El placer del laberinto

Creo que hay esencialmente dos clases de consumidores de libros. Los que compran para leer y los que los compran sin más, en fechas señaladas. Los primeros leen, y los segundos regalan libros nuevos que se quedan en una estantería cogiendo polvo. Obviamente hay excepciones, pero lo cierto es que si quieres asegurar el tiro, para conocer lectores tienes que frecuentar librerías de segunda mano. Si por el contrario lo que te va es la dinámica más capitalista o de pose, tienes que ir a librerías al uso, abarrotadas de novedades, y en las que el resto del catálogo apenas varia. Algo a favor de los libros nuevos es su embriagador olor. Un lector empedernido sólo comprará libros nuevos puntualmente para poder esnifar de sus páginas como un yonqui. Un lector empedernido, con las consabidas excepciones, no tendrá una gran vida social. El no lector, en cambio, el consumidor cuya actividad no es leer sino gastarse más de veinte euros en un solo libro, lo más probable es que conozca a bastante gente y se mueva por ambientes variados. El lector profundizará en sus propias emociones o puntos de vista; el no lector procurará que nada le apele demasiado, repudia los cambios de ánimo y procura que nada le afecte. El lector se regodea en el placer del laberinto, el no lector procura parecerse a un vegetal en lo concerniente a la materia gris.
Lo reseñable es que la felicidad (aunque sea un tipo de bienestar muy somero y estanco), no está garantizada para ninguno de los dos.

Yo elegí leer porque me gusta, y para parecerme lo menos posible a un vegetal. Si la vida trata de seguir hacia delante sí o sí, prefería profundizar en eso. Y aunque leer obviamente no es la única manera de hacerlo, sí es una de las más eficaces. Hay mucha gente que procura estar en movimiento constante, pero a menudo lo hacen para no tener que detenerse a pensar. Con un libro en las manos, estático, la vida te puede volver del revés, agitarte hasta que se te caiga la cartera, el móvil, las llaves y hasta el tabaco si eres un irresponsable para con tu salud (o particularmente consciente de tu condición de mortal).
La dificultad que el no lector –regale libros o no– percibe en los libros, es que no son un placer inmediato. Para empezar no funcionan con el lenguaje visual. O sí, pero tienes que hacer un esfuerzo consciente para traducir en imágenes. Para que un libro te proporcione placer, tienes que centrarte únicamente en el libro, y teniendo en cuenta la necesidad histérica actual de estímulos rápidos y cambiantes (no solo de la gente joven), parece un milagro que aún exista el negocio editorial.
Da igual que le digas a un no lector que los estímulos rápidos y cambiantes casi siempre son superficiales y apenas placenteros. Te darán a entender que ellos los esfuerzos, grandes o pequeños, los hacen trabajando, y que el resto del tiempo prefieren vegetar entre colores vivos, lugares o caras. Defenderán eso y te llamarán esnob si insistes. Para mí en cambio resulta ya un placer malicioso aplaudir a alguien por no leer. Claro que sí, es tu libertad, basta de imposiciones absurdas. Ahí te pudras con el resto de acelgas.

En el barrio, cuando era crío, lo más cercano a la lectura era la búsqueda en grupo de revistas porno abandonadas. Cuando encontrabas una, ni siquiera podías abrirla. Imaginabas a no pocos maridos rectos de la zona que se compraban Hustler o Penthouse para un sola paja. Se corrían en las páginas centrales y tiraban la revista por ahí. Monte bajo: cristales, jeringuillas, porno. No podían arriesgarse a que alguien las encontrase en una papelera cercana, y mucho menos intentarían esconderla en casa y que la descubriesen sus hijos o su mujer. A finales de los 80 el porno estaba tan mal visto al menos como ahora. Eso siempre vuelve. Casi todos los “puritanos” se ramifican a partir de la misma cepa de hipocresía. Suelen ser o bien no lectores o bien lectores sectarios de un solo tipo de doctrina o mantra. Provengan de la Religión o la Ideología, siempre son clavados.

La gente que dice querer mejorar el mundo o mantenerlo a salvo, esa gente que lo verbaliza, que lo grita constantemente, a menudo es poco amiga de los libros. Sean de izquierdas o de derechas (o lo que sea que pregonen), si son lo suficientemente militantes o sectarios, no les hace ni puta gracia la diversidad intelectual.

A medida que iba creciendo, iba creciendo mi interés por los libros y el cine. Al principio se trataba sólo de la narrativa. Para mucha gente se trata de eso ya para siempre: el relato. No conciben el medio literario o cinematográfico para nada más. O al menos no les interesa en absoluto para nada más. Si no se sienten como mínimo igual de listos o inquietos que el creador, se incomodan, se crispan o simplemente se aburren. Si no saben explicar por qué una película o un libro les ha transmitido algo, esa pequeña perdida de control les desvincula. Si no encuentran la salida del laberinto, o aún mejor, si el laberinto no tiene salida porque ni tan quiera era tal, una gran parte del público se baja del tren. Quieren que les expliquen algo que “se entienda”, no que se sienta; porque si no lo entiendes, ¿cómo lo vas a sentir? Los libros y el cine, para ellos deberían parar cuando ya no son un cubo de Rubik. No puedes trascender la mecánica; el engranaje es el límite.

Para mí, por suerte (gracias a Dios), NO fue así. La primera vez que atisbé ese potencial más allá de la narrativa, fue viendo Mulholland Drive, de David Lynch.
Un amigo la había alquilado. Llevaba tres semanas en su poder. No quería volver al videoclub. Ya había visto tres veces la peli, y un día me dijo que fuera a su casa a verla, que iba a flipar. Sus padres se habían largado el fin de semana, así que el sábado por la noche fui, y mi colega tuvo una excusa para verla por cuarta vez.
Ver cine con gente, a menudo es un problema para mí. La mayoría de personas tienden a la gracieta o el comentario vacío cuando están acompañados; es como si no quisieran mostrarse vulnerables, o simplemente se negaran a abrirse del todo a lo que propone la peli. Creo que su problema es que a veces las películas se parecen demasiado a los libros. No quieren sentirse indefensos ante según qué emociones o ambigüedades.
Pero yo, cuando veo una película, de verdad quiero ver la película; no necesito sentirme protagonista durante esas dos o tres horas. No me interesa si tal actor se parece a no sé qué puto futbolista, o si ha habido (quizá sí o quizá no) un fallo de raccord, o si los efectos especiales son teóricamente peores de lo que deberían; y, sobre todo, no soporto ese resorte que hace saltar a algunos que les imposibilita callarse la boca cuando ven un clásico con los efectos y trucajes de su época.
Me he quedado MUCHAS veces con las ganas de cantarles las cuarenta a algunos.
¿Sois incapaces de dejaros a un lado aunque sólo sea dos malditas horas?
¿Existe alguna posibilidad de que el público cinematográfico actual no sea el peor y más gilipollas de la historia?
¿Será por el afán no lector?
¿Le pegaré algún día un puñetazo a alguien por una película?
¿Será posible que después de pegarle el puñetazo, no me sienta profundamente aliviado durante al menos cinco minutos?

Pero en aquella ocasión, cuando mi colega y yo nos sentamos a ver aquella peli, teníamos veinte años. Estábamos en una etapa de absorber con ansia libros y películas y discos. Sí, éramos jóvenes, y evidentemente mucha gente de nuestra edad competía en el campeonato mundial de la imbecilidad. Pero nosotros, más o menos listos que nuestros contemporáneos, éramos capaces de aparcar el cinismo cuando nos sentábamos a ver una peli. Éramos capaces de tomarnos en serio por un rato algo que no fuésemos nosotros mismos y nuestra mierda de chistes.
Miraba hacia la pantalla fascinado la mayor parte del tiempo. Mi colega a veces puntualizaba algo, pero no me molestaba, porque siempre venía a cuento, siempre tenía que ver con la peli. Y no era ni de lejos una peli cualquiera.
Podía observar cómo ciertos datos o imágenes de la primera mitad de la peli dialogaban con otros de la segunda mitad. Podía intuir cierta narrativa soterrada. Pero, en general, cuando la peli acabó, no me había enterado de nada. Estaba extasiado, con los ojos empañados en lágrimas y el cerebro a mil por hora.
Mi idea limitada sobre lo que yo entendía por una película, había volado por los aires.
Con el tiempo podías cuadrar parte de su mecánica; la volvías a ver, la estudiabas por defecto. Pero lo importante seguía siendo esa emoción pura. Eso que en gran parte ya te llegaba en el primer visionado, aunque no estuvieses absorbiendo la parte narrativa.
Era magia de verdad. No un hortera haciendo desaparecer un coche, sino magia de verdad, algo auténticamente creativo. Amor entretejido en la obra de arte. Era algo profundo y de un valor incalculable.
Eso que puedes sentir pero es muy difícil de explicar.

Así que no leas si no quieres. No veas películas. No escuches música ni visites museos o exposiciones. Mantente al margen de cualquier forma de arte o reflexión. Haz regalos a tus iguales. Reúnete con ellos y, como decía Palahniuk, reíros hasta que se os caiga la puta cabeza. No te explores ni explores nada. Mantente simple, tranquilo y relajado. Ve en línea recta desde tu nacimiento a tu muerte. No te hagas preguntas y acumula placeres minúsculos y veloces. Puede que incluso eches unos cuantos polvos.

Pero no me toques los cojones.

mulholland-drive-1

3 comentarios sobre “El placer del laberinto

  1. Comparto en un cien lo dicho sobre los estímulos, cuanto más cortos mejor (ninguna referencia ahí) y ningún texto que dure más de 10 carillas (no hablemos de esos tomos de lomo ancho) les llamará la atención.
    Ellos se lo pierden, si no son capaces de dejar de mirarse la pelusa del ombligo, ellos se lo pierden.

  2. Ver cine con gente, a menudo es un problema para mí……jajajaj me acordé de mi hjja…esta a punto de matarme con mis comentarios…nunca ve las películas conmigo.
    Lo de leer siento el placer físico eligiendo un libro en las estanterias de la biblioteca o en la tienda de la segunda mano. Las nuevas no me provocan esa sensación. Me gustaron mucho tus reflexiones. un abrazo.

    1. Elegir libros puede ser orgásmico. Las librerías al uso suelen ser decepcionantes, a no ser que tengas la paciencia de pedir libros que te llegarán al cabo de una semana (lo que no es mi caso) Un abrazo y gracias por la lectura. 🙂

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