Una vida estética

Sonora. Los pensamientos de J. La habitación de J. acapara el mundo privado de J.; intenta ser un reducto fortificado contra el enemigo: los padres, el mundo. Los profesores. El instituto es el trabajo de los adolescentes: La rutina oficinista de los pajilleros y las niñas que comprueban sus tetas en el espejo.
Un futuro inabastable por delante imposible de entender en su actual mundo a cámara lenta.
J. quería tener un pestillo en la puerta de su habitación. Papá dijo que nanay. Mamá apuró la copa de vino.
A veces piensa que esa carencia de pestillo es la razón principal por la que aún no ha follado. ¿A dónde supone que tendría que llevar a la minidama de turno de recientes curvas, a un descampado?
J. habla en vivo y en digital sin parar con N., otro chico que parece el protagonista de un documental sobre el suicidio adolescente. Delgaducho, de sobresalientes casi sin mover un dedo, ocasionalmente víctima de bullying. La mirada siempre alerta ante las miniaturas de Pornhub. Cada día. Unas manchas sospechosas en la silla de gamer: da igual cuánto frotes.
Intimidad inevitable tan vieja como la Historia.

Los martes son los días que te hunden la daga de verdad. Los lunes están sobreestimados. Nadie te prepara para los martes. Vuelta al curro adolescente. El plan se comenzó a fraguar un martes.

Una charla sobre las armas de fuego antes de entrar a clase. El resto de alumnos, todos cromos repetidos discurso concienciador mediante, hablarían de la abolición. J. y N. hablan de su funcionamiento, de cómo conseguir un par de AK-47. Tienen fama de ser sencillas de utilizar. Pon el telediario, hasta los niños negritos escuálidos son buenos tiradores con un AK-47. Pero no ha de ser fácil conseguir dos en el mercado negro, y munición, y todo a un buen precio.
J. y N. conocen de sobras los casos tipo Columbine. No son ciegos a los dramas y los debates recurrentes. Son íntimos del ruido mediático igual que sus compañeros. Pero ahora tienen un objetivo, un camino de baldosas amarillas que opacan las consecuencias.
–Nadie habla de ese minuto –dice J.–, cuando lo acabas de hacer. Todos hablan de la cárcel o tu vida echada a perder. Pero no hablan de esos segundos de brutal alivio desconocidos para la mayoría. El alivio que se debe sentir cuando le acabas de disparar en la cara a alguien a quien odias con toda tu alma.
–O porque odias lo que representa –murmura N.
–No te quiero mentir, yo no sé bien por qué quiero hacerlo, sólo sé que quiero hacerlo.

Lo saben y no lo saben. J. a veces cree saberlo, estirado en su cama mirando al techo.
Piensa en el ambiente que se ha generado en el instituto. Se está contagiando de las universidades cierto pensamiento monolítico. Lo peor es que esa corriente empieza por los profesores. A un lado tienes el bullying, y al otro a los activistas teóricos. A un lado la violencia, al otro el sectarismo con coartada. Apolíticos estúpidos y politizados extremos.
Idiotas de siempre e idiotas de nuevo cuño.
Una vez N. le oyó decir a su padre que las nuevas generaciones aún no habían encontrado un buen sustitutivo para el guantazo en lo que a criar hijos se refiere. Cuando mira al techo en su propia habitación, piensa mucho en eso. Sus padres forman parte quizá de la primera generación que siempre se contiene de darte una buena bofetada si como hijo les vacilas, manipulas o puteas de alguna forma, cosa para la que estás perfectamente dotado desde que eres un bebé. Ahora puedes ser un mal bicho consentido, un auténtico gilipollas tocahuevos, y tus padres no pueden tocarte un pelo.
Como en todo, piensa N., es verdad lo que dicen, siempre es MUCHO más difícil enseñarte a pensar que darte una hostia.
Como en el instituto ahora sería aún más grave si cabe darte una hostia, en lugar de buscar el modo de enseñarte a pensar, te dicen LO que tienes que pensar sobre toda acción o dinámica del mundo, y que si no piensas como te digan, eres y serás a todas luces una mala persona.
Obviamente, el profesor o profesora (o adulto invitado) que se dedica a dar semejantes discursos cerrados, no puede permitir que se le ponga en entredicho, porque, aunque lo negará obcecadamente, la base de sus intenciones no es educativa, sino ideológica.
¿Eso quiere decir que no puedes estar de acuerdo con nada de lo que diga? No. El problema es que tienes que estar de acuerdo con TODO lo que diga.
Las nuevas clases de Ética. Moralidad universitaria yankee que llega en cuatro o cinco años a cualquier rincón del mundo.

Problemas de infinita gravedad y complejidad que el ser humano no ha logrado solucionar a lo largo de su Historia, reducidos a lemas concretos y un primoroso dedo que te señala: eres el culpable.

Es una sensación en parte subjetiva. El instituto no es un infierno, pero a menudo es percibido como tal, y algunas decisiones académicas son harto discutibles. Hay gente que parece pensar que lo nuevo siempre va a ser mejor. Pero lo nuevo de entrada sólo es distinto. Es crucial lo que crece en las mentes de J. y N., chicos obedientes que se sientan en pupitres discretos y que llevan toda su vida cumpliendo órdenes. Y que ahora además toman conciencia de que su punto de vista no vale para una mierda. La “renovada” moral les quiere absorber en una dirección identitaria. Como si antes de nacer eligieras sexo, raza y ubicación geográfica. Dos críos blancos que encima no tragan. El último año los padres de ambos han visitado dos veces el despacho del director.
Los padres vuelven a casa sin saber lo que ha pasado.
Las madres querrían estar de acuerdo con lo que han oído, pero no lo tienen demasiado claro. Parece estar produciéndose una complicada disensión entre feministas y feminismo.
Casi nadie se atreve a mencionarlo. La mayoría porque no saben cómo sin meterse en un pequeño lío, otros porque creen ser demasiado viejos para entender ciertas tendencias.
En una reunión se les dice a los padres de todos los críos que deben reconocerse como privilegiados. Tienen que dar ejemplo a sus cachorros varones. Las madres se miran entre sí, a algunas se les escapa la risa viendo la cara de sus maridos, tíos cincuentones que no conocen otra cosa que el trabajo, y que empiezan a sospechar que ese nuevo dolor en un costado podría ser otra hernia.
Las charlas teóricamente feministas o radicales en el teórico mejor sentido, son cada vez más habituales en el centro. El director escurre el bulto cada vez que alguien le inquiere sobre el tema. Un nuevo inconfeso grano en el culo.

En una de las ocasiones, J. y N. fueron los únicos que se atrevieron a reaccionar cuando una mujer ajena al centro dejó espacio abierto a las preguntas después de repetir expresiones como «terrorismo machista», «racismo interiorizado» y «capitalismo heteropatriarcal» unas treinta veces cada una.
Una de las novedosas normas era que no puedes hablar con una persona racializada sin dejar claro que tienes en cuenta su raza. Has de reconocer tu privilegio blanco en todo momento. A lo que N. dijo:
–¿Cómo se hace eso? ¿Digo algo como: “Quiero que sepas que me he dado cuenta de que eres negro”?
J. sólo se río un segundo. El resto de la clase era el funeral de Martin Luther King, a quien por cierto algunos ya consideraban racista.
En la otra ocasión que llevó a los padres de ambos al despacho del atribulado director, se tocó el tema de la violencia machista. Un treintañero, también ajeno al centro, explicó a la clase cómo y por qué los hombres matan a las mujeres por ser mujeres. Comenzó a escribir estadísticas terribles en la pizarra como si de alguna manera fueran emocionantes en positivo para él. Nadie podía negar la realidad, los hechos, los números. El treintañero gesticulaba con el puño derecho cerrado, como si contuviera con fuerza la Verdad entre sus dedos. Tenía RAZÓN y lo sabía. Y con ese mullido colchón de violencia irrebatible, comenzó a hablar de estereotipos masculinos y femeninos impuestos, y también de construcciones sociales (casi todo lo eran, los seres humanos no habían elegido prácticamente nada). Se alumbró como el “aliado” definitivo, un estudioso del Mal, del que se reconocía parte como hombre blanco hetero. Sólo le faltó acarrear una cruz de madera de setenta kilos, y arrastrarla desde la clase hasta el patio con todas las niñas y profesoras escupiéndole y tirándole verdura podrida. Para cuando le clavaran la lanza en el costado ya se habría corrido en los calzoncillos.
J. señaló los números y dijo:
–¿Todas esas mujeres han muerto por ser mujeres?
Y el tipo repitió algo que ya había dicho.
–¿Entonces nos lo tenemos que creer y punto?
Y el tipo, ya algo mosqueado, volvió a repetir algo que ya había dicho.
A lo que N. añadió:
–¿Para reducir los casos de violencia no sería mejor estudiar los motivos diversos por los que se produce? Alguna vez he leído que los asesinatos por violencia doméstica acostumbran a empezar siendo una pelea. Peleas cada una con su contexto, y en las que gana entre comillas el hombre porque suele tener más fuerza física.
Y la profesora intervino y zanjó el debate. Nos vamos a publicidad.

J. y N. suelen pasar las tardes en casa de N. Sus padres trabajan hasta tarde y la consola y el abismo de Internet están a mano. Se acercan las vacaciones de verano. Un mes. Quieren hacerlo uno de los últimos días, cuando a todos les brillen los ojos y ya se vean de botellón, follando o de manifestación. Pero conseguir las armas sigue siendo un enorme escollo. Sonora no es Texas.
A veces surgen los titubeos. Todo lo que pensamos se derrumbará cuando peguemos el primer tiro, dice J., el primer muerto nos quitará la razón en todo.
–Creo que empiezas a hablar como Ellos –dice N.
–No pretendo sonar virtuoso, sólo te digo lo que pienso.
–¿Eso te preocupa?
–No lo sé. Sigo teniendo muchas ganas de hacerlo.
La violencia física es algo terrorífico en sí, quizá lo peor que existe. El hecho de introducirla en el instituto, donde todos la repudian siempre en voz alta, y a menudo como recurso para lograr otras cosas, puede resultar prometedoramente embriagador.
–Siempre dicen que tienen miedo todo el tiempo –dice N.–, y que los demás también deberíamos tenerlo de lo que podríamos hacer o nos podrían hacer, por ser blancos, negros, hombres, mujeres, trans… Que tengan miedo de verdad por una vez. Dos chicos blancos, ¿no? Estamos imbuidos de nuestra naturaleza. Si tanto les gusta tener siempre la razón, que se mueran con ella.

Cada día parece más largo que el anterior. Las vacaciones en el horizonte. El plan es destruirlas, destrozar a un puñado de familias con un puñado de funerales. Ataúdes tamaño pajillero. Chicos y chicas monísimos con los que el maquillador de la funeraria tendrá casi todo el trabajo hecho.
El principal motivo para ello es que no hay un motivo concreto que lo merezca. Puede que a un bullie le viniese bien una hostia a la vieja usanza, como a un gilipollas neonazi; pero los demás sólo son novísimas fashion victims. Fans de esas nuevas percepciones y sentencias que a veces funcionan fenomenal sobre el papel; seguidores autocomplacientes de las más rebuscadas teorías sobre lo malo que es todo el mundo y lo buenos que son ellos. Repetidores de una señal. La primera generación que sabe ver el mundo de verdad. La anterior no les llega a la suela de los zapatos, y el resto es todo senectud y fascismo.
Adolescentes de manos suaves, tecnológicos y de autodenominación anticapitalista que siempre huelen fenomenal y creen que todo el mundo debería follar sólo acordándolo antes verbalmente, y sin descuidar la perspectiva de género. Los matices no existen, los grises son el Demonio, el lenguaje no verbal, un tema tabú.
Y la ciencia ya veremos.
El mundo es sencillo. ¿Por qué carajo el resto no lo vemos?
Una generación de sofisticados ignorantes hijos de la gimnasia mental que no merece morir a tiros.

Y los profesores.

J. y N. hablan mucho de ellos en sus tertulias de Play Station. A veces se plantean seriamente el cargarse sólo a los profesores. O al director; ese pobre bastardo sedentario que no puede verse la polla desde hace treinta años: un ser funcionarial cuya vocación se quedó con el peinado afro. Se lo imaginan casado con un cadáver de sillón y televisión.
Puede que todos. Puede que los profesores. Quizá sólo el director. Pero siempre vuelven a la idea inicial: TODOS LOS QUE PODAMOS.

A J. le sorprende la ligereza del arma. No puede creer que ya haya llegado el día. Once de la mañana, las clases llenas. Tres días para las vacaciones. Han trazado un ruta para cada uno, buscando dar la sensación de encerrona. Sólo son dos, pero Ellos no lo saben.
Abre la primera puerta que se encuentra. Ejecuta el primer disparo. El impacto lo recibe una chica en el cuello. Los gritos del resto son ensordecedores, el profesor se ha metido bajo su mesa, J. cree haberlo oído suplicar.
La chica borbotea sangre por la boca, un sonido de atragantamiento. Sus ojos miran eléctricos de pánico a J.
Y J. despierta.

N. es ametrallado muchos días a preguntas y sugerencias de sus padres a la hora de comer. Para ellos el presente es irrelevante y la juventud es una trampa. Te entretienes demasiado en vagar y oler culos, y no piensas en tu yo de cuarenta años. ¿Qué va a ser de ese tipo?
N. nunca se lo ha dicho a J., pero su apetencia por explotar viene dada en gran medida por el irritante discurso de sus padres sobre la responsabilidad. Un discurso mayormente basado en el miedo. El futuro te tiene que dar un miedo de cojones. Prepárate para el futuro todo lo que puedas. N. sabe que hay algo de verdad en ello, pero lo hacen sonar como si te fueran a mandar al matadero.
N. nunca, jamás, bajo ningún concepto, les discute nada a sus padres. En el pasado eso le trajo algunas alegrías; ahora se siente como un barril de dinamita en la sala de máquinas de un barco.

Cuando has bebido tanta cerveza que luego en el baño meas a intervalos, J. lo llama: mear en streaming. N. los viernes por la tarde siempre dice:
–¿Hacemos un 1080?
Los videos a 1080p son los que más se paran. El guiño es obviamente al porno.
Hay un chino que sirve cerveza a niños y mayores. Se quedó con un bar antes regentado por dos hipsters que lo anglificaban todo para encarecerlo, y lo convirtió en un local despersonalizado que se dedica a la cerveza y el café. Ambos de una calidad discutible, pero arrastrando los precios. El sitio ha mutado en lugar de reunión para adolescentes y borrachos del barrio.
J. y N. ocupan una mesa rodeada de grupitos de chicos y chicas. Los chicos y chicas guays se juntan entre ellos. Igual que los marginados o automarginados hacen lo propio. Pero todos se congregan en el chino. La ONU adolescente.
Hoy es otro viernes y las mesas están llenas de caras habituales.
También está Alfredo el borracho. Cuarenta y muchos. Todos le saludan y se ríen de él. Se sienta siempre en la misma mesa y mira sin ningún tipo de disimulo a las niñas de dieciséis y diecisiete años. No suele decir nada más allá del saludo. Algunas de las chicas, con el suficiente alcohol en las venas, a veces se sientan en el regazo de Alfredo para reírse de Alfredo. Cosa que Alfredo agradece, alguna vez con una visible erección bajo los raídos tejanos. Todos estallan en risas. Si te pones a encadenar chicas menores en Instagram, es muy probable que te topes con el careto de Alfredo en medio de un centenar de poses playeras en varias cuentas.
Todos los habituales de la terraza aprecian a Alfredo en el fondo, pero sólo J. y N. han llegado a hablar con él más allá del exabrupto.
J. ha pensado en él últimamente. Alfredo, además de beber, también escribe y pinta. Y es sabido que folla con putas, aunque no se vanaglorie de ello. Su principal actividad parece ser creativa, y su sustento parte de una herencia. O al menos eso se cuenta.
Una vez pidió permiso a J. y N. para sentarse a su mesa. No había sitios libres. Llevaba una gran carpeta bajo el brazo, uno de esos cartapacios de artista. Pero no llevaba ninguna de sus obras pictóricas, sino textos escritos a bolígrafo, llenos de tachones y apuntes al margen.
N. le preguntó al respecto. El tipo desplegó sus folios por la mesa. Era un largo relato.
–Pero no es una novela –aclaró. Era un borracho tipo Hemingway, apenas se le notaba; o sí, pero era un borracho funcional. Había hecho del alcohol otra parte inherente a su anatomía.
N. estuvo leyendo un poco en diagonal. Al rato preguntó:
–¿Cómo acaba el relato, Alfredo? –Había algo en su presencia que te impulsaba a pronunciar su nombre, como si no pudiera haber término medio entre reírte de él o tenerle un sincero respeto.
–Da igual cómo acaba, hombre. Qué manía tienen todos ahora con el principio y el final de las cosas. Lo que importa es la ESTÉTICA. La estética de las cosas, tío. ¿Esas tías te gustan por cómo acaban?
Balbuceaba, pero intentaba encontrar el punto;
–La estética en el sentido más amplio, ¿entiendes? Y no hablo del buen gusto, joder. Hablo de la estética, de la resonancia. Todo lo demás es mecánico o secundario. Qué coño importa si Marlon Brando muere al final en Apocalipsis Now. Joder, ha sido todo un puto viaje. La muerte o la vida o el beso o la boda o el divorcio… todo eso sólo es un puñetero cierre. La clave está en la estética. La clave está en que hayan logrado correrse dentro de ti. Porque lo notarás. Eso te vuelve a invadir dos días después, o una semana, o años después; recuerdas y piensas: JODER, aquel puto libro… Se te corren dentro y el embarazo dura para siempre, pero sin los vómitos, la pesadez y la putada del parto. Es un embarazo de belleza, trascendencia y placer en la boca del estómago. Ahí está la clave. La estética. Funciona para el arte y funciona para la vida. Aunque de forma distinta, claro está.

Funciona para el arte y funciona para la vida. J. ha vuelto a pensar en ello. Funciona para el arte y funciona para la vida, aunque de forma distinta. Pero Alfredo se quedó ahí. No importó demasiado, J. ha ido intuyendo con el tiempo a qué se refería con todo ese discurso. En lo relacionado con el arte es relativamente sencillo entenderlo; basta con poner un mínimo interés, con ser algo más que un puto vegetal que compra cosas. En la realidad es menos sencillo verlo, pero también hay actos estéticos. Suelen tener que ver más con la intuición o lo inexplicable que con la ética o la amabilidad. No tiene ningún mérito ser amable o ético si te han “programado” para ello. Si has nacido y crecido en un lugar relativamente libre de conflictos realmente jodidos, ser una persona ética y educada no es para tanto. De hecho quizá tengas que hacer más esfuerzo para ser un gilipollas, o al menos tener un entorno inmediato decididamente turbio. Cada día mueren buenas personas que tampoco tenían tanto mérito, y que no han dejado nada destacable o estético tras espicharla. Sólo fulanos y fulanas con el kit de buenas intenciones y excusable hipocresía habitual.
Todo este asunto de la estética genera serias dudas a J. Se lo hace saber un día a N., esta vez en la playa, en un intercambio de toalla:
–No estás hablando de la estética, J., estás hablando de la moral. Lo estás disfrazando para que no suene tan evidente.
Quedan dos semanas para las vacaciones.
–No me has entendido –murmura J.–, tal y como me siento ahora, me importa un carajo lo que está bien y lo que está mal. Pero hay algo en lo de entrar allí a cargarse a la gente que choca con lo que he dicho, y eso sí me importa.
–No me jodas…
–Para empezar es previsible que te cagas. Nosotros siempre decimos que se están importando chorradas de Estados Unidos. ¿Liarla en un instituto no es una de esas cosas? ¿Has pensado qué quieres hacer luego?
–Qué coño sé qué quiero hacer luego. Sólo sé lo que quiero hacer ahora.
–¿Ahora? Quedan quince días de trimestre… Y no hables tan alto, joder.

No se volvieron a ver extraescolarmente en una semana. Se hizo un silencio trascendental entre ellos, incluso digital.

J. pasó la semana así:
Quiero que sepas una cosa: no quiero que sepas nada de mí. Lo de hacer planes, lo de la estética y la violencia verbalizadas. Cuando tenga treinta años nada de esto habrá pasado. Pase lo que pase intentaré llevar una vida estética a partir de ahora. Pero no te daré explicaciones, hombre del futuro, mujer del futuro, querida, amada, amante o fulana. Seré yo y no seré yo, sólo existirá el presente, el pasado será negado o inventado. No seré un terrorista, no seré un violador, no tocaré a una mujer a menos que vea una clara luz verde en sus ojos. No atizaré a ningún soplapollas, rancio o progresista, a menos que él lo haga antes (entonces no responderé de mis actos). No votaré a los conservadores por más que me irriten los “progres” de boquilla. No hablaré con nadie pensando en su color de piel, no aplicaré condescendencia, no intentaré sonar como la persona más virtuosa del lugar, no daré discursos de dictador criticando las dictaduras. No catalogaré fachas desde un sesgo fascista. Tendré mi “habitación” limpia y ordenada, me esforzaré mucho en que eso sea así. Follaré duro cuando toque y tocaré la zambomba cuando nadie quiera tocarme. Envejeceré si el cuerpo aguanta, y lo dispondré todo para morir viendo un atardecer, aunque me parta el alma dejarte sola.

Y N. pasó la semana así:
Lena Paul se la chupa a un fulano disfrazado de mecánico de peli porno de los 80. Mia Malkova recoge “su casa” en ropa interior, y eso es todo. Riley Reid deja a un tipo al borde del desmayo en un decorado de luces estroboscópicas: está disfrazada de Harley Quinn. Fotos de Jordan Capri por doquier, son una droga. Angela White enseña a una chica virgen muy experimentada a mamársela a un arrendatario de fincas de 110 kilos sin una gota de grasa. Cherie Deville cabalga en un sillón de tres plazas sobre un amigo de su hijo: al principio él se resiste, pero finalmente sucumbe a la persuasión de Cherie. Lauren Philips se finge pudorosa antes de que una pareja mixta de veinteañeros le provoque un charco en el suelo. Lucy Doll tiene una voz extremadamente aguda de muñeca: la idea es que es mayor de edad sólo en el contrato. Gina Valentina es una actriz extraordinaria o no lo es: prefieres pensar que no lo es. Juliana Colombiana actúa pero actúa muy bien, el juego no parece sólo trabajo. Mia Khalifa se ha retirado, pero aún puedes verla coquetear con la cámara en una piscina antes de que llegue un mandingo de los de a veinticinco. Abbey Brooks está pletórica en un video muy “arty” de “sexo con amor”. Verónica Leal hace siempre de tu novia, subiendo el listón hasta lo imposible: suerte que lo sabes. Y Gia Derza se parece a una camarera a la que puedes ver en el John’s cada fin de semana.
Todo esto bajo un influjo de confusión respecto a la idea de matar porque sí.

Pasada la semana, N. fuerza una sonrisa en la última hora de clase:
–¿Hacemos un 1080 y vamos a la playa?
J. no se puede negar. El mal rollo se ha diluido, y sólo queda un resquicio de vergüenza.
Pasan por casa para quitarse la peste a aula, ponerse el bañador y coger la toalla.
Acaban sudando de la terraza.
Una vez en la playa, lo importante es lo que no se dice.
Faltan siete días para las vacaciones, y no se han movido para averiguar cómo demonios se consigue un arma en Sonora. A ambos les invade la pereza cuando piensan en ello.
J. guarda el secreto de que ya no quiere hacerlo, pero está a punto de soltarlo.
N. ya no quiere hacerlo, pero no quiere parecer un panoli. No matar no es emocionante para nada. Sólo es lo correcto.
Otra vez.
Sienten que han perdido el tiempo fantaseando. Todos fantasean con la violencia, pero la mayoría se aferra a la idea de la civilización. Parece coherente que de repente N. diga:
–Si tengo un hijo le diré que no ponga nunca la otra mejilla; le enseñaré a hacer daño de modo que no cause nada irreversible. Si tengo una hija no diré nada; le meteré un spray antivioladores en la mochila y esperaré a que pregunte. Estudiaremos juntos formas de dar patadas en los huevos.

Un grupo de chicas se persigue entre sí. Chapotean en la orilla mientras J. y N. observan. Ellas parecen darse cuenta y se ríen de ellos entre ellas. Atardece. No van a matar a nadie, y no van a verbalizar que no van a hacerlo, pero parecen haber ganado algo.
Durante la siguiente semana N. será víctima de una zancadilla en los pasillos del instituto. Le ha pasado unas diez veces durante el año. Está vez caerá de bruces y se hará daño de verdad. Quien zancadillea siempre es el mismo. N. se levantará del suelo con el labio inferior partido, y dará el primer y único puñetazo de su vida. El puñetazo concentrará diecisiete años de contención de chico bueno. El bully caerá de espaldas al suelo, grogui durante unos treinta segundos. N. escupirá sangre sobre él.
Durante la próxima semana J. se hartará durante una charla “feminista”. Interrumpiendo a la ponente se levantará y dirá que nadie con dos dedos de frente puede pensar que la teoría del piropo como base de la piramide de la violación no es una chorrada como un castillo. Acto seguido piropeará a su compañera favorita ante todos. Dos semanas después ella accederá a tomar algo con él, pero no irán al chino. El quince de agosto follarán con condón en la habitación de ella, que tiene pestillo aunque no lo tenga, padres de viaje mediante.

chicas-sexys1

Un comentario sobre “Una vida estética

  1. Por lo menos, llegan a tener la mente un poco más despejada o más informada. Antes era dificil defenderse sin caer en el extremo (para mi los extremos de ahora son elecciones conscientes). Otra cosa que es importada de Yanquilandia son los estereotipos, el bully, la golfa, el nerd, el emo… Acá en las pampas existen versiones propias maquilladas de inglés con las carencias del delay tercermundista y las pretensiones de quienes se saben copias baratas.
    Nos vamos al tacho amigo. Revisionismo, ideas chatarras, mentes secas, cada vez menos empatía y más individualismo.
    Lo bueno es que hay material para escribir!
    Abrazo!

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