí, quizá lo peor que existe. El hecho de introducirla en el instituto, donde todos la repudian siempre en voz alta, y a menudo como recurso para lograr otras cosas, puede resultar prometedoramente embriagador.
–Siempre dicen que tienen miedo todo el tiempo –dice N.–, y que los demás también deberíamos tenerlo de lo que podríamos hacer o nos podrían hacer, por ser blancos, negros, hombres, mujeres, trans… Que tengan miedo de verdad por una vez. Dos chicos blancos, ¿no? Estamos imbuidos de nuestra naturaleza. Si tanto les gusta tener siempre la razón, que se mueran con ella.

Cada día parece más largo que el anterior. Las vacaciones en el horizonte. El plan es destruirlas, destrozar a un puñado de familias con un puñado de funerales. Ataúdes tamaño pajillero. Chicos y chicas monísimos con los que el maquillador de la funeraria tendrá casi todo el trabajo hecho.
El principal motivo para ello es que no hay un motivo concreto que lo merezca. Puede que a un bullie le viniese bien una hostia a la vieja usanza, como a un gilipollas neonazi; pero los demás sólo son novísimas fashion victims. Fans de esas nuevas percepciones y sentencias que a veces funcionan fenomenal sobre el papel; seguidores autocomplacientes de las más rebuscadas teorías sobre lo malo que es todo el mundo y lo buenos que son ellos. Repetidores de una señal. La primera generación que sabe ver el mundo de verdad. La anterior no les llega a la suela de los zapatos, y el resto es todo senectud y fascismo.
Adolescentes de manos suaves, tecnológicos y de autodenominación anticapitalista que siempre huelen fenomenal y creen que todo el mundo debería follar sólo acordándolo antes verbalmente, y sin descuidar la perspectiva de género. Los matices no existen, los grises son el Demonio, el lenguaje no verbal, un tema tabú.
Y la ciencia ya veremos.
El mundo es sencillo. ¿Por qué carajo el resto no lo vemos?
Una generación de sofisticados ignorantes hijos de la gimnasia mental que no merece morir a tiros.

Y los profesores.

J. y N. hablan mucho de ellos en sus tertulias de Play Station. A veces se plantean seriamente el cargarse sólo a los profesores. O al director; ese pobre bastardo sedentario que no puede verse la polla desde hace treinta años: un ser funcionarial cuya vocación se quedó con el peinado afro. Se lo imaginan casado con un cadáver de sillón y televisión.
Puede que todos. Puede que los profesores. Quizá sólo el director. Pero siempre vuelven a la idea inicial: TODOS LOS QUE PODAMOS.

A J. le sorprende la ligereza del arma. No puede creer que ya haya llegado el día. Once de la mañana, las clases llenas. Tres días para las vacaciones. Han trazado un ruta para cada uno, buscando dar la sensación de encerrona. Sólo son dos, pero Ellos no lo saben.
Abre la primera puerta que se encuentra. Ejecuta el primer disparo. El impacto lo recibe una chica en el cuello. Los gritos del resto son ensordecedores, el profesor se ha metido bajo su mesa, J. cree haberlo oído suplicar.
La chica borbotea sangre por la boca, un sonido de atragantamiento. Sus ojos miran eléctricos de pánico a J.
Y J. despierta.

N. es ametrallado muchos días a preguntas y sugerencias de sus padres a la hora de comer. Para ellos el presente es irrelevante y la juventud es una trampa. Te entretienes demasiado en vagar y oler culos, y no piensas en tu yo de cuarenta años. ¿Qué va a ser de ese tipo?
N. nunca se lo ha dicho a J., pero su apetencia por explotar viene dada en gran medida por el irritante discurso de sus padres sobre la responsabilidad. Un discurso mayormente basado en el miedo. El futuro te tiene que dar un miedo de cojones. Prepárate para el futuro todo lo que puedas. N. sabe que hay algo de verdad en ello, pero lo hacen sonar como si te fueran a mandar al matadero.
N. nunca, jamás, bajo ningún concepto, les discute nada a sus padres. En el pasado eso le trajo algunas alegrías; ahora se siente como un barril de dinamita en la sala de máquinas de un barco.

Cuando has bebido tanta cerveza que luego en el baño meas a intervalos, J. lo llama: mear en streaming. N. los viernes por la tarde siempre dice:
–¿Hacemos un 1080?
Los videos a 1080p son los que más se paran. El guiño es obviamente al porno.
Hay un chino que sirve cerveza a niños y mayores. Se quedó con un bar antes regentado por dos hipsters que lo anglificaban todo para encarecerlo, y lo convirtió en un local despersonalizado que se dedica a la cerveza y el café. Ambos de una calidad discutible, pero arrastrando los precios. El sitio ha mutado en lugar de reunión para adolescentes y borrachos del barrio.
J. y N. ocupan una mesa rodeada de grupitos de chicos y chicas. Los chicos y chicas guays se juntan entre ellos. Igual que los marginados o automarginados hacen lo propio. Pero todos se congregan en el chino. La ONU adolescente.
Hoy es otro viernes y las mesas están llenas de caras habituales.
También está Alfredo el borracho. Cuarenta y muchos. Todos le saludan y se ríen de él. Se sienta siempre en la misma mesa y mira sin ningún tipo de disimulo a las niñas de dieciséis y diecisiete años. No suele decir nada más allá del saludo. Algunas de las chicas, con el suficiente alcohol en las venas, a veces se sientan en el regazo de Alfredo para reírse de Alfredo. Cosa que Alfredo agradece, alguna vez con una visible erección bajo los raídos tejanos. Todos estallan en risas. Si te pones a encadenar chicas menores en Instagram, es muy probable que te topes con el careto de Alfredo en medio de un centenar de poses playeras en varias cuentas.
Todos los habituales de la terraza aprecian a Alfredo en el fondo, pero sólo J. y N. han llegado a hablar con él más allá del exabrupto.
J. ha pensado en él últimamente. Alfredo, además de beber, también escribe y pinta. Y es sabido que folla con putas, aunque no se vanaglorie de ello. Su principal actividad parece ser creativa, y su sustento parte de una herencia. O al menos eso se cuenta.
Una vez pidió permiso a J. y N. para sentarse a su mesa. No había sitios libres. Llevaba una gran carpeta bajo el brazo, uno de esos cartapacios de artista. Pero no llevaba ninguna de sus obras pictóricas, sino textos escritos a bolígrafo, llenos de tachones y apuntes al margen.
N. le preguntó al respecto. El tipo desplegó sus folios por la mesa. Era un largo relato.
–Pero no es una novela –aclaró. Era un borracho tipo Hemingway, apenas se le notaba; o sí, pero era un borracho funcional. Había hecho del alcohol otra parte inherente a su anatomía.
N. estuvo leyendo un poco en diagonal. Al rato preguntó:
–¿Cómo acaba el relato, Alfredo? –Había algo en su presencia que te impulsaba a pronunciar su nombre, como si no pudiera haber término medio entre reírte de él o tenerle un sincero respeto.
–Da igual cómo acaba, hombre. Qué manía tienen todos ahora con el principio y el final de las cosas. Lo que importa es la ESTÉTICA. La estética de las cosas, tío. ¿Esas tías te gustan por cómo acaban?
Balbuceaba, pero intentaba encontrar el punto;
–La estética en el sentido más amplio, ¿entiendes? Y no hablo del buen gusto, joder. Hablo de la estética, de la resonancia. Todo lo demás es mecánico o secundario. Qué coño importa si Marlon Brando muere al final en Apocalipsis Now. Joder, ha sido todo un puto viaje. La muerte o la vida o el beso o la boda o el divorcio… todo eso sólo es un puñetero cierre. La clave está en la estética. La clave está en que hayan logrado correrse dentro de ti. Porque lo notarás. Eso te vuelve a invadir dos días después, o una semana, o años después; recuerdas y piensas: JODER, aquel puto libro… Se te corren dentro y el embarazo dura para siempre, pero sin los vómitos, la pesadez y la putada del parto. Es un embarazo de belleza, trascendencia y placer en la boca del estómago. Ahí está la clave. La estética. Funciona para el arte y funciona para la vida. Aunque de forma distinta, claro está.

Funciona para el arte y funciona para la vida. J. ha vuelto a pensar en ello. Funciona para el arte y funciona para la vida, aunque de forma distinta. Pero Alfredo se quedó ahí. No importó demasiado, J. ha ido intuyendo con el tiempo a qué se refería con todo ese discurso. En lo relacionado con el arte es relativamente sencillo entenderlo; basta con poner un mínimo interés, con ser algo más que un puto vegetal que compra cosas. En la realidad es menos sencillo verlo, pero también hay actos estéticos. Suelen tener que ver más con la intuición o lo inexplicable que con la ética o la amabilidad. No tiene ningún mérito ser amable o ético si te han “programado” para ello. Si has nacido y crecido en un lugar relativamente libre de conflictos realmente jodidos, ser una persona ética y educada no es para tanto. De hecho quizá tengas que hacer más esfuerzo para ser un gilipollas, o al menos tener un entorno inmediato decididamente turbio. Cada día mueren buenas personas que tampoco tenían tanto mérito, y que no han dejado nada destacable o estético tras espicharla. Sólo fulanos y fulanas con el kit de buenas intenciones y excusable hipocresía habitual.
Todo este asunto de la estética genera serias dudas a J. Se lo hace saber un día a N., esta vez en la playa, en un intercambio de toalla:
–No estás hablando de la estética, J., estás hablando de la moral. Lo estás disfrazando para que no suene tan evidente.
Quedan dos semanas para las vacaciones.
–No me has entendido –murmura J.–, tal y como me siento ahora, me importa un carajo lo que está bien y lo que está mal. Pero hay algo en lo de entrar allí a cargarse a la gente que choca con lo que he dicho, y eso sí me importa.
–No me jodas…
–Para empezar es previsible que te cagas. Nosotros siempre decimos que se están importando chorradas de Estados Unidos. ¿Liarla en un instituto no es una de esas cosas? ¿Has pensado qué quieres hacer luego?
–Qué coño sé qué quiero hacer luego. Sólo sé lo que quiero hacer ahora.
–¿Ahora? Quedan quince días de trimestre… Y no hables tan alto, joder.

No se volvieron a ver extraescolarmente en una semana. Se hizo un silencio trascendental entre ellos, incluso digital.

J. pasó la semana así:
Quiero que sepas una cosa: no quiero que sepas nada de mí. Lo de hacer planes, lo de la estética y la violencia verbalizadas. Cuando tenga treinta años nada de esto habrá pasado. Pase lo que pase intentaré llevar una vida estética a partir de ahora. Pero no te daré explicaciones, hombre del futuro, mujer del futuro, querida, amada, amante o fulana. Seré yo y no seré yo, sólo existirá el presente, el pasado será negado o inventado. No seré un terrorista, no seré un violador, no tocaré a una mujer a menos que vea una clara luz verde en sus ojos. No atizaré a ningún soplapollas, rancio o progresista, a menos que él lo haga antes (entonces no responderé de mis actos). No votaré a los conservadores por más que me irriten los “progres” de boquilla. No hablaré con nadie pensando en su color de piel, no aplicaré condescendencia, no intentaré sonar como la persona más virtuosa del lugar, no daré discursos de dictador criticando las dictaduras. No catalogaré fachas desde un sesgo fascista. Tendré mi “habitación” limpia y ordenada, me esforzaré mucho en que eso sea así. Follaré duro cuando toque y tocaré la zambomba cuando nadie quiera tocarme. Envejeceré si el cuerpo aguanta, y lo dispondré todo para morir viendo un atardecer, aunque me parta el alma dejarte sola.

Y N. pasó la semana así:
Lena Paul se la chupa a un fulano disfrazado de mecánico de peli porno de los 80. Mia Malkova recoge “su casa” en ropa interior, y eso es todo. Riley Reid deja a un tipo al borde del desmayo en un decorado de luces estroboscópicas: está disfrazada de Harley Quinn. Fotos de Jordan Capri por doquier, son una droga. Angela White enseña a una chica virgen muy experimentada a mamársela a un arrendatario de fincas de 110 kilos sin una gota de grasa. Cherie Deville cabalga en un sillón de tres plazas sobre un amigo de su hijo: al principio él se resiste, pero finalmente sucumbe a la persuasión de Cherie. Lauren Philips se finge pudorosa antes de que una pareja mixta de veinteañeros le provoque un charco en el suelo. Lucy Doll tiene una voz extremadamente aguda de muñeca: la idea es que es mayor de edad sólo en el contrato. Gina Valentina es una actriz extraordinaria o no lo es: prefieres pensar que no lo es. Juliana Colombiana actúa pero actúa muy bien, el juego no parece sólo trabajo. Mia Khalifa se ha retirado, pero aún puedes verla coquetear con la cámara en una piscina antes de que llegue un mandingo de los de a veinticinco. Abbey Brooks está pletórica en un video muy “arty” de “sexo con amor”. Verónica Leal hace siempre de tu novia, subiendo el listón hasta lo imposible: suerte que lo sabes. Y Gia Derza se parece a una camarera a la que puedes ver en el John’s cada fin de semana.
Todo esto bajo un influjo de confusión respecto a la idea de matar porque sí.

Pasada la semana, N. fuerza una sonrisa en la última hora de clase:
–¿Hacemos un 1080 y vamos a la playa?
J. no se puede negar. El mal rollo se ha diluido, y sólo queda un resquicio de vergüenza.
Pasan por casa para quitarse la peste a aula, ponerse el bañador y coger la toalla.
Acaban sudando de la terraza.
Una vez en la playa, lo importante es lo que no se dice.
Faltan siete días para las vacaciones, y no se han movido para averiguar cómo demonios se consigue un arma en Sonora. A ambos les invade la pereza cuando piensan en ello.
J. guarda el secreto de que ya no quiere hacerlo, pero está a punto de soltarlo.
N. ya no quiere hacerlo, pero no quiere parecer un panoli. No matar no es emocionante para nada. Sólo es lo correcto.
Otra vez.
Sienten que han perdido el tiempo fantaseando. Todos fantasean con la violencia, pero la mayoría se aferra a la idea de la civilización. Parece coherente que de repente N. diga:
–Si tengo un hijo le diré que no ponga nunca la otra mejilla; le enseñaré a hacer daño de modo que no cause nada irreversible. Si tengo una hija no diré nada; le meteré un spray antivioladores en la mochila y esperaré a que pregunte. Estudiaremos juntos formas de dar patadas en los huevos.

Un grupo de chicas se persigue entre sí. Chapotean en la orilla mientras J. y N. observan. Ellas parecen darse cuenta y se ríen de ellos entre ellas. Atardece. No van a matar a nadie, y no van a verbalizar que no van a hacerlo, pero parecen haber ganado algo.
Durante la siguiente semana N. será víctima de una zancadilla en los pasillos del instituto. Le ha pasado unas diez veces durante el año. Está vez caerá de bruces y se hará daño de verdad. Quien zancadillea siempre es el mismo. N. se levantará del suelo con el labio inferior partido, y dará el primer y único puñetazo de su vida. El puñetazo concentrará diecisiete años de contención de chico bueno. El bully caerá de espaldas al suelo, grogui durante unos treinta segundos. N. escupirá sangre sobre él.
Durante la próxima semana J. se hartará durante una charla “feminista”. Interrumpiendo a la ponente se levantará y dirá que nadie con dos dedos de frente puede pensar que la teoría del piropo como base de la piramide de la violación no es una chorrada como un castillo. Acto seguido piropeará a su compañera favorita ante todos. Dos semanas después ella accederá a tomar algo con él, pero no irán al chino. El quince de agosto follarán con condón en la habitación de ella, que tiene pestillo aunque no lo tenga, padres de viaje mediante.

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Una, dos, tres

Entro en las instalaciones de la piscina. Digo entro, pero de todo esto hace más de veinte años.
Nunca sé si enseñar el carné de socio, eso siempre me incomoda. Tengo dieciséis años. La timidez me ha arrebatado unos cuantos morreos, puede que algún polvo sin condón. El universo al completo de mi pene se reduce a la ropa, mi mano derecha y la ducha. Entro en las instalaciones de la piscina y asiento quedamente hacia las dos chicas filtro. Ellas se ríen de mí. Ni siquiera es malicia, es pura inercia, no lo pueden evitar. Están allí como un bonito adorno. Es un pueblo de ochocientos habitantes. Conocen de un modo u otro a todo quisqui, incluso a los foráneos de verano como yo. Nadie enseña su carné, nadie paga una peseta. Las trabajadoras de esta piscina municipal no tienen que trabajar, sólo turnarse para bañarse, mirar el reloj en biquini. Chanclas, carne de gourmet y biquini. Cuarenta años entre las dos, ni llega. Me las follaría a las dos, con ansia, sin contemplaciones, babeando como un animal, que es lo que soy.
Entrar en las instalaciones es salir de nuevo al aire libre. El único edificio es el feudo de las chicas filtro: techos altos, paredes blancas y tragaluces por todas partes. Luego, césped y la piscina central. Un buen espacio, todo rodeado de una alambrada poco más que simbólica. Si te colaras, lo sabría todo el pueblo a la media hora; todo el mundo te conoce, ¿qué haces, capullo? Es una cuestión de pudor rural. La delincuencia se enfrenta a un contexto difícil en un pueblo pequeño. Muy difícilmente hay delincuentes menores en activo, igual que sería surrealista encontrar un mendigo. Esa gente se va fuera, huyen del nido para poder morirse o joder de forma polisémica desde el anonimato en otro sitio.
Cinco y pico de la tarde. Voy solo con mi toalla, con mi bañador verde de hace unos seis años, sin calzoncillos, con mi camiseta roja de Coca-Cola. Todo el mundo me mira, soy el de fuera, se ríen de mí, hacen comentarios, piensan que soy escoria; o aún peor, un chico bobo, pusilánime, porque hace un año no quise quedar con una chica que me lo pidió. No hay rastro de ella este año.
Pero nadie me mira en realidad. Soy el de fuera y ya. Nadie se ríe de mí. Nadie comenta un carajo. No les intereso tanto para tener una opinión sobre mí. Pero lo de la chica es cierto. Y sí despertó algunos comentarios humillantes en el pasado. Tengo dieciséis años, soy el Diablo de la ineptitud dentro de mí. No soy nadie y soy ridículo, quiero sacar a pasear mi alucinante polla, pero no sé mirar a los ojos a la chica del nombre bonito.

Me las follaría a las dos, joder, a lo suave, a lo bestia o ambas. Como ellas quisieran, me da igual. Y que conste que aún no he visto porno más que puntualmente en revistas abandonadas. Mi idea del porno es vulvas abiertas, caras desencajadas y penetraciones peludas. Ficciones gráficas con carne de papel. Fotografías poco cuidadas y paginas pegadas. Nadie ha influenciado o preprogramado realmente mi idea del sexo. Ahora se asume que el porno es insano y hay que alejar a la gente de él; luego eso se calmará un poco (quizá en parte por las cantidades industriales de hipocresía inherente al discurso); y después se dirá que el porno convierte a los chicos en violadores.
Pero ¿yo? Ni sé muy bien lo que es el porno, no en movimiento, y creo que agradecería al menos esa información. Aunque sea para hacerme una idea vaga; una idea física. La imaginación también necesita combustible; y la mecánica. Cuando me la saque y tenga un coño delante, quiero saber al menos por dónde debo intentar meterla, y quiero saberlo de una forma precisa. Puede que más adelante los padres hablen de sexo con los hijos, pero esto es el presente.

Extiendo mi toalla lo más alejado posible de todos. Tengo un colega por aquí, desde hace tres veranos, pero hoy aún no ha llegado. Mis cosas se reducen a unas llaves y un reloj Casio resistente al agua. Me quito la camiseta y las zapatillas (donde meto las llaves) y me tiro de palillo a la piscina. Las duchas sólo las usan los adultos. Me quedo flotando un rato, disipándose la sensación de que todos me miran. Observo disimuladamente (o eso creo) a las chicas que tengo a tiro. Me las follaría a todas, aunque a unas más que a otras. No sé razonar bien las cosas, pero las siento todas de tal forma que llega a ser un suplicio. La chica que más me gusta es una de las chicas filtro. Es algo mayor que yo. Es morena, el pelo por los hombros, la mirada afilada, una especie de sonrisa cínica permanente. Da la sensación de que te haría la polla picadillo. Tiene pinta de haberse follado a medio pueblo, incluidos algunos padres babosos y no pocas tías. Tus nervios y expectativas raramente se pueden regir según la realidad; se apegan a la fama de las cosas, aunque sea de forma autoconsciente.
Llega mi colega. También es un foráneo. También “antisocial”. Las comillas proceden cuando no lo has elegido exactamente tú. Yo no soy antisocial, ni él, simplemente no sabemos relacionarnos con gente distinta a nosotros. No digamos con tías. Porque nos las follaríamos a todas, todos los días lo decimos. Incluso a las que nos caen como el culo. A esas nos las follaríamos con rabia, y al principio nos odiarían, pero luego les encantaría.
–Tío –digo.
–Tío.
Extiende su toalla a un metro de la mía. Le espero desde el agua. Se lanza en bomba. Él siempre parece tener una actitud más confiada, pero es todo pose, y ni siquiera se esfuerza tanto por mantenerla. Creo que sólo intenta sobrevivir, no sentirse todo el tiempo como un perdedor sin remedio. Cada cual gestiona un grado distinto de orgullo. Tenemos la misma edad y seguramente la misma experiencia en todo. A él le gusta contar mentiras. Creo que sabe que yo sé que son mentiras, pero le da igual. A mí tampoco me importa, sé que es buen chaval, y que, al igual que yo, ha tenido una educación mediocre a la que además no se ha entregado precisamente. Creo que miente sobre sus notas, sobre los sitios que ha visto y algunas de las cosas que ha hecho. Pero no se atreve a mentir sobre las tías. Ambos sabemos que eso es una línea roja. Esa carencia es una parte importante de lo que nos une: que no follamos pero nos las queremos follar a todas. Nos las follaríamos a todas. A la hija y a la madre, a la tía y a la sobrina. A la ama de casa y a la tendera. A todas las presentadoras de telediario.
–¿Has visto cómo va Tebas?
Sólo quiere tirarme de la lengua.
–Joder si la he visto.
Tebas es quien decía. Mi Tebas. Aunque si una cosa no es Tebas, es mía; ni de nadie. El último rumor es que se ha tirado a su padre. Se habla de su padre como una víctima de la lascivia de su malévola hija.
–Lleva el biquini verde.
–No es verde, es azul.
Tengo la polla morcillona bajo el agua. Creo que se me pone dura unas veinte veces al día. Un mínimo de tres pajas diarias. Fugas mentales cachondas de todo tipo. Guardo imágenes durante el día, fotografías. No puedes desexualizar el verano, es imposible. Quizá sí si estás muy enfermo o tienes ochenta años, pero en mi caso todo está bañado en semen.
–Esta noche vas a la feria.
Me lo dice, me lo pregunta y me lo pide a la vez.
–Sí.
Como si hubiera otra opción.
Salimos del agua y nos sentamos en las toallas. Hay chicas que se pasean rodeando la piscina, sin rumbo aparente, como posando para una sesión de fotos, o para un video de porno blando. Alguna gente del futuro no lo entendería. Ellas disfrutan haciéndolo, el resto disfrutamos viéndolo. Ellas disfrutan del Se mira pero no se toca. El resto hacemos fotografías mentales, el disparador echando humo. Ellas son menores, mayores o hasta madres. Pero las que desfilan más son las niñas, las adolescentes de quince a diecinueve. Porque han descubierto algo. Se sienten poderosas, porque evidentemente lo son. Están en un buen lugar del mundo, y están exquisitamente equipadas. Están aprendiendo a usar eso, y, más allá de que acaben siendo médicos o modelos, eso les ayudará. No todo el mundo tiene esa clase de poder en bruto, y a veces la gente que no lo tiene o no sabe gestionarlo, intenta dinamitarlo, en ocasiones incluso disfrazando esa rabia (o envidia) de defensa de las “pobres chicas”. Pero la mayoría de gente sabe ver esa realidad, la entiende, sabe aceptarla, porque saben que lo personal no siempre es político. Porque hay cosas que simplemente son.

Ese poder nos tiene a menudo comiendo de la palma de su mano. Y ojalá sólo fueran las jóvenes. Eso se extiende mucho más allá. Tampoco es que nos quejemos mucho. Ellas usan lo que tienen, nosotros largamos gilipolleces y vacilamos, y las cosas siguen girando, avanzando, picando o acariciando.
Ese juego sigue en la feria. Son los días clave del verano, cuando el futuro te deja en paz temporalmente.
Mis padres andan por ahí, de mejor humor que el resto del año. Yo busco a mi colega. Nunca quedamos expresamente en ningún sitio muy concreto, ni a ninguna hora. En un pueblo tan pequeño apenas hacen falta guías. Todo ocurre de alguna forma como tiene que ocurrir.
Le veo cerca del tiovivo. Mira disimuladamente a dos chicas que pasan. Ellas se ríen entre ellas de él.
Me dice a bocajarro que va a venir su prima. He oído hablar algunas veces de su prima, pero nunca la he visto. La verdad es que no tengo ganas de verla. No sabré qué demonios decirle, cómo tratarla, cómo no tartamudear. Todo el vacile habitual se irá por el desagüe de la relación mixta. El diálogo tendrá que ser completamente nuevo y apropiado. Casi me entran ganas de decirle a mi colega: ¿Me tomas el pelo, joder?
Él interpreta a su yo más confiado. Todo artificial y de mentón alzado. ¿Acaso no entiende que su prima para mí es una chica? ¿No ha descubierto que para mí las chicas son como la mecánica cuántica? Claro que me gustaría viajar en el tiempo y ver a Marilyn echar un polvo con JFK, pero CÓMO COÑO HAGO ESO.

Una vez ya los tres juntos, vamos de un lado a otro, sin montar en las atracciones, turistas del ruido, poco enterados de lo que supone nuestra edad, situación y lugar en el mundo.
Ella tiene un año más. No sé por qué la esperaba más lanzada, quizá incluso alguien que se burlara un poco de nosotros, de nuestro retraimiento, del rollo antisocial. Dice que casi nunca viene al pueblo. Es de trato fácil y me cae bien. Pero se va al día siguiente. Vive en un pueblo cercano pero más grande. Piensa en sus amigas y en lo poco que le apetece estar aquí. No sabe cuánto la entendemos. O quizá sí. Habla de todo eso de forma parca, y al cabo de un rato la acompañamos a la segunda residencia de sus padres. Maneja horarios estrictos. Llegamos poco antes de que la carroza se convierta en calabaza.
No pasa literalmente nada emocionante, y sólo siento un creciente alivio cuando por fin nos quedamos solos mi colega y yo.
Decidimos ir a lo que llaman: la Bancalera. No tengo ni idea de por qué se llama así. Es una zona boscosa atravesada por un río. En algunas partes la gente se moja los pies, en otras hay suficiente profundidad aparente para que alguien que no conozca bien el lugar se haga un “Mar Adentro”. Es una zona bonita y peligrosa de narices. Naturaleza en estado puro. Hemos pillado un par de birras cada uno, bajo cuerda (tenemos contactos). Nuestro único vicio adulto. Ni siquiera fumamos.
Son botellas de plástico que nos han dicho que por favor no tiremos por ahí. Lo deprimente es que no lo haremos. A veces, como hoy, nos da por hablar de los que se lanzaron Mar Adentro. Desde que yo hago la cuenta, la Bancalera se ha cobrado ya doce espaldas. Todo muchachos jóvenes que ahora van en silla de ruedas como un caracol va con la casa a cuestas. Algunos babean igual. Algunos pueden hablar, otros apenas; uno se suicidó con pastillas, lo cual se recibió como una tragedia comprensible, casi como el último aliento de un anciano de 90 años.
Todos sin excepción eran chicos de ciudad como nosotros. Todos un poco mayores, más de veinte y menos de veinticinco. Tan ansiosos de vacaciones y “libertdad”, tan de vuelta de su rutina, tan jodidamente desesperados y aburridos con su vida, que cuando vieron la peña del Cipriano (tampoco sé por qué la llaman así), decidieron saltar al agua haciendo el capullo. Lo hicieron como Dios manda, eso sí. Diez metros de caída, y una roca enorme y bien afilada esperando justo en el lugar que parece más profundo y seguro.
Hace muchos años se decidió poner un cartel bien visible que advertía del peligro de la caída y la roca. Esto sólo hizo que los valientes y borrachos chicos de ciudad tuviesen más ganas de saltar. Varias espaldas quebradas más, se retiró el cartel. Al final, se dejó una pequeña indicación, una pintada cutre en una madera. Algo que avisara a todos sin desafiar a los gilipollas.
Pero la cosa no se detuvo. Creo que el cálculo debe estar en una espalda quebrada de cada diez que lo intentan. Sólo dos muertos hace décadas. No me parecen malos números.
Es difícil separar el tema del darwinismo. Da igual cuántas veces avise la gente del pueblo, los gilipollas siguen saltando. Parece un fenómeno inevitable. Avisar es abocar. Informar es mitificar.
La peña del Cipriano se ha convertido también en el lugar en el que llamar la atención. La cosa no va solo de varones borrachos de guantazo. Hay gente que no tiene el suficiente valor para suicidarse, pero sí para probar suerte. No pocas adolescentes han saltado desde la peña, siempre estando con otros (si no te ven no tiene sentido). Aquí es la versión rural de cortarse mal las venas. Al parecer, se salvan siempre por la cuestión física del peso y la resistencia del agua. Aunque a veces se golpean contra la piedra, no logran nada irreparable.
Nos quedamos sentados en la peña hasta que se nos acaba la cerveza. La borrachera es de competición. Bebemos y nos reímos de los putos lisiados.
Nos fijamos en la madera que avisa del peligro. Vemos que alguien, de forma no poco malévola, ha apuntado nombres en ella. El mensaje en la cabecera dice:
Por favor, saltad:
Y bajo los nombres:
¡Ánimo, sois unos valientes!

Duermo del tirón, me levanto tarde, como, me hago una paja en mi habitación a la hora de la siesta, mientras mis padres roncan en la suya. Hago dibujos guarros. Autoporno. Pollas con muchas venas, mucho flujo vaginal en aspersor, hentai rudimentario, sin más motivación que la sangre que corre dirección a mi polla. Me hago otra paja. A los 16 aún me gusta dibujar, incluso en serio. Pronto se me pasará.
La hora de la siesta tiene su encanto. Es el lapso antes de ir a la piscina. Fuera me espera un puñetazo de calor. No me afecta mucho. Mucho menos que a los adultos.
Preparo mi toalla y localizo mis zapatillas. Hoy, camiseta de Fanta de naranja. A mi padre, por cuestiones de curro (segurata de centro comercial), le dan muchas mierdas de promoción. Todo tipo de prendas, tazas, llaveros, pins… Todo aprovechable si tu familia no es de pasta. Se me pasó pronto la “marquitis”, esa envidia a los chavales que siempre vestían zapatillas caras y ropa de marca cuando aún quedaban años para que les creciera pelo en la entrepierna.
Cuatro y veinte de la tarde. Después de las dos concienzudas y húmedas pajas y vestirme “de calle”, aprovecho para leer un rato Christine de Stephen King. Mis padres dicen que aquí nada de salir a la piscina al menos hasta las cinco. Nunca he discutido por eso.
Christine ha hecho una trastada, corre a toda leche sin nadie al volante. La sangre se desparrama por el capó. Mi educación literaria y sentimental.
Escenas como esa me convertirán en un lector voraz, casi autolesivo. Y eso que aún no sé quién es Thomas Pynchon.

Dirección a la piscina, empiezo a ver culos por todas partes. La mayoría de chicas no se molestan en usar nada más que chanclas y biquinis cuando es tarde de piscina. Y ahora siempre es tarde de piscina. Sólo llevan la toalla, y no es que se tapen con ella. Sólo añaden tela al look para salir de noche. Sólo la justa.
Carne de gourmet por todas partes; mi depósito se vuelve a llenar enseguida. Dos pajas a veces son mero mantenimiento, ejercicios para no perder el juicio.
Las cinco de la tarde es una hora popular para moverse. Dije 800 habitantes, pero en agosto podrían ser más de mil. Llegan los primos (en dos sentidos) de la ciudad. Amigos y familia, y mucha gente que en realidad nació y creció aquí y se fueron buscando algo más ruidoso, variado y grande. Mis padres, por ejemplo.
Toda esa gente vuelve cada verano.
Muchos de ellos van camino de la piscina a las cinco.
Cada tarde es igual. Se trata de crear una rutina que puedas echar de menos dentro de tres meses. Produces recuerdos sencillos que poder exagerar, pero que ya tienen mucha valía en su sencillez. La felicidad tiene mucho que ver con la calma, con la tranquilidad. Yo aún no lo sé.

Al paso de los días, el calor sigue presente, poderoso, provocando amaneceres de a veinticinco grados, y atardeces de belleza arrebatadora que me importan un carajo. No te puedes follar una postal viviente. Tengo demasiadas cosas importantes en la cabeza como para disfrutar de las sencillas. Tengo que hacer algo con todas las clases de calor que tengo. Lo del sol es lo de menos. El sol es para los viejos. Yo gestiono erecciones incontrolables y fantasías cegadoras. Tengo que resistir el mono de un yonqui que sólo ha conocido la metadona.
Me da un vértigo que te cagas, pero tengo que trazar algún tipo de plan para tener acceso a la carne real.
Tengo que armarme de valor, sacar valentía de donde sólo hay apatía. Tengo que perderle el miedo a la vergüenza, al rechazo, al ridículo. Aprender a manejarme a partir de la inexperiencia. Sacar de donde no hay. Los traumas también son los cimientos de todo lo positivo que se construye, ¿no? Necesito cimientos. Llorar para mamar.

Tirados en las toallas en el césped, un día a mediados de agosto le digo a mi colega que hay que hablar con las chicas filtro. Él no dice nada, sólo parece mirar hacia el abismo. Luego le tiembla la voz;
–¿No son mayores?
–Tebas, un poco. Pero Asun no.
Asun, la compañera de Tebas, es una pelirroja que en teoría viviría injustamente a la sombra de Tebas. Tebas es la vacilona, la que nunca rechaza de plano ni promete nada, una leyenda rural cuyas ramificaciones hacen que jamas sea víctima de un sentimiento de indiferencia. Quieres a Tebas como amiga. Odias a Tebas. Tebas te fascina. Tebas te horroriza. Te enamoras de Tebas. Tebas te da un miedo difícil de definir. Tebas conoce las Respuestas. Tebas se ha follado a tu padre, le chifla a tu madre, se la chupó a tu novio, desvirgó a tu hermano y le provocó un squirt a tu hermanita. Tebas entra en un granero de noche con cinco chicos, y temes por esos muchachos.
Asun goza del misterio que le aporta el pasar tantas horas con Tebas, y es claramente menos histriónica. Pero lo cierto es que Asun es una pelirroja que reparte calabazas como el puñetero Halloween. Asun no necesita ser el centro de atención, quizá sea eso lo que la diferencia de Tebas. Por lo demás, Tebas tiene dieciocho años y Asun dieciséis. Hacen el turno de tarde en la piscina. Eso significa que a partir de las nueve de la noche están libres.

Ese castillo es el que hay que asaltar.

Esperamos hasta el cierre. La idea es pillarlas mientras los últimos bañistas se van. Teorizamos que en ese momento estarán de buen humor, más receptivas que a cualquier otra hora del día.
Luego tenemos un serio instante de duda. ¿Cuántos chavales habrán hecho lo mismo desde que Tebas curra en la piscina? Hace dos años que Tebas curra en las piscina; el cálculo podría ser estremecedor. Luego nos preguntamos si Asun se sentirá como una especie de fulana accidental, como si lo único que nos importara fuese Tebas. Asun se podría sentir demasiado intercambiable.
Todo son baches, y cuando no, excusas.
Decido decir lo que se dice:
–Tío. No tenemos nada que perder.
A mí me atrae Tebas, y mi colega tocaría el cielo de sobras con un poco de Asun.
Lo interesante es que jamás nos hemos planteando hacer lo que vamos hacer. Eso, paradójicamente, podría dotar de sentido al intento. Ellas no lo esperan y nosotros no lo esperaríamos. Hay que confiar en el accidente, el de sopetón, el absurdo, la fantasía.
Llevemos la fantasía de excursión al mundo real.

Yo, el chico tímido foráneo que nunca sabe si es mejor enseñar el carné de socio de la piscina, me detengo con mi colega frente a la mesa blanca de recepción de las chicas filtro.
Ahora es cuando hay que hablar.
Asun se entretiene garabateando algo en un folio con un boli de tinta verde. Tebas levanta la vista de una libreta. Dice con voz alta y clara:
–Hola. ¿Necesitáis algo…?
Me sonríe. La sonrisa dice: Te conozco, sé que eres de fuera, me resultas simpático, tu timidez me resulta simpática, quizá incluso tierna, me pregunto qué ha de ser tan importante o urgente como para que te hayas atrevido a dirigirme la palabra, a mí, a Tebas, que claramente tengo poderes, te miro desde arriba aun mirándote desde abajo, y podría darte acceso a mundos que no caben ni de broma en esa cabecita tuya llena de coños.
Tras un silencio cargado de sudor y miedo, digo:
–Nada. Es que pensaba que había dejado aquí un discman al venir.
–¿Un discman?
Y la sonrisa. Y añade:
–Pues no. No tenemos ningún discman.
Asun levanta un momento la vista; nos mira a nosotros y la mira a ella. Lee la situación, contiene la risa y vuelve a sus garabatos.
–Vale. Pues nada –digo, y sonrío patéticamente.
A partir de ahí todo se vuelve borroso. Caminamos hacia la salida. Salimos y caminamos. Nos miramos de refilón. Mi colega no dice ni mu.
Nos sentimos como si acabáramos de salir llenos de polvo de la Torre Norte del World Trade Center. Aunque creo que eso aún no ha pasado.

Mierda.

Al día siguiente el día nace y se desarrolla como si el día anterior no hubiera pasado nada. El sol quema y los bichos pican igual que siempre. La mañana se me va casi toda en ronquidos y sueños extraños.
La segunda residencia de mis padres es más grande que el piso habitual de Periferia. Pero aún no tiene televisor, sólo una radio que sólo usa mi madre. No hace sentido pasar tiempo en casa a no ser para comer o dormir. Aunque es verdad que me gusta leer (me extraña tanto que a veces me cuesta recordarlo), y me gusta la terraza. Unos escalones algo toscos conducen a ella. Antes de comer subo a lo que siempre subo. La mayor parte del paisaje es campo y sierra. Pero hay un amplio balcón no tan lejano en el que la hija de alguien se pasa medio día tomando el sol. Creo que tampoco es del pueblo. Creo que no le gusta salir. Le importa un carajo si la espío o no, o eso creo. La verdad es que lo hago menos de lo que querría; lo que hago sobre todo es leer. Una de mis pesadillas recurrentes es tener que ver cómo mis padres se enfrentan a mi mierda con el sexo. No quiero tener a ninguna chica llamando a la puerta para decirles a mis padres que soy un cerdo. Yo que soy un cerdo, y seguro que mis padres lo intuyen. Soy un chico de 16 años, qué coño esperan. Pero hay que hacer como si nada de eso pasara.

–La chavala debe tener como quince años.
Charla de piscina. Palique toallero. Le hablo a mi colega de la chica del balcón. Nunca lo había hecho antes.
–¿Está buena? –me pregunta, con auténtico interés.
La chavala debe tener quince o dieciséis años. Tiene la cara redonda y tetas hentai. Mi colega se volvería loco con esas tetas, él es muy de tetas. Yo lo quiero todo. La chavala es rellenita, proporcionada, una muñequita manejable. Da igual dónde mires, topas con material salpicable.
De repente, una revelación:
–Ayer hicimos el gilipollas.
Mi colega el sabio.
–Quisimos liarnos con quien todo el mundo se quiere liar. Es el puto Everest.
Es tan evidente que enmudezco.
–Lo nuestro –dice– tienen que ser las vecinitas. Las chicas que van al concierto, no las que dan el puto concierto. Nosotros somos del puñetero montón, tenemos que ir a por las del montón.
Asiento bobamente.
Yo lo sabía, él lo sabía, en el fondo, y ni así. Campamento base, fóllate el Everest.
Fue un desastre, no hicimos nada…,
pero nos quedamos a las puertas de intentarlo. Quizá fue un paso adelante. Cimientos. Así se lo suelto a mi colega. Puede que se refieran a esto cuando hablan de progresar. Pequeños fracasos, uno detrás de otro, hasta que un día la vida te recompensa. Chaval, te has esforzado: Aquí tienes tu coñito.

No tiene por qué ser la chica del balcón. Puede ser cualquier otra. Si algo nos ha enseñado la chica del balcón, es que aún no podemos permitirnos el lujo de ser selectivos. Siempre estamos con la coña de que nos las follaríamos a todas. Pero las chicas no van a venir solas. En general ellas no tienen por qué moverse, simplemente se follan a quien se las gana.
Esto reventará algunas cabezas en el futuro. Resulta que en general hombres y mujeres son distintos, manejan distintas claves y dinámicas y tienen distintos intereses. Nadie puede prever la clase de certezas cuya verbalización será políticamente incorrecta en el futuro.
Ahora eso aún no nos preocupa. Sólo intentamos jugar con las cartas que nos da la Realidad. Sabemos que no podemos cambiarlo todo, que muchas cosas sólo podemos intentar entenderlas. O intentas entender las cosas, o mueres intelectualmente frito en el aceite de las ideologías.
Cosa a entender aquí: En general las tías tienen más facilidad para conseguir sexo. OH. DIOS. MÍO. Otra revelación. Malditos tópicos, sobre todo cuando son ciertos.

Feria tras feria. Bucle.
Hay que aclarar algo. La mayoría de chavales pasan un mes o más de vacaciones en el pueblo. A veces si el padre curra y la madre es ama de casa (algo que aún se valora poco), aún más. Porque el padre se larga, pero madre e hijo se quedan diez o quince días más. Es mi caso. Lo que básicamente me da un porrón de tiempo para construir rutina y tormento. El verano laaaaargo. Y delicioso, pero eso aún no puedo entenderlo.
Feria tras feria, pero tengo incluso la fecha de lo que está por venir: 20 de agosto. No me largo de aquí hasta el trece de septiembre. Es la primera vez que cateo cero. El veinte de agosto aún tengo mucha tela por cortar.
Mi colega y yo vagando entre atracciones. Lo curioso es que hoy no estábamos hablando casi de tías. No hacíamos planes para hacer planes. Incluso nos paramos en la caseta de tiro. Mi colega gana un peluche rana, se lo regala a una niña de cinco años. Su madre nos obsequia con una sonrisa. En la siguiente conversación la ponemos a sudar a cuatro patas.
Pillamos un par de imitaciones de litrona. Botellas de plástico llenas de cerveza. Las vende tiradas un fulano mayor, seguramente de forma ilegal. Ni idea, es colega, feriante, piel oscura y sonrisa clara. Su borrachera, gracias.
La cerveza está caliente. Hay que dosificar la paga.
No tiene que pasar nada, porque no estamos buscando nada. Y de repente nos topamos con Tebas, Asun y una chica que sólo conocemos de vista. Digo nos topamos, pero en realidad es Tebas quien nos llama. Resulta que hasta conoce nuestros nombres. Mil veces JODER. Luego al pensarlo, tiene todo el sentido. O bien ya los conocía o bien se ha informado. Nadie tiene el valor de no hacer lo que Tebas diga, así que Tebas nos llama y nos vamos con Tebas. Dos perritos con polla humana.
Cuando nos acercamos, casi esperando órdenes, Tebas no dice nada concreto, sólo saluda, sólo hace un ademán, y con él parece decir sin hablar: Os hemos visto dando vueltas y se me ha ocurrido que os podríais unir. El otro día me hicisteis gracia en la piscina, y quizá quiera profundizar en esa comedia de la vergüenza barra ternura. Puede que la timidez me ponga un poco cachonda, o puede que simplemente sea cruel y tenga algún plan para vosotros. Venid.
Vamos detrás de las tres chicas, como si entráramos en una gruta tipo Indiana Jones. Empezamos a salir de la feria, y luego del pueblo. Al principio creo que vamos a la Bancalera, pero no. Nos adentramos en otra zona del bosque. La visibilidad es buena, la luna: llena, la tensión de mi colega y yo: al rojo. Las mascotas expectantes. Ranas de peluche humanas. Haremos lo que quieras.
Llegamos a un claro. Los demás hacemos lo que Tebas hace; ella ejecuta con calma la acción de sentarse en el suelo, los demás nos sentamos rápidamente en el suelo. Ella se encorva hacia delante, los demás la imitamos. Ella enciende con un mechero una ramita seca. Los demás nos damos cuenta de que ya había un montoncito de ramitas secas, y que lo estamos rodeando. La hoguerita ilegal, peligrosa teniendo en cuenta lo que nos rodea. Tebas mira en torno, lo verbaliza:
–Es como follarte a un chiquito de catorce sólo para ver las caras que pone.
Y las tres se ríen.
No entiendo si se refiere a nosotros dos de alguna forma.
Tebas sonríe luego abiertamente en nuestra dirección. Mi colega y yo, riendo raro, esperando; ahora mismo somos privilegiados, estamos donde mucho otros querrían estar. Tebas dice:
–Ella es Jota. Saluda, Jota.
Jota ríe y zarandea una mano en nuestra dirección.
–Jota es “extranjera” como vosotros. Ni siquiera es de Periferia, vive a tomar por culo. Y a esta supongo que la conocéis, la pelirroja del pueblo. Asunción, Asun, o Asú, como la llamo yo.
Asun nos sonríe cortesmente.
–Qué noche más bonita, joder.
Tebas sigue siendo la única que habla. Eso no cambiará pronto:
Mi bisabuela era bruja y no era bruja. Creo que no se consideraba bruja. Mi bisabuela estaba buena que te cagas. Todos se la querían atravesar en el pueblo. Niños, chicos y mayores. Pero mi bisabuela era bisexual, y lo que más le gustaba era descubrir bolleras. Iba por los pueblos buscando coños sospechosos. Es todo verdad, os lo juro que me muera ahora mismo. Mi bisabuela hacía cosas la hostia de chungas. Dicen que una vez se pilló por un pastor. Fue casi el único tío que quiso cabalgarse, normalmente le iban las tijeras. Hizo una pócima o un rollo así para él. Fue al campo, el tío estaba ahí con las ovejas; vete a saber, igual sólo follaba con ovejas. El tío flipó cuando vio a mi bisabuela, mi bisabuela era un pibón que te cagas, una Monica Belucci, una Pamela Anderson, una Brad Pitt en tía. Y le dijo que se bebiera eso que le había preparado, que era una infusión. Qué iba a hacer el tío, pues se la bebió. Creo que al principio no le sentó muy bien, pero luego el pavo se coló por mi bisabuela que te cagas. Era una pócima de esas para que te cueles por alguien, pero lo más raro de todo es que mi bisabuela no necesitaba de esas artimañas. Hubiera bastado con acercarse al paleto y decirle que quería que la montara sin silla de montar. El tío se hubiera ahorrado el dolor de estómago y podría haber usado antes su pollón. El tío era como de la Patrulla-X o algo así, Pollaman; dicen que casi treinta centímetros, un rollo africano. Mi bisabuela tenía que enrollarle una toalla en la base para la monta.
Mi bisabuelo ya estaba con los gusanos, había muerto la hostia de joven. A veces iban a follar junto a su tumba, aunque al tío del manubrio no le daba muy buen rollo. Decía que se sentía la hostia de raro cuando follaban allí. Empezaron a discutir seriamente por eso. El pavo empezó a sospechar que esa puta loca de mi bisabuela le estaba usando para canalizar a su marido muerto. Flipa, chaval.
Luego el tío apenas hablaba, iba por ahí como un monigote con mi bisabuela del brazo. Era raro de cojones. Con el tiempo se decía que cada vez se parecía más a mi bisabuelo muerto. No sólo en la forma de hablar o moverse, sino también en lo físico. La cara se le reestructuraba y la polla menguaba.
Decían que al pavo ya no se le notaba el paquete como antes, que tenía una polla aburrida de trece.
Al final, en un momento de lucidez, el monigote mutante le dijo a otro pastor que tenía que ver una cosa. Se lo llevó al campo, le dijo que tenía que cerrar los ojos, que no podía abrirlos hasta que él dijera. Era el cumpleaños del pobre fulano, igual se pensaba que le iba a caer un regalo. Cuando por fin pudo ver lo que pasaba, vio al colega colgado del cuello, una rama alta, desnudo, espasmos. Cuanto menos aire tenía, más se parecía a sí mismo, y más le crecía la polla.

Tebas lo ha soltado casi sin respirar. Lo que más nos sorprende a mi colega y a mí, es que parece ruborizada. Es como si ahora no tuviese del todo el control.
Evidentemente, no sabemos qué decir, aunque por las expresiones contenidas de Asun y Jota, está claro que ellas sí saben de qué va el asunto.
–Quiero escribir una novela –dice Tebas. Lo suelta de sopetón.
Otro silencio. Es como si aún no se hubiese resuelto nada.
Es lo que siempre provoca esa frase cada vez que alguien la pronuncia.
–Oh –asiento.
–Vaya –murmura mi colega.
Intentamos fingir cierta admiración, como cada persona en la Historia que ha oído a alguien pronunciar esa frase.

De madrugada, paso horas de insomnio analizando lo que ha pasado.
–¿Tu lees mazo, no? –dijo Tebas. Todos me miraron. Era como si fuese culpable de algo. Había provocado algo importante y no lo sabía.
–Igual no era él, tía –dijo Asun.
–Que sí, tía, que me lo dijo Anitina. Que lo ve siempre en la terraza leyendo.
Joder. Anitina. De Ana y Anita, Anitina. Seguro. Tebas conoce a todo cristo.
Yo que pensaba que esa niña ni me había visto.
Tebas dice que tiene la historia de su bisabuela, mazo historias de su bisabuela que le han contado.
–La zorra de mi bisabuela, chaval. La mayoría no tienen nada, yo tengo a la zorra de mi bisabuela.
Dice que en realidad ya ha escrito
–Un huevo de páginas a mano. Pero no conozco a nadie que lea, y paso de dejárselo a estas o a la peña que me conoce. Me da vergüenza, tío.
Yo asiento y acepto de un montón de formas distintas. Ella dice:
–Gracias, tío, en serio.
Pisamos la lumbre, salimos del bosque y vamos a la casa de los padres de Tebas. Entra ella sola y saca un manuscrito.
No le he preguntado nada, si ella lee o qué le interesa leer. No me he atrevido.
Al llegar a casa aún no me siento preparado para leer una sola línea; me la casco de forma violenta oliendo y esnifando las páginas. Un aroma dulzón, seguramente casi todo debido a la tinta. Pero es todo material de ELLA. Es un puto Expediente X en mis manos. Qué COJONES está pasando. Sólo era veinte de agosto.

Despierto casi a las doce del mediodía. Me llevo las páginas al lavabo, hago uso del pestillo y vuelvo a masturbarme llevándome el manuscrito a la cara.
Al acabar, soy consciente por primera vez de la responsabilidad que tengo. Se supone que tengo que leer atentamente el material y pensar una opinión. Me aterroriza que no me guste lo que sea que haya escrito. Además no puedo cambiar de rutina, ella sabe que voy cada puñetero día a la piscina.
Ha encontrado al fulano ideal. Alguien que leerá su mierda y a quien puede controlar.
La hora de comer no siempre es relajada. Mis padres me preguntan que qué son todos esos folios. Hay unos cincuenta, escritos por una sola cara, letra muy pequeña pero elegante, perfectamente legible. No detecto faltas de ortografía a simple vista, aunque tampoco es que yo sea el adolescente filólogo. Le digo a mis padres la verdad. No se me ocurre qué otra cosa decirles. Asienten interesados, con cierta curiosidad.
–¿Tebas, la chica de la piscina?
–La niña de los Camisones –, dice mi padre.
Aquí la mayoría de familias tienen motes. Hago como si cada dos por tres me pasara algo parecido. Otro manuscrito a medias que voy a tener que leer. Como si en otra vida hubiese sido editor. El adolescente Bruguera, Norma Editorial pajillero. Quizá hubiese sido más fácil valorar unas cuantas viñetas, unos dibujos a lápiz. Se me hace más difícil fingir con la lectura cruda.
Mis padres deciden no presionarme más. Intuyen mi intención de sexo entre líneas: esa “posibilidad”. Si fuera una chica se preocuparían. Pero soy el adolescente medio. Yo sabré qué hago. Menos pichabrava que el cura del pueblo. Soy un chaval, como mucho se reirán de mí; y más la niña de los Camisones, dos años mayor que yo, un buen elemento. Algo aprenderé.
Dos minutos después mi padre ya se ha olvidado. Mi madre me mira de soslayo y parece aguantarse la risa.

A la hora de la siesta subo con el manuscrito a la terraza. Se me ha pasado el calentón reciente, no sigo de humor para la zambomba habitual. Me siento como si tuviera deberes.
Me acomodo. Sólo quiero leer un puñado de páginas y pensar qué le voy a decir a la chica filtro. No contaba con este estrés vacacional. No tengo intenciones de leerlo todo, lo suficiente para hacerme una idea.
Cuando llevo dos páginas y media, sólo pienso en que no sé quién demonios es esa chica. Vive en el pueblo y no sé qué estudios tiene o si estudia fuera (dónde si no). El texto no es rutinario. No tiene un tono neutro pretendidamente poético y aburrido, que es lo habitual con la escritura amateur (que sea mala). Me doy cuenta de que he leído más ficción amateur de lo que recordaba. Caracaballo, mi antigua profesora de Inglés, hace dos años era también tutora de mi curso. En algunas tutorías nos hacía escribir redacciones o supuestos cuentos. Luego tenías que pasar tu texto al compañero de atrás, que tendría que opinar en voz alta sobre él. Era algún tipo de tortura psicológica en grupo. Caracaballo nos odiaba y estaba como una cabra. No es mera vomitona adolescente. Entre otras lindezas, un día la pillaron “follando” en su despacho con un profe tirillas de la F. P. Hay algunos módulos en el mismo centro. Poco después a ella le dieron la patada, pero el profe se quedó, tuvo los ojos amoratados durante días. Sólo podías deducir un encuentro de naturaleza abusiva o enfermiza. La gente del futuro probablemente habría empapelado al tío y habría inventado una historia cabal para la tía.
Mi padre dijo: La gente de Humanidades está como un cencerro.
Mi madre dijo: Se te enfría el cocido, Manuel.

Una voz.
Una voz.
Levanto la vista de la tercera página.
La voz vuelve a insistir.
Intento orientarme.
Luego caigo en la cuenta. La chica del balcón. Está de pie, apoyada en la baranda, chanclas y biquini y crema solar. Sonríe. Anitina, Ana y Anita. Nadie se presenta.
–¿Eso es de la Tebas? –dice. Los folios en mis manos.
Tiene que levantar la voz, su balcón está escorado a la derecha, estamos a unos quince metros de distancia.
–¿No te estás asando? –pregunta. Estoy sentado en una silla de plástico, sin toldo y ni parasol, ni siquiera me he puesto una gorra. Me doy cuenta de que estoy sudando.
Levanto el manuscrito y sonrío como un bobo. Asiento vehementemente: Sí a las dos preguntas.
Me levanto para apoyarme en el antepecho de obra de la terraza.
Ella dice:
–¿Vaya marrón, no?
–Un poco.
Sonríe;
–Perdona, me estuvo interrogando.
–Da igual. Me gusta… –blandiendo el manuscrito.
Me doy cuenta de que lo pienso de verdad justo al decirlo. No he leído casi tres páginas forzado, sino interesado.
Alguien llama a la chica y se despide enseguida con la mano. Probablemente el padre sobreprotector. Aún no han violado en grupo a la niña, debe pensar, pero ahora llegan los peores años.

Más tarde no voy directamente a la piscina. Me siento un rato en un parque adyacente para acabar de leer las páginas. El borracho del pueblo siempre está tirado en uno de los bancos. Es inofensivo, sólo es autodestructivo. Al menos por lo que yo sé.
Mi colega me ve de lejos. Se viene directo al parque y se sienta cerca en el suelo. Levanto un dedo: Espera.
Acabo de leer la última pagina. Miro a mi alrededor, volviendo a la realidad. Suelto con un suspiro:
–Está a medias.
–¿Qué?
–Sabía que estaba a medias, y aun así me ha jodido encontrármelo a medias.
–¿Te lo has leído?
Asiento varias veces.
Me doy cuenta de algo. Aunque se me hace difícil verbalizarlo. Creo que no tengo nivel para valorar el manuscrito. Hay bastantes palabras que no entiendo, por ejemplo, y reflexiones que se me escapan. Lo que pillo me mola, a veces incluso creo que está entre lo mejor que yo haya leído.
Como sea, ahora lo que me pregunto es qué le voy a decir. Que es lo mismo que me preguntaba antes, pero ahora desde un enfoque muy distinto. Cuando alguien te pide una opinión de su obra creativa, es fácil que lo que haga no te guste o te sea indiferente. Para eso quizá tengas ensayado un número tipo “¡Está muy guay, sigue en ello!”; pero ¿cómo vas a decir eso cuando lo piensas de verdad? La gente no es tonta, saben que los demás mienten. ¿Cómo convencerles de que, aun haciendo una crítica muy positiva, no les estas mintiendo?
Balbuceo sobre todo eso. Mi colega dice:
–No te preocupes. Ella sólo quiere una opinión. No te va a analizar ni todo ese rollo. Quiere que alguien le diga algo sobre su novela y eso. Sin más.
Me coge las páginas y las hojea. El borracho se revuelve en su banco. Se incorpora. Está a unos siete metros frente a nosotros. Estamos sudando; hay árboles pero apenas hacen sombra. Árboles jóvenes, ramas raquíticas. El borracho dice:
–¡Eeeh! ¡Oye!
Asumimos que se trata de nosotros.
El tío debe rondar los sesenta años. No sé mucho, sólo que viene a cocerse cada tarde al parque.
–Cuando veáis un agujero en el suelo –dice, arrastrando consonantes–, ¡no os metáis! Es una trampa, es una trampa, es…
Y se vuelve a estirar en el banco. Nos percatamos de que va con la polla fuera.

Decido complicarme. Mi colega se va a la piscina, pero yo voy a casa y escribo unas líneas sobre el manuscrito. Por suerte ya no están mis padres. Puede que así sea más aparatoso, pero seré más certero si lo escribo que si lo intento decir con ella delante.
Procuro no enrollarme. Seis líneas y media sobre lo mucho que me ha gustado, que no lo digo por decir, y que molaría que se lo continuara tomando en serio.
Recorro el pueblo satisfecho, con el manuscrito y un folio extra doblado en la mano. Yo he leído algo que ella ha escrito, tiene sentido que ella lea lo que tengo que decir al respecto. Si luego además quiere hablarlo, al menos ya tendré una base decente sobre la que tartamudear.
Al llegar, entro (bastante confiado, debo decir) en las instalaciones de la piscina, y me encuentro (por suerte) a Asun sola en la recepción. Sonríe al verme. Le dejo el manuscrito y la nota.
–¿Se lo das a Tebas?
–Vale. Se está bañando. ¡Qué rápido!
Sonrío. El adolescente lector. Rápido y Furioso. Y salido. Me siento como si todo estuviera saliendo demasiado bien.
Durante el chamullo toallero, le digo a mi colega que he hablado con la chica del balcón.
–No jodas.
Todo encaja mejor cuando le pongo en contexto.
Durante la tarde temo hasta cierto punto que Tebas venga a verme justo después de ver la nota.
No pasa nada al respecto. Ni siquiera la veo al salir. O bien ha tardado en verla o bien no ha querido venir a comentar nada. Sea como sea, aún me siento lo suficientemente cómodo con la situación.

Por la noche me encuentro con mi colega de camino a la feria. Nos espera la ración de ruido y cerveza habitual. Me empiezo a comer un poco la olla. Digo en voz alta que igual el rollo de la nota no le ha molado a Tebas. O quizá le ha impresionado hasta cierto punto, y ahora no sabe muy bien qué decir. Quizá esperaba una reacción neutra, tímida o tierna, pero no formal y seria (y hasta cierto punto detallada). Quizá sólo quería provocar otra de esas situaciones con las que echarse unas risas. Creo que ahora sabemos lo suficiente sobre ella como para tener claro que también es una chica de dieciocho años, y no solo el personaje enigmático, atractivo y ambivalente del pueblo.
Una voz interrumpe la potencial réplica tranquilizadora de mi colega.
Vaya.
Nos volvemos.
Vemos a un chaval en silla de ruedas, está en penumbra, solo a la puerta de lo que suponemos es su casa. Se come un helado. Dice:
–¿Vais a la feria?
Decimos que sí al unísono.
–¿Os podéis acercar un momento?
Cosa que hacemos. Nunca nos habíamos topado directamente con un integrante de los que fue Mar Adentro. Nos suena vagamente su cara. Hay unos cuatro o cinco de estos saltimbanquis que viven en el pueblo. No se les suele ver demasiado. O más bien, se les ve, pero siempre con una pequeña comitiva de padres o abuelos. Sacan a los chavales tullidos a que les dé el aire. Es incluso más deprimente de lo que suena.
No sabemos nada sobre lo que hacen o piensan. Y no queremos saberlo. No tiene pinta de ser una interrupción agradable camino a la feria.
Nos invita a sentarnos en el poyo que hay junto a la entrada de la casa. Es evidente que no tenemos prisa, y algo en nuestra cara parece evidenciar que no hacemos cosas como quedar con chicas, o con según que zánganos del pueblo. Hasta cierto punto, supongo que somos chavales en silla de ruedas que tienen la suerte de poder andar.
El chico nos cae bien enseguida. Sólo quiere algo de compañía distinta a la habitual. Si tuviera que apostar, diría que no queda rastro de su orgullo anterior al salto, de su forma de ver las cosas. Se ha visto obligado de la peor manera a tomarse la vida en serio.
Dice que sus padres le insisten para que vaya a la feria, que ellos siempre van. Pero que pasa de eso. Aún no se siente preparado para dar vueltas por ahí. No le hacemos preguntas; ni siquiera a qué se dedica o cuánto tiempo hace que está así. Debe ser la última o penúltima “víctima” de la Bancalera. Es interesante cómo algunos de estos chicos decidieron quedarse en el pueblo. Había algo demasiado traumático en el hecho de volver así a la ciudad. No digamos a Periferia, esa olla de grillos de bocazas y concienciados, cínicos de izquierdas y derechas. Si te quedas tullido, ambos tipos de gilipollas ideologizados ya podrían intentar usar eso. Un atisbo del futuro. Usarte como ejemplo de algo o para autoafirmarse. Es algo asqueroso, algo que parece más difícil que pase en un pueblo pequeño. El chaval nos habla de todo ello.
–No es fácil de explicar. Hay algo decididamente enfermo y retorcido en alguna gente teóricamente abierta y sofisticada. No digamos en los conservadores.
Nos dice que tardó bastante en permitir que sus amigos de la ciudad vinieran a verle. Sólo se lo permitió a tres, y por separado. No quería ninguna reunión tan numerosa como compasiva.
–Preferiría que me hicieran un bukake veinte negros.
Tras un pequeño silencio, quizá de estupefacción, nos reímos con ganas.
Dice que se llama Dani. Que ahora le gusta leer y ver pelis y series en la tele.
–No te jode, qué coño voy a hacer si no.
Y nos volvemos a reír.
Nos pregunta si tenemos algunos libros por ahí. Lo agradecería, comenta. Mi padre me trae libros cuando puede, pero no está muy informado. Me vendría bien alguna recomendación.
Mi colega reconoce que no lee mucho, y no tiene ningún libro en el pueblo. Yo le hablo de Christine, es el único que me he traído.
–Guay. Da igual, tengo la tira de tochos pendientes.
Se presentan los padres de Dani, de vuelta de la feria. Detectan buenas vibraciones, sonríen al vernos. El grupito de tres. Quién sabe cuánto hace que su hijo no interacciona con gente que no sean familiares o compromisos andantes. Nos presentamos como nos sale, somos foráneos, íbamos a la feria y tal.
Los progenitores se retiran rápido, nos quieren dejar con nuestra charla, quién sabe si algo así se puede repetir.

Han pasado cuatro días desde que devolví el manuscrito. Hay algunas cosas que no me cuadran. No esperaba necesariamente una larga conversación con Tebas. Ni mucho menos fogosos agradecimientos por leer su obra inacabada. Pero sí algo a modo de conclusión. Un comentario, algún tipo de gesto. Vale, hemos hecho esto, pasemos a otra cosa. Pero no, el asunto se ha quedado en el aire.
Llego a la piscina por las tardes y los saludos filtro son más bien secos; Tebas además ha provocado un efecto arrastre con Asun. Es como si nada hubiera pasado.
Está claro que leer el material creativo de alguien no es como follar con dicha persona, pero diría que es algo más íntimo que la mayoría de cosas que se pueden compartir. Incluida cualquier tipo de borrachera o fiesta recurrente. Creo que hay algo que Tebas ha querido olvidar o dejar atrás; quizá ese nivel de intimidad del que hablo. Es probable que se haya arrepentido de dejarme el manuscrito.
En la vida real las relaciones no guardan necesariamente una coherencia de guión. Lo hacen a veces, pero muchas veces no. Y no hablo sólo de las literariamente sobadísimas relaciones de pareja. Hablo de mil tipos de amistad o connivencia que se cortan gradual o abruptamente. A menudo ni siquiera es por una pelea o algo rápido y sencillo de justificar. Simplemente coges un desvío, quizá sin ser consciente de ello, y no vuelves a ver a una persona.
Evidentemente, todo esto aún no lo sé.

Como obviamente no tengo la fuerza de voluntad o el empuje necesarios para pedir explicaciones, Tebas vuelve a su estado mitológico, y yo vuelvo sin más a mis quehaceres pajilleros. No es que dejes nunca de hacerte pajas, pero, aunque suene increíble, las pajas no siempre son el centro.
A veces subo a la terraza, para ver si veo a Anitina. Pronto me entero de que ya se ha largado con sus padres a Periferia (mis padres siempre saben esas cosas). Las persianas bajadas al tope, el toldo recogido y la terraza siempre deshabitada, no eran malas pistas.
Como decía, me he vuelto a centrar en la cuestión física.
Creo que mi madre ha encontrado mis dibujos guarros. No es que tuvieran un buen escondite, estaban en una carpeta azul bajo la cama. Creo que han sido manipulados, la última vez me los encontré en un orden distinto al habitual. No me hace puta gracia el que mis padres vean esa mierda. Pero me he dado cuenta de que lo que realmente me da pavor, es que quieran comentarlo, y no parece esa la intención.
Supongo que lo realmente preocupante sería que no mostrara ninguna inclinación al toque de la zambomba. Quizá la asexualidad, por algún loco giro cultural, acabe siendo la nueva homosexualidad. La nueva pesadilla de los padres, esta vez de los “progres”: El niño nos ha salido pichamuerta. Sólo la usa para mear. La niña ni siquiera quiere hacerse lesbiana, con lo que viste eso ahora.
Quienes dirán a los niños en el futuro que son violadores potenciales, intentarán meter a las niñas en burbujas de miedo ideológicas.
Ahora en los colegios corren fotocopias de Son Goku alargando su bastón con Bulma.

Durante un coloquio de toalla, mi colega y yo decidimos que al día siguiente, sábado, iremos al cine. Me parece un plan cojonudo, estoy algo saturado de pueblo.
Es una pequeña aventura. Necesitamos el permiso de nuestros padres. Dos billetes de tren, algo más de media hora de viaje hasta Portón, el lugar más cercano con cine. Mi colega lo conoce un poco. No lo sé, quizá tenga un par de decenas de miles de habitantes. Ni se nos pasa por la cabeza ir a la enorme y crispada Periferia. Para empezar está demasiado lejos. Ni nos dejarían ir (creo) ni nos apetece demasiado. Resultaría disonante, teniendo en cuenta que ambos somos de allí, y que además allí hacemos vidas separadas.
Portón es la elección lógica.
Al día siguiente, después de comer, mi colega me espera cerca de las instalaciones de la piscina. Pero esta vez vamos más allá, al apeadero. Es un lugar que siempre me ha gustado. Siempre me ha parecido rarísimo que un tren se pare allí aún. Por delante, más allá de la vía, sólo campo y más campo. Por las noches, se pueden ver subrayando lejos el horizonte las luces de Portón. Y también las de Osandía.
El tren es una auténtica cafetera. Nos montamos enseguida cuando llega, como si se nos fuera a escapar.
Teo se va a ver Godzilla de Roland Emerich.
Durante el viaje hablamos de ese animal mítico aquí que son los revisores. Vamos solos en el vagón. Es un auténtico tren fantasma. Está tan caldeado que no sabemos si tiene realmente aire acondicionado. Estamos atravesando el desierto. Tienes la sensación de ir no tanto a otro pueblo como al futuro. Justo a donde vamos.
Una hora más tarde callejeamos por Portón. No le da para un planeta exótico o urbano en Star Wars, pero por comparación con el pueblo es la ciudad que nunca duerme.
Tiendas por doquier, calles que vomitan gente por todos lados. Es refrescante de verdad.
Sacamos las entradas para la peli, pero aún tenemos dos horas y pico por delante. Ese era el plan, tiempo holgado y servicios de todo tipo. Nada de cohetes en el culo. Ocio disruptivo para los señoritos.

Lo pasamos teta con la peli. Es grande, excesiva, estúpida, como zamparse una hamburguesa de tres pisos y soltar un enorme y asqueroso eructo.
Cuando volvemos al aire libre, aún tenemos mucho margen hasta que salga el penúltimo tren, que es el que queremos pillar. Caminamos por las calles de Portón hasta que se convierten en caminos. Comenzamos a subir. Hay varias terrazas naturales. Nos conformaremos con la más baja.
Lo llaman La Sierra del Zapatero. Corremos el riesgo de topar con portonenses adolescentes follando, pero nos la suda. Estamos algo de vuelta. Nuestro reciente vago contacto con chicas nos ha dejado algo entumecidos, pero es agradable. Después de haber estado algún tiempo excesivamente tenso, o puteado de alguna manera, acabas diciendo “que les jodan”. Alzas el mentón: también soy una persona. No tengo por qué aguantar gilipolleces. No seré nunca alguien como Tebas, ni tan relajadamente gregario como Asun, pero aún tengo la hostia de tiempo por delante. Aún puedo triunfar o fracasar a lo grande, tengo décadas para chocar contra los muros. No tengo intención de dormitar con una aguja clavada en el brazo, pero tampoco sucumbiré a la manipulación ajena total.

Esta fecha me baila más. Pero es a finales de agosto. Hay festejos en el pueblo. Los festejos se parecen bastante a la rutina veraniega normal. La diferencia esencial es que cada noche viene una orquesta nueva a tocar en un llano cercano al parque y la piscina. Suelo del Ayuntamiento para la orquesta Maravillas.
Música que conoce hasta tu abuela tocada por la banda habitual de cuatro o cinco fulanos y dos chicas vocalistas que por supuesto nos follaríamos hasta reventar. Van embutidas en vestidos horteras de lentejuelas que dejan espaldas, piernas y tetas casi todo al aire. Zapatos de tacón desde los cuales hacerse un Mar Adentro. Sonrisas cosméticas que salpicar. Chicas brillantes y a la vez agotadas de tanto casting para intentar dar el pelotazo en algún reality musical. Lo tienen todo, historia familiar deprimente y vida deprimente, sólo falta que alguien con poder piense que tienen el suficiente talento o capacidad para sofreír la dignidad propia con cámaras delante.
Ahora no es tan fácil, pero todos conocemos ese aroma.

Nos colamos entre las madres culonas que bailan mientras la mayoría de maridos murmuran vete a saber qué entre las sombras. Esto es lo que hace la gente mayor, mientras el resto buscamos la oscuridad que pide hoguera.
Hace dos años tomé mi primer chupito cañón de alcohol en el campo de las afueras al que nos dirigimos. Aquí prácticamente todo son afueras. El botellón (aún no bautizado) es la naturaleza de lo que queremos.
El problema es que no estamos solos.
Hay grupitos hogueriles aquí y allá.
La sorpresa es que en cierto momento veo a Anitina evolucionando entre yerbajos con otra chica.
Anitina ha vuelto para las fiestas. Es de suponer que sobrevivirá como pueda a ellas y volverá a la salvaje Periferia.
Pienso en todo ello cuando ella también nos localiza a nosotros.
Aún nos dura ese sentimiento de qué coño importa todo, nos lo trajimos parcialmente de Portón. Anitina saluda y nos acercamos. Nos presenta a la otra chica, su prima. En el futuro no recordaré su nombre. Tiene catorce años y no conoce a nadie. Parece ser que es superdotada (la han avanzado dos cursos) y su timidez parece implacable. Nos cae bien y es guapa, pero nos sentimos más protectores que otra cosa. Aunque es más bien Anitina quien nos protegerá a todos.
Yo pensaba que sólo era animal de balcón, pero conoce a alguna gente, y es respetada. No es tan sencillo ser respetado en el mundo adolescente. Un paso en falso hacia el bullying (palabra del futuro) o el mascotismo, y estás jodido. El mascotismo está a un pelo de pubis del bullying, y se manifiesta cuando nadie te hace puto caso nunca, cuando eres el acompañante y punto, cuando solo haces bulto y se ha decidido que tu personalidad nula hará brillar la de los demás.
No es fácil definir con precisión el mascotismo. Es algo así como el bullying que hacen parte de quienes cargarían contra el bullying: hipocresía estilizada. Violencia pasivo-agresiva de izquierdas. Podríamos estar todo el día buscando una forma de explicarlo, y sólo lograríamos quedarnos a las puertas. Los que te meten la cabeza en el váter al menos van de frente, es una pesadilla pero no te harás amigo de ellos; pero tanto los bullies como los mascotizadores son perfectamente capaces de un atropello y fuga.
De ahí es de donde saldrán los líderes del futuro: los militantes acérrimos, los políticos, tanto los conservadores como los progresistas parlanchines y “combativos”. De ahí saldrán los capitalistas feroces pero también los “agitadores” que se volverán capitalistas al primer contacto con la abundancia. De entre todos ellos, tan increíblemente embebidos de sí mismos y su causa, sea la que sea, sólo unos pocos serán capaces de observar los grises.
Anitina, aun dejándose ver poco y menos, ha dejado huella. La gente sabe quién es y nadie se reirá de ella fácilmente. Algo muy importante de los catorce a los dieciocho, es que tienes que beber, fumar y follar. O tienes que actuar como si hicieras todas esas cosas.
Estamos seguro entre algunos bullies y mascotistas, chavales de diecisiete y dieciocho, el despertar político, y con ello el gran riesgo de perderse a sí mismos por el camino. Muchos de ellos no se conformarán con ser votantes; en lugar de informarse querrán ser perrillos falderos, asfixiarán a su ser pensante con horcas hechas de símbolos y banderas.
No recuerdo cuánto de esto he verbalizado rudimentariamente caminado entre hogueras, quizá no sea yo quien hablaba. Sí recuerdo a Anitina decir que las banderas podrían haber tenido un poder positivo unificador duradero, al menos en un mundo mejor, pero a estas alturas parecen agotadas. Parece que las hemos echado a perder. Son como un artículo medieval.
–Si quieres que una idea pueda tener un sentido pacificador e inteligente, actúa en base a ella, da ejemplo, pero no se te ocurra representarla de ninguna manera, no busques combinaciones de colores elegantes para decir: esto es lo que soy yo. A no ser que seas lo suficientemente psicópata y egomaníaco para dedicarte a la política, con lo que tendrás que tragar.
Recuerdo que Anitina dijo: No hay nadie que no parezca algo pusilánime frente a un cajero, pero es la pose favorita de todo el mundo.
En el futuro mis ideas bailarán breakdance con todos estos asuntos. Ahora sin embargo descubro que Anitina tiene diecisiete años, y que también va dos años por delante. Le he tirado de la lengua. Al parecer es una tradición en su familia aburrirse en clase, hasta que alguien te mueve junto a los mayores y con suerte comienzas a motivarte.

Anitina nos dice que quiere enseñarnos “el agujero”. Su prima y nosotros dejamos que el interrogante vicie el aire.
–Vais a flipar con el agujero.
La chica del balcón quiere divertirse. Casi siempre es divertido cuando tú sabes algo que los demás no saben, al menos a corto plazo. La información no solo es poder, es un punto de partida: desde donde empiezas a cagarla o a triunfar. Y algunas veces es mejor no hacer nada.
–Os voy a enseñar a Dios –dice Anitina.
Comenzamos a tener curiosidad de verdad.
–Estoy harta de guardarme el secreto, y creo que vosotros podéis conocerlo sin que la cabeza os comience a echar humo.
Nos estamos alejando mucho de las hogueras, y también torciendo hacia la izquierda. Ya mismo estaremos cerca de la Bancalera. El chupito de veneno favorito.
Me lleva a pensar en Dani, él también encajaría en este grupito.
Comenzamos a bajar una cuesta entre hierbajos. Empezamos a oír el arrullo de un riachuelo.
–Lo que vais a ver es La Causa de Todo.
Nos llegamos hasta un pequeño claro, ya inmersos en el bosque.
–Lo que es evidente es que un montón de gente ha muerto por lo que vais a ver, y probablemente alguna persona en especial. Esto lleva aquí mínimo tres años. Está claro que alguien se fue con un secreto de la hostia a la tumba.
Se arrodilla en el suelo y comienza a remover tierra con las manos. Empieza a cavar.
–Vigilad por si viene alguien. La mayoría de gente no lo podría soportar.
Empiezo a pensar en cadáveres. Mi colega me susurra si no deberíamos largarnos. No entiendo su miedo tanto como él cree.
–Hace un año, un día –dice Anitina– me pillé un cabreo que te cagas con mis padres. No recuerdo por qué fue. Creo que básicamente no querían que creciera y follara. Para mis padres mis tetas siempre han sido una amenaza, y todo tipo de diversión les resulta sospechosa. Ellos que son tan ateos y tan abiertos sobre el papel. Pero no querían una chica, y si tuvieran pasta tendrían hasta un negrito para limpiarles el culo. Son nadie y se creen que por eso son especiales o van a salvar el mundo… Su granito de arena especial. Los papaítos modernos. A este paso, las próximas generaciones no lo van a tener fácil para no estar agilipolladas. Las anteriores al menos sabían que nadie puede ahorrarse el sufrimiento.
»El caso es que me vine por aquí a pegar patadas a las piedras. Estaba furiosa de verdad. Me dio por intentar mover una roca que debía pesar como yo.
A no demasiada profundidad, Anitina tira de algo con fuerza. Aparta una piedra plana, es como un agujero dentro de un agujero.
–Nadie espera que haya nada así en las afueras de un pueblo.
La visibilidad no es muy buena, pero sí suficiente para ver una maleta. Anitina la saca y la abre, y, refiriéndose a todos, dice:
–Mira.
Fajos enormes de billetes, plastificados. No son precisamente billetes pequeños.
–Abrí uno para comprobarlo mejor. Pasta y más pasta. A saber la pasta que hay aquí, la maleta está reventada como mi padre un lunes.
Miramos y tocamos, pero Anitina reordena enseguida y comienza a enterrar. No hay nada más que ver. Excepto a Dios, el único que yo he conocido.

Volvemos a la zona de las hogueras, sabiendo ahora algo que los demás no saben. Anitina susurra:
–No os pienso dar una charla, pero yo no he tocado esa pasta, y os aconsejo que hagáis lo mismo. Si algún adulto se topa con ella, ya verá si la lleva a la policía o tienta al Diablo. Por lo que a mí respecta, ese asunto de la maleta no es asunto nuestro.
No puedo evitar imaginarme arruinado en unas décadas, volviendo al pueblo, intentando recordar la ubicación de la pasta. Cuídate de iniciar tu propia peli de los Coen.
–Dejad que los adultos se enmierden –dice Anitina–, nosotros aún no lo necesitamos.
Nos vamos a la zona de la verbena. Madres culonas bailongas y padres merodeantes, músicos de esmoquin y cantantes follables. No dejo de pensar en lo que ha pasado. No todos los días ves a un Dios de esa manera. La verdad es que no siento ninguna nueva tentación material. Creo que mi colega tampoco. Sólo estamos impresionados. La prima de Anitina, aun bastante inexpresiva, tampoco parece cavilar nada relevante. Paladeamos la vivencia, nos preguntamos si alguna vez nos sentiremos tentados, o si llegaremos a contar lo que hemos visto.
Nos llegamos hasta una barra al aire libre. No lo tengo claro, pero creo que nos topamos con los tíos de Anitina, nos invitan a un refresco. Me siento aturdido.

El siguiente coloquio de césped y toallas, al día siguiente, ha crecido en neuronas, tetas y caderas. Nunca las había visto por aquí, pero hoy Anitina y su prima han venido y se han sentado con nosotros. Nadie ha pedido permiso de ninguna forma, ni falta que hacía. Creo que hay quienes miran en nuestra dirección: “¿Los marginados han ligado?” Mi imaginación al poder.
Anitina, después de un rato de palabrería (hablamos de la “música pésima” que sale por los “altavoces cutres” de la piscina), se levanta y se tira de cabeza al agua. Oímos hablar a su prima por primera vez. Quizá intenta romper el hielo, aunque no nos sentimos incómodos con ella.
–¿Tenéis un cigarro?
Negamos con la cabeza, mirando a nuestro alrededor, como si pudiéramos recolectar un paquete de Marlboro del césped para ella.
–Da igual… No he conseguido pillarle a mi madre. A mi prima no le gusta que fume.
Anitina, mágicamente, como si lo pudiera oír todo todo el tiempo, grita desde el agua:
–¡No fumes!
La chica sonríe. Mi colega lo ve y se pone rojo como China.

Por la noche, Anitina vuelve a ser la anfitriona de allá por donde pasamos. Nos dirige sin dar explicaciones. Parece darse cuenta de estar pasándose de enigmática y sonríe:
–Vamos a una Peña, Las Follonas. Os va a molar.
Durante las fiestas aquí la gente joven que socializa se reúne en Peñas. Se bautizan como grupo y suelen tener un local (un garaje o similar) al que ir por las noches a emborracharse. Las Follonas, Los Cubatas, Los Capullos, Las Locas del Coño, Los Bragueta… No suelen ser mixtas, excepto por razones de mascotismo. Puede haber unas veinte o treinta, y se visitan unas a otras. Cada Peña luce su camiseta particular, un diseño de color plano con el nombre sobreimpreso detrás y alguna ilustración, normalmente picante o directamente muy guarra.
Yo todo esto aún no lo sé.
Mi colega y yo nos dejamos guiar. Nos fiamos de Anitina, y su prima es más interesante cuanto más tiempo pasa, sobre todo para mi colega.
Llegamos a la Peña. Un garaje con el portón abierto. Dentro, dos barras improvisadas de madera y sillas sueltas aquí y allá. Hay unas diez chicas bebiendo, riendo y armando jaleo. Hay un equipo de música para que el ruido no cese. El enemigo principal es el silencio, aunque no es el único. Si no vas a beber o participar de alguna forma, es mejor que te des el piro.
Nosotros no somos de ninguna Peña, pero Anitina conoce a varias de las chicas, y al verla enseguida se abalanzan sobre ella. Los demás vamos incluidos en el pack.
Nuestra anfitriona hace las presentaciones. Mi colega y yo rodeados de chicas que abarcan desde los catorce hasta los veinte. Dos besos, dos besos, dos besos una y otra vez. Al terminar no recuerdo prácticamente ningún nombre. Quien no es presentada se presenta sola. Todas quieren que bebamos y se divierten con nuestro azoramiento.
Me siento menos incómodo de lo que cabría esperar. Hay veranos que te curten.
Cuando me quiero dar cuenta, veo que mi colega lleva un rato hablando con la prima de Anitina. Están muy cerca el uno del otro. Me quedo pasmado por unos instantes. Parece que se materialice algún tipo de energía porno entre ellos.
Anitina decide tomar las riendas. Se sube en una mesa de madera, que por su ubicación esquinada parece pensada para dar mitines borrachos:
–¡Escuchad un momento! ¿Podéis bajar la música?
»¿Veis a esa chica de ahí? Es mi primita. La cerebrito guarrona de mi primita. ¡¡Ya son las doce y es oficialmente es su cumpleaños!!
Todas las miradas hacia la misma dirección.
Todas comienzan a cantar el cumpleaños feliz. La eterna canción que se hace eterna.
Griterío al final, y ronda de chupitos que te crió.
Las fiestas son sencillas: O estás en el ajo o no estás en el ajo. Mi colega y yo chocamos nuestro vaso de chupito con todas. Dejamos que este tren nos lleve también hacia el futuro. La música se vuelve a poner a toda leche.
Hablo a gritos con Anitina y tres o cuatro chicas más en corro. De dónde somos, cuándo hemos venido, hasta cuándo nos quedamos en el pueblo. Ellas: llenas de vida y curvas, “adulteando”, miradas cargadas ya de bagaje, atención o intención. Yo: un enclenque que intenta surfear la ola, no con estilo pero sí con la suficiente habilidad para seguir en pie.
El tiempo se estira y se acorta. El tiempo tiene poco que decir en una fiesta. Casi todo depende de lo que hagas con ella.

Noto la borrachera cuando intento servirme otro chute en la barra. Van cuatro cubatas, no cuento los chupitos. Alguien me quiere invitar a un cigarro. Digo que no fumo, lo cojo, me lo pongo en la boca y me lo encienden. Doy una calada y toso. Risas. Doy otra calada y sostengo el humo en la boca. Lo expulso. Me dicen que me lo trague, que no sea marica. La tercera calada se asienta en los pulmones. Es como si hubiese roto el himen de mi garganta. Acaba de empezar algo en mi vida. Aunque no lo piense, ahora todo son Principios.
El tiempo avanza como una corrida adolescente. No necesito gorrear cigarros, siempre hay alguien dispuesta a invitar al chavalín. Por comparación casi todas las chicas parecen mucho mayores que yo, también las de mi edad, aunque abundan las de diecisiete y dieciocho. Hablo con un par de Martas y con una Lorena. Me dejo caer en una silla de jardín. Hace vete a saber cuánto que he perdido de vista a mi colega. Observo alrededor desde mi silla. Miro culos y tetas sin disimulo. Si alguna chica se da cuenta, bromea o se menea delante de mí. Miro hacia la salida del garaje, y veo a mi colega en penumbra, morreándose con ansia con la prima de Anitina.

Quisiera decir que me alegro, pero la escena me hace notar un vacío por dentro. Una sensación de fracaso personal. De repente estoy solo rodeado de gente; pronto descubriré que las personas se sienten así de forma habitual, pero aún no lo sé. Mi aliado en el fracaso con las chicas se ha esfumado de un plumazo. Se está bebiendo a la primita. Es como si eso dejara atrás, muy atrás, los días inmediatamente anteriores, los buenos momentos de feria y piscina, el fracaso de dos con Tebas y Asunción, la aventura en Portón, las bobadas dichas en voz alta, el sexo imaginario, las fantasías radicales, las violaciones consentidas, las contradicciones, los chistes sin remate, las orgías dibujadas en el aire.
Doy un trago largo y me levanto de la silla para servirme otro cubata. Anitina ha notado mi cambio de expresión. Ha seguido la dirección de mi mirada. Viene a buscarme. Quizá no entienda del todo lo que pasa, puede que piense que yo estaba colado por su prima. O puede que no haya concluido nada, excepto que algo se me ha roto por dentro. Como sea, decide sonreírme a los ojos y darme un abrazo. Noto su mejilla y su pelo, sus tetas contra mi pecho. Nada resulta sexual, pero sí gratificante, de un modo que aún no sé precisar.

Los siguientes días transcurren como en una nebulosa. La rutina no ha cambiado visiblemente. El grupito de toallas es el mismo. Pero nada es ya lo mismo para mí. Todo tiene otro filtro mental. Es una sensación “pasajera”, pero tardará unos días en pasar. No será exactamente porque me alegre por mi colega, sino simplemente por un proceso de desgaste que culminará en el alivio de la resignación. Mi colega sigue diciendo burradas, al menos cuando Ella no está delante. Un día Anitina habla conmigo y me dice que no han follado. Sabe perfectamente lo que me pasa. Creo que es sobre todo porque no hay nada entre ella y yo; ella se está convirtiendo en mi mejor amiga. Me lee mucho mejor de lo que yo supe leer el manuscrito de Tebas. Tebas no ha desaparecido, por cierto, ni tampoco Asun. Siguen pasando olímpicamente de nosotros, aunque a veces crea ver algo en la mirada de Tebas, un archivo adjunto que en ocasiones parece rechazo, y otras veces agradecimiento. Es posible que las chicas filtro tengan algún tipo de regla con relación a la intimidad con foráneos, algo basado en alguna experiencia sentimental dolorosa del pasado.

Septiembre avanza inexorable. La fiesta perpetua sigue haciendo trizas el tiempo. Ya no siempre hace un calor asfixiante.
Empiezo a necesitar fantasías precisas para masturbarme, ya no basta con cualquier cosa. Es la primera vez que me pasa. Las fotos de la piscina no siempre son eficaces; se me cruzan algunas caras. Sabores amargos recientes. Sólo me funcionan ya dos extremos: O bien la chica que me gusta (que es Tebas pero se está diluyendo), o bien las desconocidas totales. Pedazos de carne andante y parlante. Chicas desdibujadas excepto en su andar, peso y formas. Te la cascas imaginando el tacto. No te la cascas imaginando una cena con nadie.
Anitina es también una experta en decir burradas. No describe sus experiencias íntimas, pero se pueden intuir. Conoce perfectamente la mecánica que a mí me interesa. Habla del porno que ha conseguido ver y de cómo lo esconde para que no se lo pillen sus padres. Aunque ha descubierto que sus padres tienen también su propio porno.
Le hablo de mi primera paja a los 13 años con las fotos de una biografía de Sophia Loren que había por casa. Ella me habla de su primer dedo a la misma edad pensando en el treintañero que aún vive solo en el piso adyacente al de sus padres en Periferia. Dice que a veces le oye follar con ligues, normalmente mujeres mayores que él.
–Es una putada, creo que no le van las menores curtidas, ni siquiera las mayores de edad jóvenes.
No puedo creer que hable de todo esto con ella.
No hemos vuelto a ver a Las Follonas, al menos no en su “local”. La verdad es que lo agradezco. Obviamente ha sido decisión de Anitina; ella sabe que hubiese vuelto allí de haberlo decidido ella, pero hemos (ha) optado por la hogueras ilegales y las excursiones nocturnas. Campo abierto, o la Bancalera.
Un día la percibo indecisa y le pregunto si conoce a Dani. Hago un gesto de silla de ruedas con las manos. Propongo ir a verle. Hace días que tengo ganas. Anitina no le conoce, pero accede sin problema, quizá incluso satisfecha de que yo haya propuesto el plan. Mi colega y su “novia” nos suelen seguir unos diez pasos por detrás, sobándose el culo o comiéndose la lengua cuando tienen ocasión. Creo que se irían por su cuenta encantados, pero les debe dar cierto apuro. Creo que no quieren quedarse solos del todo. Observo contradicciones de comportamiento, aunque puede ser mi imaginación.

Cuando llegamos a casa de Dani, no está en la entrada como el otro día. Son casi las once de la noche. Vemos luces por las ventanas. Ante mi sorpresa, es Anitina quien da una voz:
–¡¡¿Dani?!!
Hago tsssss llevándome el dedo a los labios, encogido. Mi colega y la primita se ríen. Ahora siempre tienen aspecto de recién morreados, las caras somnolientas/extasiadas, y los labios turgentes y rojos.
–Es así como se hace en el pueblo, tonto –me susurra Anitina.
Percibimos movimiento dentro. Su madre abre la puerta y nos ve. Sonríe y nos saluda a todos, visiblemente contenta de que reclamen a su cachorro. Segundos después sale el padre y nos saluda también, más quedamente aunque también iluminado.
Anitina va y dice:
–¿Se sale el Dani a la calle?
Creo que hasta se muerde el labio inferior.
Creo que todos preferimos, al igual que ella, que él salga a entrar nosotros.
Se nota que en el pequeño escalón se construyó una rampa de obra. El color del cemento luce relativamente reciente. Dani sale sin que le llamen, parece tener cara de cansado. Dice:
–Eh. Qué pasa.
–¿Qué tal, tío? –saludo.
Ubica su silla de ruedas de cara al poyo. Anitina y yo nos sentamos frente a él. La parejita se queda a unos metros cuchicheando, más bien ajenos. Cada vez me resultan más antipáticos, y ya ni siquiera es porque mi colega esté pillando. Raramente conversan o demuestran interés por algo que no sea sobarse entre ellos. No es malo en sí, pero es aburrido de narices para los demás. No sé si ya han follado, Anitina no me ha puesto al corriente, pero me descubro pensando que a estas alturas ya me importa un carajo.
Los padres de Dani se vuelven a ver la tele, yo hago las presentaciones, y Anitina dice:
–Tío. Cómo te jodiste la espalda.
Ni siquiera es una pregunta, es un comentario teóricamente inadecuado o estúpido, pero no suena así en boca de Anitina.
–¿Sabéis una cosa? –dice Dani–, desde que yo me rompí han caído dos chavales más en la Bancalera. Uno ahora es como un gemelo mío, y el otro se ha quedado completamente vegetal. Y no puedo decir que me alegré, porque sería exagerar, pero el saberlo me animó el día. Siempre pienso si será porque soy mala persona, pero creo que es una reacción humana genuina.
–Si yo me quedara tullida o me pasara algo así de jodido, no me dedicaría de repente a la concienciación, eso lo tengo claro –dice Anitina–, a la gente le importan una mierda los problemas ajenos. Y es lógico, no podrían vivir con toda esa jodienda en la cabeza. Tendrían que comenzar a matar políticos o suicidarse o qué sé yo. Además para vivir muy concienciado hay que creer que todo pasa por culpa de alguien malvado, y yo no creo que sea así, ni de lejos.
–Conozco a un chaval ensillado que ahora es como una especie de santo. El Luís, no sé si lo conocéis. Si vais a verle os meterá una chapa sobre todo lo que hacéis mal y el hace bien.
–No será saltar a la comba.
Reímos con ganas.
Yo dejo que hablen. La pareja se morrea lejos, en una esquina.
Anitina dice:
–Hace dos años fantaseaba con currar en una ONG o algo así. Aún me tira bastante. Pero porque yo aún puedo caminar–. Y sonríe abiertamente.
Dani se carcajea.
Anitina es tan absolutamente franca y bienintencionada, que cuesta mucho imaginarla con el ceño fruncido o dando un discurso previsible o radical. Su ironía tiene algo de puro e imparcial. No es una persona en absoluto apolítica, pero no está ponzoñosamente politizada. Tiene mérito entrando en las edades en las que entra.
Todo eso yo aún no lo sé articular.
–Siempre me he preguntado una cosa –dice Dani–, ¿es difícil vivir con esas tetas a cuestas?
–¿Te refieres a las tetas en sí o a si es difícil ser una chica?
–Me gusta más por dónde vas tú.
–De momento me molestan más las tetas. Las quería grandes, pero quizá no tanto. Ser una chica… por ahora no está mal. Supongo que si voy a la universidad podría empezar a ser una carga. Aún no sé si por los chicos palurdos y salidos o por las chicas teóricamente feministas que se creen más listas de lo que son.
La madre de Dani sale con tres helados. Intuitiva, ha descartado que la pareja automarginada quiera comer otra cosa. Intercambia algún chafardeo vecinal y se vuelve adentro.
–Oye –dice Anitina–, seguro que te da igual que te lo pregunte: ¿Aún se te pone dura?
–¿Dura? –contesta Dani, haciendo pantomima de pistolero–. Como el mármol, nena.
–Entonces no necesito saber más. Te vienes a la feria.

El pueblo tiene equipo de fútbol local. El campo es de tierra y también está cerca de la piscina. Tres grandes y toscos escalones a modo de gradas en un solo lateral. Si la piscina es la atracción del verano, el fútbol copa gran parte del resto del año. El equipo del pueblo se lo toma tan en serio como cualquier otro acostumbrado a perder.
Al final sólo pasamos de refilón por la feria y la zona de la orquesta (hoy: Orquesta Sensaciones). Nos aposentamos en el banquillo del equipo visitante, concretamente encima, en el techado de obra. Los pies colgando, Anitina y yo. No hay nadie más por aquí. La parejita se merienda mutuamente en la relativa oscuridad, cerca del círculo central. Empiezo a percibir con mi colega un fenómeno parecido al de Tebas. Está comenzado a desaparecer de mi vida, aunque sea más gradualmente.
Dani nos ve desde abajo, ensuciando su silla de ruedas;
–No os preocupéis por mí, aquí llenándome de mierda, estoy perfectamente.
Anitina se convierte en la reina pantomímica del drama:
¡No saltes, Dani, piensa en la de veces que te van a marginar por ser un puto tullido! ¡Oh Dios mío!
Nos reímos con ganas, con él y quizá también un poco de él, aunque haya una intención 0 de hacer daño.
–Sois unos hijos de puta. Lo sabéis ¿no?
Dani nunca parece amargado. Da igual lo que diga. Es como si ya hubiese superado esa fase, como si lo considerase nada más que una perdida de tiempo. Repudia sobre todo la compasión. Y supongo que sabe leer a la gente igual que Anitina.
Algunas corrientes del futuro no entenderán esta forma de relacionarse, pero aún no se intuye en el horizonte ningún intento de invasión moral basada en lo literal.
Como sea, Dani al principio no quería salir de su calle. Ha acabado siendo una especie de intervención familiar y amistosa. Principalmente su madre y Anitina se han aliado para sacarle de su minúsculo nuevo mundo. Anitina se ha encargado de empujar la silla de ruedas.

La luna llena hace que todo sean sombras que se entrecruzan, y siluetas. Ves y no ves, puedes orientarte pero no con total precisión, eres un ciego con suerte.
Vemos venir varias figuras cruzando el campo de fútbol. Se alejan del ruido. Parecen todo chicas. Parece que han tenido la misma idea que nosotros, y que no les importa que haya mas gente aquí. Se subirán al techado del banquillo local. Caras conocidas.
Tebas, Asun, Jota. E incluso (vaya…) la prima de mi colega. Parece ser que sus horarios ya no son tan rígidos. Y hay un par de chicas más que apenas recordaré.
Leo la escena poco a poco. Primero veo (apenas) cómo mi colega se despega de su succionador, y saluda a una de las siluetas. Intuyo que es su prima, si no de qué. El resto de las chicas siguen avanzando.
Cuando llegan cerca de la silla de ruedas y nuestra posición, Tebas se adelanta y dice:
–Joder. ¿Por qué habéis venido a nuestro sitio?
Bromea. Se me hace rarísimo volver a oírla construir una frase entera. Como si no hubiese pasado nada. Como si yo no supiese de la existencia de la zorra de su bisabuela.
Se ampara en la dinámica de grupo, ambigua de por sí. No tiene por qué mirarme, mira a Anitina, que ha resultado ser algo así como la versión tratable de Tebas.
Anitina es nexo de unión con todo el mundo. Parece caer bien a toda persona mínimamente capaz de empatía. Y dice en voz alta:
–Cómeme el coño, Tebas.

Los grupos se mezclan, por la vía de las conversaciones cruzadas. No recordaré demasiado de este chamullo grupal. Sé que no se habla del manuscrito de Tebas, y se confirma que Tebas NO quiere hablar de eso. Me lanza sólo un par de miradas suspicaces o graves. Quizá ni siquiera eso, o quizá es que las miradas esta vez no dicen nada. No necesitamos hablar entre nosotros, nos amparamos en la compañía. Varias chicas lanzan pullas a gritos a la parejita, sita en el centro del campo, comiendo lengua y gustosamente al margen.
Anitina es crucial. Anitina mantiene el equilibrio. Si de repente se fuera nos invadiría la incomodidad casi con toda seguridad. Anitina es la segunda luna, el perro guía para adolescentes. Anitina sabe mejor que nadie que no debe hablar del manuscrito. Cuando se disculpó por haberle hablado de mí a Tebas, no lo hizo sólo por sacar un tema de conversación.
Asun sólo subraya cosas que dice Tebas. La prima de mi colega practica el mutismo, como si se avergonzara de algo. Y está Jota. La Jota que no dijo una sola palabra en toda la noche en que Tebas nos habló de su abuela bruja quizá sí o quizá no.
Jota se separa del grupo en un momento dado, y camina por el campo de fútbol, nunca acercándose a la parejita. Se enciende un cigarro. No recordaré si tenemos alcohol, si veníamos con vasos llenos o botellas de plástico. Es probable que sí, aunque por algún motivo no me cuadra. Algo impregna de sobriedad el momento.

Perdemos de vista a Jota.

No nos preocupamos. Tebas y Anitina nos hablan de los escapes habituales de Jota. A veces se va, a veces no vuelve. Aparece al día siguiente como si nada. No saluda, no se despide. Es una francotiradora. Puede presenciar una conversación durante media hora sin decir nada, y cuando abre la boca, da en el blanco. La clave del asunto, o el chiste perfecto. Si no es para acertar, no habla, a no ser que le tires de la lengua. Al contrario de lo que se podría pensar, no luce un gesto adusto o serio. Tiene una mirada luminosa y sonríe con amabilidad o sinceridad cuando alguien le cuenta algo. Asiente con vehemencia y, cuando desarrolla de verdad alguna opinión, nadie que la conozca comete la torpeza de interrumpirla.
Otra chica de diecisiete años que no es simplemente otra chica de diecisiete años.
Por otro lado, no es que yo intervenga mucho en la conversación esta noche. Me gusta ver cómo Dani se acaba metiendo a todas en el bolsillo. Todas le escuchan y Tebas y Anitina le hacen preguntas incómodas. Él parece inmerso en un proceso de desahogo. Creo que está soltando lastre.
… yo sólo pensaba en que me funcionara la polla…
… quería matar a mi madre cada vez que me lloraba encima en el hospital…
… creo que hay putas que se dedican a atender a los tullidos, decidme si eso no es un servicio social…
… mi padre ya casi no habla conmigo, ya no podré ser su clon…
… la mayor parte del tiempo no quiero que muevan esa roca con ningún tipo de maquinaria…
… si cualquiera de vosotras quiere follar conmigo, sólo tiene que venir a mi casa, mis padres ponen los condones…
… es broma pero no es broma…
… he pensado en al menos veinte formas eficaces de suicidio con éxito…
… no quisiera dar pena, pero ahora entiendo perfectamente ese arma, y no descarto utilizarla…
Yo empiezo a tener serias ganas de mear. Ahora no lo sé, pero recordaré toda la vida el subsiguiente paseo bajo la luna llena buscando dónde soltar el chorro. Dejo al grupo riendo y replicando en torno a Dani. Creo que cuando me muevo, hasta la prima de mi colega hace algún comentario.
Me llego hasta la portería más apartada de todo, y sigo. Más allá, solo campo abierto, tierra y hierbajos calientes aún de haber estado todo el día al sol. En el horizonte, las luces de Portón y Osandía. Busco un matorral que me ofrezca intimidad.
El aire es el más puro y agradable que conoceré, y probablemente también la edad y las circunstancias. Lamentablemente soy incapaz de razonarlo. En el futuro descubriré que es muy difícil darse cuenta de que uno es profundamente feliz justo en el momento en que lo es.

–Es injusto –dice alguien.
Se me corta el chorro. Jota podría verme la polla a la distancia que está. Mi polla flácida a la luz de la luna. El matorral no es tan alto para taparme.
Ocurre algo extraño. Decido que me da igual que me vea, y ella ni siquiera me mira. Ve más allá. Por encima de mi hombro o por detrás del suyo.
Luego dice:
–Perdona.
–Da igual.
–¿Hablas mucho en voz alta?
Mierda. Creo que cada vez más. Obviamente no estaba verbalizando razonamientos sobre la felicidad. Creo que rajaba sobre Tebas. Creo que me ha irritado más de lo que pensaba volver a verla.
–No. No.
–Da igual. Tebas es Tebas. Hace falta tiempo para quererla.
Yo la quería.
–Quiero decir para quererla, no para querer que sea tu novia o algo así. Muchas veces es distinto.
Esta chica me lee el pensamiento.
Acabo de mear a duras penas. Me la sacudo y la meto en los calzoncillos, donde suelto dos gotas más.
–Ya mismo te vas del pueblo, ¿no?…
Dios mío… Me doy cuenta de algo, aunque una vez más no sepa articularlo. De golpe tengo un arrebato de relativa omnisciencia. La frase de Jota está cargada de significado. Obviamente su expresión ayuda a verlo, sus ojos enormes, sus formas, sus pecas, su pie derecho pateando con descuido una piedra. La sonrisa contenida marca de la casa.
Jota ha estado siempre ahí, observando. Mirando mientras yo miraba en otra dirección. Pero nadie me hablaba de Jota. ¿Nadie lo hacía? No al menos verbalmente. Ahora recuerdo reacciones y miradas. Quizá distorsione algo. Es obvio que mi mente pajillera no es fiable.
Me entra el miedo.
–Bueno, voy a…
Hago ademán de volver con el grupo.
–¿No quieres quedarte aquí un rato…?
Parece dolida un instante. El corazón me da un vuelco.

El suelo se nos clava en el culo. Nadie me hablaba de Jota, pero sí le hablaban a Jota de mí. Por ejemplo: ha corrido un rumor en el pueblo sobre Tebas y yo. Una historia siempre distinta según a quién preguntes, pero que siempre acaba igual. Le cuento a la francotiradora que no ha pasado nada entre Tebas y yo. Ella me lo deja pasar; pero es obvio que entiende que la gente haya imaginado otras cosas a partir del asunto del manuscrito.
Sin embargo Jota mantiene una conversación conmigo ahora, y no es propio de quien se suele subir a un campanario con un Rifle.
Fui un privilegiado con Tebas. Luego con Anitina. Y ahora con Jota.
Mientras Jota me habla de lo que siente, soy tan capullo que me da por pensar en este privilegio mío, que hace que estas chicas especiales se me acerquen pero ninguna quiera follarme.
–Estás en otra parte –dice Jota.
Reculo. Respiro…
He estado a punto de alejarme de ella con cualquier excusa, pero algo me retiene. Ella no tiene la culpa de la frustración adolescente. Ella es más lista que tú, y probablemente ya lo sabe. Pero no se lo demuestres.
–No me has contestado –dice.
–Perdona, me he despistado un momento.
–No, antes no me has contestado, después de mojarte los calzoncillos.
Mi mente con un cohete en el culo.
–Ah… Tres días. Me voy dentro de tres días.
Mi padre viene para el siguiente fin de semana. Nos volveremos con él.
Al pensar en ello se me hace un nudo en el estómago. Esto se acaba. Recuerdo algo que no ayuda: Jota no es de Periferia. Le pregunto.
–Penacho –dice. Una ciudad a más de mil kilómetros. Allí tiene sus planes y deberes. Dice que aún no sabe cuáles quiere que sean. Sus padres la presionan. Es inteligente, despierta, rápida, chica de Excelentes, prudente, práctica, intuitiva, mordaz. Tremendamente prometedora.
–Eso me dicen todo el puñetero tiempo. Lo cual se supone que me aboca a algún trabajo sofisticado de alto perfil. Nada de servir mesas o ser peluquera. Y ser ama de casa es veneno. Los padres que “quieren algo mejor de lo que han tenido ellos para sus hijos”, se vuelven increíblemente esnobs. Es una especie de clasismo laboral. No saben cómo pueden llegar a asfixiarte con eso. Ni comprenden el riesgo que hay de que te conviertas en una gilipollas observando ese temperamento. No sería la primera. No parece que les importe mucho si logras ser feliz; quieren que los demás te admiren, aunque acabes con un trabajo reluciente y de mucha responsabilidad que te mantiene amargada de lunes a viernes.
No creo que lo diga así, pero la cosa va por ahí. De haber sabido que este verano sería tan importante para mí, hubiese tomado notas de todo. De todas formas no creo que exista la figura del narrador fiable.
–Pero qué sé yo –acaba Jota–, quizá sólo les preocupa tu espalda.

Hemos estado sentados juntos, rozando nuestras rodillas, y qué sorpresa: No ha pasado nada.
Luego me hago un paja de campeonato en la cama. Al acabar me da un bajón olímpico. Ahora la puñetera Jota me gusta, pero eso ya no va a ningún lado. Dentro de nada nos separaremos. Ella se irá un día después que yo. La he acompañado a su casa. Nos hemos largado sin despedirnos. Me ha informado. También habla con los ojos, pero no son mensajes precisos. Su mirada antes de entrar en casa ha sido como ver 2001: Una odisea del espacio por segunda vez, sin esforzarme ya obcecadamente hasta acabar dormido. (Juro que no es un pensamiento a posteriori).
Mientras saboreo el bajón, voy al baño a lavarme la cara. Lo que necesitaría es una ducha fría.
Pienso en lo que me ha dicho Jota de querer a Tebas, pero de quererla de verdad, no como a veces quiere la gente a alguien como pareja. Como trofeo. Supongo que se refería a eso. Trofeo o propiedad privada sexual. Hay un tipo de amor más puro que el teóricamente romántico. Pero tengo un cuerpo y una polla. Tengo una necesidad imperiosa. Soy un ser humano, y encima un chico, y encima de dieciséis años. Nos las queremos follar a todas. Está en nuestra naturaleza. Y si no lo entiendes, te jodes. No te queda otra.

Paso dos días recordando el verano en el pueblo. Y aún sigo en el pueblo. Sólo dos toallas donde siempre. Sólo viene Anitina. Me dice algo de su prima y mi colega. Se han ido fuera, a Portón. Pasan una noche allí. Deben haber inventado alguna milonga para sus padres. Alguna habitación les espera.
Hace bastante que me dan igual las aventuras de la lengua de mi colega. Y ahora ya ni siquiera me afectan las de su polla. Quizá sí que era más lanzado que yo. Puede que no todo fuesen mentiras. Puede que yo deseara con todas mis fuerzas que él fuese igual que yo. Me llego a plantear si habré sido un lastre para él.
Paso dos noches en casa, no estoy para ferias ni orquestas. Anitina lo comprende, aunque le prometo que saldré un rato la última noche.
No me apetece encontrarme a Jota, camino mirando al suelo yendo a la piscina. Estoy agotado, intento que todo esto acabe sin más novedades.

La noche del penúltimo día tengo un sueño. Estoy en el asiento de atrás de una camioneta en marcha, llena de gente. Protagonistas. Mi colega y Tebas y Asun y las primas, hasta las cantantes de la Orquesta Sensaciones. Y Jota se vuelve y me mira desde uno de los asientos delanteros: parece sonreír. Una luz crece tras ella, subrayando la silueta, acrecentando la leyenda repentina. Un camión viene de frente.
Supongo que hoy volvió mi colega, pero no se ha presentado en la piscina, y yo no he salido por la noche. Hay algo tremendamente deprimente en ello.

El último día se vuelve a reunir el grupo en la piscina. En determinado momento me quedo solo con mi colega. Dice gilipolleces y burradas, pero no presume de nada. Se reserva información: Lo que indica que ha pasado algo. Y no debe haber ido mal, porque ella sigue pegada a él, culo y mierda. A veces preferiría el vacile, la verdad a la cara, bromas crueles sobre mi ineptitud con las chicas. No quiero saber nada más de la virginidad. No puedo acabar siendo esa clase de chico, el amigo de las chicas, el amigo gay heterosexual, el chiquito emasculado con una sensibilidad especial. No soy ese chico, no soy esa persona, no adoptaré ese papel que la gente del futuro adorará.
Aún no lo entiendo bien, pero tengo toda la vida por delante. Cuántas veces habré oído eso. Pero el momento presente es crucial, es ahora cuando las cosas deberían suceder. Los mismos que te hablan del inabastable futuro son los que dicen que pronto se te acabará el chollo. Los adolescentes aún no entendemos muchas cosas, pero los adultos parecen no entender su hipocresía, los discursos cruzados, y que en realidad se han hecho mayores pero no más listos. Tienen más información y experiencia, pero eso no les suele hacer más inteligentes.
La tarde es rara de narices. Otra vez. Es la última y absolutamente todo es distinto. Todo es igual y distinto a la vez. Las imágenes, los sonidos. Hasta mi capacidad para ponerme cachondo como un mono ha cambiado.
Se produce algo extraño entre mi colega y yo, cuando nos estamos bañando y comenzamos a jugar a las ahogadillas. No es propio de nosotros, no nos pega. Anitina nos reprende sentada en el borde.
–¿Qué coño hacéis?
No tengo la sensación de que sea ningún tipo de ritual masculino para hacer las paces, no estábamos exactamente cabreados. Nos reímos y tragamos agua y pis, manoteamos bajo el agua cuando la cosa de pone fea. Nos hacemos lo que pensamos son llaves de judo.
Algo de tensión se diluye.

La última noche.
Mis padres se van a dormir temprano. Me dicen que salga cuanto quiera, pero que he de estar de vuelta a las cuatro y media de la mañana. Quieren salir a esa hora para evitar atascos en Sonora. No dormiré en la cama, pero podré dormir en el coche. Decido que es lo más sensato. Sal a ver qué pasa, aunque de entrada la noche se presente de lo más bajonera.
Me encuentro en la verbena con mi colega, Anitina y la primita. La pelea de idiotas ahogándose parece haber estabilizado la relación con mi colega. El grupo parece más compacto. Anitina y yo ya no caminamos con dos babosas a diez metros de distancia. Pareciera que el hecho de haber follado haya equilibrado la sed de la parejita: están preparados para volver a relacionarse con otros seres humanos.
La Orquesta Centella lo da todo, masacran el Don’t Stop Me Now de Queen.
Hemos arrastrado a Dani fuera de casa. Anitina le ha dicho que cómo se la va a chupar alguna vez si nunca quiere salir de ese cuchitril. Lo ha dicho delante de su madre.
Lo paso mejor de lo que esperaba. El tiempo se acelera.
Dejamos que el suelo se nos clave en el culo en la zona de las pequeñas hogueras. Anitina se encarga de la hierba seca y las ramitas. Estamos lejos de los otros grupos. Creo ver a Tebas, a mucha distancia, yendo de una lumbre a otra. Estás lejos y la siento lejos, pero enseguida me invade una tensa duda. Así como Tebas está lejos, Jota podría estar cerca. Así funciona muchas veces. Si Tebas nos ha visto, es probable que lo largue.

Pensaré en esta noche en concreto cuando me los encuentre a todos quince años después en Facebook. La sensación más que los detalles. El grupo más o menos unido, todo lo unido que puede estar un grupo de más de tres personas. Mi yo salido aunque ya de un modo distinto, mi colega recién aliviado (transformado) por la primita, Anitina provocando que pasen cosas, guardando algún secreto sobre con quién folla o ha follado. Dani aún sorprendido de que haya vida útil después de la Bancalera.
No miraré demasiado las fotos de Facebook. Hay algo que querré preservar intacto. Cuando vea la cuenta de Jota, ya treintañera, me saldré escopeteado.

Cuatro de la mañana. Nos despedimos cerca de las instalaciones de la piscina. Quien no se va mañana se va pasado. La noche ha transcurrido tranquila. Anitina me da un abrazo como el día de Las Follonas. Tiene los ojos empantanados. Yo no sé qué decir y ella se ríe de mí. La primita me da dos besos, tan incómoda como yo. Abrazamos parcialmente a Dani; “parad, me vais a poner cachondo”. Mi colega me choca los cinco. No sé cómo describir el momento. Dice algo así como que ya nos veremos al año siguiente. Pero queda toda una vida para el año siguiente. Los dos chavales de hace mes y medio no habrían necesitado despedirse o decir nada.
Ahora cada momento que recuerdo mientras vuelvo a casa solo, resulta embriagador. Una constatación de la felicidad, inasible en su momento. No volveré a ver a estas personas, pienso, y es tal cual. No las volveré a ver, aunque las vea. Estas personas han sido este verano, y este verano se acabó.

Mis padres ya meten el equipaje en el coche cuando llego.
Tengo que contar bien lo que queda, porque el romanticismo que está por llegar es más propio del mundo de la ficción que del mundo real. No puedo jurar que pasó exactamente como va a pasar, pero haré el máximo esfuerzo posible por atenerme a los hechos.
Una vez el coche cargado, mi madre acomoda el asiento trasero con una manta para que pueda dormir, aun encogido. Mi padre bromea con que si estoy borracho. Le digo que sólo he tomado una cerveza en la verbena, lo cual es la pura verdad, pero suena únicamente a mentira.
Se cierra la segunda residencia hasta el año que viene. Qué importa cuánto tiempo me queda por delante, sólo cuenta el presente, y aunque este no sea dramático, no se puede negar que es deprimente.
El coche se pone en marcha. Cuando supera la primera curva, es como si me hubieran extirpado algo. Lo siguiente es una carretera que serpentea sinuosa dirección Salida del pueblo. Campo abierto a un lado, sierra al otro. Aunque el campo que tengo a mi izquierda no ha sido uno de mis emplazamientos habituales, veo un par de hogueras. Grupitos.
Uno de ellos levanta unos vasos de plástico en dirección al coche. Bromean.
Intento reconocer las caras.
Y, para mi sorpresa, lo consigo.
JODER.
Todo lo que sucede a continuación es impulsivo. Podría haber sido un desastre, pero creo que fue bien, y desde luego será recordado personalmente como un momento épico. La clase de mierda bendita que contar a los nietos potenciales. Otra verdad que sonará únicamente a mentira.
Le digo a mi padre que pare el coche. Que pare el coche. Por favor. Mi padre me comienza a increpar. No quiere parar el coche. Nos vamos, qué dices. Joder. ¿Es que te has olvidado algo? Me cago en Dios.
Y qué le iba a decir. Le digo que no vuelva atrás. Sólo que pare el coche.
Mi madre observa al grupito a unos cien metros:
–¿Es que no has tenido tiempo de despedirte?
Mi padre resopla y frena. Mira por el retrovisor. La carretera es traicionera. Estrecha, poca visibilidad.
–Me cago en Dios. ¡Ves rápido, nos van a dar por detrás!
–Anda que tú –murmura mi madre–. Pero si no hay nadie.
Salgo del coche y me meto en el campo de hierbajos. Camino con celeridad.
Una de las integrantes del grupo se pone en pie. Observo que es Tebas. Y Tebas tira de la camiseta a otra chica.
Jota.
Jota me ve.
Tebas le dice:
–¡Míralo!
Tengo toda la sensación de que hablaban de mí, aunque nunca lo sabré.
Jota tiene la mirada turbia. De haber llorado o bebido, o ambas. Parece incrédula de verme. Como si fuese demasiada casualidad. Demasiado apropiado.
Ve el coche algo lejano y adelantado en la carretera, percibe mi impulso, y que no miro a nadie más.
Tebas, en pantomima de aburrimiento, dice:
–Es ahora o nunca, niña.
El primer beso entre dos personas no parece propio de ninguna de las dos. Hay unos segundos de amoldamiento. Buscar acomodo para los labios e intuir cómo le gusta a la otra persona usar la lengua. Mi sensación notando sus labios y su lengua es la de las rodillas temblorosas y los pies flotando a un palmo del suelo. No podré creérmelo ni una semana después, cuando se lo cuente a mis colegas de Periferia. Ella me rodea el cuello con los brazos, yo le pongo las manos en la cintura. Tebas las coge y las baja hasta el culo.
–Aprieta, hombre.
A las otras chicas, Asun incluida, les da por aplaudir y dar berridos. No brilla el sol y es evidente que están borrachas. Y también lo está Jota. Pero obviamente nada de todo eso importa.
El tiempo se acorta para nosotros y se hace eterno para los demás. Esto podría ser abuso o violación para la gente del futuro. No tengo idea de lo que dura el beso, pero no son treinta segundos. Ni un minuto. Habría que subir bastante la apuesta.
En cierto momento ella se despega y se da la vuelta. No dice nada: ya es tarde para eso.
Tebas se acerca y me da un pico cogiéndome de los mofletes. Dice:
–Adiós, niño.

Exagérese o adórnese a su gusto en el futuro.

Lo siguiente que mi mente procesa es un despertar hecho un ovillo en el asiento trasero del coche. La conducción segura de mi padre, el gesto adusto con gafas de sol de mi madre.
Está amaneciendo. Me gusta ver amanecer desde el coche. Agarro mi Walkman. Trasteo entre las emisoras de radio. No sé por qué, pero una está emitiendo un disco completo de Ella Baila Sola.
No es mi rollo, pero resulta que concretamente ahora entra como agua. Aturdido, sorpredentemente descansado, con el amanecer casi estático y todo lo demás móvil. La cosa aún mejora cuando mi madre dice:
–¿Quieres un bocadillo?

años-90