Química en ruta

Atravesar el desierto de Sonora ha dado lugar a no pocas siestas involuntarias al volante. La gente se queja del embotamiento que te puede provocar una mala siesta, pero los camioneros despiertan a veces de golpe con su transformer de dieciocho ruedas atropellando cactus. Tu sillón y el charquito de saliva en casa son un lujo.
Así de larga y monótona es la ruta.
A. no es camionero. A estas alturas apenas se considera una persona. Mucho menos en agosto. No tiene nada en contra del calor, pero el calor se la tiene jurada. Sólo tiene su utilitario, y el aire acondicionado funciona sólo a veces. Quizá si se dirigiera a algún lugar en concreto se sentiría menos mohíno o aturdido. Intenta mantenerse atento y con la mente en blanco. Ni de coña; su vida se le pasa siempre por delante en diapositivas, como si llevara veinte años a punto de morir. Y tiene cuarenta. Es como si vivieras los primeros veinte años acumulando cosas que recordar, y el resto de la vida estuviese hecho de distintas formas de nostalgia. Viente años productivos y quizá sesenta mirando atrás. Puede que por eso mucha gente tenga hijos, medita: con hijos es jodidamente difícil pensar en nada que no sean ellos, es como la forma definitiva de arrinconar la juventud. Los hijos son ruidosos y tocahuevos, y la naturaleza te fuerza a quererlos como un violador fuerza a Violeta en los lavabos de la discoteca. Es más violento de lo que parece, el amor, su química. Eso hace que muchas personas respiren de alivio cuando sus parejas admiten no tener intención alguna de gestionar mocosos.
Suele ser impopular verbalizar el gusto de NO hacer algo.
Esa es la intención de A. con su periplo por el desierto: No hacer nada. O al menos no forzar nada. Dejar que las cosas le pasen. Ser pasivo. Poner el culo de un modo distinto al habitual. Merodear sin prisa bajo la lluvia o entre las llamas. Consumirse si hay que consumirse, o avanzar si no queda más remedio. Habrá que reponer la gasolina y parar a comer algo de vez en cuando. Pero no es lo que se dice un plan que te pueda deparar muchas aventuras.
La antipelícula comercial.
Paris, Texas pero en coche y sin Nastassja Kinski.

El pasado reciente consta de un trabajo tan del montón como el coche y las expectativas. El presente es lo que se ha dado en llamar vacaciones. Libertad que caduca mucho antes que un yogur. El pasado reciente también consta de una ex, con su respectivo presente pajillero. Los motivos de la ruptura son difusos. Ocho meses después de empezar a salir, y después no haber logrado correrse nunca a la vez follando, sí se pusieron a la vez los cuernos. La misma noche. A. con una chica que tuvo a bien follar con él, y su ex con un tío de cuerpo duro y mollera con máster que A. piensa la embaucó con palabras digitales.
La siguiente vez que se vieron, ambos tenían intenciones de cortar. Aun así, la ruptura no acabó entre risas de circunstancias por la adúltera coincidencia. Hubo gritos y recriminaciones en una cafetería. A. acabó empapado en descafeinado y su ex se largó dando grandes e indignadas zancadas.
Nadie tuvo la culpa. La tradición tuvo la culpa.
A. teoriza que su reciente noviazgo sólo fue un intento fútil por ambas partes de lo que llaman sentar la cabeza. Es jodido afrontar semejante empresa cuando ni siquiera crees en ella. Él ni siquiera sabe muy bien qué significa sentar la cabeza. Y ella tampoco entendía ese cuento. Piensa que aunque su ex tenía tantas ganas de cortar como él, cuando finalmente se materializó la ruptura ella se encabronó más porque se la consideraría una indigna solterona en su familia, y a él nada más que un tipo ya no tan joven que aún tendría un par de oportunidades serias de establecerse con alguna muchacha que le encauzara hacia el Bien. Casa, pareja y quizá un perro o un par de gatos de los que hablar maravillas aunque sólo caguen y te miren mal. Puede que incluso un churumbel deseado solo a medias, si la nueva novia quiere parir y A. está lo suficientemente agotado para negarse.
En eso sí echa de menos a su ex, que deseaba tanto un bebé como una hernia discal.
La putada de formar una familia, la putada de no formarla.
El morro del utilitario se traga la carretera con una relajante indiferencia. A. se siente menos aturdido que un par de horas antes.

Una vía de servicio de carácter familiar. Repostar y papear. El edificio tiene un salón tamaño comedor de cárcel. A. está rodeado de familias camino a sus vacaciones. Esa gente que sí tiene un lugar de destino. Todos con la cabeza sentada, como demuestran los lloriqueos y carreras entre mesas de críos y crías aún residentes sólo en burbujas. Da igual dónde esté un menor, su casa son sus padres. A. devora una ensaladilla sorprendentemente sabrosa y fresca. Coca-Cola para tragar y plátano para cerrar. Suelta un par de necesarios eructos y pide la cuenta.
Mientras espera, una pareja comienza a discutir a voz en grito. Al parecer no tienen hijos, o al menos no están presentes. Se llaman de todo, algunos padres les tapan los oídos a sus pequeños dictadores encocados y chillones. De repente se puede masticar el silencio alrededor de la pareja protagonista. La camarera le trae la cuenta a A. y le cobra, pero se queda a ver el espectáculo. Al parecer el fulano es un putero al que no se le levanta con su mujer. A. escucha atentamente las recriminaciones. Ella es una arpía que se pegó a él por su pasta. Él en realidad está arruinado, se ha cargado una empresa próspera que heredó de su viejo. Ella lleva poniéndole los cuernos desde dos días antes de la boda, se folló a un stripper cubano con un pepino armenio entre las piernas. (Uau. A. busca “pepino armenio” en Google). Ella es una puta, una zorra que no ha parado de follar por ahí, incluso se ha prostituido. Él es un mentiroso, un miserable, un hijo de puta, porque su madre sí que era una puta de verdad. Ella va pegándole venéreas por ahí a todo el mundo, lo saben en toda Periferia. A él le gusta comer mierda, la coprofagia, mierda de rubia tonta, como si no lo supiera todo Dios ya. Sólo ha sido pis. No, era mierda. Pis. Mierda. Pis; no es lo mismo la mierda que la lluvia dorada, hay mucha diferencia. Él es un mentiroso, que lo sepa todo el mundo, un mentiroso y un putero comemierda. Ella es una guarra, nunca ha sido fiel, es una guarra desde antes de la boda, y hasta se apunta a clubs de swingers para recibir bukkakes. Cerdo mentiroso. Puta guarra. Te voy a matar. Te voy a matar yo.
Para cuando se da cuenta, A. es el único cliente presente, a unas tres mesas de distancia de los enamorados. Sólo se levanta y se va cuando le lanzan una mirada de “¿qué te pasa a ti, joder?”.
Ya fuera y camino del coche, puede imaginar el más que probable final de la historia. Quizá mañana o quizá en un mes, se pelearán en casa, llegarán a las manos, y el fulano, que pesa el doble que ella, le reventará la cabeza o la tirará por el balcón. La mayoría de medios y quizá algunos políticos contabilizarán otro “asesinato machista”. La naturaleza, tal y como juntó a dos gilipollas integrales, los habrá separado por la vía de lo más parecido al sexo que conoce: la violencia.

No está mal ser observador. Cuando no estás lo suficientemente ocupado en ti mismo, las cosas toman forma alrededor. Puedes distinguir como nunca su fealdad o belleza, pero sobre todo detectas la Verdad en ellas. Esa verdad que raramente tiene que ver con los discursos paralelos que teóricamente la describen. Pero sólo son palabrería interesada, posturas encontradas, orgullos atrofiados, egos con obesidad mórbida. Primero te cuentan cómo son las cosas, pero luego –si de verdad te interesa– ves en parte cómo son de verdad.
La tarde es larga como sólo lo es en verano. Caliente, amarilla, naranja y roja. El desierto susurra y cruje con sus alimañas. Se puede percibir incluso desde dentro del coche. De vez en cuando A. se aparta un poco para que pase el Optimus Prime de turno con su dueño al volante. A veces son coches familiares con críos en el asiento de atrás. A. se pregunta qué pensarán de él, solo en el coche en semejante ruta. Lo más probable es que nada.
Los planes de no hacer nada casi siempre se tuercen. Quizá es el aburrimiento, puede que la curiosidad. A. preferiría pensar que se trata de la curiosidad, esa forma de mirar el mundo que cada vez parece menos habitual. Quizá porque has de sentirte lo suficientemente pequeño en el Universo para tenerla. Y quién coño quiere sentirse pequeño. Las personas saben que la Tierra no es el centro, pero sólo lo viven como un tecnicismo. El orgullo –ecologista o no– del ser humano será lo que acabe con él. Cómo da igual, ya encontrará la manera.
A. ve algo bastante cerca en medio del castigado alquitrán. De repente un coche familiar le adelanta por el carril izquierdo. Le acaba tapando la visibilidad de lo que parecía un animal cruzando. El coche, ya delante, se frena de golpe chirriando a unos diez metros. A. aminora hasta detenerse, puede ver uno de esos transportines para mascotas en la bandeja de atrás del vehículo. Asoma la cabecita de un gato blanco. El coche vuelve a arrancar enseguida, se va cagando leches.
A. arranca un minuto después y maniobra para ver lo que hay en suelo. Un perro negro destripado, atropellado por la familia dueña del gatito. El perro seguramente haya sido abandonado por otra familia. Los amantes de los animales cobran bastante protagonismo en verano.

Los colores de la tarde comienzan a volverse interesantes. Pese a ello, A. vuelve a salir por una vía de servicio. Tiene que reconocerse a sí mismo que quizá no sea el conductor romántico tipo ruta 66 que pensaba. Necesita tomar algo y ver gente, estudiar el exotismo de esos antros de carretera, la mayoría reconvertidos en coloridos comedores tipo self-service para familias.
Pide un café largo con hielo. Al primer sobro, se pregunta si no sufrirá cagalera más tarde. El menú del día no ha sido tan inteligente.
Piensa en el perro muerto. En realidad aún no había muerto del todo, pero no sabía qué hacer con él. Le habría pegado un tiro de ser esto una película, pero no llevaba armas de ningún tipo. No se veía tampoco con estómago para partirle el cuello. El chucho le miraba, forzosamente silencioso, y también parecía poder verse las tripas fuera. A. no se considera uno de esos amantes de los animales. Quiso tener un perro de crío, quizá como el 90% de los críos, pero ya de mayor nunca ha compartido ese ansia por cambiar de perro o gato cada diez años, o lo que sea que vivan. Sencillamente no quiere meterse en ese jardín, y además le aburre enormemente el entusiasmo por los animales que muestran algunas personas, cuando no lo percibe directamente sospechoso. Hay algo retorcido en la relación del ser humano con los animales, sobre todo cuando estos acaban reconvertidos en mascotas caseras. Es fácil criticar a los toreros, pero A. ha pensado más de una vez en las oscuras carencias emocionales de ciertas personas con perros y gatos. Esa especie de necesidad yonqui de amor ciego y desinteresado. Como cuando hablan de lo mucho mejores que son los perros que las personas. Claro, puedes ser una persona mezquina e insoportable, y tu perro te seguirá queriendo si le tratas medianamente bien. Los perros son la hostia, piensa A., pero lo que te pasa con las personas no tiene nada que ver con ellos.
El comedor de carretera vuelve a estar lleno de críos. Están emocionados y excitados, para amargura de los padres. A. les entiende, a él de crío le encantaban los viajes largos en coche. Ahora cree que en parte era por el espacio. Iba como un pequeño Rey tirano en el asiento de atrás, exigiendo bocadillos y paradas para mear. No tenía que hacer nada, sólo ser un puto crío: eso era lo único que se esperaba de él.
Una niña de unos tres años se le queda mirando, de pie, a unos tres metros. A. mira alrededor como intentando localizar a los padres. Le pasa a menudo con crías de esa edad. Miran y miran. Entonces la cría da pasitos cortos hacia la mesa en que están sus padres. Llama la atención de su madre y le señala. A. se centra en su café. Ese nivel de atención decrece alarmantemente cuando se trata de niñas de treinta años. La verdad es que como pederasta sería imbatible.

Más tarde A. pilla una habitación en un motel que parece bastante limpio. Se siente a gusto en la cama, aunque esta le hace pensar más en una anciana que en polvos salvajes con veinteañeras. Una anciana benevolente, en cualquier caso.
Tiene intención de dormir unas seis horas y seguir la ruta.
La madre le sonrió cuando se percató de la situación; quizá supo qué le llamaba la atención de A. a su cría. Él rió con cierto reparo. Siempre le da la sensación de que alguien va a pensar que un par de veces a la semana sale a la caza de niñas bebé.
No ha pensado pocas veces en los motivos por los que no es un asesino o un violador. Cree que tiene todo lo necesario para pasar más de la mitad de su vida en la cárcel. Aunque él no se ha dejado llevar nunca por ciertos impulsos, los entiende perfectamente. Porque los ha sentido. Quizá el ejemplo para llegar a todo el mundo con esto, son las rabietas al volante. Esos dos segundos en que machacarías a puñetazos a alguien por haberte hecho una pirula en la carretera, no usando bien las luces o aminorando demasiado rápido yendo tú detrás. Y hay ejemplos peores. Pero esos segundos de deseo de hacer el Mal, se presentan en muchas otras circunstancias. No sabemos qué grosor tiene la línea que separa a la persona cuerda del psicópata. Si mataras a alguien por un impulso pero sin querer, ¿te hundirías y pensarías en el suicidio, o pensarías “qué coño”, y dado que ya has cruzado la línea roja, seguirías explorando en esa dirección? ¿Y qué pasa si fuerzas sexualmente a alguien? ¿Puede ser que una buena persona –drogada o fuera de sí– pierda el control un día? ¿Y si su reputación muere ese mismo día, no es posible que esa persona decida seguir haciendo caso a ese instinto terrible? Pasa igual con la gente que pega a los críos o les hace cosas incluso peores. Somos humanos, piensa A., no somos gran cosa, podemos perder el control mucho más fácilmente de lo que creemos, y la ética, la moral y la justicia no tienen en cuenta eso, porque no pueden. Pero claramente no estamos a la altura, somos animales, y la autoconciencia humana es tan fascinante como terriblemente rara y peligrosa.
A. mira su móvil justo antes de dormirse. Lo ha puesto a cargar. Son las once de la noche.

Por la mañana se siente mejor. No ha pasado muy buena noche, a pesar de sentirse bastante descansado. Ahora conduce y procura desperezarse. Ya casi no recuerda las tres o cuatro pesadillas que ha tenido. Todas tenían que ver de algún modo con hacerse viejo, con la perdida de oportunidades. Con no haber “sentado cabeza”. Por más que no creas en esa inercia tradicional como opción única, es muy difícil que no te carcoma. Aunque tengas de todo, algo te fuerza a sentir que te falta algo. Para empezar estás solo, y la soledad es prácticamente un pecado capital. De hecho, A. piensa que es tan JODIDO estar siempre solo como estar siempre con alguien; no digamos si además es siempre la misma persona. Lo ideal sería poder pasar seis meses solo y seis acompañado. Creo que el cuerpo y la mente lo agradecerían y mucho. Además estar solo no significa que no veas a nadie; pero tener a alguien “impuesto” a veces ha sido una especie de historia de terror personal para A. Tener que justificarlo absolutamente todo, dar explicaciones siempre. Lo cierto es que la mente tiene un aguante casi inxeplicable. A. no sabe qué es lo que provoca un derrame cerebral, pero ha conocido a personas la mar de pacíficas y educadas que podrían, si no provocarte un derrame, sí uno de esos impulsos violentos que constantemente contenemos.
Hay gente tan teóricamente correcta, que por momentos te gustaría empujarles al barro de alguna forma. Tan sensibles, tan cuidadosos, tan de ahora. Irritantemente de ahora. Llegas a entender los discursos conservadores que hablan de nuevas generaciones débiles e ignorantes.
Más tarde, A. comienza a ver prostitutas cada dos o tres kilómetros en el arcén. No se le ocurre qué otra cosa pueden ser. Están solas y sentadas en sillas de playa bajo un parasol.
Se pregunta a cuántos kilómetros estará ya de casa. Mucha gente hace ciertas cosas sólo por estar lejos de casa. Consideran que no cuenta si estás lejos. A. cree que que nunca estás lejos si vas con alguien que te conoce. Es un error común entre fiesteros y puteros. Sólo puedes estar lejos de casa si te vas SOLO lejos de casa.
No se conoce de ningún secreto que se haya podido guardar en grupo.

En determinado momento para el coche. Revisa su cartera para comprobar el efectivo. Siempre ha oído que las prostitutas corrientes cobran 50 por un completo. Pero puede que eso ya no sea así. Quizá también hay un límite de tiempo. De hecho seguro que lo hay. Lleva 120 en efectivo. Probablemente nunca ha llevado tanto.
Arranca el coche y piensa en ello.
Decide que si lo hace tiene que ser con alguien de su edad o mayor. No piensa follar con una puta aterrorizada de veinte años.
Da la vuelta para echar un vistazo a las mujeres que ya ha visto de pasada. Le da miedo que algún poli le pille en el proceso; no sabe qué pasaría. Aunque no ha visto un solo coche de policía en toda la ruta.
Se decide por una de las chicas y detiene el coche cerca de su parasol.
–Disculpa.
–Dime, cariño.
–Estoy… ¿Me puedes decir tu edad?
–Veintitrés, cariño.
Obviamente no tiene veintitrés. Quizá treinta y tres. Ni siquiera sabe por qué ha preguntado.
–Ya…
–¿Quieres llevarme…?
A. cree que empieza a entender el argot putero.
La mujer pliega el parasol y su silla. Cabe todo bastante bien en el coche. En apenas un minuto la tiene sentada en el asiento del copiloto. Shorts y biquini. Obviamente no es su primera vez. A. duda que le queden muchas primeras veces por experimentar. Lo cierto es que huele bien y tiene una cara agradable. Tiene curvas generosas y una piel tan blanca que hacía imprescindible el parasol.
–Te digo dónde tienes que parar ¿vale? –dice la mujer.
–Vale. Claro.
–¿Cómo te llamas?
A. se lo dice.
–Nunca había oído ese nombre.
–Es un poco raro.
–Yo me llamo Marta.
Marta, piensa A., una elección curiosa para un nombre inventado. Cero exotismo. Pero es una buena estrategia. Hacer que el intercambio por venir no encaje por completo en un cliché.
A. se empieza a emparanoiar. ¿Seguro que estoy con una puta? ¿Qué va a ser si no, una agente comercial? ¿Alguien que capta extras para una peli? Déjate de gilipolleces, la gente habla claro, excepto si se trata de follar, haya o no una puta de por medio.
A pocos kilómetros, Marta le indica un aparcamiento de un motel. A. se pregunta cómo van a entrar, ¿como si fueran clientes al uso?
Simplemente entran. Marta saluda al chico de recepción. Rutina.
La habitación está invadida por el sol.
–Para mí de día es más agradable –dice ella.
A. lo piensa un momento.
–Para mí también.
Cuando uno se imagina con una puta, se ve en un antro mal iluminado y de madrugada. Imagina poca higiene, una situación tremendamente tensa o hasta violenta. Pero A. no se siente así.
Sin venir de ningún sitio, Marta dice:
–Estoy contenta.
–Oh.
–Ya mismo acabo en la academia. Estoy en la academia de peluquería. Es un poco caro, pero…
–Claro, claro –murmura A.
–La semana que viene dejo la ruta.
–Claro. Bueno. Me alegro por ti.
–Me da un poco de pena dejar a las compañeras, pero…
Mientras la chica habla, A. se da cuenta de algo.
No es un arrebato moral, pero sencillamente no está cachondo. Ya no.
–Oye –interrumpe a la chica.
–Sí.
–Perdona, pero si no hacemos nada…
–¿No quieres hacer nada?
–Es que…
–Si no quieres hacer nada –sonríe ella–, pues no hacemos nada. Yo no te voy a obligar.
–Ya. Pero te he hecho perder el tiempo. Oye, creo que… ¿te parece si vamos a comer a algún sitio? Te pagaré tu tiempo. Bueno, no es que esté forrado…
A. se siente ridículo, como si ella pensara que él se acaba de dar cuenta de que está mal irse de putas. Juzgándola así por defecto. Como si hubiera visto escenas así en películas y ahora él quisiera reproducirlas en la realidad.
–Oye, no es por nada, es que antes sí tenía ganas de hacerlo, pero ahora no me encuentro muy bien.
Así, usa la carta de la salud. Como si notaras un poco de fiebre, o el estómago pesado.
–¿No te encuentras bien?
–Sí, pero creo que noto un poco pesado el… Quizá otro día…
–Bueno, otro día seguramente yo no estaré –dice Marta, como avisando. Oferta limitada, chico.
–Ya. Es verdad.
–Oye. Da igual. Si quieres vamos a comer. ¿Me invitas a comer? Me invitas a comer y en paces. Creo que hoy me iré a casa pronto.

Acaban en un terraza cubierta por un toldo, en el mismo motel. A. se siente bien. Decide no hablar del tema, sobre prostitución o planes propios de futuro. Sólo escucha a esa mujer. Algunos tíos la saludan, ella los conoce a todos. Marta le pregunta a A. que adónde va.
–Bueno. Estoy de vacaciones y…
–No vas a ningún sitio.
Lo dice completamente segura.
–La verdad es que que no.
–Si no vas a ningún sitio, te recomiendo que avances 50 kilómetros. Allí hay un antro que mola. Se llama: El Cowboy, lo lleva un friki de las pelis del oeste. Para no ir a ningún sitio es mejor que esto. Y que conste que no me quejo, aquí me tratan bien.
Entonces le dice a A. que va al lavabo. Al cabo de un rato, A. pregunta por Marta. Le dicen que se ha marchado, que ha pagado la cuenta.

sol-carretera

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